Mi Secreto Revelado: De la Infidelidad a la Libertad Compartida
Mi marido, Carlos, siempre me había pedido que le fuera infiel. “Quiero verte disfrutar con otro, mi amor”, me decía entre risas pícaras en la cama, mientras sus manos recorrían mi cuerpo desnudo. Yo siempre le respondía con un “no” juguetón, pero la verdad era otra. Desde mi cumpleaños número 28, hace seis años, me estaba follando a mi compañero de trabajo, Javier. Éramos dos adultos consentidores, mayores de 18, y cada encuentro era puro fuego.
En la oficina, nos mirábamos con complicidad. Javier, con su metro ochenta y ese cuerpo atlético, me volvía loca. Un día, después de una reunión, me arrastró al baño ejecutivo. “Sí, Javier, fóllame aquí”, gemí mientras él me subía la falda y me penetraba con su polla inmensa y gruesa. Medía al menos 22 centímetros, venosa y dura como acero. Me embistió contra la pared, mis tetas rebotando, hasta que me corrí gritando su nombre, con su semen caliente llenándome la concha.
Pero la mayoría de las veces íbamos a moteles. El “Paraíso” ya nos conocía; el recepcionista guiñaba un ojo al entregarnos la llave. Entrábamos ansiosos, nos desnudábamos en segundos. Javier me comía el coño con avidez, su lengua lamiendo mi clítoris hinchado hasta hacerme temblar. “Estás tan mojada, puta mía”, murmuraba, y yo respondía: “Sí, fóllame más fuerte, amor”.
Lo que más me gustaba era su grosor. Me abría como nadie. Una tarde, en la habitación 12, me puso a cuatro patas. “Hoy te voy a romper el culo”, dijo, lubricando su verga con mi propio jugo. Asentí entusiasmada: “Sí, Javier, métemela toda en el ano, despacio al principio”. Entró centímetro a centímetro, esa polla gruesa estirándome el esfínter. Grité de placer y dolor exquisito mientras me sodomizaba, sus bolas golpeando mi clítoris.
Me follaba el culo con ritmo salvaje, una mano en mi pelo tirando, la otra pellizcando mis pezones. “¡Córrete dentro de mí!”, supliqué, y lo hizo: chorros calientes inundando mi recto. Salí de allí con el ano palpitante, pero siempre me lavaba bien la concha y el culo antes de volver a casa. Carlos nunca notaba nada; olía a jabón y a mi perfume habitual.
Los encuentros se volvieron rutina deliciosa. En otro motel, Javier me ató las manos a la cabecera y me dio nalgadas mientras me penetraba vaginalmente. “Eres mi zorra infiel”, gruñía, y yo: “Sí, y me encanta engañar a mi marido con tu verga monstruosa”. Me corrí tres veces esa noche, empapando las sábanas.
Pero el secreto pesaba. Una noche, Carlos me sorprendió oliendo mi ropa interior. “Hueles a sexo, ¿verdad? Dime la verdad”, insistió, excitado. Me quedé helada, pero su mirada era de deseo puro. “Sí, amor. Llevo seis años con Javier. Su polla es enorme, me folla en moteles, me come el culo… Todo consensual, como tú querías”.
En vez de enfadarse, Carlos se puso duro. “Cuéntame todo, detállamelo mientras te follo”. Le describí cada escena: la polla gruesa entrando en mi ano, los gemidos en el motel. Él me penetró con furia, masturbándose con mis palabras. “Quiero verlo algún día”, jadeó al correrse dentro de mí.
Al día siguiente, organicé un encuentro. Javier llegó a casa, nervioso pero dispuesto. “Somos adultos, todo consensual”, aclaramos los tres. Carlos observaba mientras Javier me desnudaba. “Mira cómo se la mete”, le dije a mi marido, montando la verga de Javier.
Javier me folló el coño frente a Carlos, que se pajeaba furiosamente. Luego, me puse a cuatro: “Ahora el culo, Javier”. Entró despacio, esa grosura abriéndome, y Carlos se acercó para lamerme el clítoris. El placer era indescriptible; grité al correrme, con Javier llenándome el ano de semen.
Carlos no aguantó más. Me quitó de Javier y me penetró vaginalmente, mezclando nuestros jugos. “Eres perfecta, mi puta abierta”, murmuró. Javier se unió, y terminamos en un trío sudoroso: yo chupando la polla de uno mientras el otro me sodomizaba.
Desde esa noche, todo cambió. Carlos y yo acordamos una relación abierta. Él sale con otras, yo sigo con Javier, y a veces compartimos. No hay celos, solo placer consensual entre adultos.
Ahora, en moteles o en casa, follamos sin secretos. Javier me destroza el culo, Carlos me llena la boca, y yo soy la reina de sus deseos.
Al final, nos reconciliamos en la cama, los tres exhaustos. “Te amo, y amo esta libertad”, le dije a Carlos. Él sonrió: “Yo también, mi amor. Sigamos así para siempre”.
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