El masaje a Carolina, la prima mayor

Este relato real narra un suceso que ocurrió hace unos ocho o nueve meses durante un viaje con mi esposa. Nos encontrábamos de visita en casa de su prima, Carolina, una mujer de 54 años, de 1.70 metros de estatura, con una figura notable: senos grandes, caderas anchas, tes blancas, un peso ligeramente superior al ideal, color de cabello castaño ondulado.

Carolina es una mujer extraordinariamente amable, alegre y muy descomplicada, con quien siempre hemos compartido bastante. En el momento de este viaje de fin de semana, ella llevaba aproximadamente ocho meses separada de su esposo y, según sus conversaciones con mi esposa, había pasado mucho tiempo sin intimidad, antes de su separación.

Por mi parte soy un hombre de 38 años, con cuerpo atlético, alto. De mi esposa no hablare mucho ya que no juega un rol muy importante aquí.

Volviendo a Carolina o Caro como le decimos de cariño, es de naturaleza despreocupada, lo que se refleja en su vestimenta. Carolina solía andar por la casa con un camisón o un vestido ligero, a menudo con botones que dejaba mal abrochados. Era inevitable que, al estar sentados o conversando, su escote o una parte de su sujetador quedaran a la vista. No negaré que su físico resultaba muy atractivo, y aunque creo que en varias ocasiones me pilló observándola, simplemente se cubría y no decía nada.

Esa vez no fue la excepción. Al llegar, vestía un largo camisón de rayas azul claro y blanco con cierta transparencia, que insinuaba claramente su sujetador y su ropa interior. Durante el día, mis ojos se desviaron más de una vez hacia su escote, buscando ver más allá de los botones que se abrían, o hacia sus piernas, pero sin éxito.

Llegada la tarde, el calor nos llevó a la piscina (Carolina, mi esposa y yo). Debo admitir que esta mujer, a pesar de sus 54 años y algunos kilos de más, irradia una sensualidad innegable que ella transmite con naturalidad. Verla nadar, saltar y jugar con la energía de una niña hacía imposible no notar el movimiento de sus senos bajo el bañador entero que llevaba. Esto comenzó a despertar un interés más profundo en mí. La tarde terminó entre risas y juegos, sin mayores incidentes.

Ya al caer la noche, encendimos la música. Todos nos cambiamos excepto ella, que se dirigió al baño, se quitó el bañador y se puso solo sus bragas blancas y el camisón. Al salir, era evidente que no llevaba sujetador; sus pezones se marcaban y el movimiento de su pecho al caminar era notorio.

Poco después, se levantó a bailar y, al hacer un mal movimiento, sintió un dolor punzante en la cadera. El dolor la obligó a sentarse y parecía bastante intenso. Fue en ese momento que, sin ninguna mala intención, me ofrecí:

Andrés: “Caro, si quieres te puedo ayudar con un masaje en esa zona de la cadera para bajar el dolor, ya que parece muscular.”

Carolina: “No sé, me da algo de miedo, el dolor es fuerte y me preocupa que sea algo óseo.”

Andrés: “Déjame reviso solo al tacto y vemos si podemos hacer algo o si mejor vamos a urgencias.”

Esposa: “Caro, sí, déjate revisar por Andrés, es muy bueno haciendo masajes y sabe de esto.”

Carolina: “Listo, pero ¿te parece si me revisas y me haces el masaje más tarde? Aún está muy fuerte y quizás no lo soporte.”

Andrés: “Claro que sí, no hay problema.”

Le sugerí tomar un ibuprofeno y procedí a hacerle un tacto superficial en la zona de la cadera, cerca de la cresta ilíaca. Lo hice sobre su camisón. Al confirmar que no era nada óseo, le dije:

Andrés: “Caro, si crees que puedes aguantar algo de dolor, te ayudaré con un masaje. Es un espasmo y creo que te podría ayudar mucho.”

Carolina: “Listo, Andrés. Me da pena, pero con el dolor que tengo me dejo ayudar y confío en ti. Si te parece, me haces el masaje más tarde, cuando nos vayamos a dormir.”

Andrés: “Claro, me avisas cuando estés lista.”

Sentados en la sala, continuamos la conversación. Carolina se tomó dos copas de vino, y el alcohol —que le hace efecto rápidamente— empezó a hacer estragos. Sus movimientos se volvieron torpes; reclinándose hacia atrás me dejaba ver sus bragas blancas, o se sentaba con las piernas abiertas. Mi concentración se desvió completamente hacia ella, mirándola con más morbo que antes, atento a cualquier desliz de sus botones. Por fortuna, mi esposa no lo notó y, algo cansada, dijo:

Esposa: “Estoy muy agotada por el viaje, creo que me iré a dormir. Ustedes se quedarán por otro trago.”

