No sé si va a gustarte lo que tengo que contarte – I, II, III

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Apenas venía por mi trabajo. Llevábamos casados diez años y desde que tuvimos a la nena nuestra vida sexual sufrió un declive. Sin embargo, ese día apareció por la cafetería para tomar un café después de dejar a la peque en judo. Despampanante, me dejó ojiplático: había ido a primera hora de la mañana a Mango y se había comprado una mini de cuadros marrones, de esas que suelen llevar las colegialas, que al sentarse en la barra, dejaron al descubierto sus torneados muslos, carnosos y apetecibles para cualquiera que estuviese a palo seco…como servidor.

-“Me vienen a buscar.”
-“Ah, ¿sí? ¿Quién?”
-“Un cliente. Lleva tiempo insistiendo en invitarme a un café y como es un pesado….”
-“Pero no es lo mismo que te escapes de la oficina que hacerlo a estas horas…y cómo vas vestidaaaa!!”
-“Uyyyyyy, se pone celoso mi maridito. ¡Pobre! Te dejo que ya está ahí.”

Va a sonar extraño pero la última persona que podía imaginar al volante era el hijo de puta que el año anterior había contratado y tuve que echar por ladrón. En sólo una semana trabajando, se había quedado más de 3.000 euros y tuve que denunciarle. Sin pruebas. Nos amenazamos y me había rallado el coche. Esto no pude demostrarlo, pero blanco y en botella…

Menudo elemento el David, chuloputas sin oficio ni beneficio. Siendo realista, el tío era un machito: rubio, con melenita, bien parecido y con labia. De los que encantan, literalmente, a las mujeres. Andaría en los 28 o así.

Eva, próxima a cumplir los 44, de piernas largas, senos bien puestos con la ayuda de esos bra apenas imperceptibles, que le juntaban las mamas peligrosamente por encima del penúltimo botón de la camisa, estaba en esa edad de gozar a todas horas y yo no la satisfacía. Mucha mujer para mí, la verdad.

Me quedé perplejo al verla montarse en el coche, sentándose con las piernas abiertas, a sabiendas que yo no iba a perder detalle. Ya llevaba tiempo, por la noche, martirizándome con la retaíla de que, en la compañía de seguros, la frecuentaba un tío que estaba más interesado en ella que en los recibos que le solicitaba. Tres veces en una semana era algo fuera de lo común, pensaba. Ya le había rechazado otras veces, pero un no sé qué, hizo que se estremeciese de deseo momentáneo por ver a qué puerto iba a llegar aquella situación.

Cuando me lo contaba, al instante se me puso dura y lo percibió. Evidentemente, yo no sabía que se trataba de él. Pero Eva disfrutaba con la situación y yo…más.
-“Te gusta que deseen a tu mujercita, ¿verdad, cabrón? Que quieran meterme mano en el trabajo, ¿eh?”
-“Ufff, mira que eres zorra. Cerda.”
-“Hoy estuvo otra vez y me dio dos besos. Incluso me cogió la mano. No dejaba de mirarme al escote. Tonteé un poco con él y como estaba sola en ese momento, me abrí un botón más con la excusa de que no iba bien el aire acondicionado. Y, ¿sabes qué me dijo? Que por él podía seguir hasta el ombligo. Me dio la risa tonta y me puse cachonda como una adolescente.”

-“Pero, serás…” Y me corrí mientras terminaba de darme pormenores. Como pocas veces me he venido. Caliente como un cabrón.

Cuando dejé de ver el coche, un sentimiento contradictorio pasó por mi cabeza: dónde cojones iban estos dos y cómo iba a terminar. Joder, vaya cómo lo disfrutaba. Celos, cuernos, uffff, se me puso durísima. Seguro que en el coche me la iba a meter mano. Qué locura. Tuve que dejar a mi empleado, un chico que tenía a prueba, apenas había cumplido los 16, Mario, atendiendo al público porque yo ya no vivía en mí. Me fui a casa y le dejé cerrar. No podía apartarme de la imaginación que querría que mi mujer le hiciese una felatio.

PARTE II

Salí pitando para casa. Evita estaba en casa sola al volver del cole y tenía que ayudarla con las mates. No estaba a uvas y eso pronto lo notó, así que traté de disimular diciendo que estaba muy cansado y fui disparado al baño a comprobar si tenía mensajes en el móvil. Pues sí: una foto del interior del coche en la que se ven las piernas de Eva de muslos para abajo y en la rodilla izquierda unos dedos urgando por los alrededores. World Press Photo del año, pensé. Menudo hijo puta y menuda zorra. Haciendo de abogado del diablo diré en su favor que mi esposa no conocía de la cafetería a David; no le dio tiempo. Para ella sólo era un cliente más. Eso sí, musculado, más joven y con una jeta de la ostia.

