Y resulta que ahora yo tengo la culpa?

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Y YO TENGO LA CULPA?

Siempre me pregunté si uno realmente elige el rumbo de su vida, o si simplemente sigue los caminos que su cuerpo y sus deseos marcan en silencio. Yo, Samantha, estoy a punto de cumplir los treinta, y cuando me miro en el espejo, todavía veo a la mujer voluptuosa que siempre fui: curvas generosas, caderas amplias, pechos grandes, una estatura que supera a la de la mayoría de las mujeres, y un cuerpo tallado a mano gracias a años de obsesión con el fitness.

Desde chica supe que era llamativa. Las miradas me seguían a donde fuera, y aunque al principio me intimidaba, con el tiempo aprendí a disfrutarlo… y a aprovecharlo.

Fue en uno de esos gimnasios donde pasaba más horas que en mi propia casa, donde conocí a Mauro. Un adicto a las pesas como yo. Alto, moreno, de músculos definidos y sonrisa fácil. Él y sus amigos se movían en grupo, como una manada orgullosa de sus cuerpos esculpidos. Mauro me miró una tarde mientras yo me esmeraba en mis sentadillas, y no apartó los ojos de mí hasta que encontró la excusa perfecta para acercarse.

Nos enamoramos rápido, como suelen enamorarse los que viven intensamente. Jóvenes, hermosos y hambrientos de vida, no tardamos en mudarnos bajo el mismo techo. El dejo de pagar su alquiler y con apenas un bolso de ropas se instaló en mi casa. Nuestra vida era sencilla: empleos que sostienen el ritmo y horas dedicadas a los gimnasios, a la cultura del cuerpo, a sentirnos invencibles.

Siempre hubo una camaradería natural entre los chicos del gimnasio. Mauro, yo, sus amigos, y alguna que otra chica del grupo, éramos más que simples compañeros de entrenamiento: éramos una pequeña tribu. La amistad iba mucho más allá de levantar pesas y contar repeticiones. Los fines de semana salíamos juntos, recorríamos boliches, nos perdíamos en largas madrugadas de risas, tragos y bailes apretados.

La confianza entre nosotros era tal que, a veces, nos permitíamos bromas subidas de tono, propuestas sexuales dichas en tono de juego, entre carcajadas y miradas cómplices. Eran cosas propias de la edad, del fuego en la sangre, de sentirnos invencibles. Chistes sobre tríos, apuestas de strip-póker, desafíos absurdos que todos sabíamos que jamás cruzarían la frontera de la fantasía.

O al menos, eso creía.

Todo empezó como una de esas tantas noches de fiesta que ya eran costumbre. Íbamos a celebrar el cumpleaños de Noelia, la novia de Víctor, uno de los solteros clásicos del grupo. Esa noche nos encontraríamos directamente en el boliche: Mauro, yo, Víctor, Noelia y dos amigos más del gimnasio, Hernán y Lucas.

Pero el problema no empezó en el boliche. Empezó mucho antes, en casa.

Mientras me maquillaba frente al espejo, Mauro apareció en la habitación con ese brillo travieso en los ojos que conocía tan bien. En la mano, colgando de dos dedos, traía el vestido blanco que sabía que odiaba.
—Ponete esto —me dijo, casi como una orden disfrazada de sugerencia.

Me negué al principio, protestando como una nena caprichosa, pero él insistió. Y cuando Mauro insistía… era difícil decirle que no.
Ese vestido era una provocación en sí mismo: tan ajustado que cada curva de mi cuerpo parecía tallada a la vista; tan corto que con cada paso sentía que el borde subía más y más, buscando revelar lo que apenas escondía. El escote, profundo y descarado, apenas contenía mis pechos, haciéndome sentir expuesta, vulnerable. Y para colmo, la tela era tan delgada que todo —todo— se transparentaba: la tanga diminuta que llevaba debajo se marcaba de forma obscena.

Me sentía una puta dentro de ese vestido.

