La cuenta pendiente del almacenero

El camión de la mudanza había llegado. Los nervios de pasar de un departamento a una casa eran enormes, el nerviosismo a full, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Después de lo que pasó, mi cabeza no para de pensar en mis puterías, aunque sabía que estaba mal. Algo en mí decía: “Estás pagando con la misma moneda…”. Él se había vuelto más “empresario”: teléfono todo el día, cero atención, cero relación. A causa de que dejó de entrenar, estaba más desarreglado; físicamente había engordado, pero sus llamadas a la madrugada seguían, y los mensajes que nunca quise ver también los encontré. Siempre me voy a arrepentir de no haber encarado esa situación de golpe. Quizás el miedo a perder a mi hijo en ese momento, o el miedo a que él también supiera que yo había sido desleal, me carcomía la cabeza… Pero bueno, nuestra relación siguió.

El día de la mudanza estábamos felices: empacamos todo, lo cargamos al camión y, felices, emprendimos rumbo a nuestra primera casa. La habíamos pagado en conjunto, siempre como equipo. A pesar de las peleas y del alejamiento progresivo, seguíamos siendo un equipo, y aún más con un hijo y un futuro hijo que iba a llegar.

Al llegar al country me sentí como en una película: la casa gigante, con jardín perfecto, la pileta cristalina, los adornos impecables… todo parecía sacado de un catálogo. Cuando llegamos, varios vecinos nos saludaban desde sus veredas y nos daban la bienvenida al barrio con sonrisas amplias y algún que otro mate ofrecido. Eso nos dio la certeza de que la elección de la casa había sido la correcta.

Los días fueron pasando y, poco a poco, nos acomodamos en la casa. También encontré un gym cerca para ir con mi esposo: nos anotamos y fuimos al principio, pero poco a poco él fue dejando. Yo quería volver a ver al tipo que me había enamorado años atrás, pero él al parecer ya estaba en otra. Igual no me preocupé demasiado, porque tenía mil cosas en la cabeza: el trabajo y mi familia me mantenían siempre al margen.

Conocí a un grupo de amigas vecinas que, desde el día uno, fueron muy amables. Éramos de distintas edades y compartíamos todo en los ratos libres.

Luego de unos meses, al salir del gym, fuimos con mis amigas a comprar algo al almacén que quedaba cerca. Ahí estaba él: José, un señor mayor de tez blanca, con canas y barba blanca. Llevaba su atuendo habitual: camisa azul, pantalón vaquero y un delantal. Al llegar, no me quitaba la vista de encima.

—No me vas a presentar a tu amiga linda —le dijo a mi amiga con un tono pícaro.

Cuando escuché eso, sentí una vergüenza tremenda. ¿Me vestí inapropiadamente? ¿Muestro demasiado? Fueron preguntas que brotaron de golpe en mi cabeza. Pero la respuesta de mi amiga me hizo entender todo.

—Aaay, vos siempre tirando los galgos, eh!!! —dijo riéndose.

Ahí comprendí que era el típico hombre chamuyero argentino. No le di mayor importancia y me reí mientras me presentaba:

—Jajaja, hola, soy Julieta. Nueva en el barrio hace unos meses —dije extendiendo la mano.

—Si me pareció escuchar que un ángel había caído del cielo, pero no imaginé que eras tan linda —dijo estrechando y apretando mi mano.

—Por favor, José, vas a espantar a tus clientas así, jajajja —dijo mi amiga mientras terminaba de comprar.

Yo solo me reí y, por nerviosismo, no dije nada más. Un simple “chau” y otro piropo de él quedaron flotando en el aire mientras salíamos. En el camino de vuelta, mi amiga me puso al día:

—Es un chamuyeroooo, jajaja.

—Sí, lo noté, jajaja. ¿A vos también te tira los galgos?

—Obvio, la primera vez que vine no paraba de alabarme… ¡incluso estando mi marido al lado! Jajaja.

—Chuuu, es bastante animado, por no decir atrevido —dije, ya un poco más seria.

—Bastante, jajaja. Pero así son todos los hombres, ¿no?

—Sí, jajaj —contesté, aunque por dentro no estaba tan segura.

Ese día sentí algo nuevo, una chispita que llevaba meses apagada. Quizás los pocos halagos que tengo en casa habían terminado por enfriar algo en mí, y ese señor, con apenas dos palabras y una mirada que no disimulaba nada, acababa de encenderla otra vez.

Pero no le di importancia… por ahora.

Los días siguientes transcurrieron en una rutina que ya empezaba a pesarme. Mi marido se levantaba temprano, café en mano, teléfono pegado a la oreja antes siquiera de darme los buenos días. “Amor, tengo reunión”, “Amor, me quedo hasta tarde”, “Amor, estoy cansado”. Siempre lo mismo. El beso en la mejilla era mecánico, la caricia inexistente. A veces lo miraba mientras hablaba por videollamada con sus socios y pensaba: ¿cuándo fue la última vez que me miró así, como si yo fuera lo más importante del mundo? Ya ni siquiera me preguntaba cómo estaba, si necesitaba algo, si quería salir. El country, que al principio parecía un sueño, ahora se sentía como una jaula dorada: pileta, jardín, silencio… y yo sola la mayor parte del día.

Seguí yendo al gym casi todos los días. Me hacía bien sentir el cuerpo moverse, sudar, recuperar la forma después del embarazo. Me ponía las calzas que marcaban todo, el top ajustado, el pelo en una cola alta. No era para nadie en particular… o eso me decía. Pero cuando salía de ahí, con la piel todavía caliente y el pulso acelerado, pasaba por el almacén casi sin darme cuenta. “Solo para comprar agua”, me justificaba. O un yogur. O una barrita de cereal. Cualquier excusa era buena.

José siempre estaba ahí, detrás del mostrador, con esa camisa azul arremangada que dejaba ver los antebrazos fuertes y velludos. Cuando entraba, levantaba la vista y sonreía de esa manera lenta, como si tuviera todo el tiempo del mundo para mirarme.

—Llegó la más linda del country —decía en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que yo lo oyera.

Yo me reía, bajaba la mirada, fingía buscar algo en las góndolas. Pero sentía sus ojos en mí: en las piernas, en la cintura, en el escote que se formaba cuando me agachaba a tomar algo de abajo. Y me gustaba. Dios, cómo me gustaba. En casa nadie me miraba así desde hacía meses. Mi marido ni siquiera se daba cuenta cuando me ponía lencería nueva. Pero José… José me devoraba con la mirada cada vez que entraba, y con cada piropo, con cada “¿Todo bien, reina?” dicho en ese tono ronco, yo sentía que volvía a existir.

Una tarde entré sola, después de un entrenamiento pesado. Estaba transpirada, el pelo pegado a la nuca, las mejillas coloradas. Me acerqué al mostrador con una botella de agua y un paquete de galletitas.

—¿Entrenando duro, eh? —preguntó, apoyando los codos en la madera, acercándose un poco más de lo necesario.

—Sí, un poco —respondí, tratando de sonar casual, pero la voz me salió más suave de lo normal.

Se quedó mirándome un segundo largo. Después bajó la voz:

—Se te nota. Estás… radiante.

Sentí que el calor me subía desde el pecho hasta la cara. Nadie me decía cosas así. Nadie. En casa, lo más cercano a un cumplido era un “¿Ya cenamos?” distráido mientras miraba el celular.

—Gracias —murmuré, y por primera vez no desvié la mirada.

Él sonrió, esa sonrisa de hombre que sabe exactamente el efecto que causa.

—Cuando quieras venir a descansar un rato acá atrás, hay aire acondicionado y café fresco. Nadie te va a molestar.

No respondí nada. Solo pagué, tomé la bolsa y salí. Pero mientras caminaba de vuelta a casa, con el sol cayendo y el barrio en silencio, sentí esa chispita otra vez, más fuerte. Sentí que me deseaban. Que me veían. Que era mujer, no solo mamá, esposa o decorado de una casa perfecta.

Y aunque sabía que estaba mal, aunque una parte de mí gritaba que parara ahí… otra parte, la que llevaba meses apagada, susurraba: “Dejalo que te mire un ratito más. Total… nadie se entera”.

Las visitas al almacén se volvieron más frecuentes. Al principio eran excusas tontas: un paquete de yerba que “se me acabó de golpe”, una gaseosa fría después del gym, un chocolate para el antojo de media tarde. Pero en el fondo sabía que iba porque quería sentir esa mirada otra vez. Esa que me recorría entera, sin apuro, como si yo fuera lo único interesante en todo el country.

José lo notaba, claro. Y poco a poco empezó a subir la apuesta.

Una tarde entré con las calzas todavía húmedas de sudor y el top pegado al cuerpo. Él estaba acomodando unas botellas en la heladera y, al verme, dejó lo que hacía y se acercó despacio.

