Mi mujer y un Ruso

Verano actual en nuestra ciudad del sur de Chile. Como ya saben, nosotros somos un matrimonio liberal que nos gusta vivir el sexo a full. Tenemos a nuestro cornudo de planta y uno que otro por ahí que sale de vez en cuando. Esta vez no fue tan diferente.

En una página tenemos un aviso para buscar otro hombre y lo tenemos hace mucho tiempo. Por lo general, el 99% de los mensajes de hombres son descartados, ya sea por mi mujer, por mí o por ambos. La semana pasada recibimos un mensaje de un hombre de nacionalidad rusa que andaba de paso por nuestra ciudad por temas laborales.

Lo vimos y lo aprobamos entre los dos. Respondimos el mensaje, pero sin quedar para un encuentro. El día viernes estábamos en una cena familiar y a mi mujer le llegó un mensaje. Lo leyó, me miró y me guiñó un ojo. Supe que era porque algún tipo le había hablado o era nuestro cornudo.

Al rato se me acercó después de cenar y me dijo que el ruso le había hablado por WhatsApp porque tenía tiempo esa noche. Mi mujer me preguntó qué hacíamos. Le pregunté de vuelta: “¿Tú qué quieres hacer?”. Me respondió: “Me gustaría comérmelo. Además, es guapo y nunca me he comido a un extranjero, menos a un ruso”.

Coincidencias de la vida, estábamos solos el fin de semana. Ok, le dije. Respóndele que a las 23 horas lo pasamos a buscar en el lugar que nos diga. Así lo hizo ella, dejándole un mensaje. Nos despedimos y salimos en el auto al lugar acordado.

Conversando con mi mujer le dije cómo lo hacemos. “¿Vamos a un lugar a servirnos algo o compramos algo para llevar a casa?”. Mi mujer dijo que mejor compramos algo para casa. Llegamos al lugar indicado y era un pequeño hotel. Al llegar, ella le mandó un mensaje que habíamos llegado.

Al rato él salió. Yo al mirarlo pensé que sería alto y grandote, pero no. Era como yo, solo un poco más alto, nada más. Mi mujer lo vio y dijo: “Está bien para mí”. Nos bajamos y nos presentamos. Él obviamente estaba nervioso por una ciudad, lugar y dos personas desconocidas.

Pero hicimos corta la conversación y lo invitamos a casa. Eso le dio confianza. Pasamos a comprar y nos fuimos a casa. Nos pusimos a hablar de él, de su país, su ciudad y de cómo laboralmente llegó a Chile. Él preguntaba por nosotros acerca de tener tríos.

Dijo que se contactó con nosotros porque en las fotos le pareció guapa mi mujer. Ella le respondió lo mismo. Al par de tragos, mi mujer nos dijo que se iba a poner más cómoda porque la ropa que llevaba ya le molestaba. Era obvio que la que llevaba puesta era para una cena: ropa normal de salida.

Subió a la habitación y yo seguí conversando con el ruso, que lo veía un poco nervioso, como que aún no entraba al 100% en confianza. Al rato bajó mi mujer con un puti vestido blanco y tacones de aguja blancos. Ese vestido le dejaba la espalda al descubierto, pero apenas le tapaba las nalgas y se le traslucía el pequeño culo.

Se dio una vuelta delante de él y le preguntó: “¿Te gusta?”. Él la miró con cara de desorbitado y habló algo en ruso. Ella le preguntó qué dijo. Él respondió: “Estás buenísima”, en ruso. Se sentó al lado de él cruzando las piernas y ella misma tomó su mano en dirección al muslo de ella.

Solo bastó un trago más y ella le comenzó a tocar el bulto. Él le respondió con un beso, tocándole las tetas. Ella se paró y se desnudó delante de él mientras estaba sentado. Yo obviamente ya se me había puesto dura por lo puta que se había puesto mi mujer, observándolos desde el otro sillón.

Ella se dio una vuelta y le preguntó: “¿Te gusta esta chilena?”. “Sí”, respondió él. Y aún sentado, la acercó a él y le comenzó a bajar el culo, quedando desnuda solo en tacones. De ahí se levantó y la comenzó a besar y a tocar mientras mi mujer le acariciaba el bulto entre los pantalones.