Pero a Mauro le encantaba verme así. Disfrutaba que las miradas se pegaran a mi cuerpo como imanes. Disfrutaba presumirme. Y yo… yo, a pesar del fastidio, terminaba cediendo, como siempre.

De mala gana, terminé de arreglarme. A medianoche salimos para el boliche, Mauro radiante de orgullo, yo sintiendo que debía tirar del vestido a cada paso para no terminar mostrando más de lo que ya dejaba ver.

Cuando llegamos al boliche, ya el ambiente estaba cargado. La música retumbaba en mis entrañas, las luces de neón parpadeaban, y el lugar estaba lleno de gente disfrutando de la noche. Mauro estaba de un humor excelente, como siempre cuando salíamos, pero yo… yo no dejaba de ajustar el vestido cada vez que sentía que me quedaba un poco más corto. Las miradas no me dejaban en paz.

Apenas entramos, Víctor no pudo evitar mirarme con descaro. Lo noté inmediatamente, su mirada fija en mis pechos, en mis caderas. Intentó disimular, pero era imposible. Noelia, a su lado, se tensó al ver la escena, su sonrisa nerviosa casi imperceptible. Aunque éramos amigos, la situación comenzó a volverse incómoda. Unos minutos después, los otros dos amigos, Hernán y Lucas, se unieron al juego y comenzaron a mofarse, soltando comentarios cargados de insinuaciones.

—Oye Mauro —dijo Hernán con una risa burlona—, si no la cuidas un poco mejor, tarde o temprano te la terminamos cogiendo entre los tres.

Las palabras, dichas en voz alta, parecieron hacer eco en todo el grupo. Aunque la risa seguía en el aire, la tensión se palpaba. Yo me sentí incómoda, atrapada entre la incomodidad de la situación y el deseo de que todo volviera a ser como antes: amigos, diversión, sin más.

Mauro, por supuesto, no lo tomó a mal. A mí, sin embargo, me recorrió un escalofrío por la espalda. Noelia ya no estaba sonriendo, y la atmósfera entre todos se volvió algo tensa, algo que no se podía ignorar. Los chicos se sentían cómodos con sus bromas, pero yo no sabía si mi incomodidad era por el vestido, por las miradas o por todo lo que estaba sucediendo en ese preciso momento.

Pasó la noche entre tragos y bailes frenéticos. La música nos envolvía, el alcohol ya corría sin control y todos tratábamos de no pensar en lo incómodo de la situación. Yo bailaba un poco, solo para distraerme, para alejarme de la tensión que empezaba a formarse a mi alrededor. Pero no era fácil. Podía ver cómo los ojos de Víctor seguían clavados en mí, incluso cuando me giraba, y el brillo de incomodidad en los ojos de Noelia no hacía más que crecer.

Al principio, pensé que era solo una mala interpretación mía, pero no. Las palabras no dichas eran claras. La tensión entre ellos era palpable. Noelia no perdía de vista a Víctor, y cada vez que él se acercaba a mí, el ambiente se volvía más pesado. Noelia empezó a lanzar comentarios indirectos, dardos venenosos que no podía evitar escuchar.

—»Qué curioso cómo los hombres no pueden mirar a su esposa sin desear lo que tienen al lado», dijo Noelia en un tono sarcástico, como si esperara que yo no me diera cuenta.

Y aunque traté de ignorarlo, algo en mi interior me dijo que la situación no podía seguir así. ¿Era mi culpa? ¿Estaba siendo la causante de todo este malestar entre ellos? Noelia ya no disimulaba su enfado. Cada vez que Víctor me miraba, su rencor crecía, y sus palabras se volvieron más hirientes. Lo que antes eran bromas y risas, ahora eran acusaciones y enfrentamientos.