Carolina y yo respondimos al unísono: “Bueno, uno más.”

Mi esposa se fue a la cama. Nos quedamos solos, compartimos otras dos copas y hablamos de su separación y de su vida. Con la confianza que tenemos, me confesó que le resultaba difícil siquiera pensar en salir con otro hombre. Le daba vergüenza, se sentía extraña. Le respondí que ya llegaría alguien cuando ella estuviera realmente dispuesta.

Minutos después, dijo:

Carolina: “Andrés, ya me voy a acostar, me dio sueño. Y si me tomo uno más, la fiesta va a empezar.”

Andrés: (Me reí) “Como quieras.”

Carolina: “No, ¿cómo crees? Con este dolor no soy capaz. Prefiero ir a dormir y si mañana estoy mejor, nos tomamos unos buenos tragos.”

Andrés: “Listo. ¿Finalmente quieres el masaje?”

Carolina: “No sé, me da pena contigo, ponerte en esas.”

Andrés: “No, tranquila, lo hago con gusto. Además, te ayudará a dormir bien.”

Carolina: “Listo, ¿qué necesitamos?”

Después de acordar que usaríamos un aceite en su habitación, le di las indicaciones.

Andrés: “Si quieres ve, te quitas el camisón y te quedas en una toalla, acostada boca abajo.”

Carolina: “Listo, ya mismo.”

En ese instante, no negaré que me llené de nervios y excitación ante la idea de que mis manos estuvieran sobre su cuerpo.

Carolina: “Andrés, ya estoy lista.”

Entré en su habitación. Ella estaba acostada, boca arriba, cubierta con una toalla.

Andrés: “Caro, por favor, voltéate y acuéstate boca abajo.”

En ese momento, justo delante de mí, se giró. Al hacerlo, se cubrió mal con la toalla, dejando ver uno de sus pechos. Su pezón, pequeño y de un color Vinotinto oscuro, era delicioso. Al girarse, pude ver también, en pleno esplendor, sus bragas y sus nalgas. Sentí un escalofrío de nervios, pero continué.

Comencé el masaje. Puse aceite en mis manos, lo calenté y lo apliqué en su espalda, concentrándome primero en la zona lumbar con movimientos suaves que incrementé en intensidad y fuerza.

Andrés: “Caro, ¿está bien la fuerza con la que lo estoy haciendo?”

Carolina: “No sabes la delicia que se siente. Por mí, está perfecto.”

Continué bajando, acercándome a la zona afectada y bajando un poco más la toalla.

Andrés: “Caro, voy a pasar mis manos bajo tu ropa interior en la zona de la cadera. Para mí es más cómodo si puedes bajártelas, y así evitas que se te manchen con el aceite.”

Carolina: “Qué pena, ¿me vas a ver todo?”

Andrés: “No, no te preocupes, solo necesito masajear tu cadera y los músculos de la nalga. Si quieres, ponemos la toalla para cubrir esa parte.”

Carolina: “Ah, listo. Pensé que iba a quedar sin nada, jajajaj.”

Comencé a descender suavemente mis manos hacia el lugar del dolor. Al principio, escuchaba sus gemidos de molestia. Mis ojos empezaron a apreciar la silueta de su cuerpo desnudo sobre la cama y debo decir que se veía bastante bien. Sus piernas con algo de kilos de mas se abrían hacia los lados, su espalda bronceada, con la marca de su traje de baño recorriendo su cintura.

Con la fuerza del masaje en las nalgas y la cadera, la toalla empezó a moverse y a deslizarse. Me di cuenta e intenté empujarla con mis manos para cubrirla de nuevo, pero no lo conseguí del todo. En un momento, la almohada que tenía le incomodaba, y la sabana se salió del colchón, así que ella hizo un movimiento para acomodar todo, levantándose con sus brazos, quedando en una posición en “cuatro o perrito” por un instante. Esto me permitió ver sus senos colgando de lado, pero lo mejor fue que, al recostarse de nuevo, la toalla se cayó completamente.

La visión de su cuerpo completamente desnudo, de espaldas, su trasero expuesto, me generó una excitación tan grande que se hizo notoria en la pantaloneta que llevaba puesta. Me quedé inmóvil por unos segundos. Ella no hizo ningún movimiento para taparse. El morbo llenó mis pensamientos, y con delicadez y nerviosismo comencé a masajear sus nalgas con ambas manos, incluso sobre la que no sentía dolor. Con la presión de mis manos, las separaba ligeramente, y pude ver su vagina con algo de vello, pero no demasiado, una imagen que recorre mi cabeza al día de hoy. Sus labios pequeños y cerrados con vello casi arreglado una tentación que iría provocándome lentamente.

