Mi viejo jefe se ha encaprichado de mi esposa
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Los errores que cometemos se suelen pagar, pero hay veces que resulta satisfactorio ese pago.
Soy Gustavo y tengo 25 años. Mi esposa Sara tiene 22. Vivimos en un pequeño piso junto a mi cuñada parapléjica por un accidente de coche donde murieron mis suegros. Ella tiene 19 años y se llama Cloe.
Llevamos casados dos años, que han sido de luna de miel, hasta hace tres meses, cuando todo se complicó.
Después de mucho estudiar, comienzo a trabajar en un famoso estudio de arquitectura, donde mi jefe de 62 años, el señor Molina, se encarga de todo. Aparte del dinero, lo importante es el horario, ya que al salir a las tres puedo buscar a Cloe del centro de rehabilitación y llevarla a casa, donde la ayudo hasta la vuelta de Sara, que es a las ocho.
Ambas mujeres de mi casa son a cada cual más guapa y noto siempre las miradas de envidia en temas sociales. Realmente, mi vida por el tema de trabajo se ha vuelto más exquisita y lujosa, teniendo que salir muchas noches.
Aunque Cloe está con nosotros, nunca ha sido impedimento para nuestra vida sexual. Mi mujer y yo prácticamente hacemos de todo. Lo único que desprecia es el sexo anal.
Durante una cena de empresa con las parejas, el señor Molina, después de presentarle a Sara y estar ambos hablando bastante rato, me dice al oído que cuide a mi esposa, pues es la señorita más bella y escultural de la conocida.
Hace seis meses aproximadamente, mis noches de vida loca me empiezan a pasar factura. Tengo deudas en la calle y en el banco, y no puedo afrontar todo esto. En casa, Sara va viendo mi degradación y en poco tiempo nos vemos distanciados. Salgo mucho y entro poco. Últimamente duermo solo en el sofá de la sala.
Intento no dejar a Cloe y sus ayudas en la tarde, pues salgo inmediatamente cuando Sara entra por la puerta. Mi trabajo con Cloe es el aseo, la merienda y acompañarla a dar un paseo por los alrededores en su silla de ruedas. Ella me ve con naturalidad y me pide cosas íntimas, como que le rasurre su vagina o le ayude en algo más. Siempre en esas ayudas me negaba en rotundo, hasta que mis meses locos y mi abstinencia de sexo fueron rompiendo alguna barrera.
Cometo una gran estupidez y robo dinero de la empresa para pagar unas deudas urgentes en la calle, pero nada sale bien siempre y mi jefe me descubre. Lógicamente me llama para carta de despido, pero como última oportunidad me abro por dentro y le cuento todo mientras él, en silencio, me escucha. Pasado un rato, me da la mano y dice que sigo en la empresa y con un préstamo me ayuda a cancelar alguna deuda. Al irme de su despacho, escucho las palabras mágicas que no dicen nada y dicen todo.
“Cómo está su bella esposa y tenemos que hablar de un favor de usted hacia mí”, me comenta.
Mi relación con Sara sigue deteriorada y pienso mucho cómo plantear el tema de mi jefe cuando se haga realidad, porque tengo por seguridad que llegará.
Sigo con Cloe y una tarde en casa, mientras la bañaba, sucedió. Yo sabía, pues Cloe me tenía instruido sobre la vida sexual de una mujer parapléjica. Estando ambos en su cama mientras la vestía, observé de manera loca sus pechos. Cloe lo notó y me llamó a su regazo. Con gran frenesí, los tomé juntos y empecé a lamerlos. Sus pechos eran muy grandes, pero en su caso los pezones eran más grandes y parecidos a tetinas de biberones de bebés.
Sus pezones eran su mayor zona sensible y los acariciaba mucho en sus masturbaciones. Mientras los mordisqueaba, acariciaba y lamía, ella gemía muy placenteramente mientras llegaba a esos orgasmos tan a su manera. Gozaba, pues la veía en sus gritos y gemidos mientras el rostro se le desencajaba.
Llegamos a su petición desde que vivimos juntos. Me decía que ella con su mano tocaba el clítoris y no sentía mucho placer, pero necesitaba a alguien que lo lamiese profundamente. No lo pensé, le quito su pijama y pequeñas bragas y con el ansia que tenía me la comí de arriba a abajo, toda su vagina. Qué bien sentir eso tan suave y rosadito en toda mi lengua, hasta que comiendo el clítoris con fuerza brutal se hace un milagro de placer y energía. Se humedece toda y empieza a gritar que no se me ocurra parar, que lo está sintiendo. Yo como y ella con sus fuertes brazos incrusta sus manos en mi cabeza y la aprieta a su clítoris. Con enormes y brutales espasmos, se me corre en la boca.