Él la miró y le preguntó: “¿Y él no se unirá?”. “No, déjalo. Él solo mirará cómo se comen a su mujer”, respondió ella. “Bien”, dijo el ruso. Y comenzó a besarla y tocarla con ganas. Sus manos y dedos ya estaban en la concha de mi mujer mientras ella ya comenzaba a jadear de la emoción.

Yo estaba con mi miembro duro, acariciándolo y pajeándome. Mi mujer lo comenzó a desnudar y obviamente empezó por la camisa hasta llegar a desabrochar el cinturón y el botón del pantalón, y bajarle la cremallera. Le metió la mano.

En ese instante mi mujer se quedó quieta y de repente me miró y abrió tremendos ojos. Yo pensé que era porque era minúsculo su herramienta, pero al revés. Mi mujer lo tiró al sillón y casi desesperada le sacó los pantalones y el bóxer. Tremenda sorpresa.

Era un fierro tremendo. Lo mío quedaba minúsculo ante él. Por lo que recordaba de antiguos cornudos, este los superaba el doble. Esto me excitó más al ver la cara de mi mujer, que lo tenía agarrado a dos manos y aun así le sobraba carne. Mi mujer siempre quiso un pedazo de carne gigante.

Como el mito dice que los negros la tienen así, se lo había propuesto varias veces hacerlo con un negro, pero a ella no le gustan los negros. Pero por fin esa noche de viernes se le hizo realidad su fantasía de tener un tremendo pedazo de carne para ella.

Ni corta ni perezosa, se lo metió a la boca para mamárselo, pero apenas le entraba la punta. Ella se ahogaba tratando de metérselo todo en la boca y él suavemente intentaba empujándole la cabeza para que se lo tragara todo, pero aun así fue imposible. Mi mujer estaba desorbitada ante tremenda bestia de carne.

Se levantó, me miró y se dirigió ante mí. Con un beso me dijo: “Ahora verás lo que es capaz tu puta ante tremendo pico, mi amor”. “Dale, cómetelo todo, que te dé placer”, le contesté. Ella caminó dos pasos y se montó encima del ruso. Con una mano le agarró esa bestia mientras él ya le estaba lamiendo las tetas.

Mi mujer se lo acomodó a la entrada de su concha para metérselo. Pensé que lo haría muy despacio. Pero las putas, las verdaderas putas son calientes y se vuelven verdaderas perras en celo. De una se lo metió y empujó hasta el fondo. “¡Ohhhhhhh síiiiiiiiiiii! ¡Qué rico pedazo de pico que tienes!”, exclamó.

“¿Te gusta?”, le dijo el ruso. “¡Síii! Me encanta”, entre jadeos le respondió. “Nunca me había comido uno tan grande”, le dijo mientras subía y bajaba de ese mástil. Por más que subía, no se salía y cuando bajaba chillaba de dolor con placer. Sus nalgas sonaban junto a los huevos del ruso. Todo era un aplauso.

De repente él se la sacó de encima y la hizo colocarse de espaldas a él, o sea, quedando mirándome a mí. De una la sentó en su bestia y se la clavó mientras la tenía agarrada de la cintura. Mi mujer gozaba ya con los ojos en blanco de tanta metida y castigo a esa concha.

De vez en cuando ella me miraba y me decía: “Despacio… Soy tu puta, amor, soy tu puta. Mírame, amor. ¡Mírame!”. Se la clavó en esa posición hasta que mi mujer tuvo un orgasmo con los ojos en blanco y la boca en forma de O. “¡Así, así, dame así que acabo!”, le decía. Y él con más fuerza se lo clavaba hasta que llegó ese orgasmo.

Él se la sacó de encima, pero no había acabado. La tomó de la cintura y la llevó contra la pared. La puso de espaldas y se la clavó de una nuevamente. Mi mujer con la espalda arqueada y el culo empinado lo invitaba a que se lo metiera todo. Sus tacones de aguja ayudaban a que la posición fuera perfecta.

