Recuerdos Íntimos

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¿Alguna vez te has encontrado en una situación en la cual te detienes un segundo a pensar y realmente no sabes cómo has terminado allí?

Eso es justamente lo que pasa por mi cabeza en este instante al notar que estoy completamente desnudo en una habitación que no es la mía, sobre una cama que no es la mía y junto a una pequeña chica también desnuda, que evidentemente no es mi novia.

Mi actual estado pasmoso no se debe a la resaca de algún tipo de licor o sustancia, no es que no recuerde todo lo que ocurrió la noche anterior, por el contrario, las imágenes están perfectamente plasmadas en mi memoria, tan nítidas tal como la tinta se impregna en el papel.

Un momento estábamos disfrutando de un par de deliciosas hamburguesas mientras veíamos una aterradora película y al siguiente me encontraba sobre la espalda de la chica ofreciéndole un masaje cuando nunca en la vida había tocado su cuerpo, rápidamente el tacto dio paso a interacciones de mayor atrevimiento hasta que los instintos se desataron y nuestros cuerpos pasaron a consumirse como un par de bestias voraces faltos desde hacía tiempo de las caricias de otra persona.

Esta podría ser la narración habitual de cualquiera de las conquistas con las que mis amigos están acostumbrados o de las de la mayoría que puedan estar leyendo esto, pero lo que hace a esta una ocasión atípica a la de la mayoría de los y las casanova allá afuera, fue haber protagonizado este lujurioso encuentro con Laura, la mejor amiga de mi hermana mayor, con quien no solo nunca había tenido un acercamiento de este tipo, sino que también se me había forzado a enterrar mis sentimientos románticos por ella hacía ya varios años.

Laura y mi hermana Verónica tienen la misma edad, ambas cumplieron 28 este año y llevan siendo mejores amigas desde la escuela primaria, durante toda nuestra niñez mis padres consideraron a Laura un miembro más de la familia, pues era una comensal y huésped más que habitual en casa, además de que parecía estar extrañamente forjada por una educación muy similar a la que se impartía en mi hogar. Yo solo soy un par de años menor que ellas y cuando éramos pequeños, ese número no era un impedimento para que los tres hiciéramos todo juntos, nuestros padres nos permitían jugar todo el día en el parque haciendo travesuras a la par e incluso nos dejaban desvelarnos noches enteras viendo películas de terror en la habitación de alguno de nosotros; no era extraño dormir juntos, comer juntos, bañarnos juntos, fueron tiempos donde solo nos interesaba divertirnos juntos. Recuerdo que, en las vacaciones de mitad de año, siempre solíamos regresa al pueblo de mis abuelos y no había ocasión en la que Laura no nos acompañara, me atrevería a asegurar que mi abuelo, en su ya desgastada percepción de la realidad juraba que Laura era tan nieta suya como Verónica o yo.

Por desgracia, en secundaria, nuestra tenue brecha generacional hizo meya en la relación y poco a poco, a medida que entrábamos en la adolescencia (ellas mucho antes que yo) nuestros caminos siguieron rumbos separados, yo ya no era bienvenido en el cuarto de mi hermana, mucho menos invitado a las interminables conversaciones de chicos y otros temas de los que jamás me enteré.

Era como si mis intereses quedaran estancados en el tiempo, mientras los de ellas evolucionaban con cada año que transcurría, hasta que llegó mi despertar y comprendí el interés oculto por el género contrario, ahora éramos mis amigos y yo quienes constantemente estábamos hablando de chicas. Al principio el interés incipiente era exclusivamente por el rostro femenino; el color de los ojos, el tamaño de los labios o si tenían algún rasgo distintivo como pecas o lunares, paulatinamente fuimos concentrándonos en el estado del cabello, la anchura de las caderas y aunque me avergüence decirlo de manera directa frente a mis lectoras, llegó un momento en el que nos enfrascábamos en absurdas discusiones por saber cuál chica tenía el culo más pronunciado o las tetas de mayor tamaño, hasta que sin darme cuenta, me veía admirando y en ocasiones fantaseando con el juvenil cuerpo de Laura, el cual ya había madurado en más de un aspecto tras la mayoría de edad.

En una ocasión y con la engañosa seguridad con la que nos arman de jovenes, invité salir a Laura a lo que sin problema alguno aceptó encantada, tuvimos una cita espléndida en la cual me sentí sometido a un estupor similar a como si entorpeciera mis sentidos durante todo el día, parecía un momento eterno destinado a finalizar de la mejor manera, o al menos, eso era lo que creía y qué ingenuo fui, pues en verdad yo era el único que lo pensaba. Al anochecer y cuando le expuse mis intensiones a esa sensual mujer de baja estatura y cabellos teñidos en fogoso anaranjado, su respuesta inmediata fue alejarse de mí y derrumbar por completo la infantil fantasía, la cual yo solo, había edificado en mi mente, su corazón ya estaba comprometido y la única razón por la que había aceptado esa salida fue porque pensaba regresar de alguna forma a los tiempos cuando nos divertíamos juntos.

“Lo nuestro no puede ser y nunca lo va a ser porque no te veo de esa forma, para mí serás siempre como un hermano pequeño y nunca vamos a estar juntos de la manera en la que quieres”

Esas palabras partieron mi corazón más por la sentencia definitiva ante un futuro incierto que por la negativa actual y mejor no fue lo que siguió a esa vergonzosa situación, en cuanto mi hermana se enteró de lo ocurrido, se molestó mucho en principio conmigo por haber intentado mancillar la relación entre ellas y la de Laura con su novio, al poco tiempo, el enojo se transformó en burla y con pesar, se convirtió en un recuerdo constante y hogareño de mi fracaso.

Así transcurrió el tiempo, Laura y mi hermana siguieron siendo amigas incluso tras ingresar a la universidad, aunque ambas se decidieron por carreras distintas, mi hermana se decantó por derecho y Laura por enfermería, yo por mi lado, viví unos no tan dulces, pero tampoco tan amargos últimos años escolares mientras se me obligaba a tomar distancia de Laura, cosa que para la fecha realmente no me afectaba tanto, ya que las turbulencias en mi vida se encargaron de arrancármela del corazón mientras yo hacía mi respectivo paso por la universidad, en la escuela de arquitectura. Solo por hacer una mención especial, en mi segundo año de carrera, pude retomar el contacto con Laura gracias a que mi hermana y ella se habían alejado un poco, decidimos recobrar nuestros días de amistad, eso sí, ella me advirtió prematuramente que se me tenía prohibido volverme a enamorar de ella, regla que cumplí sin contratiempos al ya estar en una relación, historia que dejaré para otra ocasión. El caso es que, llegando a mi último año, me tuve que centrar tanto en mis estudios que la tenue conexión que tenía con Laura volvió a caer en el olvido y es así como llegamos a la tarde de ayer.

Tras tres años sin saber de ella, no sé cómo se las arregló para conseguir mi número y convencerme para que nos volviéramos a ver, en un principio pensé que más que por mí, lo más probable es que me quisiera para que la ayudara a verse nuevamente con Verónica, pero de igual manera no le di mucha importancia a esa evidente razón y accedí a nuestro encuentro en el nuevo centro comercial que estaban inaugurando.

Cuando la vi, no pensé que una persona pudiera cambiar tan poco en tantos años, se veía igual de hermosa a como la recordaba, bajita, caderona, luciendo un sensual corte de cabello hasta los hombros que llamó mucho mi atención por no llevarlo completamente tinturado, aunque aún permanecían algunos mechones de colores, no veía el deslumbrante azabache de su cabello natural desde que éramos chicos y he de decir que la lucía mucho mejor en conjunto con su habitual estilo neo-gótico.

En cuanto me acerqué, Laura me reconoció de inmediato y su enternecedor rostro me dedicó una enorme sonrisa que resaltaba sus pecosas mejillas regordetas.

  • Dani, cuánto tiempo. Wow, estás enorme – a mí también me sorprendió nuestra clara diferencia de estatura, cuando éramos chicos, ella siempre había sido algo más alta que yo y en secundaria, aunque yo había crecido un poco, no la doblaba en altura como ahora.
  • Bueno, dime ¿qué hacemos acá? No te recuerdo como alguien al que le guste venir a estos lugares – yo sabía que ella no era una persona de multitudes.
  • Hoy están estrenando la segunda parte de esa película de miedo que vimos hace mucho tiempo, ¿quieres verla? – la noté muy emocionada y me pareció entender por qué la quería ver conmigo, pues yo también tenía buenos recuerdos de cuando la vimos juntos por primera vez.

Durante la espera previa y ya durante la película, la noté algo más cariñosa conmigo a comparación de nuestras anteriores interacciones, parecía estar muy cómoda con mi presencia e interesada en nuestras conversaciones, pensándolo bien, es como si nos remitiéramos a nuestra infancia. Mayor fue mi sorpresa cuando en medio de la película, se recostó sobre mi hombro y se agarró de mi brazo, inmediatamente me recordó a cuando veíamos esa clase de películas con mi hermana y ambas hacían lo mismo, aterradas aferrándose a mí, sin despegar sus miradas de la terrorífica trama y recurriendo a mí solo para calmar los crecientes temores. Fue muy nostálgico ese gesto, el cual aumentó con el avanzar de la cinta hasta el punto de que Laura ya casi estaba completamente sobre mi regazo, sus piernas se estiraban por sobre las mías y sus brazos se envolvían en mi cuello, podía sentir el helado sudor de sus manos recorrer el lateral de mi nuca mientras una única idea retumbaba en mi cabeza como un llamado de megafonía “lo nuestro no puede ser y nunca lo va a ser”.

Cuando salimos de la función, Laura me acribilló con una nueva proposición, el plan proseguía en su apartamento donde pediríamos comida y veríamos nuevamente la primera parte de la película.

Debo admitir que mis decisiones no estaban siendo validadas completamente por mi conciencia al estar extasiado ante lo agradable que resultaba su compañía, además, sus indescifrables intensiones estaban haciendo un complejo nudo en mi mente mezclando suposiciones y negaciones a las cuales la chica no les daba respuesta alguna.

Nos dirigimos a una dirección que no reconocí, la mujer se había independizado ese mismo año y ahora con su cargo estable de jefe de enfermeras, se había podido costear un acogedor departamento para ella sola. Al ingresar, nos pusimos cómodos, colocamos algo de música y pedimos la cena, apenas llegó la comida, nos encerramos en su cuarto y le dimos inicio a la película.

Aunque anteriormente dije que nos pusimos cómodos, he de admitir que en mi caso, era una incómoda verdad a medias, pues inconscientemente insistía en mantener una prudente distancia física, tal vez como resultado del constante recordatorio que aún suponían las burlas de mi hermana durante años o tal vez por el miedo inherente de volver a perderla si cruzaba una línea que se me hacía difícil divisar con total claridad, y por desgracia, todo resquicio de duda se nutría cada que ella me invitaba a compartir su cama para mayor comodidad. Yo estaba sentado en el suelo, pero ese no fue un refugio prolongado dado que accedí a sus insistentes ofrecimientos y me acomodé junto a ella en la pequeña cama de tamaño singular, para más complicaciones, la cama estaba orientada de manera perpendicular a la pantalla del televisor por lo que nuestra única opción era ver la película recostados, uno junto al otro en posición de “cucharita”.

Yo sabía que mi imaginación iba a mil por hora y dentro de poco comenzaría a jugarme malas pasadas, por eso no pude advertir lo que ahora es tan claro para mí y que también lo será para ustedes apenas lo lean.

En cuanto me acomode tras Laura, ella empezó a recostar su pequeño cuerpo junto al mío, su cabeza se resguardaba bajo mi mentón y sus caderas coincidían con la posición de mi pelvis, tomó como excusa el frío para restregarme su redondo trasero en toda la frontal de mi pubis, aunque en su momento no lo fue, ahora es evidente que su constante balanceo pélvico estaba destinado a estimular una libido que no se hizo de rogar para generar una precipitación en mis pantalones, también, tomó como excusa el cansancio paras secuestrar mi brazo izquierdo y emplearlo como almohada mientras su suave culo se presionaba constantemente sobre mi erecta verga.

Ni siquiera me di cuenta de en qué momento se había acabado la película, ya que su descubierto escote había captado la atención de mis ojos sumergiendo su mirada a través del oscuro abismo que se formaba entre la negra camisa y el profundo valle de entre sus senos, era prácticamente imposible distraerse del provocativo panorama que ofrecía esa demonia que una vez más arremetía hacia mí con sus caderas.

Me apresure a levantarme de la cama en un brinco y realizando un breve soliloquio, me cuestione en voz alta si ya era hora de irme, a lo que Laura sin pudor alguno respondió:

– ¿Por qué no te quedas a pasar la noche? – curioseó con voz aparentemente somnolienta mientras se giraba en la cama, dejando su pequeña espalda y tentativo trasero a completa disposición de un depredador sexual.

– ¿estás segura? ¿No sería una molestia? – pensé que no estaba de más confirmar.

– Dani, tú nunca serás una molestia para mí – respondió, haciéndose entender apenas entre las almohadas que cubrían su rostro –. en verdad… haz lo que quieras.

– ¿Dónde está el cuarto de invitados? Decidí quedarme, pero tan rápido como tomé esa decisión, el ímpetu se esfumó al escuchar que esa era la única habitación y la única cama.

Antes de que se molesten conmigo y mi falta de asertividad, quiero recordarles que esa chica me había rechazado dos veces y anteriormente dejó muy en claro que no me veía con oportunidades para algo más que una simple amistad, además de que yo ya había sufrido las consecuencias de alguna vez creer ciegamente en algo que realmente no estaba allí.

– Eh, yo creo que es mejor que me vaya, tú estás muy cansada.

– Es verdad – me interrumpió -. Podrías hacerme un masaje antes de irte.

La petición me tomó por sorpresa tanto como a ustedes, pero esa sí era una oportunidad que no iba a dejar pasar. Comencé con sus pies, no era la primera vez que lo hacía, pues mi hermana abusaba de mis atenciones muy a menudo en casa. Aunque solo se tratara de sus pies, los gemidos que prefería Laura a medida que pasaba mi pulgar con fuerza por las plantas, eran casi que orgásmicos, su cuerpo comenzó a retorcerse con cada pasada cercana a su borde interno, pasé por entre la división donde comienzan las falanges en el metatarso y se aferró a las almohadas, mordiéndolas como si la estuviera surtiendo del mayor de los placeres. Un pie de ella era casi de la mitad del tamaño de mi mano, por lo que pude trabajar ambos al mismo tiempo, ahorré tiempo allí para pasar rápidamente a su espalda.

Me arrodillé sobre la cama posicionando cada pierna al costado de sus caderas y recostando levemente mi pubis en su zona lumbar, recorrí con suavidad sus delicados hombros y fui haciendo pequeños círculos en sus dorsales.

  • Espera, espera – la súbita interrupción me asustó, pensé que la había lastimado -. Esto estaría mejor con crema de manos, toma el bote que está en el baño.

Corrí a buscarla y para cuando regresé, Laura ya se había despojado de su camisa y sostén, estaba nuevamente expuesta a mi merced. Retomé mi puesto y reanudé las caricias, ante el primer contacto con la fría sustancia que recubría mis manos, la espalda de la chica se estremeció y sus poros se erizaron a la vez que su voz dejaba salir una especie de chillido que avergonzada rápidamente intentó acallar tapándose la boca con las manos, no cambió esa postura a partir de ese momento, ya que eran muchos los lascivos sonidos que debió silenciar tras las provocaciones que ahora le causaban las atenciones de mis manos.

Ubiqué mis pulgares a cada borde de su espina dorsal sin tocarla en ningún momento y descendí por su espalda hasta las inmediaciones de sus glúteos, curiosamente noté que mis dedos terminaban su recorrido justamente en un par de hoyuelos que Laura poseía en la espalda baja y que yo encontraba muy atractivos desde que los ví por primera vez en un verano, cuando jugábamos en la piscina de la casa de los abuelos.

Las yemas de mis dedos se expandían con vigor a la vez que con cuidado por sus omóplatos y por el borde trasero de sus costillas hasta rozar moderadamente, lo que rápidamente inferir que eran los inicios de sus senos. Laura no le daba importancia a esos inesperados roces, prácticamente no lo hacía con nada de lo que yo pudiera estar elaborando, o al menos, no le adjudicaba una connotación más allá de la que posee un simple masaje, yo por mi lado, estaba al límite de mi cordura, no se me puede juzgar por encontrar especialmente emocionante el sondar todo el físico parcialmente desnudo de la chica que había protagonizado las morbosas fantasías primigenias de mi juventud y, como era de esperarse, mi miembro comenzó a turbarse también.

Inmediatamente, sentí que mi erección se abría camino entre las nalgas de Laura y aunque la ropa separaba nuestra intimidad, quise evitar cualquier malentendido, decidí que era tiempo de masajear sus muslos y pantorrillas.

  • ¿No prefieres que me quite el pantalón también? – por un segundo, su voz pareció solo estar en mi imaginación, sensación que se desvaneció tan rápido como la mujer se quitó la prenda, su pequeño culo era perlado y estaba adornado por unas sugerentes bragas de encaje rojo que daban a relucir el esplendor de cada cachete finamente moldeado.

Llegados a ese punto, me dejé llevar un poco y decidí probar un poco de suerte abogando por súbitos resbalones de mis manos que me permitían experimentar la suavidad de su escultural físico.

  • Laura, ¿en serio tú te crees que puedes estar así de indefensa frente a un hombre y que este no hará nada? Tienes suerte de que soy yo y que ya me dejaste muy en claro que no tendrías nada conmigo – le comenté sin dejar de masajear sus blandos muslos.
  • ¿Y tú en serio te crees pedazo de tarado que yo haría esto con cualquier persona y no con alguien que me guste? Dijo con la cara aun entre los almohadones y de paso, dejándome completamente helado.

– ¿A qué te refieres mujer? – si antes mi imaginación iba a la velocidad de la luz, ahora mi razón se ralentizaba al paso de una tortuga.

-Me refiero, tonto, que solo me vengo haciendo una sola pregunta toda la noche, ¿qué más necesito hacer para que me devores? – esta vez se levantó y me miró directo a la cara con el ceño fruncido y las tetas al aire.

“Decirlo claramente sería una opción” pensé, pero supuse que al exteriorizarlo asesinaría todo vestigio de deseo que aparentemente ella tenía por mí. La agarré del pelo y como un animal famélico, me arrojé sobre ella devorándole el cuello, sentí como todo su cuerpo quedaba completamente cubierto por el mío y previniendo que la aplastaría me planteé en colocarla encima de mí, pero rápidamente la idea fue desechada dado que la pequeña bestia hambrienta de placer se aferraba a mí con uñas y dientes, su boca mordisqueaba mi labio inferior, sus delgados brazos se aferraban de mi camiseta y sus cortas piernas rodeaban mi cintura apresándola en un candado de piel, era como tener un lémur agarrado completamente de mí.

Entre los dos arrancamos mi ropa, sus frías manos rápidamente arrebataron el calor de mi pecho y se templaron con mi cuerpo mientras su boca no dejaba de extraerme el aliento para jactarse con el desenfreno de nuestras lenguas.

Solo se apartó de mí para darme la oportunidad de quitarme mi ropa interior, en cuanto mi verga erecta por fin fue libre, Laura la poseyó con ambas manos, he de decir que no me considero alguien gratamente dotado, pero bajo la comparación de tamaños, realmente mi miembro se veía enorme entre sus pequeñas manos, la diferencia física fue aún más notable en cuanto se la acercó a la cara y ambos supimos que su boca la condensaría en su totalidad. En principio, besó con suavidad la punta y profirió unas cuantas lamidas al palpitante glande catando el líquido que emanaba de él, tras introducírselo en la boca, realizó un par de incursiones forzando el límite de su alcance, lo lubricó con abundante saliva, suficiente como para que las estimulaciones en las que empleaba las manos lentamente se fueran tornando más placenteras.

De buenas a primeras se apartó y levantó sobre la cama, aunque ella estaba de pie sobre el colchón y yo sobre el piso, aún seguía sacándole una cabeza de estatura.

– Métemelo ya – me insinuó, rodeando mi nuca con sus brazos y acercado su boca a mi oído.

La agarré del culo, cada una de mis palmas abarcaba en su totalidad cada cachete de sus nalgas, la levanté y la obligué a aferrarse de mí nuevamente, como la hace un pequeño con sus padres, pude sentir los pezones de sus pequeñas tetas, tan duros como podían estarlo. Al alzarla de la cama sosteniéndola con una mano por debajo de su perineo, con la otra traté de encajar la punta de mi verga en las puertas de su paraíso, cuando encontré la entrada, la cálida lubricación entremezclada de ambos cuerpos me permitió encaminar mi miembro en las profundidades de Laura con un lento roce colmado de sensaciones electrizantes, estando a escasa distancia de sus profundidades más recónditas, la fina mano de la mujer se interpuso temblorosa entre el encuentro de los órganos.

– Espera, así me está doliendo, hagámoslo mejor acostados – Jamás consideré escuchar palabras tan vulgares de alguien que se consideraba mi hermana mayor.

La recosté con dulzura en la cama, pero todavía con la intención de destrozarla a partir de perforaciones inclementes.

  • Agárrate el culo un momento y ábretelo – le exigí, a lo que ella accedió sin objeción.

Admiré momentáneamente tan gloriosa imagen frente a mí y me zambullí a devorar su coño con agresivas lamidas, humedecí su vagina con mis besos, aunque realmente no era necesario, pues cristalinos fluidos se desbordaban desde su interior.

Me incorporé y descargué mi verga sobre su vientre, tomé unos segundos para jactarme personalmente de que por fin consumaría el amor que llevaba cultivando por ella, amor que pensé extinto y que mis emociones me demostraron que estaba más vivo que nunca.

  • No puedo creer que esto está pasando – mi impulsiva lengua dejó salir mis pensamientos y observe con vergüenza a Laura.

La hermosa chica no se molestó en absoluto, por el contrario, me miraba desde lo lejos con una lasciva expresión entremezclada de deseo y ternura.

  • Yo sabía que estabas pensando eso – me dijo mientras pasaba una mano por su cabello empapado en sudor, mientras que con la otra jugaba con su pezón y luego con su clítoris a la expectativa de mi siguiente movimiento -. La verdad es que me lo venía planteando desde hace un largo tiempo y estuve divagando sobre el tema hasta hace unos días, incluso esta mañana, mientras me ponía esa ropa interior que sabía que te iba a encantar, aún tenía mis dudas al respecto, pero apenas te vi esta tarde y noté lo guapo y grande que te habías puesto, me decidí a que quería ser tuya y hacerte mío.
  • Pero ¿Por qué ahora? – tenté mi suerte una vez más.

La verdad es que cuando te me confesaste, lo que dije en ese entonces, lo dije porque así lo sentía, o al menos, en ese momento lo creía así. Cuando estaba con mi novio no podía dejar de pensar en ti y creo que por eso se dañó la relación con él, luego, desapareciste y así fue pasando el tiempo mientras que mis ganas aumentaban más y más. Cuando por fin volvimos a acercarnos hace unos años, realmente quería intentarlo contigo, pero primero se lo insinué a tu hermana, no creo que me haga falta decirte que no le gustó para nada la idea y desde allí nuestra amistad fue a peor, supongo que ya no confiaba en mí después de contárselo por lo que dejé el tema de lado hasta hace unos días, tras salir del hospital después de un turno de 36 horas y luego de haber visto partir a 3 personas relativamente jóvenes, me dije a mí misma que esta vida es muy corta como para ignorar mis deseos y pues aquí estamos.

No pude evitar sentir un poco de molestia por haber vivido en una pseudo-mentira, pero la alegría de saber que al final mi pasión se veía reflejada en ella, disipó las malas sensaciones de su confesión.

– ¿Y no te preocupa que pueda decir mi hermana ahora?

– La verdad, me preocupa más si esta cosa me va a caber – Mencionó mientras frotaba mi verga que aún erecta temblaba sobre su vientre ansiando cobijarse en su interior de nuevo -. Dejemos la charla para después y quitémonos estas ganas.

Como si fuera aún mandato divino me introduje en ella, sus temores estaban bien infundados, ya que al principio se me complicó un poco entrar en su chorreante coño, aun con todos esos fluidos, tuvimos que armarnos de paciencia para que sus estrechos conductos fueran cediendo al paso de mi pene, ayudaron los estimulantes besos que nos proferimos y las sensitivas caricias que le brindé en la pequeña amplitud de sus senos y en su delgado abdomen.

Cuando por fin pudimos conectarnos en su profundidad, ambos sentimos como mi uretra besaba la frontera de su cérvix, emitimos a la par un placentero gemido que condensaba toda nuestra lujuria conservada por años. Al principio nos movimos con una lenta y armoniosa danza de penetración que rápidamente se fue transformando en una frenética persecución de cuerpos empapados e impregnados por los múltiples jugos y aromas que expulsaban nuestros sexos, lo que antes eran dos personas, ahora aludían a la forma de un solo ser que convulsionaba en una misma de erógeno estupor y pasión. Senos se bamboleaban, lenguas se enredaban, bocas se buscaban y encontraban mientras los genitales chocaban coreando la melodía del amor.

En un momento la estaba embistiendo situado sobre ella y al otro su cadera arremetía verticalmente sobre mí, sus manos arañaron mi pecho y se refugiaron en mi garganta, me comenzaron a estrangular levemente lo que llevo a las mías a hacerle lo mismo, nuestra fuerza era distinta, pero la sensación que nos transmitíamos debió de ser igual.

Me desprendí de su cuello y busqué su cabello, sus tetas, su culo, sus caderas o su regazo, cualquier sitio del que me pudiera aferrar, pues estaba llegando a mi límite. Me impulsé y nos coloqué a ambos frente a frente, sentados en la cama con ella sobre mis piernas. Nuestras embestidas habían dejado de tener sincronización, pero el placer no había disminuido en absoluto, nos sujetamos mutuamente de nuestras espaldas y así como nuestras bocas se consumían, lo hicieron nuestros lugares más íntimos, y así como mi lengua ingresaba en ella como si fuera frecuente en el lugar, lo hizo mi semen en su vientre.

Permanecimos un instante abrazados, empapados en sudor, lágrimas y saliva, mientras el esperma se desbordaba del coño de Laura sufrimos unos cuantos espasmos que nos obligaron a abrazarnos aún más. En cuanto recobramos las fuerzas en nuestras caderas, las indomables comenzaron a mecerse instintivamente, la penetré de nuevo en esa posición, la penetré en cuatro, ella se penetró una vez más arriba de mí, de frente y de espaldas; nos penetramos tumbados en la cama, lo hicimos contra la pared, de pie, arrodillados, en el suelo con su vientre recostado encima de la esquina de la cama y la devoré en muchas otras obscenas posiciones.

Entrados en la madrugada, fuimos por el que sabíamos que iba a ser nuestro último polvo, el último coito de la noche y con esperanza, no el último de nuestra neófita relación.

Agarré un gran almohadón que ya estaba marcado por las constantes mordidas de Laura y lo coloqué debajo de su vientre recostándola sobre él, encima de la cama y con ella boca abajo, me dejé caer sobre su cuerpo y con eso, la totalidad de mi peso impulsó mi pene con mayor fuerza dentro de su vagina hasta tantear las inmediaciones de su útero. La embestí un par de veces con toda mi fuerza mientras rodeaba su pecho con mi brazo, escuché inmediato a mi oído como con cada penetración, su aliento escapaba del interior de sus pulmones en el más placentero quejido, me recargué de un impulso primitivo y me erguí por sobre ella, aprisioné su pequeña cintura entre mis manos y la levanté en cuatro, sus piernas y brazos ya no resistían por lo que su postura dependía prácticamente de mi fuerza.

-DURO, MÁS DURO – rogaba entre llantos orgásmicos -. ME ESTÁS VOLVIENDO LOCA, LLÉNAME ENTERITA.

La excitación fue tal que con ambas manos halé con hercúlea fuerza su pubis hacia el mío llevando mi verga a nuevas profundidades, quería llegar más allá en ella y explorar fronteras de placer que ningún otro hombre ha conocido, sintiendo el punzante calambre de nuestro límite físico vertí toda la carga que aún poseía derritiendo las entrañas de quien ahora era mi mujer.

-AHH ESTÁ CALENTITO… QUÉ RICO.

Junto con esas palabras, huyó el último aliento de Laura y la admiré por eso, pues a mí hacía tiempo que no se me daba poner mis sensaciones en palabras, el mío se había convertido en un idioma prehistórico de bramidos y bufidos.

Nos arropamos y por tercera vez la pequeña se aferró al gigante dándole la bienvenida a Morfeo invitándolo a entrar en un paraje en blanco, pues todos sus sueños se habían llevado a cabo en esa diminuta habitación.

Es así como desperté esta mañana, tras la mejor noche de mi vida y con todo un cúmulo de nuevas experiencias por delante. Lo que el futuro nos depara a ambos es algo de lo que tendremos que hablar en un rato con una deliciosa taza de café calentando nuestras manos, por ahora, eso es todo, puede que les comente en un futuro como evoluciono la situación o puede que no, solo me limitaré a disfrutar de Laura. Un saludo y gracias por leer.

Fin.

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