Sexo con el trailero

Nota del autor (ficticio): Todo esto es una fantasía erótica consensual entre adultos mayores de 18 años.

Me llamo Jessi y vivo en Tizimín, Yucatán. Hace unas semanas empecé a hablar por Facebook con un trailero que se llama Marco. Era de esos hombres que mandan fotos de su camión en carretera, con el sol quemando el asfalto, y siempre terminaba la conversación con un “cuando pase por Tizimín te invito a conocer el camarote”.

Al principio era puro coqueteo, pero poco a poco se puso más caliente. Me mandaba audios roncos diciéndome lo que me haría si me subía con él. Yo le contestaba con fotos mías en ropa interior, nada muy explícito, pero suficiente para que se volviera loco.

Un día me escribió que iba a pasar por el periférico rumbo a Mérida y que si quería verlo de verdad. Le dije que sí sin pensarlo mucho. El corazón me latía fuerte mientras me preparaba. Saqué la lencería que casi nunca uso: un conjunto de colegiala chiquito, rojo y negro, con tanguita de encaje que apenas cubre nada y brasier que me hace ver las tetas casi desbordadas. Encima me puse un vestido corto y suelto para no llamar tanto la atención… al menos hasta que decidiera quitármelo.

Llamé al taxi de siempre, el de Don Luis, que me conoce desde que era chavita. Cuando subí al coche me miró por el retrovisor y se le abrieron los ojos.

—Órale, Jessi… ¿vas a una fiesta o qué? —me dijo con esa sonrisa pícara de siempre.

Yo solo sonreí, me subí el vestido un poco más de lo necesario y le contesté:

—No, Don Luis… voy a ver a un amigo.

Se quedó callado el resto del camino, pero yo veía cómo sus ojos se iban cada rato al espejo. Antes de llegar al punto donde había quedado con Marco, le pedí que se orillara un momento en una calle solitaria del periférico. Saqué el vestido por la cabeza, quedándome solo en la lencería de colegiala. Don Luis casi se choca cuando me vio por el retrovisor. Me miró boquiabierto, la cara roja.

—Tranquilo, Don Luis… solo me estoy cambiando —le dije mientras me acomodaba las medias hasta los muslos y me ponía unos tenis blancos.

Él solo tragó saliva y murmuró un “estás… estás impresionante, mija”. Le di las gracias con una sonrisa y le pedí que me llevara hasta la gasolinera que está antes de la salida a Mérida.

Cuando bajé del taxi, el aire caliente me pegó en la piel. Caminé despacio hacia donde Marco me había dicho que estaría estacionado. Pasé cerca de unos muchachos que estaban echando gasolina y otros que descansaban en sus camionetas. Los piropos empezaron casi de inmediato.

—Ay mamacita, ¿pa’ dónde vas vestida así?

—Esa tanguita no tapa nada, reina…

—Ven pa’cá, te doy un aventón mejor…

Yo solo sonreía, movía las caderas un poquito más y seguía caminando. Sentía sus miradas quemándome el culo y la espalda. Cuando por fin vi el tráiler blanco con franjas rojas, mi corazón se aceleró todavía más.

Marco abrió la puerta del copiloto y me tendió la mano. Era más grande de lo que imaginaba, moreno, con barba de varios días y esa mirada de hombre que ya sabe lo que quiere.

—Sube, preciosa… te estaba esperando —me dijo con voz grave.

Apenas cerré la puerta, me jaló hacia el camarote de atrás. No hubo casi palabras. Me empujó contra la cama estrecha, me levantó la faldita del conjunto y me bajó la tanguita de un tirón. Me puse de rodillas en el colchón y le abrí el cierre del pantalón. Su verga ya estaba dura, gruesa, caliente. Me la metí a la boca despacio, saboreándola, dejando que se me llenara la garganta mientras él me agarraba del pelo y gemía bajito.

—Así, mami… chúpamela rico…

Le mamé un buen rato, alternando con la lengua en la cabeza y metiéndomela hasta el fondo. Cuando ya no aguantó más, me levantó, me puso boca abajo y me abrió las piernas. Entró de una sola embestida profunda. Grité de placer. Empezó a darme duro, el tráiler se mecía un poco con cada empujón. Me vine rápido, apretándolo con todo el coño mientras él seguía embistiéndome sin parar.

Después me puso arriba de él. Me monté despacio, sintiendo cómo me abría toda. Le dije al oído:

—Quiero que te vengas adentro… lléname toda…

No tardó mucho. Me agarró las nalgas con fuerza, gruñó y se vino dentro de mí, chorros calientes que sentí hasta el fondo. Nos quedamos jadeando un rato, abrazados, con su verga todavía dentro.

Después me dijo que iba rumbo a Carrillo Puerto y que si quería irme con él. Acepté sin pensarlo. Nos fuimos por la carretera, yo todavía con la lencería de colegiala puesta, solo con una chamarra suya encima. En el camino no paramos de cogernos. En un alto me bajé los calzones y me senté encima de él mientras manejaba despacio. Le susurraba cosas sucias al oído:

—¿Te gusta cómo se siente mi coñito apretado mientras manejas, papi?

—Quiero que me cojas duro en cada pueblo que pasemos…

En una brecha solitaria antes de llegar a Carrillo paramos y lo hicimos otra vez en la cabina, esta vez yo de perrito con las manos apoyadas en el parabrisas. Me vine gritando su nombre.

Al día siguiente me regresó a Tizimín. Antes de llegar al centro le pedí que me dejara en una calle tranquila. Llamé otra vez a Don Luis. Cuando llegó y me vio subir al taxi todavía con la chamarra del trailero y la cara de recién cogida, solo sonrió y dijo:

—¿Y ahora sí ya te divertiste, verdad?

No le contesté con palabras. Me quité la chamarra, me abrí de piernas en el asiento trasero, metí la mano dentro de la tanguita y empecé a masturbarme despacio, mirándolo por el retrovisor. Él manejaba más lento de lo normal, respirando fuerte. Me vine otra vez, gimiendo bajito, mientras él solo murmuraba “órale, Jessi… qué rica estás”.

Cuando llegamos cerca de mi casa me vestí rápido con el vestido que traía de salida, le di las gracias a Don Luis con un beso en la mejilla y bajé. Entré a mi casa oliendo a sexo, a carretera y a hombre ajeno. Mi esposo estaba en la sala viendo televisión. Me dio un beso en la frente y me preguntó cómo había estado mi día.

—Bien… muy bien —le dije sonriendo, todavía sintiendo el semen de Marco resbalándome un poquito por el muslo.

Y me fui a bañar…

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