Su primera vez y la mía también

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Hola; soy Marcelo y les voy a contar mi historia con la cual hasta ahora no salgo de mi asombro. Tengo 33 años, y hace dos sábados atrás salimos con un amigo (de más está decir que soy soltero), fuimos a un club a tomar una cerveza; nos sentamos afuera y comenzamos a beber tranquilamente (hasta ahí todo normal); la plaza de la pequeña ciudad en la que vivo estaba atestada de jóvenes que iban y venían por ella. En cierta oportunidad mi amigo me dijo:

– ¿Viste como te mira esa pendeja cada vez que pasa? – señalándome a tres chicas que pasaban casi frente a nosotros.

– ¿Cuál le pregunté yo?

– La del medio – me respondió él.

Me quede un poco atónito con las palabras de mi amigo, porque la chica de la que él me hablaba era una vecinita mía de dieciocho años.

– Te habrá parecido – le comente al pasar; y seguimos charlando de otros temas. Al poco rato las tres chicas volvieron a pasar, y yo con la curiosidad de todo hombre la “biche” y realmente tenía sus ojos clavados en mí.

– ¿Viste? – volvió a decirme mi amigo.

– Creo que tienes razón – le dije -… pero es una guachita y no quiero problemas, aparte es vecina mía.

Ella era una morochita, de ojos marrones, petizita, tiene un culito redondito y hermoso y sé que para su corta edad ya tiene cierta experiencia con noviecitos; a pesar que sus papás son muy “cuidas”, y sé que se han armado unos cuantos “bolonquis” con el tema de sus noviecitos. La cuestión es que para mi sorpresa las guachas dieron otra vuelta alrededor de la plaza, y regresaron; solo que esta vez solo regresaron dos de ellas; y para mi sorpresa y la de mi amigo incluida se sentaron en un banco bien enfrente a la mesa en la que nos encontrábamos nosotros. Al poco rato comenzaron a histeriquearnos, nos miraban y se secreteaban. Yo comencé a sentirme hasta enfadado si se quiere porque no entendía el “tupe” de estas guachas (olvide contarles que soy profesor de literatura del cole al que ellas asisten), razón de más para no hacen nada con ellas.

– Esas pendejitas quieren guerra – dijo mi amigo.

– Deja quieto, que si pasa algo y se enteran en el pueblo quedo sin laburo y me echan del pueblo – le conteste.

– Mejor pagamos y nos vamos.

– Está bien – contesto mi amigo.

Cuando nos dirigíamos a mi coche las chicas salieron a interceptarnos.

– Profesor, ¿nos lleva? – pregunto Patricia, que es la chica que me miraba, mientras que Andrea se comía con los ojos a mi amigo Luis.

– ¿Llevarlas a donde? – le pregunté ingenua y estúpidamente.

– A dar una vuelta – contesto ella con picardía. Antes de que yo les dijera que no mi amigo me codeo y les dijo: – ¿Adónde quieren ir?.

– Por ahí – dijo Andrea con un tono audaz lo que hizo que nos saltase el indio. Yo pensé: “Y bueno ya que estamos en el baile bailemos”.

– Hagamos una cosa – les dije -… salgan del centro y esperen nos a cuatro cuadras de aquí.

Les indique el lugar en dónde había poca luz y las podríamos levantar sin que se enterase nadie. Dicho y hecho. Les dimos diez minutos y salimos en su búsqueda. Mi estomago me hacia cosquillas de los nervios que tenía, no por encarar a esas pendejas, sino porque sabía que era algo peligroso y prohibido. Una parte de mí deseaba que las chicas no estuviesen en el lugar indicado, pero el “macho” que tenía adentro rogaba porque allí estuviesen. A una cuadra de llegar en mi coche, las luces de este dejaron ver las siluetas perfectas de las jóvenes; apague las luces para que nadie identificara el auto y conduje los últimos 30 metros a oscuras. Frente a ellas detuve la marcha para que subiesen y arranque raudamente.

– Bien chicas… ¿y ahora que hacemos? – les pregunté pelotudamente.

– No lo se profe… ¿a vos que se te ocurre? – me preguntó desenfadadamente Patricia.

– Pues tengo un “buling” aquí cerca – les dije hasta con un poco de temor.

– ¿Un que preguntó Andrea? – con inocencia.

– Un lugar para llevar a los “levantes” – contestó Patricia.

– ¡¡Aaahh!! – respondió Andrea con voz encendida.

– ¿Quieren ir? – les pregunté – … ahí hay algunas cervezas en la heladera.

– Somos todas suyas profe – contesto Patricia.

– Ok – contesté yo con la verga como estaca.

