Mi primera vez con un maduro

Me llamo Jessi y todo empezó una noche que nunca voy a olvidar. Tenía 18 años y acababa de terminar mi tarea a las nueve de la noche. Estaba a punto de meterme a bañar cuando mi mamá entró al cuarto con una sonrisa rara y me dijo: “Jessi, vámonos al baile que hacen aquí en la vuelta. Ya te compré ropa nueva, ponte eso y salimos.”

Me metí a la ducha rápido, me enjaboné todo el cuerpo y cuando salí me puse lo que ella me había dejado sobre la cama: una falda de cuero negro súper corta que apenas me llegaba a la mitad de las nalgas, una blusita blanca casi transparente que se pegaba a mi piel húmeda y dejaba ver perfectamente mis pezoncitos y unos tenis blancos impecables. Me miré al espejo y sentí un calor extraño subiéndome por el estómago. Me veía super wao, como de revista prohibida.

Llegamos al baile y desde que puse un pie ahí los hombres no me quitaban la vista. Me sacaban a bailar uno tras otro, sus manos se volvían valientes rapidísimo: me agarraban las nalgas por debajo de la falda, me rozaban los muslos, me apretaban contra sus bultos duros mientras la música retumbaba. Yo les seguía el juego, movía las caderas, les dejaba que me tocaran, me reía y les guiñaba el ojo. Me encantaba sentirme deseada así.

Entonces apareció él. Un señor alto, de unos 45 años, pelo corto con algunas canas, camisa bien planchada y una mirada que me recorrió entera como si ya me estuviera desnudando. Era amigo de mi mamá. La saludó con un beso en la mejilla, después se giró hacia mí, me dio la mano pero no la soltó enseguida. La mantuvo mientras me miraba fijo.

“Qué grande estás, Jessi”, me dijo con voz grave.

Bailamos varias canciones. Sus manos bajaron despacio hasta mis caderas, luego más abajo, metiéndose apenas debajo de la falda. Sentí sus dedos rozándome las nalguitas desnudas y me mordí el labio para no gemir ahí mismo. Cuando la canción terminó me susurró al oído: “Mañana te invito a salir. Prepárate bien.”

Esa noche no dormí pensando en él.

Al día siguiente me arreglé con todo. Me puse una minifalda jean que me llegaba justo a la mitad de las nalgas, sin calzones ni nada debajo, y un top rosa chiquitito que apenas cubría mis pechitos pequeños y puntiagudos. Los pezones se marcaban clarito contra la tela fina. Salí con mi mamá al parque de San José Nabalam. Ahí estaba él, esperándome en una camioneta pick-up grande.

Platicamos un rato en el parque, pero no pasó mucho antes de que me dijera bajito: “Quiero llevarte a un motel. Quiero cogerte, Jessi.”

Sentí un cosquilleo fuerte entre las piernas. Asentí sin pensarlo. Mi mamá se subió atrás, yo me senté de copiloto. La dejamos en el centro y arrancamos. Yo no perdí tiempo. Mientras él manejaba metí mi mano entre sus piernas, le abrí el cierre y saqué su verga. Ya estaba dura, gruesa, con venas marcadas. Me agaché y me la metí a la boca sin decir nada. La chupaba despacio, saboreando, subiendo y bajando la lengua por todo el tronco mientras él gemía bajito y manejaba.

Íbamos saliendo del pueblo cuando nos topamos con la caseta de policías en la salida hacia el río. Nos marcaron el alto. Yo no me detuve. Seguía con la verga en la boca, chupando más fuerte, haciendo ruiditos húmedos. El policía se acercó a la ventana y nos vio. Vio mi culo en pompa porque la falda se me había subido toda, vio mi vagina depiladita y expuesta, vio cómo mi boca subía y bajaba en la verga del señor.

No dijeron nada. Solo miraban. Él sacó unos billetes, se los dio y les dijo con toda calma: “Cuando quieran, un día ella puede ser la puta de ustedes. ¿Verdad, Jessi?”

Saqué la verga de la boca un segundo, miré a los policías con la boca brillante de saliva y les dije con voz dulce y cachonda: “Cuando ustedes quieran me pueden coger los dos. Me pueden poner de perrito, me pueden venir en la cara. Me encanta que me miren así.”

Uno de ellos me metió dos dedos directo en la vagina, los movió rápido un par de veces mientras yo gemía contra la verga. Después nos dejaron ir.

Llegamos al motel. Apenas cerramos la puerta de la habitación me arrodillé y seguí mamándosela como si mi vida dependiera de eso. La chupaba profunda, hasta que me llenaba la garganta, babeando toda, mirándolo a los ojos. Él me agarró del pelo y me cogía la boca como si fuera otro agujero.

Luego me levantó, me tiró en la cama y me abrió las piernas. Me metió la verga de un solo empujón. Grité de placer. Era gruesa y me llenaba completa. Empezó a bombear fuerte, profundo, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. Me puse arriba, me monté en él y empecé a brincar, sintiendo cómo su verga me llegaba hasta el fondo, cómo me rozaba justo donde más me gusta. Mis pechitos pequeños rebotaban con cada movimiento, él los agarraba y pellizcaba los pezones hasta hacerme gemir más fuerte.

Se vino adentro de mis tetas. Chorros calientes y espesos que me cubrieron los pechitos y me escurrieron por el estómago. Nos quedamos jadeando un rato.

Nos bañamos juntos. Me enjabonó todo el cuerpo, metió los dedos en mi vagina todavía sensible y me hizo venir otra vez bajo el chorro de agua caliente. Mi mamá reaccionó con naturalidad al olor a sexo cuando la recogimos, como si supiera exactamente qué había pasado y lo aprobara con una sonrisa discreta.

Cuando salimos ya era tarde. Recogimos a mi mamá en el centro. Se subió atrás y él, como si nada, le dijo: “Oye, mañana llévala al centro de salud. Que le pongan un método anticonceptivo. Quiero cogérmela sin condón de ahora en adelante.”

Mi mamá solo asintió, como si fuera lo más normal del mundo.

Y yo solo sonreí, todavía sintiendo su semen seco en mis tetas y el cosquilleo de lo que vendría después.

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