Rojo Intenso – Capítulo 1: Noche de copas
Rosanna siempre había sido una mujer de presencia imponente. A sus cincuenta y seis años, conservaba un cuerpo que desafiaba el tiempo: curvas perfectamente delineadas, piel clara y tersa, y una melena castaña que caía en ondas suaves sobre sus hombros. En la oficina, todos la respetaban, pero pocos se atrevían a mirarla con la intensidad con la que Ismael lo hacía.
Ismael, con sus treinta y cinco años y figura generosa, no encajaba en el molde del típico compañero de trabajo. Sin embargo, había algo en su piel clara y en esos ojos negros y profundos que despertaba la curiosidad de Rosanna. Ella, jefa y mentor, lo llamaba cariñosamente “Lucas”, mientras él, con esa mezcla de respeto y ternura, le decía “tía”.
Era un juego de dobles sentidos, de silencios cargados, de sonrisas apenas perceptibles, que ambos habían cultivado en los largos meses de trabajo conjunto. Había una química latente, un magnetismo que ninguno se atrevía a nombrar, pero que ambos sentían tan reales como el aire que respiraban.
Esa tarde, en la colonia Condesa, Rosanna miraba por la ventana de su departamento mientras organizaba un pequeño encuentro para celebrar un proyecto exitoso. Su mirada se posó en el teléfono, dudando por un instante, hasta que finalmente marcó el número de Ismael.
—Lucas —dijo con una voz que mezclaba autoridad y dulzura—, ¿te gustaría venir a tomar algo conmigo esta noche? Solo tú y yo. Tengo un vino abierto y no pienso beberlo sola.
Del otro lado, la respuesta fue una pausa, un suspiro, y luego un sí decidido.
Esa llamada era el inicio de algo más allá de lo profesional, el primer paso hacia una noche donde los límites entre jefe y empleado, entre deseo y responsabilidad, comenzarían a desdibujarse.
Rosanna sonrió para sí misma, dejando que la anticipación le recorriera el cuerpo. Sabía que nada sería igual después de esa noche.
El viernes había sido largo, pero no más pesado que cualquier otro en la agencia. Entre campañas urgentes y clientes neuróticos.
El departamento estaba impecable, iluminado con lámparas de luz cálida y una playlist de jazz sonando de fondo. Afuera, la colonia Condesa murmuraba bajo el cielo nublado.
Ya con la segunda copa de vino en mano, ambos reían de anécdotas absurdas del trabajo. Había algo distinto en la manera en que se miraban esa noche. Las palabras fluían con ligereza, pero el aire entre ellos se volvía cada vez más denso, más tibio, más cargado.
—Ay, Lucas… —dijo ella, soltando una risa suave—. Me está matando la espalda. Esos sillones de la oficina me van a dejar jorobada.
Ismael la miró curioso, con esa mezcla de timidez y deseo que se le escapaba cuando estaba con ella.
—¿Quieres que te dé un masaje?
Rosanna lo pensó un segundo y luego, con una sonrisa traviesa, se puso de pie.
—Sí. Pero como dios me trajo al mundo.
Sin decir más, caminó hacia su recámara y minutos después desde ahí lo llamó.
Ismael entró con el corazón acelerado. Ella ya estaba acostada boca abajo, envuelta solo en una pequeña tanga negra con detalles de líneas blancas y un moñito negro que contrastaba con su piel suave y clara, aquel pedazo de tela dejaba ver a detalle ese par de maravillosas nalgas que él deseó desde 10 años atrás cuando se conocieron. El contorno de su cuerpo era hipnótico. Perfecto. Irreal. Sus hombros expuestos, el cabello castaño cayendo sobre ellos, él comenzó con el masaje.
—¿Así está bien, tía? —preguntó él, tratando de sonar casual.
Ella sonrió, sin girarse.
—Perfecto, Lucas.
Sus manos temblaban al principio, pero el calor de su piel lo guio. Comenzó a masajear sus hombros con torpeza dulce. Ella cerró los ojos, dejando escapar un suspiro profundo. Y ese sonido bastó. Fue como una chispa que encendió algo entre ellos.
Él siguió descendiendo lentamente por su espalda, deteniéndose en la curva perfecta de su cintura. Los dedos de Ismael se detuvieron justo antes de tocar sus caderas, pero ella no dijo nada. Solo movió un poco su cuerpo, dándole espacio. Dándole permiso.
—Más abajo, Lucas —susurró.
Él tragó saliva. Sus manos bajaron hasta rozar la tela negra de su ropa interior. Acarició sus caderas, sus piernas, y luego, con una mezcla de atrevimiento y devoción, tocó esa parte de ella que tanto había deseado.
Rosanna suspiró de nuevo. Esta vez con un leve gemido que lo hizo contener el aliento.
—Más fuerte… —dijo entonces, con voz baja—. No tengas miedo.
Ella se acomodó, levantando apenas su cadera hacia él. Una invitación sin palabras. Un lenguaje solo suyo. Ismael no respondió. Solo obedeció. Y el aire en la habitación se volvió tan espeso que cada caricia, cada roce, era un poema sin palabras.
El tiempo parecía suspendido en esa habitación donde el silencio era apenas interrumpido por el murmullo de la música que llegaba desde la sala. Rosanna seguía con los ojos cerrados, entregada al momento, mientras Ismael recorría su piel con manos temblorosas pero cada vez más seguras. El calor de ambos cuerpos se mezclaba con la fragancia sutil del vino, del deseo, del atrevimiento contenido durante meses.
Él, sin decir palabra, se inclinó con devoción, con la admiración de quien contempla algo sagrado. La contempló un instante más, como si quisiera guardar esa imagen para siempre: la curva perfecta de su cintura, la forma redonda y firme de esas caderas que tanto había imaginado, apenas cubiertas por una tanga negra que ya parecía parte de su piel.
Entonces, llevado por algo más fuerte que la razón —un impulso dulce y salvaje a la vez— se acercó, y posó su rostro con ternura entre ese par de nalgas que lo habían hechizado desde el primer día, lo olía como si no hubiera un mañana, presionaba su rostro como si quisiera meterse dentro de su ano.
Fue un gesto lento, lleno de entrega.
Ella, sorprendida, dejó escapar un gemido bajo, profundo… uno que no venía del cuerpo, sino del alma. No era un sonido vulgar ni desesperado, sino el susurro de una mujer que se sentía adorada. Su espalda se arqueó apenas, como invitándolo a más.
—Lucas… —dijo entre jadeos—. Qué estás haciéndome…
Ismael no respondió. Solo se dejó llevar, besando con delicadeza, como si cada rincón entre ese par de masas redondas y carnosas fueran un pétalo que merecía reverencia. No había prisa. No había miedo. Solo el lenguaje silencioso de dos cuerpos que se reconocían.
Lentamente con su mano derecha, Ismael hizo a un lado la tanga que dividía aquel monumento que tenía frente a sus ojos, por fin podía ver los pliegues carnosos del ano que tanto deseaba lamer, y sin dudarlo, comenzó a penetrarlo con su lengua, ensalivando todo ese manjar que esa noche era suyo.
Ella tembló ligeramente, entrecerrando los ojos. Sentía algo que no había sentido en años: un deseo sin culpa, sin poses, sin vergüenza. Un deseo que la hacía sentirse viva, deseada, completamente mujer.
Después de un momento eterno, Rosanna se giró despacio. Lo miró con esa mezcla de dulzura y fuego que sólo ella sabía manejar.
—Ven aquí —le dijo con voz baja, mientras lo tomaba de la camisa—. No quiero estar sola esta noche.
Ismael asintió, conmovido, como si en ese instante entendiera que algo más grande que la lujuria los unía. Se recostó a su lado, y ella apoyó la cabeza en su pecho.
Allí, en medio del silencio íntimo y el temblor de sus respiraciones, los dos comprendieron que lo que había comenzado como un juego entre copas, se estaba convirtiendo en algo más profundo.
Tal vez era deseo.
Tal vez era ternura.
Tal vez… era amor disfrazado de atrevimiento.
El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces de la ciudad que se colaban por la ventana. El silencio era espeso, y sólo se rompía con la respiración entrecortada de Rosanna, aún acostada boca abajo, y los latidos acelerados de Ismael, que temblaban bajo su piel como un tambor sagrado.
Ella se giró despacio, mostrándose sin pudor, sin miedo. Sus ojos lo buscaron con deseo. Ismael se acercó, como guiado por algo más allá de él mismo, y sus labios se encontraron por primera vez.
El beso fue suave al inicio, un roce tímido, respetuoso. Pero pronto creció. Sus bocas se encontraron con más hambre, como si en ese instante todo lo que habían callado durante meses saliera a la superficie. Rosanna lo atrajo con fuerza entre sus brazos. Él la tomó con cuidado, con la torpeza dulce de quien acaricia algo frágil y valioso.
—Lucas… —susurró ella, con voz entrecortada, mientras lo besaba—. Hazme sentir viva.
Él bajó lentamente por su cuello, dejando besos suaves en su piel clara, descendiendo con devoción hasta que sus labios rozaron la parte más sagrada de ella: sus senos.
—Tía… —susurró, embelesado, mientras sus manos la rodeaban con asombro—. Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida…
Ella soltó una risa baja, entre gemido y suspiro, mientras lo guiaba con sus manos hacia ellos. Ismael los besó con una mezcla de ternura y adoración, como si estuviera besando un milagro. Cada caricia era un poema. Cada palabra, una confesión callada.
—Me vuelves loco, tía… —susurró contra su piel.
Rosanna se arqueó levemente bajo él, permitiendo que sus cuerpos se encontraran con más fuerza. Había una urgencia en el aire, pero también una dulzura inesperada. Se tocaban como si fueran los únicos dos en el mundo. Como si el tiempo se hubiera rendido ante ellos.
Ismael bajó una de sus manos lentamente, acariciando sus perfectas nalgas; resultado de tantas horas en el gimnasio, acarició su cintura, con una ternura que contrastaba con el fuego de su mirada. Ella lo miraba sin decir palabra, solo con los ojos brillando de deseo. Y en ese silencio cómplice, él entendió que todo estaba permitido.
Se acercó más, envolviéndola en sus brazos, y siguieron besándose, explorándose, descubriéndose. Los cuerpos hablaban por ellos. No necesitaban más.
Y en medio de susurros, de palabras entrecortadas, de sus manos perdidas entre la suavidad de su piel, él volvió a susurrar:
—Tía… me encanta escucharte… tus gemidos me enloquecen…
Rosanna, en un hilo de voz, le respondió:
—Entonces no dejes de hacerme gemir, Lucas…
Y así, entre caricias, besos y palabras suaves, la noche siguió deslizándose como un sueño del que ninguno quería despertar. Lo que había comenzado como un juego travieso entre copas, ya era otra cosa. Algo más profundo, más humano, más intenso.
Tal vez era pasión.
Tal vez era ternura.
O tal vez… era el principio de algo que ninguno de los dos había esperado encontrar.
Rosanna estaba tendida entre las sábanas blancas como una diosa, el cabello castaño desordenado, el cuerpo cubierto apenas por los rastros del deseo. Su respiración era inestable, como si el mismo aire le costara regresar al pecho. Ismael la observaba desde abajo, como si estuviera frente a una obra de arte viva, palpitante, creada solo para él.
Se inclinó de nuevo, esta vez con decisión. Sus labios descendieron, guiados por la intuición del hambre y el cariño, por ese impulso tierno que nace cuando uno desea no solo el cuerpo, sino también el alma de quien está frente a él. Rosanna abrió ligeramente las piernas, como una flor al sol, sin palabras, solo con ese gesto que lo decía todo.
Ismael se acomodó entre sus muslos con reverencia. Besó su depilada y deliciosa vagina con lentitud, como si cada caricia fuera una confesión sagrada. Al mismo tiempo, sus dedos los introducía en aquel orificio sagrado, la exploraban con cuidado, como si dibujara un mapa invisible con cada movimiento. Rosanna soltó un gemido ahogado, uno que no venía de la garganta sino de lo más profundo de su ser.
—Tía… —susurró, casi en adoración—. No sabes cuánto me vuelve loco la suavidad de tu piel… el sabor de tu deseo…
Ella se arqueó con fuerza. Estaba completamente entregada, aferrada a las sábanas como si el mundo se le escapara del cuerpo con cada nuevo roce.
—Lucas… por favor… no pares… —dijo entre suspiros temblorosos, mientras con ambas manos presionaba la cabeza de su amante hacia el interior de su vagina.
Él no lo hizo. Sus labios se volvieron más atrevidos, sus dedos más firmes. Todo en él era dedicación. No había prisa, solo un ritmo delicioso, un vaivén íntimo entre caricia y locura. Era un ritual silencioso, donde cada movimiento de su lengua se encontraba con un estremecimiento de ella, donde sus dedos sabían cómo jugar entre la suavidad y el fuego.
—Me encanta escucharte así, tía… —dijo él, con una sonrisa traviesa, sin dejar de adorarla con cada parte de su ser—. Amo cada sonido que sale de ti.
Rosanna no podía responder. Solo gemía. Cerraba los ojos, mordía sus propios labios, con el rostro encendido por el placer. Se retorcía bajo él como si su cuerpo entero fuera una ola, y él, la luna que la gobernaba.
En ese instante, no había edad, ni oficina, ni jerarquía. Solo había dos cuerpos en sincronía, dos almas que habían esperado demasiado para encontrarse así, tan de cerca, tan en verdad.
Y mientras ella alcanzaba ese punto donde todo deja de tener forma —el aire, el tiempo, el yo—, Ismael la sostuvo, la acompañó, y la hizo sentir, por primera vez en años, completamente viva.
El cuarto estaba impregnado de calor, de jadeos recién apagados, del aroma tibio del deseo consumado en sus formas más dulces. Rosanna yacía boca arriba, con el rostro enrojecido, el cuerpo aún tembloroso. Su pecho subía y bajaba con lentitud, mientras Ismael la observaba en silencio, con su rostro empapado, apoyado sobre un codo, como si no pudiera creer que todo aquello estuviera ocurriendo.
Ella entreabrió los ojos y lo miró con una mezcla de ternura, necesidad y una urgencia apenas contenida.
—Lucas… —dijo, con voz apenas audible—. Quiero que seas completamente mío.
Su mano lo tomó por la nuca, con una súplica cargada de amor y lujuria—. Quiero sentirte dentro de mí. Todo tú… despacio… sin detenerte…
Ismael se quedó un momento quieto, conmovido. La besó en los labios, lento, largo, y luego descendió con el cuerpo hasta fundirse con el de ella. El silencio en la habitación se volvió sagrado. No había más sonido que el de dos respiraciones uniéndose, el roce de pieles que ya se reconocían, el pulso de un deseo que había dejado de ser ansiedad y se había vuelto entrega.
La penetró lentamente, con una suavidad reverente, como quien entra en un templo.
Rosanna lo rodeó con sus piernas, y ambos soltaron un suspiro al unísono. Era un vaivén casi meditativo, un ir y venir que no buscaba sólo placer, sino permanencia. Los minutos se deslizaban como agua entre sus cuerpos, tibios, sincronizados, como si sus almas se mecieran al mismo ritmo.
Él no dejaba de mirarla. Le acariciaba el rostro, le besaba la frente, le murmuraba cosas que no se podían oír pero que ella sentía vibrar en lo profundo.
—Tía… —susurró con voz quebrada—. Nunca imaginé que esto sería tan real…
Ella asintió, con los ojos brillosos, acariciándole el pecho, sintiendo el peso del momento.
—No te detengas… no todavía… —le pidió con un gemido suave—. Quédate conmigo así… hasta que el mundo deje de existir…
Y así lo hicieron.
Durante largos minutos —quizás cuarenta, quizás toda una eternidad—, sus cuerpos se movieron como uno solo, cada embestida una declaración, cada suspiro una promesa muda. No había prisa, ni torpeza, solo una danza pausada entre dos seres que habían encontrado en el otro algo que no sabían que buscaban.
Y cuando al fin, casi al mismo tiempo, el cuerpo de Rosanna se tensó en un grito ahogado y el de Ismael se estremeció en lo profundo de ella, soltando su semen en el interior de su jefa, el tiempo se detuvo. Fue como caer juntos por un abismo cálido, sin miedo, tomados de la mano.
Se quedaron abrazados, con los ojos cerrados, sin hablar, solo escuchando el tambor lento de sus corazones.
Y en esa quietud, después de tanto, no se sintieron ni jefa ni empleado. Ni mujer madura ni hombre inseguro. Solo eran dos personas exhaustas, rendidas, unidas por algo más que el deseo: la posibilidad de que eso —ese instante— fuera el inicio de algo más grande que una noche.
Minutos después la habitación aún conservaba el eco de sus jadeos. Las sábanas estaban enredadas, empapadas por el sudor de una pasión larga, profunda, que parecía no agotarse. Ismael permanecía junto a Rosanna, sus cuerpos pegados, aun latiendo al mismo ritmo, como si el mundo allá afuera se hubiera detenido.
Ella lo miró de reojo, con una sonrisa traviesa dibujándose lentamente en sus labios. Su respiración era irregular, su piel húmeda brillaba bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Y, sin decir nada, se incorporó.
Se arrodilló sobre el colchón, de espaldas a él, y movió su cabello hacia un lado. Con movimientos lentos, intencionados, colocó sus manos sobre sus propias nalgas y las abrió para deleitar a su amante, invitándolo con el lenguaje del cuerpo. Era una danza silenciosa, una provocación delicada y poderosa.
Ismael la observó, fascinado. El contorno de su espalda, la curvatura perfecta de su figura, el leve temblor de sus muslos… todo en ella era una sinfonía viva de deseo.
—¿Aún tienes fuerzas, Lucas? Quiero que destroces mi ano. —preguntó ella con voz ronca, sin voltear a verlo.
—Para ti, siempre —respondió él, avanzando hasta posicionarse detrás de ella, embriagado por el calor que emanaba de su cuerpo.
Él colocó las manos sobre sus caderas, acariciándolas con devoción. Comenzó a moverse despacio, con la misma delicadeza de antes, pero con una nueva intensidad. Cada movimiento era más profundo, más firme, como si los cuerpos buscaran ahora fundirse de una forma aún más completa, más salvaje en su ternura.
Rosanna gemía con fuerza contenida, con la frente apoyada en la almohada, mientras Ismael aceleraba y volvía a detenerse, marcando un ritmo casi hipnótico, como un oleaje que se construía y se deshacía sobre su espalda.
En un momento, él la abrazó desde atrás, pegando su pecho sudado a la piel de ella. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él, haciéndola sentir completamente envuelta, completamente suya.
Sus manos buscaron sus senos con una mezcla de ternura y lujuria, los sostuvo con firmeza, como si a través de ellos pudiera sentir el latido de su alma. Ella se arqueó hacia él, dejando escapar un suspiro que parecía abrir una grieta en el universo.
—Tía… —murmuró contra su oído, mientras la besaba en el cuello con una devoción salvaje—. No sabes cuánto había deseado esto…
Rosanna temblaba. No de miedo, sino de intensidad. De sentirse así, deseada, tomada, amada en cuerpo y en sombra.
El vaivén continuó, lento pero cada vez más profundo. Cada embestida era una palabra no dicha. Cada gemido, un pacto secreto. Y cuando el momento llegó, cuando ambos cuerpos se tensaron al mismo tiempo y se encontraron en un final glorioso, ella sentía el semen inundar aquel orifico, fue como si el universo los reclamara por un instante.
Se quedaron abrazados. Silenciosos. Respirando el mismo aire.
Y así, fundidos el uno en el otro, descubrieron que el deseo, cuando es sincero, no termina con el clímax. Se queda. Late. Vive en la piel, en el pecho, en la forma en que dos personas se miran después de entregarse por completo.
Aún pegados, con el calor de la piel envolviéndolos como una segunda sábana, Rosanna de pronto se separó. Su respiración aún era agitada, y sus mejillas, encendidas como brasas vivas. Se giró para mirarlo, con los ojos oscuros y brillantes como si el deseo no se hubiera calmado, sino transformado en algo más feroz, más urgente.
Sin una palabra, lo empujó hacia el colchón con una fuerza inesperada. Ismael cayó de espaldas entre las sábanas revueltas, con el corazón golpeando contra su pecho. No de miedo, sino de asombro. De anticipación. La vio subir sobre él con una seguridad felina, poderosa, sin una gota de vergüenza. Era una mujer en su plenitud, una fuerza que no pedía permiso, solo espacio para ser adorada.
—No he terminado contigo, Lucas —susurró con voz baja, ronca, mientras se acomodaba en cuclillas sobre él—. Aún me perteneces esta noche.
Y él, simplemente, asintió.
Rosanna lo guio dentro de ella con un movimiento lento, profundo, saboreando cada segundo como si cada centímetro de ese pene fuese una caricia destinada. Cerró los ojos un momento, soltando un suspiro que estremeció la habitación cuando lo sintió profundamente dentro de ella. Luego comenzó a moverse con ritmo firme, ascendiendo y descendiendo sobre él como una ola persistente, devoradora y hermosa.
Ismael la observaba con devoción absoluta, sus manos recorrían sus nalgas, su cintura, ese cuerpo que durante años había imaginado sólo en sueños silenciosos. La escuchaba gemir, miraba cómo su cabello caía en desorden sobre su rostro, y no sabía si estaba en la realidad o dentro de un deseo cumplido, sentía como el semen que escurría del ano de Rosanna caía sobre sus testículos.
El vaivén se intensificó. Cada movimiento de Rosanna era un acto de afirmación: del poder de su cuerpo, de su deseo, de la libertad que sentía al ser mirada sin juicio, solo con hambre. Era salvaje y dulce a la vez, como un incendio que no quema, pero transforma.
En el clímax del momento, cuando ambos sintieron que el cuerpo ya no les pertenecía, sino al otro, ella se inclinó hacia él. Lo besó con fuerza, casi con desesperación. Un beso que no era solo pasión, sino historia, confesión, desahogo. Y nuevamente el semen de Ismael invadió el interior de aquella escultural mujer.
—Te deseo desde que tenías veinticinco años —susurró contra sus labios—. Pero nunca me atreví… hasta ahora.
Ismael se quedó inmóvil, conmovido, con los ojos fijos en ella.
—Yo también, tía… —dijo con voz quebrada—. He amado cada día en la oficina contigo… y esas nalgas… desde que las vi por primera vez…
Rosanna rio suavemente, sin burla, solo con ternura. Luego apoyó su cabeza en su pecho y cerró los ojos. Su cuerpo aún vibraba, pero ya no de deseo, sino de algo más cálido, más tranquilo. Como si finalmente hubiera encontrado un lugar donde descansar.
Ismael la rodeó con los brazos, acariciándole la espalda con una mano, y con la otra le dibujó círculos lentos en las nalgas, en esas curvas que tanto había admirado desde la distancia.
La noche seguía afuera. La ciudad, despierta. Pero en esa recámara silenciosa de la Condesa, ellos se quedaron así: fundidos, adormilados, descubriendo que el deseo, cuando se comparte con entrega real, no termina. Solo cambia de forma.
A la mañana siguiente la luz tenue del día comenzaba a filtrarse por las cortinas entreabiertas. El murmullo lejano de la ciudad apenas se colaba en la habitación, como si respetara el silencio sagrado que quedaba tras la tormenta de la noche anterior. Rosanna se había despertado antes. Observó a Ismael dormido, con el rostro relajado, el pecho desnudo subiendo y bajando al ritmo de un sueño tranquilo.
Sonrió.
Se acercó a él con sigilo felino, como si el deseo la hubiera seguido hasta el amanecer, y se deslizó entre las sábanas. Con dulzura, comenzó a acariciar su pene, a despertar su cuerpo con la misma delicadeza con la que se despierta una promesa que no se ha roto. Ismael abrió los ojos poco a poco, sorprendido, pero no tardó en rendirse al calor de sus caricias, al juego húmedo y paciente con el que ella lo reclamaba una vez más que tenía aquel trozo de carne dentro de su boca, jugueteando con su lengua.
No hubo palabras. Solo un suspiro ahogado, un temblor en los dedos, una confesión silenciosa en la forma en que él la miró mientras su cuerpo respondía al suyo. Cuando ella se separó, él quedó recostado, aun temblando, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en el techo, mientras ella tragaba aquel liquido lechoso que inundo su garganta.
Rosanna se incorporó desnuda, con la piel aún húmeda de deseo, caminó por la habitación como si fuera dueña del aire. Ismael la contempló desde la cama, maravillado. Cada curva, cada línea de su cuerpo, brillaba bajo la luz tenue del día. No había disfraz, no había máscara. Solo ella, tal como era: libre, plena, perfecta.
—Tía… —dijo él en un susurro, sin contener la admiración—. Eres maravillosa. No existe nadie como tú.
Rosanna se agachó con calma, recogiendo del suelo una pequeña prenda de encaje negro: su tanga. La sostuvo un instante entre los dedos, la acercó a su vagina para limpiarse con ella aquel líquido de deseo que escurría por sus piernas, y sonrió con una mezcla de ternura y picardía. Luego la apretó suavemente entre sus manos, como si quisiera capturar el recuerdo de la noche, el aroma, el calor, y caminó de nuevo hacia la cama.
Sin previo aviso, le arrojó la prenda a Ismael, que la atrapó con un gesto lento, casi reverente.
—Sé que te tocas con mis tangas —le dijo con una sonrisa traviesa, casi en un susurro—. Así que te regalo esta… para que no me olvides.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, con una sonrisa un poco culpable.
—Lucas, claro —respondió ella sin mirarlo, sabiendo ya que la pregunta vendría con carga.
—¿Cómo supiste… que yo te deseaba desde hace tanto?
Rosanna sonrió suavemente y al fin giró el rostro hacia él. Se tomó un segundo. Luego otro.
—Digamos que… hay cosas que una mujer nota —dijo, en tono bajo—. Las miradas que duran más de lo necesario. El temblor de las manos cuando se acercan. Y… detalles pequeños.
Ismael la miró, curioso.
—¿Detalles?
Ella se inclinó hacia él, su voz ahora un susurro.
—Cada vez que venías a ayudarme con algo en la casa… mis cajones no quedaban como los dejaba. Y algunas tangas y bragas quedaban con rastros de tu semen. Lo notaba.
Él enmudeció por un instante, pero ella lo detuvo con una sonrisa y una mano en el pecho.
—No te estoy juzgando —dijo, firme—. ¿Quieres la verdad? Me hacía sentir deseada. Viva.
Ismael tragó saliva.
—¿Y… te molestaba?
—¿Crees que si me hubiera molestado… estarías aquí, desnudo, compartiendo mi cama?
Ambos rieron suavemente, pero el ambiente no perdió su carga. Se acercaron despacio, como si el recuerdo de lo no dicho, lo intuido y lo callado los atrajera tanto como lo vivido.
Ismael la miró en silencio. Llevó la tela a su rostro, cerró los ojos, y respiró profundo, como si en ese aroma quedara encerrado todo lo que habían vivido. Luego la miró de nuevo, sin rastro de duda.
—Tía… yo te amo.
Ella no respondió de inmediato. Lo miró con una expresión suave, como si esa confesión fuera la caricia final que necesitaba para sellar algo que venía gestándose desde hace años. Caminó hacia él, se inclinó y lo besó en la frente.
—Lo sé, Lucas —susurró—. Yo también te he llevado conmigo más tiempo del que imaginas.
Y así, mientras el sol terminaba de llenar la habitación y la ciudad comenzaba a latir con su rutina imparable, ellos se quedaron ahí: entre las sábanas desordenadas, entre confesiones y tangas regaladas, sabiendo que lo que había ocurrido no había sido solo una noche.
Había sido el despertar de algo real.
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