El buling en cuestión estaba casi a la salida de la ciudad, así que conduje tranquilo hasta allí. Una vez dentro las pude observar bien. Patricia llevaba puesto un vaquero apretado a las caderas lo que demarcaba su firme y hermoso culo, tenía puesta una remerita violeta ajustada que le llegaba al ombligo y lo dejaba a la vista de los ojos; con la remerita tan ceñida se veía la silueta de sus jóvenes y crecientes pechos. Andrea mientras tanto llevaba puesta una mini vaquera lo que dejaba al descubierto sus esbeltas piernecitas. También llevaba una remera roja que le llegaba hasta al ombligo, en suma, estaba divina. Comenzamos a tomar cervezas, mi amigo Luis que es más desinhibido que yo comenzó a hablar con ellas preguntándole que si tenían novios; ellas respondieron que si, pero que les gustaban los maduritos. Luis le preguntó que madurito le gustaba a Patricia y vino la respuesta:

-El profe – dijo sin más – Me encantás – dijo mirándome a los ojos y se acerco a mí que estaba sentado en una silla del comedor.

– ¡¡Rayos!! – dije entre mí – … Que hago, mas si yo le doy para adelante.

En ese momento Patricia se sentó sobre mí totalmente desinhibida por la cerveza y porque la juventud de hoy en día sabe lo que quiere y va para el frente. En ese momento me susurro al oído: “Quiero que me cojas”. A esa altura yo ya no daba más, y si no hubiese estado Luis y su amiga allí la hubiese cogido en ese lugar.

– Vamos para el dormitorio – le dije, al tiempo que ella se incorporaba y me tomaba de la mano.

– Que la pases bien – le dijo su amiga.

– Obvio nena – le respondió Patricia.

Entramos al dormitorio y encendí la luz y la comencé a besar. Algo de experiencia tenía porque lo primero que hizo fue meter su lengua en mi boca; yo le respondí metiéndole la mía hasta su garganta.

– Nunca me han besado así – me dijo.

– ¿Y ya has tenido sexo? – le pregunte al tiempo que le besaba detrás de la oreja.

– No, esta es la primera vez – respondió dejándome atónito.

– Así que me voy a comer un virguito – le dije.

– Si profe, te vas a comer un virguito – me dijo al tiempo que me desprendía el pantalón.

Rápidamente nos quitamos la ropa y pude ver sus pequeños y duros senos, sus pezones estaban a punto de estallar. Cuando la mire a la cara ella estaba mirando fijamente mi verga, le pregunte:

– ¿Pasa algo?

– ¿Todo eso va dentro de mí? – fue la respuesta.

– No te preocupes. Yo te cuidare.

Y comencé a besar y mordisquear sus pezones. La lleve a la cama y comencé a besarla lentamente. En ese momento me incorpore y poniéndome los calzoncillos le dije: Espérame un momento. Salí y fui hacia la heladera; mi amigo Luis ya se estaba “garchando” a la otra pendeja; yo seguí hacia la cocina y ellos ni se percataron que yo cruce al lado de ellos. Saque un tarro de dulce de leche y volví al dormitorio. Patricia me estaba esperando recostada sobre la cama de 2 plazas.

– Por fin regresas ¿Qué es eso?.

– Dulce de leche – respondí al tiempo que abría el tarro y comenzaba a untárselo en las tetas y en su apretadita conchita.

Acto seguido comencé a succionarle sus pezones al tiempo que ella comenzó a gemir: ¡ummmm! Que rico, no te detengas mi cielo. Luego comencé a bajar y le metí mi lengua en su ombligo por un rato; ella a esa altura se retorcía en la cama: ¡Si papito, así! –me decía. Seguí bajando hasta llegar a su conchita que estaba llena de dulce de leche y comencé a succionar sus labios vaginales al tiempo que ella me agarraba con sus dos manos el pelo y se retorcía: ¡¡Hayyyy… me acabo, me acabo!! –me decía. En ese momento introduje mi lengua en su clítoris y ella se vino, sentí sus ricos jugos en mi lengua y paladar al tiempo que ella se convulsionaba toda y quedaba con su piel de gallina: ¡¡Hay mi amor que hermoso!! –me dijo. En ese momento la bese para que ella bebiese sus jugos mezclados con el dulce de leche.

– ¡Mmmm, que rico este dulce de leche! – acotó. Ahí yo le explique rápidamente que eran sus fluidos del orgasmo; en síntesis su acabada – ¡¡Que bien sabe!! – fue su respuesta.

– Ahora es mi turno de gozar – le dije al tiempo que me sacaba el calzoncillo. Ella me quedo mirando y me dijo:

– Es que nunca he chupado una pija.

– No te preocupes -le dije al tiempo que tome dulce de leche y lo puse en mi glande que ya estaba a punto de reventar.

Ella con timidez comenzó a besarlo y acariciarlo hasta que en una se lo metió a la boca y comenzó a succionarlo al tiempo que me miraba a los ojos como toda una puta experta. Lo chupaba tan bien que a los pocos minutos me le acabé en su boca, ella se sorprendió y se ahogo un poco e hizo unas arcadas.

– Te acabaste en mi boca – me dijo.

– ¿Acaso no te gusto? – pregunté mientras ella se tragaba mi leche.

– Ahora si – me dijo al tiempo que venía hacia mi y me abrazaba muy románticamente.

Al poco rato mi pija estaba lista para la segunda sección. La comencé a besar y le hice abrir las piernas comencé a ponerle la puntita de mi verga en su vagina y a meterle un pedacito; yo sentía que mi verga iba hasta cierto punto y se “trancaba” cada vez que intentaba penetrar más ella intentaba separar mi cuerpo del de ella.

