Mi esposa y su amante consentido
Siempre he amado a mi esposa Laura con locura. A sus 47 años, su cuerpo curvilíneo y sus pechos firmes aún me volvían loco. Una noche, mientras la penetraba con pasión en nuestra cama, le propuse algo que llevaba meses fantaseando: un trío HMH. “Quiero verte disfrutar con otra verga dura, solo para tu placer”, le susurré al oído, mientras mis embestidas se aceleraban. Ella jadeó, apretándome con su coño húmedo, y respondió: “¡Sí, amor, consiento! Pero solo si tú lo apruebas y estamos de acuerdo en todo”.
Al principio, Laura dudó. “¡No sé si podría acostarme con otro hombre teniendo un esposo como tú!”, exclamó, mientras yo lamía sus pezones erectos. La besé profundamente y le expliqué: “Esto no es amor, es puro sexo salvaje. Quiero que pruebes una polla diferente a la mía, que te follen hasta corrernos los dos de excitación viéndonos”. Le mostré relatos eróticos de esposas con amantes permitidos por sus maridos. Sus ojos se iluminaron mientras leía, frotándose el clítoris. “¡Dios, me excita! He sido fiel toda mi vida, Carlos. Quiero una verga nueva, pero solo contigo sabiéndolo todo”.
Buscamos en un sitio de encuentros discretos. Subimos fotos de su culo redondo y tetas generosas, sin mostrar su rostro precioso. “Edad mínima: 25 años, todo consensual y sin conocidos”, especificamos. En tres días, llegaban mensajes de hombres cachondos. Laura, a sus 47, se mojó eligiendo a Miguel, un viudo de 62 años con una polla gruesa en las fotos. “Me atraen los maduros con experiencia”, me dijo, masturbándome mientras chateaba con él. “¡Consiento al 100%, amor! ¿Tú también?”.
Empezaron a hablar por teléfono diariamente. Miguel le contó cómo extrañaba follar desde que su esposa murió hace años. “Ven a mi casa en la capital, Laura. Te comeré el coño hasta que grites”, le prometió. Ella me miró con lujuria: “Voy este fin de semana. ¿Me dejas? Prometo contarte cada detalle sucio”. La besé y le dije: “Sí, ve y disfruta esa verga vieja y dura. Mándame mensajes para excitarme”.
Llegó el sábado. Laura, vestida con un tanga diminuto y falda corta, partió emocionada. Dos horas después, me escribió: “Todo perfecto, amor. Ya me está comiendo el coño. Su lengua es experta”. Mi polla se endureció al instante. Respondí: “¿Te folla ya?”. “¡Sí! Su verga es gorda, entra hasta el fondo. Estoy empapada, gimiendo por ti”, contestó. Esa noche, me masturbé imaginándola cabalgarlo.
Al día siguiente, volvió radiante. “¡Gracias, Carlos! Me folló tres veces. Primero me lamió el culo, luego me penetró vaginal hasta correrme a chorros. Su semen caliente me llenó”. Nos besamos con lengua mientras me contaba. La tiré en la cama y la follé salvajemente, preguntándole: “¿Quieres repetir? ¿Consientes seguir?”. “¡Sí, amor! Es nuestro secreto erótico”.
Pasaron meses. Laura visitaba a Miguel cada fin de semana. “Dile a todos que estás con una amiga”, le sugerí. Ella elegía hoteles discretos para que yo los espiara a veces por video. Una vez, la vi de rodillas chupando su polla venosa, tragando hasta la garganta. “¡Mira cómo me folla el culo ahora!”, me mandó en vivo. Su ano se abría para esa verga experimentada, lubricado y consensual.
Probamos un trío real. Invitamos a Miguel a casa. Laura, desnuda, nos miró: “¿Listos? Consiento todo: pollas en mi coño y culo al mismo tiempo”. Yo la penetré por delante mientras él la sodomizaba. Sus gemidos llenaron la habitación: “¡Sí, dos vergas me destrozan! ¡Córrete dentro!”. El placer era indescriptible, sudando y besándonos los tres.
Laura se volvió adicta al sexo múltiple. “Quiero otro joven”, me dijo un día, montándome. Encontramos a Pablo, de 28 años, con una polla de 20 cm. “Prueba su juventud, pero solo si yo miro”, consentí. En un motel, Pablo la embistió analmente mientras yo la besaba. “¡Su verga joven me parte el culo! ¡Gracias por permitírmelo!”, gritó ella en éxtasis.
Cada encuentro era consensuado. Establecimos reglas: condones opcionales solo si todos aprobamos, no enamoramientos, y siempre mensajes en tiempo real. Laura volvía exhausta pero feliz, con el coño y culo hinchados de placer. “Eres el mejor esposo, Carlos. Esto nos ha unido más”.
Un año después, organizamos una orgía privada con Miguel y Pablo. Laura en el centro, nos follaba a los tres por turnos: boca, coño, culo. “¡Llenenme de leche caliente!”, suplicó. Corríamos todos juntos, ella temblando en orgasmos múltiples. Era puro tabú consentido, ficción erótica viva.
Nuestra vida sexual explotó. Ya no había fines de semana aburridos. Laura, a sus 48 ahora, lucía más sexy que nunca, con marcas de mordidas que yo lamía orgulloso. “Nunca pensé que la infidelidad compartida sería tan caliente”, me confesó mientras me cabalgaba.
Amigos preguntaban por sus ausencias. “Está en un retiro de amigas”, mentíamos riendo. Nuestro secreto nos excitaba más. Laura y yo follábamos como animales recordando sus aventuras.
Hoy, dos años después, seguimos felices. Laura tiene dos amantes fijos, pero yo soy su rey. Anoche, tras follar con Miguel, volvió y me dio el creampie fresco en la boca. “Te amo, Carlos. Esto es nuestro para siempre”.
Nuestro matrimonio es más fuerte que nunca. El tabú nos ha hecho imparables en la cama. Si lees esto, pruébalo: el consentimiento y la confianza lo cambian todo.
Su esposo fiel, Alex.
¿Te gustó este relato? descubre más historias picantes en nuestra página principal.

Felicidades por tus cuernos
La verdad uno como marido es algo muy difícil de explicar lo mucho que uno disfruta el saber que la mujer disfruta de su sexualidad sin límites que la detengan y mas cuando uno participa
Así quiero ver a mi esposa ensartada en otra verga y masturbarme mirando como otro la hace suya