Mi hijo, su pico y mi culitoiii

Hola… espero que mis relatos les hayan gustado hasta ahora. Bueno, les contaré cómo mi hijito me hizo ser una verdadera putita… y lo mejor, con un compañero de la universidad.

Después de nuestra loca y caliente noche de sexo, pasaron un par de semanas en que solo hubo roces, ya que mi marido estuvo todos los días en casa por un resfrío. Fueron días muy hot, pero a la vez debíamos tener cuidado.

Un día sábado en que mi hijo me acompañó a hacer algunas compras, me dijo:

— Mamá… no sabes las ganas que tengo de culiarte… ¿cuándo papá va a trabajar?

— Mi bb… yo también estoy que muero por que me des tu pico… ando todo el día con la zorrita mojada… pero debemos esperar… tu papá vuelve el lunes a trabajar.

— ¡Qué bueno! Tengo el martes y miércoles libre… de ahí no te escaparás, putita mía.

— Jijijiji… no me digas así en la calle… ¡se pueden dar cuenta!

— Pero ¿cómo quieres que no se den cuenta? Mira esas calzas que llevas… se ve todo… tu tremendo culo… ¡y tu conchita se te marca a mil!

— Ya, deja de decir cosas… mejor ayúdame con las bolsas.

Así pasó ese fin de semana… y llegó el martes. Me levanté con mi camisa de dormir a preparar el desayuno para mi marido, que en cuanto lo tomó se fue a su trabajo. Como estuvo dos semanas en casa, debía ponerse al día con su labor, por lo que llegaba muy tarde por la noche.

Alrededor de las 11 de la mañana se levantó mi hijo. Yo me encontraba en la cocina ordenando, cuando se acercó por atrás y, tomándome las tetas, me punteó con su pico durísimo.

— Así te quería tener, putita… solo con ese trozo de tela que cuando caminas se ve tu culo y tus tetas casi se salen.

— Pero qué poderoso amaneciste, bb… qué rico como me tienes clavada esa cosota en mi rajita.

— ¿Tomaste desayuno?

— No… te estaba esperando.

— Mejor así…

Me tomó de los hombros, me dio vuelta, hizo agacharme, sacó su vergota del pijama y, sin decir nada, me la clavó en la boca… suave, solo hasta la mitad… y de a poco la fue hundiendo más… más y más… y sus culiadas eran cada vez más fuertes.

— Qué ricoooo… echaba de menos esa boca come-pico… chupas como una verdadera zorra… mmmmmm… asíiii… ¡tómate la leche, puta!

— Mgfffmmgggg… sí, papito… ngfhgfg… ¡dame tu lechita!

Mientras me culiaba la boca, me dijo algo que me dejó muuuy caliente:

— No sabes la sorpresa que te tengo hoy en la tarde.

— ¿Glgunpmnn… qué?

— Viene Carlos… mi compañero de universidad… el moreno alto, el que vino la semana pasada a dejarme los libros.

— ¿Mmghhfnn… qué? ¿Mdbfhghdhg… a qué viene?

— ¿A qué crees?

— No me digas… ¿no? ¡Pero cómo se te ocurre?

— Eres mi puta personal, ¿lo olvidas? Y te voy a compartir… ¡ohhhhh!

Dijo eso y me tiró en la garganta toda su leche caliente… espesa… exquisita.

Diez minutos para las 4 llegó Carlos. Mi hijo me hizo ponerme un vestido entero color blanco… sin nada abajo… se veían mis pezones oscuros, mi culo y mi zorrita. Era un vestido de gasa muy delgado y pegado al cuerpo, coronado por un par de sandalias de tacón que hacían que mi culito se viera más redondo y parado.

— Hola, cumpa… pasa, pasa.

— Hola, amigazo.

— ¿Una cervecita?

— No… ando manejando. Cuéntame, ¿qué querías hablar conmigo?

— Nada… te invité a jugar Play. Está mi mamá… nos va a traer unas papas fritas y unas cervezas. En tu caso, un jugo.

— ¡Buenaaa!

Bajé las escaleras hacia el living, y ahí estaban los dos. Los ojos de Carlos se clavaron en mis tetas… parecían desorbitados.

— Hola, Carlitos… ¿cómo estás?

— Ho… hola, tía… ¿cómo está usted?

— Bien, hijo… con un poco de calor. ¿Quieres tomar algo?

— Bueno.

Me fui en dirección a la cocina… y sentí como me miraban el culo. Fue una sensación muy excitante.