Traté de salir del problema, lo llevá a Mauro a bailar lejos del grupo, para tomar distancia. Y en algún momento pusieron un tema muy nuestro, o muy mio, y Mauro insitió a que me subiera a uno de los parlantes a bailar, pero yo no quería. Pero Mauro…
En un abrir y cerrar de ojos estaba ahi, encima del resto, moviendo mi cuerpo transpirado. Sabía que el vestido se subía demasiado, sabía que desde abajo me veían el culo impunemente, mi entrepierna, y el frente de mi tanga, pero que podía hacer? era mi tema, y yo no podía hacerme responsable por el mundo

Solo serviría para empeorar las cosas, Noelia me habia visto a la distancia, y me había visto como una puta calienta pijas

La noche siguió desmoronándose, la atmósfera se volvía insostenible. Noelia y Víctor discutían abiertamente. Yo ya no sabía cuántos tragos había tomado, pero mi cabeza giraba, y todo parecía descontrolado. El ruido, las luces, las voces de fondo… era todo un caos.

Finalmente, al borde de la madrugada, Noelia ya no podía más. Con el rostro enrojecido por la ira y los ojos llenos de lágrimas, levantó la voz.

—¡Ya basta! —gritó, atrayendo las miradas de todos los que estábamos cerca—. ¡Esto no va más!

Los maldijo a todos entre insultos y lloriqueos, mientras sacaba el celular para pedir un Uber. Noelia, furiosa y quebrada por la situación, se despidió con palabras de rabia, caminando hacia la salida sin mirar atrás. La tensión había alcanzado su punto máximo.

Después de que Noelia se fue hecha una furia, el resto simplemente… decidió ignorarla.
Incluso Víctor, que uno hubiera pensado que se preocuparía un poco, parecía más aliviado que afectado. Se encogió de hombros y siguió bebiendo como si nada hubiera pasado. Hernán y Lucas no paraban de hacer chistes sobre la situación, y Mauro, divertido, les seguía el juego.

Yo, por mi parte, traté de seguir la corriente. ¿Qué otra cosa podía hacer? No quería ser la amargada de la noche ni dejar que los enojos de Noelia me arruinaran también a mí. Yo no tenía la culpa de ser mucho mas bonita y mas llamativa que ella. Así que me entregué a la fiesta, a los tragos, a la música que aún golpeaba fuerte en mis oídos, a los bailes descontrolados donde el vestido subía cada vez más y mis piernas brillaban bajo las luces del boliche.

Cuando el sol empezó a asomar tímidamente por las ventanas del lugar, apenas si podíamos mantenernos en pie. Estábamos tan borrachos que las caras de mis propios amigos se veían borrosas, como si estuviéramos dentro de un sueño lento y pegajoso.

Fue entonces que Mauro, envalentonado y eufórico, propuso:

—¡Sigamos la fiesta en casa!

Yo protesté débilmente, diciendo que ya era tarde, que estaba cansada, que mejor cada uno se fuera a su casa. Pero mis palabras no tuvieron ningún peso entre cuatro hombres borrachos y excitados por la noche salvaje que veníamos viviendo.

Una vez más, me resigné.

Subimos como pudimos a dos autos y en un viaje corto, entre carcajadas, chistes subidos de tono y cuerpos que se tambaleaban, llegamos a casa.
Ni bien entramos, Mauro puso música fuerte, los chicos buscaron más alcohol en la heladera y siguieron bebiendo como si recién empezáramos la noche.

Yo me desplomé en el sillón, mareada, con el vestido subiéndome peligrosamente por las piernas, y con una sensación incómoda creciendo en mi pecho: algo me decía que esta noche aún estaba lejos de terminar.

Minutos después, entre vueltas y vueltas, entre risas que ya ni entendía y tragos que no recordaba haber pedido, estaba tan ebria que perdí el equilibrio. Sentí que todo se movía bajo mis pies y, de pronto, caí de frente sobre el sillón, boca abajo, con un golpe seco y torpe.

Me quedé unos segundos ahí, desorientada, y enseguida sentí el aire frío recorriéndome la piel. El vestido, ese maldito vestido, se me había subido hasta la cintura, dejándome el culo completamente expuesto. La tanga blanca apenas cubría algo, pero en ese momento, de tan borracha, me sentía prácticamente desnuda.
Sabía que los chicos, mis «amigos», me habían visto infinidad de veces en less, en esas salidas a la playa donde usábamos trajes de baño diminutos. Pero esto era distinto.
Esto era crudo.
Esto era obsceno.