—Mirá cómo venís hoy… parece que el gym te trata bien, eh —dijo con esa voz grave, apoyándose en el mostrador—. O capaz que sos vos la que lo trata bien a él.

Me reí, nerviosa, buscando algo en la góldola para no mirarlo fijo.

—Exagerado —murmuré.

—No, para nada. Si seguís así, vas a tener que poner un cartel de “peligro: curva cerrada” cuando pasás por acá.

Sentí que me ardían las mejillas, pero no me fui. Me quedé charlando un rato más de lo necesario, sobre el calor, sobre lo caro que estaba todo, sobre cualquier pavada. Y él, cada tanto, soltaba una más:

—Con ese bronceado estás para revista, reina. Tu marido debe estar chocho de tenerte en casa.

Yo bajaba la vista, sonreía y cambiaba de tema rápido. Porque aunque me gustaba escucharlo, aunque me hacía sentir viva, todavía no estaba lista para cruzar esa línea. Todavía no.

En casa, por esos días, intenté arreglar lo nuestro. De verdad lo intenté.

Una noche preparé cena especial: asado con chimichurri casero, vino que nos gustaba, velas en la mesa del patio. Me puse un vestido corto, sin corpiño, el pelo suelto. Cuando mi marido llegó, lo recibí con un beso largo, de esos que antes nos daban ganas de todo.

—Amor, hoy quiero que sea una noche nuestra —le dije al oído, rozándole el cuello con los labios.

Él sonrió, me dio una palmada en el culo y dijo:

—Dale, pero rápido que mañana tengo reunión temprano.

Cenamos, charlamos un poco, y cuando subimos al dormitorio lo busqué con ganas. Me subí encima, lo besé despacio, le mordí el lóbulo de la oreja como sabía que le gustaba antes. Pero él estaba… distraído. El celular vibraba en la mesita y cada tanto lo miraba de reojo. El sexo fue mecánico: unos minutos, un gemido forzado, y listo. Después se dio vuelta y se durmió en dos segundos.

Yo me quedé mirando el techo, con el cuerpo todavía caliente pero vacío. Y en la cabeza, sin querer, apareció la voz de José: “Estás radiante, reina”.

Al día siguiente volví al almacén. Esta vez sola, sin excusa sólida. Solo quería un café.

José me lo sirvió en la trastienda, donde había una mesita chiquita y el aire acondicionado que zumbaba bajito. Me miró de arriba abajo mientras yo me sentaba.

—Hoy venís más tranquila… ¿todo bien en el palacio? —preguntó, con un tono que ya no era solo pícaro. Había algo más hondo.

—Sí, todo bien —mentí, revolviendo el café.

Él se sentó enfrente, no muy cerca, pero lo suficiente para que yo oliera su loción mezclada con el aroma a fiambres y cigarrillo que siempre traía.

—Sabés que acá podés hablar de lo que quieras, ¿no? Yo escucho… y no juzgo.

Lo miré un segundo largo. Sus ojos claros, las arrugas en las comisuras, la barba blanca que le daba un aire de hombre curtido pero cálido. Sentí ganas de contarle todo: la soledad, la indiferencia, el vacío. Pero me frené.

—Gracias, José. Sos muy amable.

Él sonrió de lado, se inclinó un poquito más.

—Amable no, Juli. Me gustás. Y me gusta verte entrar por esa puerta. Aunque sea para comprar un chicle.

Me quedé helada. Fue la primera vez que lo dijo tan claro. No un piropo, no un chamuyo. Algo directo.

Tragué saliva, me levanté rápido.

—Tengo que irme… gracias por el café.

Salí casi corriendo, con el corazón latiendo fuerte. En la vereda me paré un segundo, respirando hondo. Me sentía culpable, excitada, confundida. Todo junto.

Esa noche intenté de nuevo con mi marido. Le mandé mensajes hot durante el día, fotos sugerentes desde el baño. Cuando llegó, lo esperé en lencería negra, música suave, todo preparado.

Pero él llegó tarde, cansado, con olor a cerveza de alguna “reunión de trabajo”. Me dio un beso rápido en la frente.

—Amor, mañana seguimos, eh. Estoy muerto.

Se durmió en el sillón viendo fútbol.

Yo me metí en la cama sola, con la concha palpitando de bronca y deseo reprimido. Y por primera vez, mientras me tocaba pensando en nadie en particular… la cara que apareció fue la de José.

Pero todavía no. Todavía no caía.

Solo dejaba que la llama creciera, despacito, mientras intentaba salvar lo que quedaba en casa.

Esa noche decidí que iba a ser la última vez que lo intentaba con todo. Si después de esto nada cambiaba, ya no iba a seguir remando sola.

Me preparé como si fuera una cita con un desconocido: ducha larga, crema por todo el cuerpo, el perfume que sé que le vuelve loco, lencería roja nueva —tanguita de encaje que apenas cubría nada y un corpiño que empujaba las tetas bien arriba—. Bajé la luz del dormitorio, puse música suave con bajo que retumba, esa playlist que antes nos ponía a mil.

Cuando llegó del trabajo, lo recibí en la puerta con un beso profundo, la lengua adentro, las manos en su nuca.

—Hoy no hay excusas, amor. Te quiero entero —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo.

Él sonrió, sorprendido, y me agarró el culo por encima del vestido corto. Subimos al cuarto y ahí empecé mi show.

Puse una canción más caliente y me paré frente a él. Me moví despacio, ondulando las caderas, bajándome el vestido centímetro a centímetro hasta quedar en lencería. Me giré, le mostré el culo, me agaché un poco para que viera cómo la tanga se hundía entre las nalgas. Él ya estaba duro, se le marcaba en el pantalón. Me acerqué gateando por la cama, le abrí el cierre y saqué esa pija que tanto conocía.

La tenía caliente, venosa, ya goteando un poco en la punta. La miré a los ojos mientras la lamía de abajo arriba, lenta, saboreando la sal de su piel. Después me la metí entera en la boca, hasta la garganta, tragando para que sintiera el apretón. Subía y bajaba rápido, chupando fuerte, con una mano en las bolas masajeándolas y la otra en la base apretando. Él gemía, me agarraba el pelo, empujaba un poco la cadera.

—Juli… la puta madre…

Lo dejé al borde y me subí encima. Me corrí la tanguita a un lado sin sacarla y me la clavé de una, despacio, sintiendo cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo. Estaba re mojada, se escuchaba el ruido húmedo cada vez que bajaba. Empecé a cabalgarlo fuerte, las tetas rebotando fuera del corpiño, los pezones duros rozando su pecho. Él me agarraba las caderas y me ayudaba a subir y bajar, pero yo llevaba el ritmo: rápido, profundo, girando la pelvis para que la pija rozara justo ahí adentro.

Me incliné para besarlo, le metí la lengua mientras seguía moviéndome, y con una mano bajé y me empecé a tocar el clítoris en círculos. Sentía que me venía, que me venía fuerte.

—Venite conmigo —le ordené, jadeando.

Él gruñó, me agarró más fuerte y empujó desde abajo. Me corrí primero, apretándolo todo adentro, temblando, mojadísima, gimiendo en su boca. Dos embestidas más y él se descargó, caliente, profundo, llenándome con chorros que sentía golpear contra las paredes.

Nos quedamos así un rato, yo encima, él todavía adentro, los dos agitados.

Pensé que esta vez iba a ser distinto. Que después vendría el abrazo, la charla, el “te amo” de verdad.

Pero no.

A los dos minutos se salió despacio, me dio un beso en la frente y dijo:

—Estuvo increíble, amor… pero mañana tengo que levantarme a las seis.

Se dio vuelta y en menos de cinco minutos ya estaba roncando.

Yo me quedé mirando el techo, con el semen resbalando entre las piernas, el cuerpo todavía temblando… y un vacío enorme en el pecho.

Esa fue la última vez que me esforcé tanto por nosotros.

Después de esa noche, ya no intenté más.

Y cuando al día siguiente pasé por el almacén y José me miró como si yo fuera el postre más rico del mundo… ya no tuve tantas ganas de resistirme.

Ese día me vestí más sexy de lo normal. Saqué del fondo del placard un short jean apretadísimo que no me ponía hace años —de esos que se me clava entre las nalgas y marca todo el culo redondo— y un top negro escotado que dejaba ver el borde del corpiño de encaje y el canalcito rico entre las tetas. Me miré al espejo antes de salir: el pelo suelto, labios rojos, bronceado del gym… sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Llegué al almacén a media tarde, como siempre en horario de siesta, cuando el country parece muerto. José estaba atendiendo a una vecina mayor, pero en cuanto me vio entrar sus ojos se clavaron en mí. Terminó rápido con ella, casi empujándola para afuera con una sonrisa, y bajó la persiana a medias.

—Pienso en vos todo el tiempo —soltó directo, sin vueltas, acercándose al mostrador.

—Ayyy, qué exagerado sos —me reí nerviosa, pero ya sentía el cosquilleo entre las piernas.

—Te lo juro, la verdad me volvés loca —insistió, la voz más grave que de costumbre.

—Sabés que estoy casada… —dije, aunque sonó más débil de lo que quería.

—Pero si no le decís, no tiene por qué saber que quiero todo con vos —respondió él, sin pestañear.

—Mejor ya me voy… porque sino… —dejé la frase colgando, y los dos sabíamos lo que significaba.

—¿Porque sino qué? —preguntó, rodeando el mostrador y acercándose despacito.

—No sé, jajaj… capaz me arriesgo, pero imposible.

—Nada es imposible, preciosa —dijo, y de pronto ya lo tenía pegado a mí. Me agarró por las caderas con las manos grandes, con un poco de temor todavía, pero firme—. Yo sé que tu marido no te toca como quisieras… ¿o me equivoco?

—No sé… puede ser —murmuré, apartándome un paso, el corazón latiéndome como loco.

—Estoy seguro que no. Sino no estarías acá, así de linda, así de sexy… Vamos, animate —susurró, y su mano bajó despacio hasta rozarme el culo por encima del short, apretando apenas una nalga.

—No, no… me tengo que ir —dije, pero la voz me temblaba. Me alejé rápido, tomé la bolsa que ni recuerdo qué había comprado y salí casi corriendo.

—Al menos pensalo, ¿eh? —gritó desde la puerta, apoyado en el marco con esa sonrisa de ganador.

—Ya no estés molestando, jajaja… adióoos —le contesté, y me fui caminando despacio, contoneando el culo de lado a lado más de lo necesario, sabiendo que él me estaba mirando fijo.

Al llegar a casa, la indiferencia de siempre: mi marido en el living con el celular, ni levantó la vista cuando entré. “Hola”, murmuró sin mirarme, y siguió scrolleando. Ni un comentario sobre cómo venía vestida, ni una mirada de deseo. Nada.

Me fui directo al baño, cerré con llave y abrí la ducha. El agua caliente cayó sobre mí mientras me sacaba el short y el top. Al bajarme la tanguita vi lo obvio: estaba mojada, empapada, el hilo de excitación pegado a la tela. No entendía… o sí entendía perfectamente. Cada charla con José me dejaba así, bien cachonda, con la concha hinchada y palpitando.

Me apoyé contra la pared, dejé que el agua corriera por las tetas y la panza, y bajé la mano. Empecé a acariciarme el clítoris despacio, en círculos, imaginando al principio los viejos buenos momentos con mi marido: esas cogidas salvajes de antes, cuando me agarraba del pelo y me daba hasta que no podía más.

—Aaah… —gemí bajito, mordiéndome el labio para que nadie oyera.

Últimamente me masturbaba mucho, casi todos los días. Pero esta vez, inevitablemente, la cara que apareció fue la de José. Imaginé sus manos grandes en mis caderas, su barba blanca rozándome el cuello, esa pija gruesa que se le marcaba en el pantalón cada vez que me miraba.

—¿Y si lo hago… por última vez? —me susurró esa voz maligna en la cabeza.

Apreté más fuerte el clítoris, metí dos dedos adentro, bombeando rápido mientras el agua caía. Me vine en una explosión rica, las piernas temblando, un gemido ahogado saliéndome de la garganta. Pero no fue suficiente. Mis dedos no alcanzaban. Necesitaba más. Necesitaba un pedazo de carne dura entre las piernas, alguien que me cogiera como mujer, no como un mueble.

Me quedé bajo el agua un rato largo, respirando agitada.

Al final terminé cediendo. Mi cuerpo pedía a gritos ese placer que llevaba meses negándome, y ya no podía más con la calentura que José me provocaba cada vez que lo veía. Esa noche, después de otra cena fría con mi marido pegado al celular, tomé el teléfono con las manos temblando y le mandé el mensaje sin pensarlo dos veces:

—A las 3 de la tarde te espero en el hotel de la viña, piso 3, habitación 13.

Ni hola, ni explicación, nada. Directo al grano.

La respuesta llegó en segundos:

—Entendido, reina.

Me quedé mirando la pantalla, el corazón latiéndome fuerte, una mezcla de culpa y excitación que me mojaba sola. Sabía que no había vuelta atrás.

Al otro día me preparé como si fuera a una cita prohibida de película. Me puse mi vestido halter rojo, ese que marca la cintura y deja la espalda casi entera al aire, con el escote profundo que resalta las tetas. Debajo, lencería negra de encaje nueva: corpiño que las empujaba bien arriba, tanguita brasileña que apenas cubría la concha depiladita y se hundía entre las nalgas. Arriba de todo, un saco largo para disimular y no levantar sospechas en el country. Me miré al espejo: labios rojos, pelo suelto en ondas, perfume fuerte en el cuello y entre las piernas. Estaba para comerme.

Salí en sigilo, diciendo en casa que iba al gym y después a tomar un café con las chicas. Conduje hasta el hotel de la viña —ese que está a unos kilómetros, discreto, con entrada por el estacionamiento trasero— con las manos sudadas en el volante y la concha ya palpitando de anticipación.

Al llegar, José ya estaba en la puerta de la habitación 13, apoyado contra la pared con una camisa blanca arremangada, jeans oscuros y esa sonrisa lobuna que me volvía loca. Me miró de arriba abajo cuando me acerqué, quitándome el saco en el pasillo desierto.

—Por favor, no das más de linda… —murmuró José con la voz ronca, y sin darme tiempo a réplica me agarró fuerte de las caderas y me estampó un beso que me dejó sin aire.

Abrimos la puerta de la habitación como pudimos, tropezando, él metiéndome mano por todos lados, amasándome el culo por debajo del vestido, yo tironeándole la camisa hasta sacársela de un tirón. Los botones saltaron, pero a ninguno le importó.

—Lamentablemente tenemos poco tiempo —jadeé entre besos, mientras le arañaba el pecho velludo.

—Lástima… a mí me gustaría estar con vos el día entero —gruñó él, bajándome el vestido halter de un solo movimiento, los tirantes cayendo y dejando mis tetas al aire, envueltas solo en el encaje negro del corpiño.

—Sí, pero no se puede… ¡Aaah… aaah!

Estaba demasiado caliente, cachonda como nunca. Nunca había estado con un hombre tan maduro, y sus caricias lo delataban: sabía exactamente dónde tocar, cuánto apretar, cómo volverme loca. Sus manos grandes y callosas me recorrieron la espalda desnuda, bajaron hasta el culo y me alzaron contra él. Sentí su pija dura, gruesa, presionando contra mi panza a través del pantalón.

Empezó a besarme el cuello, bajando despacio, mordisqueando la piel sensible hasta llegar a las tetas. Me bajó el corpiño de un tirón y las sacó: pezones duros, hinchados de deseo. Su boca caliente se cerró sobre uno, chupando fuerte, la lengua girando en círculos perfectos mientras con la otra mano apretaba la otra teta, pellizcando el pezón justo en el punto que me hacía arquear la espalda.

—Aaah… ¡SÍ! ¡Besame así, sí! —gemí eróticamente, la voz temblando, la piel quemándome de excitación.

Bajó la cabeza más y se dedicó a devorarlas: chupaba una, la lamía entera, pasaba la lengua por el canalito entre las dos, después atacaba la otra con la misma hambre. Sus apretones eran firmes, posesivos, como si las tetas fueran suyas desde siempre. Hasta ahora, solo de recordarlo, se me eriza la piel y se me moja la concha.

—Qué pedazo de tetas tenés, reina… —susurró contra mi piel, la barba blanca raspándome deliciosamente los pezones—. Tan firmes, tan ricas… me las como todas.

Yo ya no podía más: le desabroché el cinturón con manos temblorosas, bajé el cierre y metí la mano adentro. Su pija saltó caliente, gruesa, venosa, la cabeza ya brillando de precúmulo. La agarré fuerte, la apreté, la saqué entera y empecé a pajearla despacio mientras él seguía chupándome las tetas como un poseído.

—José… no aguanto más… cógeme ya —supliqué, la voz rota de deseo.

Él levantó la cabeza, los ojos oscuros de lujuria, y me empujó hacia la cama con una sonrisa de hombre que sabe que ganó la partida. Me tiró boca arriba, me abrió las piernas de un tirón y se arrodilló entre ellas, subiéndome el vestido hasta la cintura.

Me abrió las piernas de par en par, me miró la concha depiladita, hinchada y brillando de lo mojada que estaba. Gruñó algo inentendible y hundió la cara entre mis muslos sin más preámbulos.

Su lengua era experta: primero lamió despacio de abajo arriba, abriéndome los labios con los dedos gruesos, saboreando cada gota que chorreaba. Después se concentró en el clítoris, chupándolo fuerte, girando la lengua en círculos rápidos mientras metía dos dedos adentro y los curvaba justo contra ese punto que me hace explotar. Me retorcí en la cama, agarrándole la cabeza con las dos manos, empujándolo más contra mí.

—José… ¡la puta madre, sí! ¡No pares, no pares! —gemí sin control, la voz ronca, las caderas moviéndose solas contra su boca.

Me corrí en menos de dos minutos, fuerte, temblando entera, chorros calientes saliendo mientras él seguía chupando y tragando todo sin desperdiciar una gota. Cuando aflojó, levantó la cabeza con la barba blanca empapada y me sonrió como un ganador.

—Reina, qué rica sos… ahora te voy a dar lo que viniste a buscar.

Se paró al pie de la cama, se sacó los jeans y los boxers de un tirón. La pija saltó libre: gruesa, venosa, más grande de lo que imaginaba, la cabeza roja y brillante de precúmulo. Me incorporé rápido, me arrodillé en la cama y se la agarré con las dos manos. Estaba caliente, dura como hierro. La lamí de abajo arriba, saboreando la sal, después me la metí entera en la boca, tragando hasta la garganta mientras él me agarraba el pelo y gruñía.

—Así, preciosa… chupala toda… mirá qué bien la tragás.

Le hice una mamada profunda, rápida, saliva chorreando por la barbilla, masajeándole las bolas con una mano mientras con la otra lo pajeaba en la base. Él empujaba suave la cadera, cogiéndome la boca, pero sin llegar al fondo para no ahogarme. Después de unos minutos me levantó, me tiró boca arriba otra vez y se subió encima.

Me abrió las piernas hasta casi partirme, apoyó la cabeza de la pija en la entrada y me la metió de una sola embestida lenta pero profunda. Sentí cómo me abría, cómo me llenaba hasta el fondo, rozando lugares que mi marido hacía meses no tocaba.

—Aaah… ¡José, qué gruesa la tenés! —gemí, clavándole las uñas en la espalda.

Empezó a bombear fuerte, profundo, el ruido de los cuerpos chocando llenando la habitación. Cada embestida llegaba hasta el útero, sus huevos golpeando contra mi culo. Me agarraba las tetas, las apretaba, pellizcaba los pezones mientras me cogía sin piedad. Cambiamos de posición: me puso en cuatro, me agarró de las caderas y me dio desde atrás, mirando cómo el culo rebotaba contra él.

—Mirá este culo… qué rico se mueve —gruñó, dándome una nalgada que me dejó la piel roja.

Me corrí otra vez así, apretándolo todo adentro, gimiendo contra la almohada para no gritar demasiado fuerte. Él siguió unos segundos más, cada vez más rápido, el sudor cayéndole por el pecho velludo sobre mi espalda.

—Reina… me vengo… ¿dónde querés? —jadeó, ya al límite.

—En las tetas… ¡acabame en las tetas! —supliqué, girándome rápido y poniéndome de rodillas frente a él.

Me pajeó la pija él mismo, apuntando directo al pecho. Gruñó fuerte y empezó a correrse: chorros gruesos, calientes, blancos que me salpicaron las tetas, el cuello, hasta alguna gota en la cara. Eran muchos, potentes, cubriéndome entera mientras yo me tocaba el clítoris otra vez y me venía por tercera vez solo de verlo.

Cuando terminó, los dos agitados, me miró con los ojos brillantes y me limpió un poco con la sábana, riéndose bajito.

—Juli… sos una diosa. Esto no va a ser la única vez, ¿eh? —dijo José, todavía agitado, pasándome el dedo por el pecho para juntar un poco de su propia corrida y llevárselo a la boca, saboreándola mientras me miraba fijo.

Yo solo sonreí al principio, todavía temblando, el semen caliente resbalando despacio entre mis tetas, goteando por la curva hasta el ombligo. Me sentía satisfecha como nunca, el cuerpo flojo, la concha todavía palpitando de los orgasmos que me había dado. Pero en cuanto el calor empezó a bajar, la realidad me pegó como un balde de agua fría.

—Imposible… me encantó… pero es imposible seguir así —murmuré, incorporándome un poco en la cama, cubriéndome las tetas con el brazo por instinto—. Espero que lo entiendas, José. No quiero perder a mi familia…

Él se quedó callado un segundo, apoyado en un codo, mirándome con esos ojos claros que ahora parecían más serios. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, suave, sin apuro.

