El papá de mi novio me comió primero que él
Soy Alexa, con 18 años recién cumplidos, de pocas amigas y recién graduada del bachillerato. Ya era el centro de atención para los hombres dondequiera que iba. Me sentía muy diferente, más mujer. Mi cuerpo parecía de modelo, solo un poquito más llenita, con pechos turgentes apuntando hacia arriba, piernas redondeadas y adultas, y una cara de niña bonita. Estaba en el paso de la juventud a la plena adultez, y eso me excitaba.
Conocí a un chico que era hermano de una amiga mía —de las pocas— y me pidió ser su novia. Lo acepté porque era todo lindo, no se veía muy machote, pero era atractivo. Él, a su vez, me presentó a un amigo suyo a los pocos días, quien nos invitó a su casa a tomar un café. Esa tarde, su familia no estaba, y fuimos. Cuando estuvimos allí, se acordó que faltaban galletas y le pidió a mi novio que fuera a una tienda cercana. Él aceptó ir.
Quedé sola con el amigo y noté cómo me miraba con malicia mis piernas. Yo tenía minifalda, como siempre, y sentada intenté cubrirme cruzándolas, pero quedaba a la vista mi muslo hasta la altura de la nalga. Él, sin reparo, se tocó entre las piernas, poniéndome nerviosa y sonrojada. Luego se dirigió callado a un baño contiguo a la salita. No cerró la puerta, sino que la abrió más, dejando a la vista el inodoro. Se sacó su grande pene y orinó como si nada.
Yo estaba aterrada, pero con un mar de sensaciones que me inmovilizaban. Él se volteó de frente, se masajeó su miembro —ya empalmado— y yo lo miraba, desviando la vista nerviosa. Nunca me había pasado algo tan atrevido. Se acercó, poniendo su trozo frente a mí, y me pidió que se lo cogiera. No quise al principio, pero algo dentro de mí me hacía quedarme sentada, mirándolo sin rechazarlo del todo.
Me tomó una mano y la hizo agarrarlo. Estaba caliente, fibroso y muy excitado al sentir mi toque. Con su otra mano, me agarró un seno dentro de la blusa, haciéndome estremecer. Traté de retirarla, pero él era fuerte. Se sentó a mi lado, me separó las piernas colocando una sobre él. Intenté forcejear, pero su mano caliente pasó por mis muslos hasta mi vagina. Sobresalté, sentí enloquecer y me salían risas por el cosquilleo. Agarraba su brazo, pero su mano se metió rápido dentro de mi tanga. Mi faldita se había subido por completo. El cosquilleo se volvió placer; mis piernas se separaron, abrazando su mano, y mi cadera empujó hacia adelante con entusiasmo.
En ese momento regresó mi novio con las galletas. Nos arreglamos rápido y fingimos estar esperándolo. Yo estaba muy alterada, emocionalmente excitada. Cuando mi novio no veía, su amigo se apretaba el bulto mirándome malicioso, paseando la lengua por los labios. Yo lo miraba, deseando en secreto que no hubiera llegado y continuara.
Luego del café, mi novio fue al baño y su amigo aprovechó. Me tomó de la cara y me besó en la boca. Su lengua se abrió paso entre mis labios y yo le correspondí con ganas, mientras en ese corto tiempo me manoseaba la vagina. Me dejé llevar y disfruté, aunque nerviosa.
Al despedirnos, el amigo de mi novio me apretó las nalgas con disimulo y me susurró al oído que volviera sola. Salí con mi novio, pero después de despedirme de él, regresé a casa del amigo. Me cansé de esperar tocándome, y él ya no estaba, así que volví a mi casa con el cuerpo excitado por la experiencia, deseosa de más. Esa noche no dormí: me toqué en la cama hasta quitarme la virginidad con el estuche de un cepillo, gimiendo de placer.
Dos días después, mi novio me invitó a casa de sus padres. Me vestí sexy para la ocasión: una blusa tipo strapless que colgaba de mis pechos, con tetillas paradas hacia arriba; mi clásica minifalda y zapatillas altas abiertas atrás. No podía más con mi ropa anterior, que me quedaba chica. Mi ventaja era mi cuerpo de mujer joven de 18 años, voluptuoso y sensual.
Le caí bien a la madre y al resto de la familia. Su padre estaba en su oficina dentro de la casa, y allá fuimos a saludarlo. Mi novio me presentó. Su padre, alucinando, se acercó, me tomó de una mano y me dio una vuelta, mirándome de arriba abajo. Su sonrisa pícara me mostró que era un cuarentón atrevido con las mujeres. Mi cuerpo se activó al instante. Le sonreí, lo miré de arriba abajo y respondí juguetona cuando me preguntó de qué película había salido: “No sé, pero seguro es muy buena”.
Me besó en la mejilla, rodeándome la cintura, y mandó a su hijo a arreglar unos papeles en su habitación. Dijo que hablaría conmigo para conocerme mejor. Mi novio nos dejó solos. El padre aseguró la puerta, me tomó por el brazo y me dijo que me sentara con él. Me sentó sobre sus piernas. Me sonrojé, pero los nervios se mezclaron con excitación. Sentí su respiración en mi cara mientras me preguntaba mi nombre y cuánto tiempo llevábamos de novios. Sus manos me sobaban las piernas.
Con una mano me tomaba por la cintura, casi en la cadera; con la otra, gruesa y caliente, me sobaba los muslos. Me preguntó cuándo me había graduado y, contestándole, se me separó un poco la pierna. Subió la mano casi hasta la entrepierna. Me estremecí, el espacio se amplió y mi vulva quedó expuesta. Lo miré nerviosa, con una sonrisa temblorosa.
“Qué lindo el color violeta de tu tanguita”, dijo, y me tocó sobre la vulva. Sobresalté por el toque, pero reaccioné con calentura: “Sí, ¿te gusta?”. “Mucho”, respondió. Su mano entró por mis muslos, me apretó la vagina y me hizo temblar de gusto. Juntó su rostro al mío, puso su lengua en mis labios y empecé a chupársela con ganas. Le recordé que era el papá de mi novio, pero su otra mano ya estaba debajo de mi strapless, acariciando mis tetas. De un tirón, las hizo saltar, templadas y rosadas, invitando a ser manoseadas y chupadas.
Su mano abajo corrió mi tanga a un lado; mi vagina suspiraba de deseo en sus dedos traviesos. Me puso de pie, me sacó la tanga, me volteó y, tras besarme las nalgas, me lengüeteó el culo y la vagina, haciéndome estremecer mientras me acariciaba los muslos. Era demasiado rico. Me toqué las tetas, separé las piernas y gemí de emoción.
Se puso de pie, se desnudó por completo. Su verga estaba muy empalmada, apuntando arriba. Sin pedir permiso, se la agarré, sintiendo un gusto enorme. Me hizo inclinar y pedí que le diera besitos y se la chupara. Así lo hice: primera vez que besaba y chupaba ese órgano oculto y maravilloso.
“Así, Alexa, mi amor, eres espectacular, hermosa”, me decía, moviendo su cadera hacia mi boca, donde casi entraba todo su miembro. Ya no me importaba nada. Miraba a mi suegro y le comía con más ganas. Era lo máximo: tocar su cuerpo, chupar su verga y estar desnuda para él. Mi cuerpo de mujer de 18 años era voluptuoso, sensual, apasionado y deseoso.
Me quitó la faldita y el strapless; quedé solo en zapatillas altas. Me tiró sobre la alfombra y despacio me penetró la vagina, haciéndome gemir de gusto. Con las piernas abiertas, abracé su cadera con fuerza, ayudando a que entrara más adentro. Cada embestida la quería más profunda. Le pedía que me comiera, que no me la sacara. Temblaba de emoción: yo, Alexa, la chica linda, follando con el padre de mi novio.
Luego me pidió que le chupara la verga un momento. Lo hice, y después me puso en cuatro para cogerme como a una perrita por el culo. Me untó aceite y su verga terminó dentro de mí. Demoró un poquito, pero después entraba y salía como mantequilla. Me preguntaba si me gustaba ser su perra y respondí: “Me encanta”. También me preguntó si quería volver a cogerme, y le contesté: “Todas las veces que quieras”.
No podía creerlo ni yo tampoco. Terminé sentada en su verga, con el culo lleno, como dos enamorados. Nos vestimos y llegó una de sus hijas con un refrigerio.
Esa tarde salí de la casa de mi novio con el culo y la vagina pidiéndome más verga. No podía creer cuánto me gustaba y cuánto lo deseaba. Al llegar a casa, me duché y me miré al espejo desnuda. “Wao, sí que estoy genial. Te amo, Alexa”, me dije, tirándome besitos a las tetas y nalgas. Estaba a todo dar.
Bueno, así fue como me comió primero el padre de mi novio, antes que mi novio.
Esta historia continúa; me disculpan, pero me cansé un poco escribiendo.
Esperen la segunda parte.
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