Ya mi mujer no me miraba, siempre lo hace para ver mi cara, pero esta vez estaba concentrada en resistir semejante bulto o bestia. Él la embestía con fuerza y sonaban los glúteos de mi mujer. Ella trataba de ahogar los gritos. Así que yo, como pude porque estaba pajeándome a full tratando de no acabar, le subí un poco más a la música para que ella pudiera gritar algo más.

Parece que ella, entre su noción del tiempo, sintió la música más alta y comprendió el mensaje. Comenzó a gritar un poco más alto porque se notaba que tenía ahogados los gritos. El ruso era una máquina de culiar. Le daba sin compasión. Parecía que a mi mujer le llegaba hasta lo más hondo del útero o chocaba en él.

Porque se notaba el dolor que estaba sintiendo. A ratos le colocaba la mano en la pelvis del ruso como para amortiguar las embestidas. Pero eso era insuficiente. Por un momento pensé que ella diría “No quiero más” o “No aguanto más”. Pero una puta es una puta. “¡Dame más! ¡Así, así! ¡Dame más! ¡Haceme pedazos la concha!”, gritó.

El ruso más la embestía fuerte. “¡Ahhhhh, así, así, así, dame más! ¡Quiero máaaas! ¡Haceme acabar de nuevo!”, exclamó. “¿Te gusta así?”, le dijo él en español enredado. “¡Síii, síii, así me gusta! Dame más. ¡Dame más! Y háblame en ruso, dime que soy una puta en ruso. ¡Ayyyyyy!”, respondió ella.

Él, mientras le empujaba todo eso adentro, le empezó a decir “puta” o “eres una puta” en ruso. Y eso excitó aún más a la puta de mi mujer. Ahí colocó las dos manos en la pared con el culo respingado, ya entregada totalmente al ruso. Al momento ya estaba teniendo espasmos y un orgasmo. Se atrevió a gritar algo para no hacer escándalo y que escucharan los vecinos.

Cuando tuvo su orgasmo, se desarmó jadeando y bajó el culo, pero el ruso quería más. “No aguanto más esa cosa”, decía ella. El ruso me miró como preguntando “hasta acá no más”. Levanté la mano indicándole que siga. A mi mujer le dije con voz firme y retándola: “¡Sigue, puta! Acá estás para nosotros y aun no estamos satisfechos, así que te la aguantas”.

“Sí, sé que soy una puta, pero no aguanto más, ya me duele la concha y el útero. Déjenme descansar un rato”, suplicó. Me levanté y le dije: “Toma, bebe un trago y sigue, puta. Quiero verte hecha pedazos con ese pedazo de fierro”. Parece que algo se activó en ella. Mandó un suspiro, bebió de un golpe el trago y se agachó. Se lo comenzó a chupar suavemente, aún jadeando del orgasmo.

Al rato recuperó aliento y, como no podía metérselo todo en la boca, comenzó a lamerlo por los costados y aun así no era capaz de cerrarlo por los costados con sus labios. Lo pajeaba con una mano mientras la otra le acariciaba los huevos y se lo chupaba. El ruso ya estaba a punto de acabar, pero dijo algo que mi mujer quedó atónita: “Quiero sacarlo en tu culo”.

Ella se sacó el pedazo de carne de la boca y quedó mirando casi asustada, pensativa. “Noooo”, le dijo riéndose. “Me vas a partir en dos por el culo con esa tremenda verga”. Se reía nerviosa. La conozco, le encanta por el culo. Me miró y antes que me diga algo le dije: “¡Anímate! ¡Dale!”.

“Ok”, dijo, pero no muy convencida. “Amor, ve a traerme el Hot. Es un lubricante que da calor en las zonas”. Me levanté y fui a buscarlo. Mientras, ella se lo seguía chupando. Al parecer al ruso le emocionó la idea de metérselo por el culo a mi mujer, porque se entusiasmó haciendo que mi mujer se lo chupara con ganas.

Por un momento creo haberlo entendido. Con semejante herramienta es difícil que una mujer se deje taladrar el culo hasta acabar. Cuando volví, ella se paró y se colocó hacia la pared nuevamente. Le dijo al ruso: “Ponme bastante gel en el culo”. Así lo hizo.