– Perdona, pero me duele – me dijo.

– No pasa nada mi chiquita ya verás como entra.

Seguimos besándonos y cuando noté que su conchita estaba totalmente lubricada se la puse hasta el fondo. En ese momento sentía a través de mi verga como algo se “rompía” dentro de ella.

– ¡Aaaahhh…! Me duele – dijo al tiempo que yo le tapaba la voz con un beso con lengua.

Al poco rato ella había aflojado el cuerpo. Por la expresión de su cara aún le dolía mis embates pero también gozaba. En ese momento comenzó a gemir:

– ¡Aaaahhh… me duele!

– ¿Quieres que te la saque?.

– No sigue… sigue… es hermoso -me respondió – ¡Dámela papi, dámela hasta el fondo! ¡Si así, aaahhhhh!.

En ese momento supe que se venía y yo apure el ritmo y nos acabamos juntos y quedamos abrazados por un par de minutos. Al cabo de esos minutos baje de ella:

– ¿Qué tal? – le pregunté.

– Me encanto – me respondió – Pero tendrás que seguir enseñándome cosas profe.

– Aquí va la primera – le dije, al tiempo que habría la mesita de luz y sacaba una pastillita rosada. – …Toma.

– ¿Esto que es? – me preguntó.

– Es la pastilla del día después. Es para que no quedes embarazada; mañana te la metes con tus deditos en tu conchita y así no quedaras embarazada – le dije entregándole la pastilla al tiempo que ella se sonreía.

– Pero esto no termina aquí… Tendrás que seguir enseñándome cositas – me dijo.

Ahora les contaré sobre el segundo round:

El pasado 25 de diciembre salimos con mi amigo Luis a dar una vuelta y con la intención de ir a alguna “disco”, para tomar unos tragos, escuchar música y de paso ver algún que otro joven culito. Tomamos un par de cervezas en el lugar de siempre, y alrededor de la una y media de la mañana marchamos raudos para la disco. Nada más llegar allí estaba la vereda del local llena de “guachaje”, lo que me hizo dudar que hacer (generalmente con mi amigo nos vamos los sábados a la noche a una ciudad vecina cinco veces más grande que la nuestra a un boliche en dónde van chicas más acordes con nuestras edades). Pero particularmente el sábado yo no sentía deseos de conducir por la ruta por lo que optamos quedarnos en nuestra ciudad.
Paramos el auto enfrente al boliche y nos quedamos escuchando música por un rato en el coche; al poco rato me dice Luis:

– ¡Mira quienes están ahí enfrente!

– ¿Quiénes? – pregunté yo al tiempo que miraba hacia la muchedumbre de jóvenes. En medio de ella estaban Patricia y Andrea mirándonos fijamente y sonriéndonos.

– ¡Pero estas guachas están desubicadas! – fue lo primero que atiné a decir – ¿Cómo van a estar mirándonos así tan regaladas?.

– ¿Y que importa eso? – me pregunto Luis.

– ¿Cómo que importa? ¿Mira si se llega a saber que nos cogimos a esas pendejas?

– No será para tanto – dijo Luis al tiempo que subía el stereo del auto.

En ese momento volví a mirar hacía donde estaban las chicas, pero para mi sorpresa ya no estaban allí “¡Ufff! Que alivio” me dije. Pero para mi nueva sorpresa Patricia y Andrea venían caminando por el frente del coche. Traían ambas unas minis vaqueras agarrada a sus caderas que las ponían para el infarto, también traían sendas remeritas que dejaban sus sensuales ombliguitos al descubierto y por encima de estas unas camperitas vaqueras también cortitas haciendo juego con sus respectivas remeritas.

– ¡Hola profe! – dijo Patricia a los gritos puesto que ya había comenzado a sonar la música del boliche que mezclada con la del auto hacía casi imposible escuchar las voces humanas.

– Hola Patricia – le dije en seco como tratando de separar distancia.

– ¿Qué té pasa profe que me hablas así? – me respondió ella.

– ¿Cómo que me pasa? Soy tu profesor, se supone que no deberíamos de tener tanta confianza.

– Bueno profe – me dijo ella sensualmente – Solo veníamos a desearles feliz navidad. ¿Cómo la paso ayer?.

– Bien gracias – le respondí.

– ¿Van a entrar a la disco? – pregunto ahora Andrea.

– Eso tenemos pensado – contestó Luis, al cual le adivine sus intenciones.

– Entonces nos vemos adentro – respondió Andrea. Luis asentó con la cabeza.

– Bye – dijo Patricia al tiempo que comenzaba a cruzar la calle rumbo a la disco.

– Bueno hermano, entramos – me dijo Luis.

– Dale – le respondí al tiempo que bajaba del auto y cerraba con llave su puerta.

Cruzamos la calle y muchos de los chicos que estaban haciendo “cola” para sacar su entrada comenzaron a saludarnos. Sacamos nuestras entradas y entramos al local que estaba iluminado con las luces de la disco. Me paré por un segundo en la entrada para darle tiempo a mis pupilas a acostumbrarse a la nueva iluminación; una vez que pude vislumbrar el lugar nos dirigimos hacia la barra, y pedimos un par de tragos. Estuvimos bebiendo y mirando jóvenes (y no tanto), por espacio de más de media hora. En ese momento Luis me invito a dar un “vueltazo” por la pista y nos paramos un rato al costado de una columna. A los cinco minutos vimos como un grupito de unas ocho jóvenes se ponían a bailar al lado nuestro. Al principio como las luces de la disco “giraban” muy rápido al ritmo de la marcha de turno no pude saber de quienes se trataban, pero no tarde demasiado tiempo en averiguarlo. En el grupo estaban Patricia y Andrea que lentamente se fueron corriendo hacía donde estábamos nosotros.

Con el cambio de música se pusieron a bailar y a mover sus estrechas caderitas de arriba abajo lo que hizo que yo tuviese una erección; lenta y disimuladamente Patricia me fue arrinconando contra la columna, tanto así que yo ya no tenía libertad de acción; para colmo la disco estaba atestada de chicos, así que opte por quedarme quieto al tiempo que mi amigo Luis se reía de la situación. Patricia se seguía contorneando con sus caderas subiendo y bajando como si estuviera cabalgando sobre una buena verga. Siguió retrocediendo hasta que hizo rozar a propósito su pequeño y durito culito sobre mi chota, se dio vuelta y miro a mis ojos con erotismo y hasta con malicia yo diría al tiempo que se sonreía. Continuó con su jueguito unos cuantos minutos y cada vez que me rozaba la verga se daba media vuelta y me miraba maliciosamente al tiempo que Andrea comenzaba a hacerle algo parecido a Luis, solo que con un poco más de disimulo. Creo que Patricia ya se había dado cuenta que yo tenía mi verga como estaca. En la siguiente oportunidad a Patricia no le vasto con refregar su culito sobre mi verga sino que con osadía llevo su mano derecha hacía atrás hasta tocarme el glande que estaba a punto de reventar “¡Joder!” – me dije. Cómo me hubiese gustado en ese momento tomar a Patricia, arrancar su diminuta braguita y cogérmela bien cogida. Acto seguido a que me tocara la verga Patricia se acerco entre la muchedumbre y poniendo algo en mí bolsillo izquierdo me dijo sensualmente:

– Quiero mi segunda lección profe. Lee el billetito.

Yo a esa altura tenía la sangre que me hervía por dentro. Miré hacía todos lados para ver si alguien nos estaba viendo, pero comprobé que todos seguían en su frenesí bailable. Las chicas lentamente se fueron corriendo hacia el centro de la pista dándonos un poco más de “libertad”.

– Seguidme – le dije a Luis, al tiempo que me abría paso entre la gente y enfilaba hacia los baños. Ya en el baño y cerciorándome que no había nadie saque el billetito que rezaba: “Los esperamos en media hora en el lugar de los otros días; no nos fallen”.

– ¿Eso te lo dio la pendeja? – me pregunto Luis al tiempo que yo asentí con la cabeza maliciosamente – ¿Qué vamos a hacer? – volvió a preguntar Luis.

– Esta vez le voy a enseñar a esa chiquita a coger bien – le respondí.

Seguimos tomando nuestros tragos con tranquilidad y mirando de tanto en tanto la hora. Una vez transcurridos veinticinco minutos salimos raudos de la disco. Abrí el coche y arrancamos a toda prisa. Yo con los tragos, y el espectáculo que Patricia me brindó con sus caderas estaba que ardía. Rápidamente llegamos al sitio donde la levante la vez anterior (hace un par de semanas atrás), y a cien metros de llegar al lugar divisamos las dos siluetas. Como la vez anterior apagué las luces del coche y conduje durante treinta metros a oscuras. Llegados a dónde las pendejas estaban detuve la marcha y ellas abrieron rápidamente las puertas traseras del coche y entraron a toda velocidad.

– Ya estábamos pensando que no vendrían – dijo Patricia.

Yo no contesté y acelere el auto a fondo poniendo rápidamente la primera, segunda y tercera marcha del auto. El coche “rabiaba” de tan exigido que estaba su motor; yo no quise poner cuarta porque estaba dentro de la ciudad y tenía miedo de tener un accidente.

– ¡Vaya prisa! – dijo Patricia al tiempo que me acariciaba tiernamente el pelo.

Yo estaba deseando llegar al “buling” y cogérmela bien cogida. Una vez que llegamos le tire la llave a Luis para que abriese rápido la puerta, en ese momento yo bajaba del coche junto a las pendejas. Yo tome a Patricia por la espalda en el pórtico y ella se quedo tiernamente asombrada con mi actitud. Andrea entro a la casa detrás de Luis mientras yo daba vuelta a Patricia y comenzaba a besarla. Al comienzo fueron besos tiernos, pero de a poco se fueron transformando en besos cada vez más calientes al tiempo que yo metía mi mano derecha por debajo de su mini vaquera y buscaba su hermosa, joven y casi sin uso conchita. Hice a un lado su diminuta braguita y apenas toque su conchita a Patricia le vino como un chucho de frío.

– ¿Qué van a hacer? – preguntó Andrea que nos había estado observando todo ese tiempo – Entren que están regalados ahí – agregó, lo cual me trajo a la realidad y comprendí que tenía razón.

Tomé a Patricia de la mano y comencé a caminar hacía adentro de la casa. Antes de entrar en ella Patricia me jalo hacía atrás y me dijo:

– ¡Has comenzado precioso profe! ¡Espero que sigas así ahí dentro!.

Las palabras de Patricia me dejaron enchufado a 440 volts.

– Ya verás lo que te haré chiquita… ¡de esta noche no te olvidas más!.

Entramos a la casa, y apenas nos dio para cerrar la puerta, volví a besarla toda ahí no más; y cuando estaba a punto de sacarle uno de sus jóvenes y pequeños senos para lamerlos siento la voz de mi amigo que me dice:

– ¡Che…! Podrías irte para el cuarto… ¿no? – yo tome a Patricia de la mano y prácticamente la arrastre hacia el dormitorio.

Una vez en el cerré la puerta y nuevamente comencé a besarla; nuestras lenguas se cruzaron y era tanto nuestra calentura que nuestros dientes se golpearon entre si dándonos un poco de dolor al cual no le dimos importancia. Comencé a sacarle la camperita de jeans, la minúscula remerita que llevaba puesta, el sostén; todo esto sin dejar de besarnos. Ella quedó con el torso desnudo, yo la aparte por un segundo de mí y comencé a contemplarla, tenía un cuerpito perfecto, una caderita extremadamente estrecha, hasta parecía frágil; su piel era tersa dejando bien en claro su corta edad.

– ¿Qué me miras? – me preguntó.

– ¿Por qué conmigo? – atiné a preguntarle.

– Porque me gustan grandecitos y desde que entre al cole te eche el ojo y siempre dije que te tendría.

– Así que eres una nena caprichosa – le dije.

– Puede ser – dijo atrayéndome hacia ella – Me gusta obtener lo que quiero – agrego al tiempo que posaba su manita derecha sobre mi erguido pene. – ¡Uyyy, como está hoy! ¿Es todo para mí?.

Yo asentí con la cabeza al tiempo que tomaba su senito izquierdo y lo introducía en mi boca y comencé a succionarlo como lo hace un bebe cuando está mamando, y también le di pequeños mordiscos. En ese momento ella se echo hacía atrás soltando un largo gemido de placer.

– ¡¡Mmmmmm!! ¡¡que rico profe!! – agrego al tiempo que yo la abrazaba para que no cayese al piso.

– Esto no es nada chiquita, hoy aprenderás de veritas a coger.

– De veras – respondió – ¿Y que me harás?.

– Ya lo veras bebé – le dije al tiempo que la llevaba hacia la cama.

Instintivamente ella intentó acostarse y yo lo evite jalándola hacía mí. Le desprendí su mini que cayo automáticamente al suelo, dejando su diminuta tanguita roja al descubierto. Con un rápido y salvaje movimiento la di vuelta quedando ella de frente a los pies de la cama y dándome su colita hacía mí. Su braguita se metía toda en su culito, y eso me calentó más; lentamente se la fui bajando hasta quitársela. En ese momento ella se dio vuelta y comenzó desenfrenadamente a quitarme la remera al tiempo que yo me desprendía el cinto y el botón de mi pantalón vaquero. Ella me lo bajo hasta el piso, de un tirón yo me quité ambos mocasines para que el pantalón pudiese salir de mis piernas. Por un segundo quedo mirando mi cuerpo como extasiada, de inmediato comenzó a besarme mientras introducía su mano derecha en mi calzoncillo y entraba en contacto y de lleno por primera vez en la noche con mi verga. Me quito el calzoncillo al tiempo que besaba mi pecho y mi ombligo. Antes de que siguiese bajando la levanté y la lleve hacía la cama, pero sin permitir que se acostara. Tome una de las almohadas y la puse a los pies de la cama y en el piso.

– ¡¡Arrodíllate sobre la almohada!! – le ordene.

Ella sumisamente obedeció. Se arrodillo sobre la almohada al tiempo que ponía su mano izquierda sobre la cama, y con el brazo derecho se recogía su larga cabellera castaña. Yo mire hacía su redondo y hermoso culito juvenil y pude divisar la raja de su vagina hinchada de la tremenda calentura que tenía; me puse por detrás de ella también de rodillas y con mi mano izquierda la hice reclinar hacía adelante dejando su rostro sobre los pies de la cama. Esa posición me permitió a mí poder divisar el agujerito de su coñito y la rajita de su conchita completamente mojada. Comencé besándole la espalda lentamente y a pasarle la lengua por sus cervicales; Patricia se sacudió con un escalofrío al tiempo que comenzaba a gemir. Seguí bajando con mi lengua hasta sus nalgas; primero le bese la izquierda y luego tomé entre mis labios la derecha y le di un pequeño mordisco.

– ¡¡Aaahhh… si!! – gimió Patricia que intentó incorporarse pero yo no la deje.

Baje más aún con mi boca hasta llegar a su culito; hice que se abriese bien de piernas y comencé a explorar profusamente su coñito lleno de pendejitos. Patricia a esa altura jadeaba de placer. Seguí bajando con mi lengua hasta llegar a su vagina, e inmediatamente sentí sus hermosos jugos en mi boca. Con dos dedos de mi mano derecha fui abriendo sus labios vaginales haciendo que Patri se retorciese toda. Metí mi lengua hasta el fondo de su clítoris al tiempo que comenzaba con mi boca a succionárselo y con suave cuidado se lo mordisqueaba.

– ¡Hayyy, papi… me acabo! – dijo entre jadeos Patricia. En ese momento deje de mamarla y ella se quejo suplicando.

– ¡Por favor sigue… sigue! ¡No te detengas!.

– Te dije que te iba a hacer gozar y gozaras – le dije.

En ese momento Patricia intento incorporarse de su posición pero yo no se lo permití. Ella intento tomar mi verga con sus manos pero se las aparte.

– Ahora mando yo – le dije – ¿Querías otra lección? -le pregunté al tiempo que ella decía que si – Pues te la estoy dando – le contesté.

– ¡Pero por favor, ponédmela ya, que no aguanto más! ¿Porque sois malito conmigo? – me suplico y pregunto casi con desesperación.

Yo tomé mi verga y la coloque sobre la entrada de su aún estrecha vagina; apenas roce con la punta del glande su clítoris lo saque hacía atrás; hice la misma operación al menos tres veces más y cuando vi que Patri estaba totalmente sumisa a mi juego se la mande hasta el fondo de manera imprevista.

– ¡Aaahhhhh! – grito de forma estridente.

– Te dolió – le dije maliciosamente sabiendo que esta era la segunda vez en su vida que tenía una verga dentro suyo.

– ¡Si! – contesto entre jadeos.

– ¿Quieres que la saque? – le pregunté al tiempo que ella se mordía los labios y se agarraba fuertemente con sus manos de la colcha de la cama.

– ¡No! – me dijo entre cada vez más profusos jadeos – ¡Si te detienes te mato! – le salió de lo más profundo de su ser.

Por primera vez yo seguí sus órdenes penetrándola hasta el fondo. Yo la había puesta en la posición que en el Kamasutra se llama Unión del Antílope lo que también tenía ventajas para ella. Al comienzo Patri tenía las piernas bien abiertas lo que permitió que mi verga entrase con facilidad; enseguida le dije que las cerrase lo que hizo que mi verga quedase apretada en su conducto. Su conchita tenía mi verga bien sujeta, apenas podía entrar y salir. Eso hacía que ambos gozáramos como condenados.

– ¿Te gusta nena? – le pregunté.

– ¡¡Ajá!! – atinó a decir Patricia entre dientes – ¡Si papi, estoy viendo las estrellas! ¡Dámela más amor! .

Al parecer la conchita de Patricia se había acostumbrado a mi verga y ya no le dolía sino que le daba placer. Patricia comenzó a jadear más y más y comenzó a dar estertores espasmódicos al tiempo que gritaba

– ¡Aaaahhh, si papi, dámela toda!.

En ese momento tuve que taparle la boca porque sino hubiese despertado a los vecinos. Ella estaba tan extasiada que me mordió la palma de la mano lo que me provoco un buen dolor.

– ¡¡Aaaahhhhh…!! – volvió a refunfuñar Patricia entre mi mano, y pude sentir como mi verga sentía el calorcito de sus dulces juguitos.

Rápidamente saqué mi verga, me agache e introduje mi lengua en su vagina, no podía desaprovechar de tomar esos jóvenes, fuertes y sabrosos juguitos de Patricia que se seguía sacudiendo a causa de su acabada. Al cabo de unos segundos me incorpore y con sus juguitos en mi boca incorpore la cabeza de Patricia y la bese; introduje mi lengua en su boca pasándole sus propios jugos.

– ¡¡Mmmmm!! – dijo ella golosamente – ¡Que rico! ¿Es mi acabada? – me pregunto con inocencia.

– Si – conteste yo.

– ¿Y vos te acabaste? – me volvió a inquirir. Al tiempo que le decía que no. Ella miro hacia mi verga y vio que estaba como estaca.

– ¡No es justo profe, yo quiero esa lechita! – me dijo como nena mal criada y con malicia.

– Ya sabes que hacer si la quieres – le respondí.

Ella se dio media vuelta al tiempo que yo me paraba, siguió de rodillas sobre la almohada y tomo mi verga que ya estaba morada de tanta calentura y a punto de explotar. Patricia le dio un tímido beso primero lo que me hizo dar una pequeña convulsión de placer; ella se dio cuenta de esto y lo repitió por tres veces seguidas.

– ¿Te gustan mis besitos profe? – me pregunto maliciosamente y mirándome a los ojos.

– Ajá… Pero ya chúpamela.

Ella obedeció de inmediato y se la introdujo en su boca cerrando sus almendrados ojos. Yo sentía como la chupaba y pasaba su lengüita por mi glande.

– ¡¡Mmmm… si Patricia, así!! – le dije.

Patricia abrió sus hermosos y tiernos ojitos y mirándome a los ojos siguió su labor; ahora había sacado mi verga de su boca y estaba pasando su lengua por mi glande al tiempo que me hacia la paja. Cuando sentí que me estaba acabando hice que Patricia se la metiese en la boca y me vine.

– ¡Aaahhhhhh…! – grite al tiempo que abría mis ojos y miraba como la boca de Patricia estaba llena de mi blanca, espesa y grumosa leche.

Patricia la revolvió por unos segundos en su boca aún con mi verga dentro de ella y se la trago con toda maestría; de inmediato chupo por un instante mi ya flácida verga y la saco reluciente de su boca.

– ¿Cómo estuve profe? – me preguntó.

– Tienes un doce – respondí al tiempo que le ayudaba a reincorporarse y comenzaba a besar tiernamente.

– ¿Ya me has enseñado todo? – me pregunto una vez que estábamos acostados y abrazados.

– No mi chiquita, aún queda mucho por aprender. Ni yo lo se todo aún – le respondí con toda sinceridad.

– Pero aún te voy a enseñar otra cosita.

– ¿Qué cosa? – me preguntó con la curiosidad de su joven edad.

– Quiero tu culito Patricia – le dije al tiempo que ella se incorporó de la cama.

– ¡¡Ni loca!! – me dijo sorprendida.

– Eso debe de doler mucho, y acordarte que apenas me has desvirgado y esta es la segunda vez que me cogen. Aparte, ¿que le digo a mis papás si me rompes el culo?.

– Tranquila bella, vos confía en mí, veras que no pasa nada. De esta noche no te olvidaras jamás.

Tercer round:

Comencé a besarla para aflojar su tensión cuando de pronto sentimos gemidos que venían desde el comedor. Nos miramos con Patricia y con mucha picardía nos bajamos de la cama y con mucho sigilo nos dirigimos hacia la puerta y la abrimos sin hacer ruido alguno. Allí pudimos observar como mi amigo Luis tenía a Andrea sobre el sillón de tres cuerpos del living, boca arriba y con las piernas desmesuradamente abiertas. Las plantas de los pies de Andrea estaban calzadas sobre los hombros de Luis que la estaba meta “bombear”. Andrea gemía y le pedía por favor que continuase dándosela toda. Ella tenía sus hermosos ojos celestes desmesuradamente abiertos y totalmente dilatados a causa del placer. A mi se me paro la pija de inmediato y vi como Patricia comenzaba a quedar con sus pezoncitos duritos signo inequívoco de que estaba excitada; puse un par de dedos en su conchita y pude observar como esta ya estaba lubricada. La tome por la cintura y cerramos la puerta del dormitorio sin que Luis ni Andrea nos viesen. Comenzamos a besarnos con terrible pasión al tiempo que yo le pregunte tiernamente:

– ¿Me darás tu colita cielito?.

– Ya te dije que no – me respondió entre mis labios.

Yo continué con mi fino trabajo besándola, chupándole los senos y con mi mano derecha le metía un par de dedos en su conchita.

– ¿Te vas a perder esta experiencia? – volví a inquirirle mientras la besaba.

– Es que tengo miedo – me respondió ella.

Yo seguí masajeándole la vagina al tiempo que mi mano izquierda se dirigía hacia su anito. Tras comprobar que no estaba casi lubricado cambie de mano; puse la izquierda en su clítoris al tiempo que llevaba la derecha impregnada de sus jugos hacia su culito. A esa altura Patricia ya comenzaba a gemir; y yo estaba convencido que en cualquier momento me diría que hiciese lo que yo quisiese con ella. Mi mano derecha se abrió paso a través de sus nalguitas llegando a la entrada del hoyito pequeñito de Patricia. Primero le metí lentamente un dedo completamente lubricado por sus jugos. Instintivamente Patricia se echo hacía mí.

– ¡¡Sssshhhh!! ¡¡Tranquila mami!! – le dije – Afloja tu cuerpo. Abrir tu culito – agregue mientras continuaba chupándole los senos y con mi mano izquierda le hacía una pajita.

Ella levanto con su mano derecha mi cabeza y con su redondita boquita busco la mía y con pasión metió su lengua hasta mi garganta.

– Ya falta poco – pensé para mí, al tiempo que ahora le metía otro dedo más en su coñito y comenzaba a hacerle una pajita.

– ¡Mmmmm! ¡aaahhhhh! – gimió de placer Patricia.

– Ves chiquita, ya tienes dos de mis dedos en tu culito – le dije sin parar de besarla – ¿Vas a dejar que te meta aunque sea solo la punta de mi verga en el? – le pregunté.

– Si… pero prométeme que tendrás cuidado – me dijo.

– Te lo juro cielo. Lo único que yo quiero es que tú goces.

Acto seguido saque mis dedos de su coñito y nos separamos por un instante; fui hasta la mesita de luz y extraje un tarrito de vaselina en pomada. Me dirigí hacia la cómoda y le hice señas con un dedo para que viniese. Ella acudió de inmediato a mí.

– ¿Qué es eso? – me pregunto.

– Es vaselina amor, servirá para facilitar mí entrada cielo. Date la vuelta – dije al tiempo que ella obedecía apoyando sus manos sobre el mueble.

Abrí con cuidado sus nalgas con mi mano izquierda mientras que con la derecha extraía del tarro que estaba sobre la cómoda una buena cantidad de vaselina. Primero le chupe el culito para excitarla aún más a Patricia, yo la podía ver a través del espejo que tenía enfrente como se apretaba los labios con los dientes y cerraba sus ojos. De inmediato comencé a llenar su anito de vaselina hasta dejarlo completamente lubricado. Para darle seguridad le pedí a Patricia que me pusiese vaselina en mi glande; ella agarro con su mano izquierda la chota mientras que con la derecha extraía vaselina del tarro y la colocaba en el glande hasta que este quedo totalmente cubierto y resbaloso. Hice que Patricia se diese vuelta nuevamente y pude ver como me observaba a través del espejo. Con sumo cuidado abrí las nalgas de Patricia e introduje lentamente el glande en su agujerito. Instintivamente Patricia se echo hacía adelante:

– Tranquila amor. Veras que todo estará bien – le dije.

Luego de varios intentos logre meterle la punta de mi verga en su estrecho anito. Lleve mi mano izquierda hacía su vagina que estaba completamente mojada e introduje tres dedos en ella, y comencé a masturbarla; vi a través del espejo como Patri gozaba con los dientes apretados. Cuando lo creí pertinente metí un poquito más adentro el glande.

– ¡Aaaahhhh! – exclamó apenas Patri.

– ¿Te duele? – le pregunte.

– Un poco, pero sigue – me respondió.

Yo continué con la operación de masturbarla dejando mi pene quietito en la ubicación en que estaba. Cuando Patricia estuvo totalmente cachonda su anito se dilató liberando un poco mi verga. En ese momento se la introduje otro cachito. A esa altura yo seguía con mi mano izquierda masturbándola, pero ahora con la derecha le acariciaba y pellizcaba sus senos haciendo que patri gozara como nunca.

– ¡Siiii papiiii! ¡Sigue asiiiii! – dijo entre jadeos.

En ese momento yo aproveche y le inserte mi verga hasta el fondo. ¡Puff! sonó el glande al abrirse paso entre la vaselina y las paredes de su coñito. Patricia se tiro hacía adelante con síntomas claros de dolor.

– ¡Ufffff! ¡Aaahhh! ¡duele papi!.

En ese momento yo comencé a quitarla lentamente al tiempo que tomaba a Patricia con mi brazo derecho de su estrecha cintura para mantenerla cerca de mí.

– ¡Aaaayyyy papi! – volvió a gemir escapándosele una lagrimita de sus ojos.

– ¿Quieres que la saque del todo? – le pregunté.

– No… sigue suavecito – me contesto.

Yo así lo hice y comencé lentamente a ponérsela hasta la mitad y casi sacársela toda. Cuando vi que realmente Patricia se había relajado toda comencé a darle más profundidad a mis penetraciones. Patricia gemía a esa altura de placer.

– ¡Siiii! – jadeaba – ¡dámela toda! ¡Ooooh papi, que rico, que rico! ¡¡dámela hasta el fondo! – en ese momento supe que Patricia se estaba viniendo y yo ya no daba más por lo que también me vine junto a ella.

Mi verga comenzó a temblar y una gran cantidad de caliente semen inundo las paredes del culito de Patricia. Nuestros cuerpos quedaron unidos por varios minutos sobre la cómoda que resistía estoicamente el peso de los dos. Luego de un par de minutos saque mi verga de su hoyito que había quedado completamente dilatado. Cuando Patricia se incorporó de su culito cayo mi lechita mezclada con la vaselina.

– ¡Huyyy mi amor, que rico! – dijo Patricia mirando la leche en el piso – Pensar que toda esa lechita estaba dentro mío.

– ¿Cómo te sientes bella? – le pregunté.

– Cómo si me hubiese atropellado un tren – me respondió escueta y sinceramente – Pero me encanto, me arde el culito pero ya se pasara. ¿Te das cuenta que me has desvirgado tres veces ya? – me preguntó.

– Dos – le respondí entre sonrisa.

– No mi amor, tres veces. Me desvirgaste la boquita, después la conchita y ahora el culito – me dijo al tiempo que me abrazaba y me daba un tierno beso en la boca.

– Les voy a decir a mis amigas que cojan de las tres maneras, para que vean lo que se están perdiendo.

Patricia me miró a los ojos y cuando yo estaba a punto de decirle que tuviese cuidado con lo que decía me respondió:

– ¡Claro está que les diré cuando el nabo de mi novio se decida a cogerme! – y acotó maliciosamente: – Lo que aún no se es como haré para enseñarle a cogerme el culito.

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AlfredoTT
AlfredoTT
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