—Reina, yo entiendo… sé que tenés tu vida, tu marido, tu hijo, el que viene en camino. No te estoy pidiendo que lo dejes todo —dijo bajito, la voz ronca pero cálida—. Solo te pido que no te prives de sentirte así de viva. Porque lo que pasó acá… vos lo necesitabas tanto como yo.

Tragué saliva, porque sabía que tenía razón. Me incorporé del todo, busqué la tanguita en el piso y empecé a vestirme despacio, con las piernas todavía flojas. Él me miró mientras me ponía el corpiño, el vestido halter rojo subiéndolo por las caderas, ajustándolo al cuello.

—José… fue increíble, de verdad. Nunca me habían cogido así, nunca me habían hecho sentir tan deseada. Pero esto fue… una locura de una vez. Para sacarme las ganas, nada más —mentí un poco, porque en el fondo sabía que mi cuerpo ya estaba pidiendo más.

Él se levantó, se puso los jeans sin boxers, la camisa abierta mostrando el pecho velludo. Se acercó, me tomó de la cintura y me dio un beso suave en los labios, sin lengua, pero cargado.

—Decís eso ahora, Juli… pero cuando estés en tu casa, sola otra noche, con él ignorándote, vas a recordar cómo te acabo de dejar las tetas pintadas y la concha temblando. Y vas a querer más.

Me aparté despacio, tomé el saco y el bolso.

—No sé… tengo que pensar. Chau, José.

Salí de la habitación con el corazón latiendo fuerte, el olor a sexo todavía pegado en la piel, el semen seco entre las tetas rozándome con cada paso. Conduje de vuelta al country en silencio, mirando el reloj: todavía tenía tiempo antes de que mi marido llegara.

Me duché rápido en casa, frotándome fuerte para borrar cualquier rastro, pero por dentro no podía borrar nada. Esa tarde, cuando mi marido llegó y me dio el beso distraído en la mejilla, yo sonreí como siempre… pero ya no era la misma.

Los días pasaron y nos convertimos en presos de las miradas. Cada vez que iba al almacén —porque sí, volví a ir, aunque me jurara que no—, José me devoraba con los ojos desde atrás del mostrador: un repaso lento por las piernas, la cintura, las tetas, hasta volver a mis ojos con esa sonrisa que prometía todo lo que ya habíamos hecho en esa habitación 13. Yo le sostenía la mirada un segundo de más, sentía el cosquilleo bajar hasta la concha, y después bajaba la vista fingiendo buscar algo en las góndolas. Un roce “accidental” al darme el vuelto, un “¿todo bien, reina?” dicho bajito… pero nada más. No pasaba de eso.

Esa experiencia en el hotel había sido rara, intensa, adictiva. Mi cuerpo pedía más —mucho más—, recordaba cada embestida, cada chupada, el calor de su corrida en mis tetas. Pero decidí apartarme, hacer lo correcto. Volver a la rutina: gym, casa, hijo, marido distraído, noches en las que me tocaba sola pensando en él, pero sin cruzar la línea otra vez. O eso me repetía.

Creo que, en el fondo, sabía que no iba a durar mucho. Como me dijo una vez una amiga autora: “La leona cazó a su presa… y después siguió su vida normal”. O al menos lo intentó.

En fin, mis queridos y morbosos seguidores, espero que hayan disfrutado este relato tanto como yo al recordarlo (y al escribirlo con las manos temblando en algunos momentos, jajaj). Intenté hacer la parte del sexo más explícita, como me pidieron varios de ustedes en los mensajes —esos que me llegan al alma y me hacen sonrojar—. Sé que me alejé un tiempo de los relatos, pero fue porque me copiaban entero y los subían en otros perfiles (especialmente esa Agatha, que ya todos sabemos). Al final, sus mensajes lindos, los “no pares, Juli”, los “contanos más”… me hicieron pensar y animarme de nuevo.

Esto es parte de mi vida real, no intento justificarme ni pedir perdón. Solo comparto estas vivencias prohibidas porque sé que a ustedes les calienta tanto como a mí recordarlas.

Un saludo enorme, un beso morboso donde más les guste… y nos vemos en la próxima aventura. Prometo que no tardará tanto.

Compartir en tus redes!!
Julieta Manzotti
Julieta Manzotti

[email protected]
Espero sus devoluciones !!

Artículos: 4

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *