Por querer un hijo fui infiel

Hola a todos, soy Linday, tengo 25 años, soy una mujer rubia, blanca, de 1.70 m, con piernas largas, nalguitas firmes, tetas del tamaño de unas naranjas. Soy flaca, pero tengo lo mío.

Estoy casada desde los 21 años con Eduardo, aunque estamos juntos desde los 17. Nunca le he sido infiel y creo que él tampoco a mí. Hemos intentado buscar un hijo durante 4 años sin resultados positivos. Ya hicimos de todo: exámenes médicos, tratamientos, pero nada funcionó. No quisimos alquilar un vientre para mantener nuestro estatus social y evitar chismes. Yo estaba desesperada, así que se me ocurrió una idea loca. Antes de conocer a Eduardo, tenía un pasado más salvaje: era una chica muy activa sexualmente. Cuando él se fijó en mí, vi la oportunidad de una vida estable y dejé todo eso atrás. Me convertí en una mujer refinada y fiel, aunque en la cama me volvía una puta para él, que quedaba encantado. Mi plan era acostarme con otro hombre para quedar embarazada, demostrando que el problema no era mío. Tenía que ser discreto y solo una vez, pero para aumentar las chances, decidí que con 5 hombres saldría embarazada sí o sí.

Me creé una cuenta en Twitter, subí fotos de mi cuerpo y seguí a hombres de mi ciudad. Cuando capté su atención, busqué los ideales, que se parecieran a mi esposo. Charlé con muchísimos, los investigué en internet y Facebook, agregué a los seleccionados a WhatsApp y les conté mi idea. Todos aceptaron. Organicé todo para el día de mi ovulación; casualmente, mi esposo estaría ocupado en el trabajo. Elegí un hotel carísimo y elegante. El día llegó: antes de que Eduardo se fuera, tuve sexo con él y se vino dentro de mí para asegurar el plan. A las 9 de la mañana, los 5 llegaron a mi habitación. Les hice firmar una carta renunciando a la paternidad del hijo —no sabía cuál me embarazaría— y un contrato de confidencialidad. Viéndome, firmaron sin pensarlo. Cuando todo estuvo listo, dije: “Bueno, desnúdense y embaracen a esta perra”, mientras me daba la vuelta y me daba una nalgada.

Todos se desnudaron; tenían buenas vergas, ya las había visto en fotos. Me empezaron a besar, manosear y desnudar. Me arrodillaron y comencé a mamarles las pollas: chupaba una y masturbaba a dos, cambiando constantemente. Me subieron a la cama, me pusieron en cuatro y uno me empezó a coger por la vagina mientras dos me ponían a mamar y los otros se masturbaban. Les prohibí el sexo anal —me encanta, pero quería toda su leche en mi vagina—. Uno a uno se turnaban; no duraban ni 4 minutos cuando otro los relevaba. Me pusieron boca abajo con las piernas abiertas, luego boca arriba. Se vinieron dentro de mí; algunos tomaban Viagra que yo había comprado, otros no lo necesitaban. No tenía descanso: ya se me salía el semen de la vagina, pero necesitaba más. Cabalgaba, me daban en cuatro, me nalguaban, me jalaban el pelo, me decían “perra”, “puta”. Eran las 12, pidieron comida; cuando el camarero entró, me vio mamando dos vergas y siendo cogida en cuatro. Dejó la bandeja y se fue. Tras comer, volvieron con más energía: yo era solo su depósito de semen, sin voz ni autoridad, complaciéndolos y recibiendo sus descargas. Me tenía muerta de placer; orgasmo tras orgasmo, recordaba mi pasado salvaje y lo disfrutaba. Pasaron 4 horas más; quedaron agotados. Me dejaron tirada, abierta de piernas, chorreando semen. Me duché, me vestí y volví a casa.

Pensaba en lo rico que estuvo. Mi esposo llegó y me dijo que al día siguiente se iba de viaje por 3 días. Me puse triste, pero sola en casa, la tentación ganó. Escribí al grupo de WhatsApp: “Hey, ¿quieren repetirlo? Hoy a las 11, mismo hotel, misma habitación”. Todos confirmaron. Me duché, me puse sexy y los esperé. Les recordé el contrato y dije: “Hoy pueden usar todos los orificios”. No se hicieron esperar: me besaban, tocaban tetas, clítoris y ano. Me arrodillaron para mamarles. Uno se acostó, me monté encima sin dejar de mamar; otro me la metió por el culo. ¡Uff, estaba en el paraíso! En cuatro, me daban por vagina y culo; eyaculaban en el ano, vagina o boca. Tomaban Viagra y seguían sin parar. Tras 6 horas, 3 se fueron pero prometieron volver. Quedé con dos: uno me daba por el culo en cuatro mientras mamaba al otro. Sonó mi teléfono: era Eduardo. Siempre contesto.

—Hola, mi amor —gemí.

—Hola, amor, ya estoy en el hotel descansando. ¿Cómo estás?

—Bi-bien, amor —me dieron una nalgada.

—¿Qué es eso, mi amor?

—La tele, amor. Estoy haciendo yoga.

—Ah, ok, mi vida. Te extraño.

—Y yo a ti… ¡ahhhhh!

—Ten cuidado con esos ejercicios.

—Siii, amooor…

—Bueno, te dejo. Revisaré documentos y dormiré.

—Está bien, amor. Descansa, te amooo… ¡ahhhhh!

Colgué rápido; el del culo se vino. El otro me puso boca arriba, se montó y me penetró vaginalmente, besándome mientras lo abrazaba con las piernas. Tras una hora, nos dormimos los tres. A las 4 a.m., tocaron: entraron dos que se habían ido. Uno me abrió las piernas y me cogió; gemí y mamé al otro. En cuatro, me daban de a dos hasta las 10 a.m. Se fueron, pero volvió el quinto. Le mamé y me cogió una hora por el culo. Satisfecha, con todos los orificios llenos de leche, me duché con él y volví a casa. Eduardo regresó al día siguiente; volví a la normalidad, pero cogía más con él, más caliente que nunca.

Un mes después, mareos y dolores de cabeza: ¡embarazada! Confirmado en clínica. En citas, descubrí gemelos. Disfruté el embarazo al máximo y tuve dos hermosas hijas. Hoy tienen 5 años, con un hermanito de 3 porque… ¡adivinen! Reuní al grupito un año tras las gemelas. ¿Qué dicen, repito para otro hermanito o hermanita?

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