Sentí todas las miradas clavadas en mí. Me ardía la piel. El corazón me latía a mil y una mezcla de vergüenza y mareo me invadía mientras torpemente trataba de enderezarme. Pero, en el movimiento, noté algo tan triste como lo anterior: mi pecho derecho también se había escapado del vestido.
Colgaba ahí, expuesto, mientras yo, enredada en mí misma, peleaba por cubrirlo.

Intentaba meterlo otra vez dentro de la tela, luchando con las manos torpes, mientras escuchaba risitas ahogadas, murmullos, alguna exclamación que no llegaba a entender.

Todo me daba vueltas, y en medio de esa confusión, una parte de mí entendía que algo había cambiado. Que habíamos cruzado una línea. Y que ya no había forma de volver atrás.

No sé cómo pasó.
De verdad, no lo sé.
Mi mente está como empañada, como si todo hubiera ocurrido detrás de una cortina pesada que no me deja ver con claridad.
Pero a pesar de todo, hay imágenes, momentos, sensaciones que vuelven como latigazos sueltos.

Recuerdo estar de rodillas, tambaleándome, con la cabeza agachada, chupándosela a Víctor.
Sí. Víctor.
Mi boca resbalaba torpemente sobre su verga dura, mientras él gemía bajito, enronquecido. Mauro estaba a un lado, con una cerveza en la mano, mirándome como si todo eso fuera un espectáculo hecho solo para él.
Lo escuchaba gritar y aplaudir, como si alentara, como si celebrara.

Después… otra imagen, otra sensación brutal: alguien me había corrido la tanga, no sé quién, y sentía una lengua caliente y hambrienta hundiéndose en mi concha empapada.
Era una sensación tan intensa que me arqueaba involuntariamente, gimiendo ahogada, sin poder controlar nada.

Mis pezones ardían, duros, punzantes, como si me los hubieran estado lamiendo, mordiendo, manoseando sin parar.
Mi piel era puro fuego, y en algún momento, en medio de ese caos, me di cuenta: estaba toda mojada.
Toda mojada.
No sabía si era de placer, de borrachera, o de la excitación que se me había salido del cuerpo, pero me sentía resbaladiza, húmeda, desbordada.
Quería pensar, quería entender, pero todo era un torbellino salvaje que me arrastraba sin piedad.
Podría haberle hechado culpas a los cuatro hombres, tal vez a la borrachera, y hasta una fingida inonciencia, pero yo sabía que estaba ahi, en el lugar justo, exacto, al correinte de mis actos, y lo peor, saber que estaba justo donde queria estar, haciendo justo lo que quería hacer

No sé cuánto tiempo pasó.
No sé si fueron minutos, horas…
Todos los hombres estaban sobre mí, festejando, riéndose, tocándome, usándome como si fuera un juguete.
Una muñeca borracha y resbaladiza que se dejaba hacer de todo.

Recuerdo ver pijas por todos lados, duras, ansiosas, chocándome en la cara, en los labios, en las tetas.
Y yo, arrodillada, chupándoselas una por una.
Sin parar.
Pasando de una a otra, sintiendo el sabor de cada uno mezclándose en mi lengua, en mi garganta.
Algunas veces uno me agarraba del pelo, me empujaba hacia adelante, hacía que se la tragara hasta ahogarme, hasta que las lágrimas me corrían por las mejillas.
Otras veces, simplemente me la restregaban en la cara, mientras reían, mientras decían cosas que no entendía.

Recuerdo también que me cogieron.
Uno tras otro.
Por delante, por detrás.
De todas las maneras posibles.
Mi cuerpo se retorcía entre manos ásperas, entre embestidas salvajes que me hacían gemir sin control, mientras ellos se turnaban, como si yo fuera un premio, una puta regalada en medio de la borrachera.