Por dentro me comía la rabia, el odio, la impotencia. Me decía… “Joder, se la va a follar y yo aquí, como un imbécil.”
En 5 segundos cambié de opinión. Otro whatsapp con foto: su mano en sus vaqueros. Para mear y no echar gota, vaya.
Tuve que volver al salón con los deberes y fue como si nunca hubiese sabido multiplicar. No se puede estar al plato y a las tajadas. Estaba roto, perdido, confuso. Una cosa era fantasear y otra obrar sin permiso. No me había consultado. La madre que la…..
– “No me hagas cena. Llegaré tarde.”
– “¿Ves, papá? Ya te dije que eran muy difíciles.”

Estaba yo para problemas. Habíamos fantaseado como todo el mundo pero de eso a ponerlo en práctica…
Alguna vez habíamos estado en Cap d´agde, años atrás, y se había puesto en topless delante de la multitud, orgullosa de su trasero, poniendo duras todas las pollas a su alrededor y siendo objeto de deseo de muchas esposas y amantes que frecuentan ese lugar para mi gusto, bastante libertino. Algo así como la Gomorra francesa. Pero eso fue antes del embarazo. Esto era diferente. Había dado el paso sin mi consentimiento. Eso me producía…deseo. Deseo de verla llegar despeinada y pringosa de muslos para arriba. De que me mirase con cara de zorra y nos besase a mi hija y a mí como si nada hubiese pasado.

Decidí mandarle un mensaje. Algo que le hiciese meditar. un… “mmmmmmm”. Y lo envié. Ya estaba hecho. No había vuelta atrás. Seguro que esperaba el consentimiento. Ya lo tenía. Un minuto después, otra foto. Las piernas estiradas, descalza sobre la alfombrilla del auto, con el tanga en los tobillos.
Mandé a la nena a la cama. Aquello no tenía buena pinta. O sí.

Las dos y media de la madrugada y oigo la puerta. Deja las llaves y va al baño. Interminable. Entra con cuidado al dormitorio y con la luz de la mesita se desviste lentamente. Sabe que la observo. Tan sólo se deja puesto el tanga. ¡Qué ironía! Abre la sábana y se recuesta. Huele muy bien. Violetas. El perfume que le regalamos para el día de la madre.
– “¿Estás despierto?”

PARTE III

-Claro, no puedo pegar ojo. ¿Cómo te lo has pasado?

-Mmmmmmm, requetebien. ¿Quieres que me duche para meterme en la cama o prefieres que me deje el tanga…sucio?

Aquello era más de lo que un hombre podría soportar. Tu esposa, que te había jurado fidelidad, madre de tu hija pequeña, quería tentar al demonio metiéndose entre las sábanas con el semen entre los muslos chorreándole y la tanga violeta empapada por delante y por detrás, todo con el fin de comprobar si, sabiendo que me había corneado con aquel hijo puta, eso me la pondría dura. Afirmativo: tenía la polla durísima desde que la vi bajarse la minifalda de cuadritos marrones y quitarse los tacones. Ella sabía que la contemplaba. Las mujeres lo saben sin comprobación alguna.

-¿Te ha follado sin condón? Cerda, puta, guarra.

-Claro, así pude sentir mejor su pene tan carnoso. Uffff, te hubiera gustado mamárselo, te lo aseguro. Al correrse la primera vez, me entró un escalofrío porque pensé…¿y si me deja embarazada? Pero las otras dos veces lo disfruté sin volver a pensarlo. Total, sería tuyo, cabroncete. ¿No te gustaría?
Me la jalaba con parsimonia, lenta, muy lentamente. Pasaba los deditos por el glande haciéndome desear el siguiente paso. Yo estaba en la gloria. Imaginaba a ese cabrón sobando a mi mujer y metiéndole la polla en la boca, dándole a beber el semen. Mejor dicho, a comérselo. Le metí dos dedos en el tanga y chorreaba pringosidad allá donde la tocase: entre sus muslos. en el ano,… Preso de una excitación nunca antes \”sufrida\”, me metí los dos dedos en la boca mientras ella me miraba riéndose: -Chupa, chupa, so cerdo. Cómete los mecos del que me ha follado como un toro, que tú ya no vales para eso. Menos mal que le tengo a él para que me dé por el culo hasta reventarme. ¿Te gusta a qué sabe, cornudito?

-Sí, sí, siiiiiiii. Está superrico. Más, me apetece mássssss.

-Cómete mi vulva, mamón. Chúpala hasta que no quede gota. Sólo vales para eso.

Pensé, durante todo el rato que estuve esperando a mi esposa, que iba a sentirme deprimido, triste, furioso, quizás. Pues no. Todo lo contrario, estaba fuera de mí, deseando que se le follase en mi casa, que los vecinos le vieran entrar a todas horas y supieran que se la beneficiaba. Que ocupase mi lugar en nuestra cama de matrimonio. La imaginación me volaba mientras me comía su semen de entre los muslos. Lo que daría por verles abrazados en el sofá, comiéndose a besos mientras yo me masturbaba cerca de sus caras. Poder bajarle los pantalones al mismo que me había robado en mi negocio, que se había reído de mí acostándose con mi mujer. Deseaba verles llevar a mi hija al cole, incluso que ella nos viese, con la puerta entreabierta, disfrutar de su pene: mi esposa dentro de su culo y yo mamándosele mientras entraba y salía del orificio.

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