Dejé de hacerlo con fuerza y empecé a masajear de manera más suave y delicada. Ella estaba completamente abandonada a mis manos. Con cada movimiento, me acercaba más a su culo, a sus labios. Al abrir sus nalgas, noté que el masaje estaba surtiendo un efecto mas allá de los esperado, dejándome ver como sus fluidos empezaban a humedecer su vagina, se estaba calentando, al igual que yo. Mi erección era evidente. Terminé el masaje de ese lado, recorriendo toda su espalda, piernas y nalgas.

Carolina: “Andrés, qué delicia. Si hubiera sabido que eras tan bueno haciendo masajes, no lo habría dudado. El dolor me estaba matando, pero ahora, ojalá que me vuelva a dar otro así en tu presencia jajaja.”

Andrés: (Mi voz estaba entrecortada por la excitación) “Gracias, qué bueno que te guste y te esté sirviendo jajaja.”

Mientras continuaba, hice un movimiento más atrevido y le dije:

Andrés: “Caro, me voy a sentar sobre tus piernas para poder hacer presión con ambas manos en la zona lumbar.”

Carolina: “Haz lo que quieras si se siente así de bien.”

No supe si fue una indirecta, pero me subí sobre sus piernas, quedando arrodillado sobre la cama. Desde allí, masajeé su zona lumbar, con mis ojos fijos en su vagina, viendo sus fluidos humedeciendo sus vellos. Estoy seguro de que en algún movimiento sintió mi miembro ya acariciando sus piernas, cada vez que subía con mis manos por su espalda.

Andrés: “Caro, creo que por la parte de atrás terminé. ¿Cómo sigues del dolor?”

Carolina: “El dolor me continua, mira acá.”

Se levantó un poco y señaló el punto de dolor, justo en su cadera, tirando más hacia el abdomen.

Andrés: “Si quieres, voltéate y te puedo masajear ahí.”

Carolina: “Bueno, ¿me prestas la toalla para taparme, aunque ya me viste todo, jajajaja?”

Andrés: “Jajaja, no he mirado mucho, jajajaja.”

Ambos reímos.

Carolina: “No, en serio, me da pena. Espera, me pongo el camisón, así no me ves las tetas y me tapo la zona íntima con la toalla.”

Acepté. Me di la vuelta disimuladamente para que no viera mi evidente erección.

Al voltearme de nuevo, ella estaba acostada, con el camisón puesto y la toalla doblada sobre su pelvis. Le toqué la zona donde supuestamente iba a masajear (aunque sabía que no era necesario). Sus pezones estaban completamente duros, marcándose bajo la tela del camisón. Mi erección era evidente, y aunque creo que ella la vio, no dijo nada.

Al tocarle el punto, ella me desafió:

Carolina: “Dale sin pena. Ya me tienes desnuda y sé que me viste todo, aunque por vergüenza no lo aceptes.”

Andrés: “Bueno, lo acepto, jajajaj.”

Reímos los dos nerviosamente. Comencé a acariciarla, bajando con mis dedos desde su cadera y guiándolos por su ingle. Sus pezones seguían rígidos. A medida que bajaba mis dedos, fui deslizando la toalla. Ella no decía nada, solo la sostuvo con la mano del lado opuesto para que no cayera del todo. Con lo que se corrió, pude ver su vientre y los vellos que salían de este, justo hasta la marca de sus tangas.

Se recostó y cerró los ojos. Cambié de posición y me subí a la cama, mirando hacia sus pies, para ver mejor. Mis dedos bajaban cada vez más, casi llegando a sus labios vaginales.

Carolina: “Cuidado con esos dedos untados de aceite, se te deslizan más abajo.”

Me quedé en silencio y solo dije: “Qué pena.”

Carolina: “Tranquilo, estoy en tus manos y confío en ti.”

Continué acariciándola. Para cambiar y subí un poco mis dedos, levanté su camisón y empecé a masajearla por el costado de su abdomen, subiendo casi hasta rozar sus senos con el costado de mi mano. Ella no decía nada, sus ojos estaban cerrados y se notaba que disfrutaba.

Mi mente estaba obsesionada con acariciar sus pezones. En una subida, levanté el camisón lo suficiente para tapar su pecho.

Carolina: “¿Qué haces?”

Andrés: “Levantarte el camisón para no mancharlo y masajearte el abdomen y el costado, todos los músculos alrededor de la zona que duele.”

Carolina: “No, Andrés, qué pena, yo con este gordo.”

Andrés: “¿Pena de qué? Ya te vi toda y no estás nada mal, jajajaj.”

Carolina: “huyyy, enserio, gracias, acepto el cumplido.”

Con esa aceptación, puse aceite en mis manos. Con mi mano derecha acaricié su abdomen por el centro, subiendo casi hasta el borde de sus senos, mientras que con la izquierda subía por sus costillas.

Carolina: “¿Qué diría Mari (mi esposa) si nos viera en este momento? Sería muy vergonzoso, jajajaja.”

Le respondí que Mari soltaría una carcajada y diría: “Oye, deja de manosear a mi prima.”

Al decir esto creo que ambos pudimos haber pensado lo mismo, Mari está en la habitación de huéspedes en el piso de abajo, no nos debe ni escuchar. Después de ese instante, sentí como se relajó totalmente. Mis manos recorrían su abdomen y sus costillas, hasta deslizar mis dedos por su ingle. Sentía el calor de su intimidad. Lo pensé y me arriesgué: en una subida, metí mis dos manos bajo el camisón, por el medio de sus senos, hasta la mitad de ellos. Carolina en ese momento creo que se paralizo porque lo sentí en su cuerpo y respiro profundo, y hubo un momento de tensión sujetándome las manos inmediatamente. Se me enfrió todo en ese momento y mi corazón latió mil

Carolina: ¿Qué hacessss?, para que me mojo suspiro, perdón.

Andrés: Perdona vi que estabas tan placida disfrutando el masaje que quise masajear los músculos de tu pecho.

Carolina: “uffff no sé qué decirte, quiero, pero pero.”

con voz entrecortada y las manos temblando le dije:

Andrés: “Si lo estas disfrutando relájate, disfruta es para ti y con el mayor gusto lo estoy haciendo

Carolina soltó mis manos, pero note como apretó con fuerza su sabana, no entendí en ese momento si le molestaba y sentía que me sobrepasaba y también al ser la prima de mi esposa o lo estaba disfrutando. Fueron segundos eternos en ese momento. Así que me dije solo hay una manera de comprobarlo, hice el mismo movimiento, pero esta vez subí mis manos por el medio de sus senos, llegué a su pecho y las bajé lentamente por sus pezones. Los sentí duros. Ella solo suspiró, lo que me dio la señal para continuar. Repetí el movimiento, acariciando sus pezones, y pude ver cómo movía sus piernas, cerrándolas un poco, como si se estuviera contorsionando.

Carolina: “Uff, no sé qué decirte, pero esto está mejor. Me tienes mal Andrés… y dijo: “qué pena”.”

Andrés: “¿Pena por qué? Creo que ambos estamos disfrutando igual.”

Carolina: “Ah, ¿sí? No te creo,” y se rio.

Tras esto, con el siguiente movimiento de nuevo de mis manos subiendo por el medio de su pecho, levanté su camisón. Por fin pude ver sus senos en todo su esplendor: grandes, firmes para su edad y sus pezones parados. Con mis dedos, empecé a acariciarlos y a pellizcarlos suavemente. Ella gemía sin parar y con su mano empezó a apretar mi pierna

Continué con el masaje, ella ya con sus ojos abiertos veía como disfrutaba su cuerpo, así que me incline un poco y besos sus senos, lamiendo sus pezones, sintiéndolos con mi lengua y labios, lo que dejo mi cara untada del aceite con el que hacia el masaje.

Carolina: “no pares”

Mientras chupaba sus pezones, deslice mis dedos por su abdomen hasta deslizarlos por su ingle y acariciar sus labios vaginales suavemente. Estaban calientes y muy húmedos. La toalla cayó por completo, dejando todo su cuerpo desnudo para mí. Sus vellos adornaban su vagina, haciéndola aún más deseable.

Carolina: “Oye, no diré nada sobre lo que haces, pero no es justo que solo yo esté desnuda.”

Ella se levanto se puso se rodillas y bajo mi pantaloneta, mi pene estaba totalmente erecto, rozando mi ombligo con el glande a reventar, totalmente hinchado.

Carolina: “Sabia que era la única que no estaba así”

Me miro con sonrisa pícara.

Desnudos totalmente los dos, nos besamos, un beso lleno de deseo y pasión de ganas reprimidas, de fuego que brotaba por todo nuestro cuerpo.

Carolina: “¿Puedo?”

Andrés: “Todo lo que quieras.”

En ese momento, deslizo su mano por mi pecho y abdomen hasta encontrarse con mi pene, empezó a acariciarme suavemente. Recuerdo sus dedos en un principio acariciando mi glande suavemente, para después agarrar todo mi pene con su mano. Su fuego de desato y la pena y timidez desapareció.