Sentí cuando me la metieron por el culo.
Sin pedir permiso.
Sin avisar.
Un dolor agudo me cruzó el cuerpo, mezclado con una excitación sucia que me hizo estremecer.

Y también, en algún momento, alguien —no sé quién, ya no podía distinguir voces, ni caras— me levantó las piernas y me hicieron una doble penetración.
Sentí dos vergas llenándome al mismo tiempo, una en la concha, otra en el culo, moviéndose en ritmos desparejos, chocándose dentro mío, haciéndome gritar hasta que me quedé ronca.

Era como si ya no fuera yo.
Era solo un cuerpo abierto, entregado, usado a voluntad.

Y, lo más perturbador de todo, es que una parte de mí… no quería que pararan.

Y lo peor, lo que más me quema por dentro cada vez que lo pienso…
Era Mauro.
Mi marido.
Él era el más entusiasmado de todos.
Era el que más gritaba, el que los alentaba, el que se reía como un desquiciado mientras me ofrecía, mientras inventaba locas ideas perversas para que siguieran haciéndome de todo.

Lo veía, en esos flashes sueltos, sirviéndoles más tragos, riéndose a carcajadas, gritándoles que no se guardaran nada, que yo era la puta de todos esa noche.

Y yo…
Dios mío, yo no podía dejar de gozar.
Mi cuerpo se sacudía entre orgasmos brutales, como si hubiera dejado de ser mío, como si fuera pura necesidad, pura lujuria.
Era como si yo también hubiera estado fuera de mi cuerpo, desde un rincón, observando, disfrutando de esa perra que se dejaba hacer de todo por todos

Recuerdo —siento todavía— cómo desfilaron uno tras otro por mi culo.
Me abrían las nalgas sin ningún cuidado, me escupían, me la metían de un solo empujón mientras reían, celebrando lo dilatada que me habían dejado.

Escuchaba sus voces, sus burlas:
«Pero mirá cómo le quedó el orto, toda abierta la putita…»
«Esta es una verdadera puta de gimnasio, Mauro…»
Y él solo reía, brindaba, alentaba por más.

No podía presionar, no podía defenderme.
Estaba entregada, perdida entre el placer y la borrachera.
Y creo —aunque trato de no pensarlo mucho— que me sacaron fotos.
Sí.
Recuerdo los destellos de los flashes, las risas, los comentarios obscenos mientras yo seguía ahí, abierta, expuesta, usada como nunca en mi vida.

Me desperté sin saber dónde estaba.
El sol pegaba directo en mi cara, brutal, como una bofetada.
Me dolía todo.
La cabeza me latía como si fuera a explotar, el cuerpo me pesaba una tonelada…
Pero no era solo la resaca.
Me dolían los pezones, ardiendo, hinchados, sensibles hasta con el roce de la sábana.
Me dolía la concha, hinchada, lastimada, sensible.
Y, sobre todo, me dolía el culo.
Un dolor profundo, desgarrador, como si me hubieran partido en dos.

Intenté moverme y sentí una humedad pegajosa entre las piernas, entre las nalgas, en mis pechos…
Era como si tuviera semen seco en cada rincón de mi cuerpo.

Tragué saliva —o intenté— y fue ahí cuando me vino un flash que me revolvió el estómago:
me vi a mí misma tragando leche.
Mucha.
Pasando de una verga a otra, bebiendo sus chorros calientes sin parar.

Un escalofrío de horror me cruzó el cuerpo.
Recordé, como un latigazo, que nadie había usado preservativo.
Nada.
Todo a pelo.
En mi boca, en mi concha, en mi culo.

Me senté de golpe, el cuerpo me gritó de dolor, y ahí, en el medio de esa confusión asquerosa, vi el rostro de Mauro dibujarse en mi mente.
Sonriendo.
Alentándolos.
Aplaudiendo mientras me llenaban entre todos.

