Primera vez de mi esposa mostrando sus tetotas en un lugar publico

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Primero nos presento, somos una pareja con muchos años de casados, a quienes nos gusta jugar al limite en espacios publicos o con publico. ella es M y yo P. ella se caracteriza por llevar muy buenas tetotas y le encanta probocar y mostrarlas, y a mi que se las vean.El primer relato es el juego de los botones

Capítulo 1: El juego de los botones
Todo empezó por un vestido de casamiento. Quien se casó, estaba espectacular esa tarde; parecía una Barbie, con esa cinturita perfecta y un escote asesino que te obligaba a mirarla fijamente. El diseño ajustado le aplastaba y realzaba las lolas de una manera tan provocativa que generaba la sensación constante de que, al menor movimiento, un pezón iba a saltar a la vista de todos. A M le había volado la cabeza; estaba embobada, excitada por la belleza ajena. Incluso se lo había dicho a ella directamente: «Estás divina».

Pero el verdadero juego empezó después, cuando la adrenalina de esa imagen tan carnal todavía flotaba entre nosotros.

Estábamos en el restaurante. Ella estrenaba esa remerita negra sutilmente transparente que tanto le gustaba, y que ya de por sí insinuaba que abajo no llevaba corpiño. La conversación empezó a tornarse densa, caliente, reviviendo lo que había sido el casamiento. Se notaba en los ojos de M que recordar la exuberancia de G le había encendido algo, y llevaba la charla para que yo le volviera a contar, detalle a detalle, cómo me había embobado yo también. Me miró con esa chispa de picardía que conozco bien y, humedeciéndose los labios con la lengua, me propuso un juego.

A ella le vuelve loca el pelo en el pecho, así que me desafió con la mirada:

—Abrite la camisa —me soltó, a medias en broma, a medias con un deseo que ya no podía contener.

Yo no me iba a quedar atrás. La miré fijo, sintiendo cómo me endurecía bajo el pantalón, saboreando el peligro del lugar público, y le puse la primera condición:

—Yo me abro un botón si vos te abrís uno primero.

Aceptó. Sus dedos, un poco temblorosos por la emoción del momento, desabrocharon el primer botón de su remerita, dejando ver la piel suave del nacimiento de su escote. Mi turno. Desprendí el mío, respondiendo a su apuesta, dejando que ella viera el vello de mi pecho que tanto la calienta.

Y así empezamos. Uno ella, uno yo. Un botón de su lado que revelaba un poco más de su intimidad; un botón del mío que la hacía morderse el labio y acomodarse en la silla, visiblemente inquieta. El aire en la mesa se volvió pesado, eléctrico, casi se podía oler nuestra excitación entre los platos. Cada movimiento era lento, desafiante.

Con el tercer botón de M, los bordes de la remera negra se abrieron del todo, revelando la redondez de uno de sus pechos y el color encendido de su pezón, que ya estaba completamente erguidos por el aire frío del lugar y la calentura del juego. Ella iba entregando terreno, mostrando esa piel que a los dos nos enloquece ver expuesta, sabiendo que estábamos a la vista de cualquiera, jugando al límite absoluto de lo permitido.

Llegó un punto en el que el escote de M ya era una invitación abierta, peligrosa para el salón del restaurante. Con un movimiento sutil, giró el cuerpo hacia la ventana, buscando un ángulo donde la luz de la calle cubriera un poco su pecho totalmente descubierto y la protegiera de las miradas del resto de las mesas. Pero el calor entre sus piernas ya era insoportable y la adrenalina del exhibicionismo estaba desatada.

Justo en el momento más encendido del juego, cuando la tensión no daba más, vi el cambio en sus ojos. Su mirada se desvió por encima de mi hombro. Dos hombres que al comenzar el juego no estaban ahí, ahora se encontraban parados justo detrás de mi silla, completamente paralizados, devorando con los ojos el pecho desnudo de M que se recortaba contra el vidrio.

M, con un reflejo rápido pero con las mejillas encendidas por el calor del momento y el pulso disparado, se cerró la remera de golpe, apretando el escote contra su pecho todavía agitado.

—Me la cerré por esos dos —me susurró con una sonrisa cómplice, tratando de recuperar el aliento.

Nos reímos disimuladamente, saboreando el final abrupto del juego. Ella me dijo que lo hizo por discreción, pero estoy seguro de que, en ese último momento, esos dos tipos se llevaron el mejor espectáculo de sus vidas y una imagen grabada a fuego para cuando llegaran a sus casas.

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