Carolina: “Te voy a decir algo: siempre vi cómo me mirabas. Y muchas veces lo hice a propósito para que vieras mi escote. Me gusta que me mires, pero acabo de comprobar lo mucho que te gusto.”

Andrés: “No sabes las ganas que tenía de verte así. Tener tu cuerpo desnudo para mí.”

Carolina: “No te imaginas lo que causaban tus miradas en mí y hoy causaron de todo, creo lo estas comprobando.”

Se pego contra mí y de nuevo me beso y entre el beso me dice esto.

Carolina: “siempre le dije a mi prima que estabas buenísimo” descendió por mi cuerpo desnudo con sus ojos, con sus labios y su lengua hasta llegar a mi pene. Empezó a lamerme de arriba abajo, rodeando mi glande con su lengua, dejando caer algo de saliva antes de llevarlo a su boca y empezar a chuparlo con muchas ganas.

No me aguante las ganas y le dije

Andrés: “No quiero que solo me lo hagas tú a mí. Súbete sobre y siéntate sobre mi cara.”

Comenzamos un delicioso 69. Su vagina estaba tan mojada que inmediatamente humedeció mi rostro, nariz y lengua. Su clítoris estaba duro y sus deliciosos labios me invitaban a lamerla, chuparla con más ganas, al mismo tiempo que sus vellos acariciaban mi cara. Los suspiros de ambos eran mas intensos, el deseo mas fuerte.

Carolina: “Te quiero adentro de mí, te deseo demasiado”

Cambiamos de posición se levanta y de espaldas agarra mi pene con su mano y lo lleva hacia su vagina. Introduce mi glande en ella y desciende lentamente por el. Su vagina estaba caliente demasiado mojada, que mi pene entro sin problema hasta el fondo, momento en el que ella tembló y saco un suspiro profundo. Sentí inmediatamente mucho más húmedo allí, adentro. Apoyo sus manos sobre mis piernas y empezó a moverse de atrás hacia delante, dejándome ver esa hermosa vista de mi pene adentro suyo. Su culo, no se alcanzan a imaginar lo delicioso que se veía desde allí. Pero la dicha no duraría mucho lastimosamente.

Mari (Esposa): “¡Andrés, Andrésssss!”

Mi esposa gritó desde la habitación de invitados. El susto que nos llevamos fue terrible. Saltamos. De un salto, yo me puse la pantaloneta y ella se puso el camisón, tirando sus bragas debajo de la cama, me limpie rápidamente con la toalla y baje. Del susto la erección que tenia se esfumo.

Bajé a verla. Entre nervios y gritos me dijo hay una polilla, una muy grande, me voló por la cara sácala sácala. Mi corazón latía a mil. Saqué la polilla y Carolina llegó unos minutos después, preguntando qué pasaba. Solté una risa nerviosa y dije que casi nos mata del susto con ese grito por una polilla. Carolina me miró y se rio.

Esposa: “¿Qué estaban haciendo ustedes?”

Carolina: “Andrés me hizo el masaje y me estaba enseñando como podía repetírmelo”

Esposa: “que bueno me alegra y te sirvió?

Carolina: “quede lista para ir a dormir.”

Carolina: “Mari, con esas manos de Andrés, le exigiría un masaje cada noche. Me ayudó un montón con este dolor.”

Lamentablemente, esa noche quedó así, con una excitación tremenda cortada para ambos ya que el susto fue demasiado grande que nos deje con nervios.

A la mañana siguiente, me levanté me metí a la ducha con el celular y le escribí “no sabes lo que hago ahora en la ducha por tu culpa”

Carolina: “No me antojes que no me puedo ir a meter allá contigo, y te digo algo anoche hice lo mismo que tu estas haciendo en este momento”

Después pasamos todos a desayunar, pero se notaba ese silencio cómplice entre Carolina y yo. En un momento, pudimos quedarnos solos por cinco minutos.

Carolina: “Lo de anoche fue una locura y me quedé con muchísimas ganas de ti.”

Andrés: “Yo estoy igual. Veamos si esta noche podemos tener algún momento.”

Carolina: “Sí, sí, por favor.”

Desafortunadamente, esa noche mi esposa no se nos despegó, y al día siguiente regresamos a casa.

Me he escrito con Carolina desde entonces. Me ha dicho que espera venir a Bogotá en diciembre de 2025 por trabajo sin avisarle a mi esposa, para que podamos ir a un motel. Dice que hace mucho no sentía lo que sintió esa noche y no quiere dejarlo así.

Les contaré de eso cuando suceda.

 

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