El mástil del ruso se notaba full mientras lubricaba el culo de mi mujer. Le colocó bastante, metiéndole un dedo para que el culo de mi mujer estuviera bastante lubricado y dilatado. Cuando el Hot comenzó a hacer efecto, el culo de mi mujer empezó a sentirlo caliente por dentro. Ahí ella dijo: “Ya, ahora metémelo, pero despacio, eso sí”.

Ella con una mano en la pelvis de él por si había que sacarlo por si no aguantaba. Él comenzó con sus manos a apuntar en el culo de mi mujer. A pesar de ser tremenda bestia, por el exceso de lubricante no podía apuntar bien, se le resbalaba. De ahí mi mujer lo tomó con una mano y se lo apuntó sola.

Él comenzó a presionar y a empujar y ella comenzó a gemir de dolor. “¡Despacio! ¡Ayyyy, así, pero más despacio! ¡Concha su madre, no sé cómo me estoy comiendo esto por el culo!”, exclamó la puta de mi mujer. Varios “¡Ayyyy!”. Hasta que le entró todo. Fue despacio, sin apuros, pero ella como puta natural que es, lo resistió.

Él comenzó a bombear despacio para que el culo de mi mujer se acostumbre a tremenda bestia. Ella se quejaba y quejaba del dolor, pero también decía: “¡Me gusta! Pero más despacio!”. Así un buen rato hasta que ella misma comenzó a mover el culo en círculos. “Ahhh, ya”, dije. “Está lista, se le acomodó todo el culo”.

Al rato ella empezó a moverse adelante y atrás, haciendo chocar sus nalgas con la pelvis del ruso. El ruso empezó a empujar y clacar más y más fuerte. Ya que rato que tenía ganas de acabar, así que cada embestida era más fuerte para el culo de mi mujer. Mi mujer jadeando respondía con las mismas ganas, ayudándole a que le clavara más adentro.

Ya no había vuelta atrás. El ruso la iba a moquear todo el culo. No pensé que mi mujer aguantara más y menos un orgasmo. Pero grosso error. Ella comenzó a decir: “¡Sí, así, metémelo, metémelo más! ¡Así, ayyyy, así, así, dame más! ¡Párteme el culo, ayyyyyy, así, ayyyyyy, más, más! ¡Voy a acabar, voy a acabar, dame más! ¡Ayyyyyyyy, me duele, me duele, pero voy a acabar, ayyyyyyyy!”.

El ruso la embestía con fuerza hasta que los dos van llegando al orgasmo. El ruso rebufaba de placer, empujando violentamente el cuerpo y el culo de mi mujer contra la pared. Ella, con tantas embestidas tan fuertes, entre dolor, placer y el orgasmo que ya le llegaba, con una mano se tapó la boca para ahogar los gritos mientras movía el culo en todas direcciones por el violento orgasmo que llegaba.

Acabaron. Ella se sacó de inmediato el fierro tremendo del culo y al sacárselo le dio dolor, porque dijo: “¡Ayyyyyy!”. Pero esos “ayyy” de dolor. Inmediatamente se fue a tirar al sillón largo, toda agotada, jadeando como si el aire se fuera a agotar. “No puedo más”, nos dijo. “¡No puedo más!”.

El ruso se sentó en el sillón también, ya derrotado junto a su bestia. Con cara de serio nos dijo: “Casi nadie me aguanta por atrás, pero ella lo aguantó hasta el final”. Mi mujer lo miró desde el sillón, toda rota en los agujeros, y le dijo: “Sí, pero me dejaste hecha pedazos”, entre risa y agotamiento.

“Lástima que será difícil repetirlo”, dijo el ruso. “Me voy de la ciudad mañana en la tarde a otra ciudad y de ahí solo un par de días más en Chile por temas laborales, y vuelvo a mi país”. Se disculpó y, entre que se vestía, decía que tenía que irse porque en un par de horas más tenía que terminar de trabajar.

Llamamos un Uber que demoró solo un par de minutos en llegar. Se despidió de un beso en la boca de mi mujer. Lo despedí en el portón con un apretón de manos y se fue. Entré y vi a mi mujer toda derrotada. Me miró y me dijo: “Ya sé lo que estás pensando y lo que quieres, pero déjame descansar un rato y dame algo de beber que tengo sed”.

“¿Agua?”, le pregunté. “No, dame un trago de whisky para prepararme para ti ahora”. Así lo hice. Ella se incorporó un poco y comenzó a beber. Me hizo brindar con ella diciéndome: “Salud por el pedazo de pico que me comí hoy. Nunca pensé en comerme algo así y menos por el culo, a pesar de haberlo fantaseado varias veces”.

Bebimos y la ayudé a levantarse para ir a la cama. Subimos las escaleras y a ella le temblaban las piernas. Noté que le escurría todo el moco por las piernas. Eso me tenía a full. La imagen de semejante miembro en el culo de mi mujer me tenía prendido.

Llegamos a la cama. Me desnudé y de una le abrí las piernas y se lo metí en la concha. “¿Te gustó verme lo que me comí?”, me preguntó. “Sí, amor, me encantó ver lo puta que puedes llegar a ser cuando te calientas”. “Sí, mi amor, soy tu puta y me encanta que me veas siendo una puta”.

Ya estaba que acababa y ella misma me dijo: “Ya, antes que me lo pidas, metémelo por el culo. Termina de hacerme pedazos el culo y dale otra moqueada a tu mujer”. Me besó y me dijo: “Te amo”. Se dio vuelta quedando en cuatro.

Pensé en meterlo despacio, pero ya con lubricante más la moqueada no había necesidad. Se lo metí todo furioso, imaginando cómo el ruso se lo había clavado. Ese culo sonaba todo aguachiento y mi mujer se colocó una mano en su concha, acariciando su clítoris.

“Me duele, amor, me duele”, chillaba despacio. Creo que en su interior se acordaba del ruso y eso me puso más caliente. Ya no aguanté más y le dije: “¡Te voy a moquear el culo, ya no aguanto más!”. “¡Sí, amor, síii, dale! Esta putita quiere más moco por el culo, dale. Así, sí, mi amor, así, dale, dale, más. Te amo, te amo, dame más”.

Hasta que llegamos los dos a un orgasmo. “Sácalo que me duele, por favor, sácalo”, me dijo. Lo saqué y ella quedó rendida en esa posición. Yo me tiré al lado de ella, ahogado. La abracé y le dije: “Me encanta que seas así de puta, amor”. Me contestó, ya casi dormida: “A mí también me gusta ser tu puta, amor”.

Estábamos por quedarnos dormidos cuando suena una llamada al teléfono de mi mujer. Pensé en no levantarme a ver quién era. Pero pensé que podía ser el ruso avisando que se le quedó algo. Bajé al primer piso, tomé el celular de mi mujer y no era el ruso. Era nuestro amigo cornudo de planta, pero ya había cortado la llamada.

Tomé los dos celulares y los llevé al dormitorio. Ya acostándome vi que eran las dos de la mañana y volvió a sonar una llamada. Mi mujer preguntó quién era. Le dije que era nuestro amigo. Me dijo: “Contéstale a ver qué quiere”.

Contesté. Preguntó si podía ir a nuestra casa a beber algo y divertirnos juntos. Por mi cabeza pasó hacer que mi mujer se ponga en modo puta. Le dije que el amigo quiere venir ahora. Ella, entre sueño y cansancio, me dijo: “Dile que no. Estoy ya casi dormida y estoy cansada por el trabajo de la semana. No me insistas que acepte. Que el ruso me dejó agotada y me duele la concha y el culo. Por muy puta que sea, ya no puedo más. Dile que mañana sábado lo espero para ser su puta como siempre”.

Así que le dije y él aceptó. Quedamos que al día siguiente en la noche venga a casa. Cosa que así fue, pero eso ya es otra historia. [heraediciones](https://www.heraediciones.es/truco-de-literatura-como-conseguir-una-estructura-narrativa-adecuada-para-la-novela-erotica/)

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Mikycornudo
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