Sentí que iba a vomitar. Fui al baño. Me aferre al inodoro como quien se aferra un alma perdida en un confesionario, de rodillas, clamando por una inmerecida redención

Los días siguientes fueron un infierno.
Algo se había roto esa madrugada. Algo que ya no tenía arreglo.
No hacía falta hablarlo. Se notaba en el aire.
Mauro me miraba diferente. Como si fuera otra persona. Como si le diera asco.
Como si, de repente, la mujer que había amado se hubiera convertido en una puta cualquiera.

Yo intentaba defenderme.
Intentaba hacerle ver que él había empezado todo.
Que él me había obligado a usar ese vestido maldito.
Que había reído, alentado, brindado mientras me pasaban de mano en mano como si fuera un juguete.
Que nunca, ni por un segundo, intentó detener nada.

Pero él no quería escuchar.
Me cortaba en seco.
Me decía que era fácil culparlo, que nadie me había obligado a abrirme de piernas, a chupar pijas como una desesperada.
Que si yo era así de fácil, era porque siempre lo había sido

La tensión se colaba en todo, incluso en la cama.
Al principio, intentábamos hacer el amor como antes, buscando algo de normalidad, algo que nos devolviera a lo que habíamos sido.
Pero era imposible.
Mauro apenas me tocaba, y cuando lo hacía, lo sentía frío, distante, casi como si lo hiciera por compromiso.
Más de una vez, intentó penetrarme y simplemente no pudo.
Su pija no respondía.
El enojo, el asco, la rabia, todo se interponía.
Terminábamos cada uno dado vuelta en su lado de la cama, como dos enemigos, como dos extraños.

Cada discusión era peor.
Nos gritábamos cosas horribles.
Me decía «puta», «asquerosa», «mierda de mujer».
Y yo lloraba, me defendía, lo insultaba a mi vez, sacando todo lo que tenía atragantado.

La casa, antes llena de risas, de rutinas, de esa camaradería nuestra, se volvió un campo de batalla.
Una guerra fría primero, y después una guerra abierta, sucia, despiadada.

Hasta que un día…
Ya no hubo más gritos.
Ni más llantos.
Ni más reproches.

Solo silencio.

Mauro agarró algunas cosas en una mochila y se fue.
Así de simple. Como el día en que había venido, como ese inicio, ahora era un final

Y yo me quedé ahí, sola, mirando la puerta cerrarse.
Con un nudo en la garganta.
Con la cabeza hecha un torbellino.

Y me pregunté, como una idiota:
¿Y yo tengo la culpa?

Pasaron los meses.
Y el dolor, aunque distinto, seguía ahí.

La casa quedó demasiado grande para mí sola.
Los días pasaban como un suspiro, sin sentido, sin propósito.
Volví al gimnasio, como una autómata, buscando en la rutina algo de consuelo.
Pero ya no era la misma.
Las miradas, los susurros a mis espaldas, el peso de la vergüenza… todo estaba ahí, como una sombra que no me abandonaba.

A veces, me cruzaba con alguno de ellos.
Con Víctor, con los otros.
A veces bajaban la mirada.
Otras, sonreían de forma torcida.
Como si recordaran demasiado bien cada instante de aquella noche.
Yo solo apuraba el paso y fingía no verlos.

Mauro no volvió.
Nunca más.

Ni siquiera un mensaje.
Ni una explicación.

Y, en el fondo, sabía que era mejor así.
¿De qué hubiera servido?

Cada tanto, en las noches más oscuras, me despertaba empapada en sudor, reviviendo todo.
Recordando cada risa, cada empujón, cada palabra sucia susurrada en mi oído.
Recordando el rostro de Mauro mirándome mientras otros me usaban.

Y me preguntaba, todavía, en silencio, abrazada a mi almohada:

¿Y yo tengo la culpa?

Porque, después de todo, aunque quisiera culpar al alcohol, al vestido, a la fiesta, a Mauro mismo…
La verdad era que, en algún rincón secreto de mi alma, había disfrutado.
Aunque fuera un segundo.
Aunque fuera un suspiro.

Y eso… eso era algo que nunca podría perdonarme.

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