Yo iba loco y desesperado. Ya desnudo y con gran erección, me pongo entre sus pequeñas piernas, que levanto y agarro por los tobillos, y la penetro brutalmente. Al estar húmeda, entra bien y aunque tal vez no sienta nada, ahora me toca a mí. Ferozmente y con toda mi fuerza, la clavo a la cama. Ella gime apretando sus pezones hasta que llevo una mano y le acaricio de manera enérgica el clítoris. “Qué placer”, gritaba esta vez, hasta que ya me corrí dentro suyo junto a su segundo orgasmo. Besos, llantos, felicidad.
Cuando en la vida todo parece haberse olvidado, llega el mensaje de visita de mi esposa al señor Molina este viernes.
Tomo a Sara y también me confieso ante ella. Después de su negativa absoluta, gritos, insultos y horas pasadas en nuestra cama boca arriba, me dice que acepta y pone varias condiciones:
1. Hacerlo el viernes, pero en esta casa, pues no puedo dejar a Cloe sola.
2. Que tú estés presente y no participes.
3. Anal negativo y el culo ni se toca.
4. Tú pides excedencia e ingresas en un centro.
Después de una llamada de teléfono, todo ok y quedamos para cenar este viernes en casa a las nueve. Lógicamente, yo en el sofá a dormir.
Durante la cena, todo fue pasando muy bien. Cloe le preguntaba por su perfume, pues olía de maravilla, y Sara no paraba de mirarlo hasta que se soltó a hablar y hacer preguntas de su vida, las cuales mi jefe contestó a todas con cortesía. La última palabra de mi mujer fue decirle que lo consideraba un hombre muy elegante y extremadamente guapo.
Cloe a la cama y nosotros a nuestra habitación. Mi mujer estaba muy hermosa y al quitarle el traje, mi jefe bajando su cremallera vio que Sara tenía puesto una lencería nueva que le quedaba perfecta. Se besaron primero con quietud y después más pasional. Sara lo desnudó totalmente y pude ver un pene muy erecto, grande y gordo. Pensé en la pastilla milagro.
Estando todavía de pie, ambos, Sara se pone de rodillas y toma su polla, la cual masturba un rato. No pasado mucho tiempo, la acerca a su boca y lame todo su glande mientras mi jefe ya gemía algo. Sigue metiéndola en la boca e inicia una mamada de escándalo. Era enorme, pero ella la tragaba igual. De repente, él la toma de una mano y la levanta para seguidamente acostarla en nuestra cama.
Yo estaba extraño, pero mi pene reaccionó a lo siguiente.
Con una paciencia digna de un rey, la desnudó y besó y acarició todo su cuerpo sin dejar un milímetro. Sara tenía ojos cerrados y ya desde la comida de sus pezones, sus gemidos fueron evidentes. Cuando su cabeza se puso en la vagina, no pude ver bien, pero por el tiempo que estuvo y los movimientos de placer de Sara, entendía que la estaba haciendo disfrutar.
“Me corroooooooo, ay Dios mío, me corrooooooo”, fueron las palabras únicas de Sara junto a movimientos con espasmos en sus piernas.
Respiración con tranquilidad mientras con nuevos besos continuaron. Él seguía con mucha e ilógica erección a su edad, hasta que Sara lo montó. Mientras él tenía la cabeza en la almohada y ojos de placer, mi esposa bailaba y su cintura iba de un lado a otro.
Yo estaba asombrado viendo a Sara moviéndose y acariciando sus pezones cuando mi jefe, con más fuerza, la movió y colocó de cuatro patas. Aquí sí hubo mucha dureza y fuerza hasta que Sara dijo más palabras.
“No me lo puedo creer, Dios mío, sigeeee, no pares, que me vengo otra vez”.
Mi jefe dio muy duro y ahora los gritos nunca vistos por mí de Sara me confirmaron que estaba gozando como nunca, mientras mi jefe se corrió entre sus nalgas y con su polla restregó su semen entre ellas.
Yo me había corrido con ellos porque, aunque parezca increíble, gozaba como loco.
Se abría otro mundo después de mi ingreso, aunque yo sabía que Sara no estaría sola.
