Susana la chica ninfómana
Era una tarde de domingo, mis padres se habían ido de viaje a hacer una visita a mis tíos, mi hermano se había ido por su lado con su novia, y yo estaba sólo en mi casa. Me había levantado a las 3 de la tarde, sin hambre y con la resaca del día anterior. Me tomé un litro de batido de chocolate de golpe. Me tumbé en el sofá y empecé a quedarme bastante dormido. De repente vibró mi móvil. Era Susana, la chica del viernes. Fue un momento mágico, pero no completo. Esta chiquilla con ganas locas de vivir y pasárselo bien, era lo que entre mis amigos llamamos una tía de “puta madre”. Era lo que otra gente llamaría ninfómana. Sólo es una chica con ganas de disfrutar de su cuerpo. Y les cuento lo de sus ganas de pasárselo bien, para que entiendan lo que pasó entre nosotros el viernes.
Salimos a tomar un café, ella y yo solos. Usé mi magia para sacarle unas cuantas risas. Mientras hablábamos yo no podía dejar de mirar su impresionante escote. Su minifalda dejaba ver esas preciosas piernas. El tiempo pasaba, nos fuimos a la calle, la paré en un callejón y la besé con toda mi pasión. Empecé a rodearla con mis brazos, a acariciar todo su cuerpo. La gente pasaba, y nosotros indiferentes íbamos llegando a más y más. Mis manos iban por sus pechos al principio, acariciándolos suavemente primero, y con la mano por dentro del sujetador pellizcando los pezones después. Ella en vez de molestarse como otras chicas, parecía pedirme más guerra. Le dije que deberíamos irnos a otro sitio. Me dijo suavemente, mientras acariciaba mi espalda, que podríamos ir a un local cerrado que sus padres tenían cerca de allí. Andando deprisa, casi corriendo, nos fuimos a ese lugar.
Todavía excitados, llegamos allí y entramos al aseo del local. Nos empezamos a besar alocadamente y nos fuimos quitando la ropa. Nos quedamos ambos desnudos de la parte de arriba, y estuvimos mirándonos un rato largo. Ella era preciosa. La volví a besar, pero esta vez mis manos no fueron sólo a sus pechos, sino que bajaron hacia su entrepierna. Al momento de pasar mi mano por ese rincón sagrado, la puse rápidamente sobre su culo. Ella me agarró las dos manos, y las puso en su conejo. Yo pensaba que no era real. Ese bomboncito tenía más ganas de follar que yo. Mientras la besaba empecé a desabrochar su pantalón. Pasé sensualmente el índice de mi mano izquierda por su boca humedecida, y la bajé hasta su vagina, la que ya estaba algo estimulada debido a las caricias de mi mano derecha en su muslo izquierdo. Empecé a acariciar su vagina. Seguí acariciándola, cada vez más rápido y con más acercamiento al clítoris. Todo esto ocurría sin dejar de besarnos y sin quitarle el pantalón ni el tanga, simplemente mis dedos lo dejaban a un lado. Mi dedo índice de la mano iba acariciando circularmente su clítoris, mientras mi mano estaba prácticamente empapada. Era la primera vez que una mujer estaba tan sumamente excitada conmigo. Mi mano derecha mientras, acariciaba sus senos. Era una situación complicada controlar los movimientos de la mano izquierda en su coño, la de tu mano derecha en su teta izquierda, y la de tus labios besándola.
Ella me agarraba firmemente del cuello con su brazo izquierdo, y me arañaba la espalda con su mano derecha. Finalmente llegó al orgasmo. Nos abrazamos bien fuerte. Yo estaba más exhausto que ella casi, con que sólo me hubiera rozado el pene me hubiera corrido al instante. Ella se sentó sobre mí, con sus hermosos senos al aire, y susurrándome al oído me preguntó: “… ¿y ahora tú, qué” Le contesté algo por lo que anduve arrepentido hasta el domingo: “Yo no necesito más Susana, a mí con haberte hecho feliz me ha bastado” ella insistió, pero yo me negué. Aunque al final nos volvimos a liar, y disfruté bien con sus hermosas tetas. Y digo arrepentido hasta el domingo, porque ese día a las 3 de la tarde, cuando Susana me llamó, me contó que necesitaba verme, que quería estar conmigo, que nadie le hacía reír como yo, y que nadie era capaz de llevarla hasta el cielo como yo. La verdad, que le había cogido tanto cariño… y estaba tan sumamente buena… Me dijo que nos viéramos en el local del otro día. A las 4 me presenté allí. Ella iba con unos piratas rojos, que marcaban su impresionante y perfecto culito; y con una camiseta rosa ajustada, y sin sujetador. Era increíble, los pechos tan hermosos y redondos que tenía. Lo más impresionante eran los preciosos pezones marrones que tenía.
Entramos y nos volvimos a meter a ese baño. Me agarró, me pegó la espalda a la pared, me quitó la camiseta, y se quitó su camiseta, restregó sus pechos por mi cuerpo hasta que se le erizaron. Fue besuqueándome de la frente hasta mi cintura, desabrochó el pantalón. Mi pene ya estaba a tope. Lo agarró a través de los calzoncillos y lo pasó por sus pechos. A ella le gustaba ver como se me ponía tan sumamente dura. Me quitó los calzoncillos y empezó a besarla. La pared no era suficiente para sujetarme del placer que estaba experimentando. Tardé muy poco en correrme. Dejó que mi semen cayera al suelo, y lo limpió con un clínex. Se levantó poco a poco me agarró del cuello y del pelo y me dio un largo y profundo beso, llevando su lengua hasta lo más profundo de mi boca. Entonces me dejó de besar, y me bajó la cabeza hasta su coño. Le quité los pantalones y el tanga negro, y empecé a comérselo alocadamente. Ella gemía, pero antes de que terminase, me levantó y me sentó en la taza del water. Entonces su deslumbrante cuerpo desnudo se sentó sobre mí. Insertó mi pene en su coño… Y ella comenzó a subir y bajar mientras yo me entretenida con sus hermosas tetas. Era necesario, pues tras haber eyaculado una vez, la excitación en mí era menor. Después de un buen rato en esta postura, le dije que se cambiara, que se pusiera a 4 patas, que iba a saber lo que era un buen orgasmo. Así que conseguí que tuviera infinidad de orgasmos, uno más rico que otro, en medio de sus gritos y gemidos.
Autor: Anónimo
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