Cuando volví al living, miré a Carlos y pude apreciar un muy considerable bultito en su short. Me senté a charlar y mi hijo y Carlos no dejaban de mirarme.

— ¿Qué tanto me miran? ¿Nunca han visto a una mujer con vestido blanco?

— Tía, perdone mi patudez… es que se ve estupenda.

— ¿Estupenda?

— Mmm… sí… por no decir otra cosa, jajaja.

— ¿Qué otra cosa, cumpa?

— Puta… perdona, amigo. Tía, ¿la verdad? Se ve ricaaa.

— ¿Y por eso tienes el pico parado?

— Sí… perdóneme.

— ¿Y qué te puso caliente?

— ¿Puedo hablar libremente?

— ¡Sí!

— Tía… ese vestido no tapa nadaaa… se le ve todo… ¡y lo que veo tienta!

— ¿Tienta a qué?

— A sexo… ¡tienta a manosearla!

Me paré, me puse frente a él y le dije que tocara… que hiciera lo que su mente le indicara. Se paró… tomó mis tetas… las amasó… las estrujó… me tiró los pezones… bajó sus manos a mi culo… me lo apretó durooo… metió sus dedos entre mis nalgas… me dobló muy rico. Mientras pasaba esto, mi hijo se había puesto detrás mío y me besaba el cuello, con su respectivo punteo.

Me tomó de los hombros por la espalda y me agachó… hasta quedar a la altura del bulto de Carlitos. Tomó mi nuca y me empujó, hasta que mi cara y boca tocaron el paquete de Carlos. Este me tomó de la cabeza y comenzó un punteo con el short puesto. Empecé a desabrochar su pantaloncito, y salió de su encierro un pico… pero qué pedazo de verga… más grande que la de mi hijo, de un color casi negro… dura y gruesa… la cual empecé a comer desde la cabeza, pasando por su tronco y terminando en sus bolas, las cuales estaban rasuradas.

— Qué rico chupas verga, tía… cómo la tragas… síii… asíii, perrita… ¡come pico! Ooohhh.

— ¿Qué tal? Es mi puta personal… ¡haz con ella lo que quieras!

— Uuffggg… ¡tomaaaa… toma verga, zorra… te la tragas tooooda!

Me culiaba la boca, y mi hijo lo ayudaba empujando mi cabeza.

Me hicieron pararme… me sacaron el vestido… me hicieron ponerme en cuatro sobre el sofá… y comenzaron a comerme la conchita… el culito… a meter uno… dos… tres dedos… me culiaban con ellos.

— Qué ricoooo… ¡dos pendejitos para mí! Cómo me pajean, par de calientes… ¡me tienen toda mojadaaaaaa!

— Te voy a comer el culo y te lo voy a llenar de leche.

— ¡Siiiii! Cúlemeeeeee… ¡dame picoooo… entiérramela enteraaaaa… hazme ser maraca!

— Daleeee… cúleatela… quiero ver la cara de puta que pone cuando se la estés metiendo… ¡dale pico y llénala de leche!

— Siii… ¡llénameeee!

— Qué puta más ricaaaa… ábrete con las manos el culo y trágate mi pico.

— ¡Siiii, papito… dame… dame picoooo! Necesito pico todo el día… ¡dameloooo… asíiii… hayyyyy… me dueleeeee… ¡es muyy grande… agghhhh!

Me metió su vergota de una vez… llenándome de carne dura… y empezó la culiada… cada vez más fuerte… me la metía hasta sus huevos, el ardor placentero expandiéndose por mis nalgas mientras mi ano se contraía alrededor de su grosor. Mientras mi hijo miraba con una cara de degenerado:

— ¿Te gusta, perra, como mi amigo te culeaaa? ¿Te gusta como te mete todo el pico por el culo? ¿Te gusta ser putaaaaaaa?

— ¡Siiiii… soy una putaaaaa! R icoooo… me está partiendo a cachas… ¡ooooohhhhhhh… cómo me culeeeaaaaaaa!

Mi hijo aprovechó la situación para comenzar a culiarme la boca… me tomó del pelo y metía y sacaba su verga de mi boquita. Esa situación de sentirme llena de pico… los roces intensos… las tiradas de pelo… lo puta que me trataban… hizo que estallara en un orgasmo infinito, el placer doblegando mi cuerpo en espasmos. Lo que aprovecharon ellos para llenarme de leche… leche caliente… una en mi culo, rebosando ardiente y espesa… y la otra en mi boca.

Pero no terminó ahí… próximamente les contaré el desenlace.

Chau…

Compartir en tus redes!!

Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *