Me gusta estar desnudo para mí tia
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Había sido un viaje corto, una de esas visitas improvisadas a la casa de mi tía que siempre se sienten reconfortantes. Al llegar, el gesto fue sencillo pero atento: le entregué una caja de chocolates, de esos que a ella tanto le gustan, y pasamos la tarde conversando entre café y dulces.
A la mañana siguiente, el ritmo era pausado. Me metí en la ducha para despertar el cuerpo con el agua caliente, perdiendo la noción del tiempo entre el vapor y el ruido del agua golpeando los azulejos. Al terminar, cometí el error de la confianza o quizás fue el descuido del sueño que aún no abandonaba del todo. Salí del baño con la toalla apoyada casualmente sobre el hombro, sin habérmela puesto, sintiendo el aire fresco del pasillo contra la piel desnuda.
Justo en ese instante, mi tía apareció al final del corredor. Nos quedamos frente a frente; el silencio se apoderó del espacio por un segundo, roto solo por el goteo lejano de la ducha. No hubo pánico ni gritos, solo una sorpresa muda. Yo, en un intento instintivo de normalizar la situación y ocultar la torpeza del momento, simplemente sonreí y solté un natural:
—Buenos días.
Ella parpadeó un par de veces, procesando la escena, antes de soltar una risa nerviosa y girarse rápidamente, dejándome allí, con la toalla aún en el hombro y la sensación de que ese sería un recuerdo compartido, aunque incómodo, por mucho tiempo.
***
Ella ya se estaba dando la vuelta, con el rostro ligeramente encendido por la sorpresa, cuando sentí que el impulso superaba mi timidez. No quería que el momento terminara en un simple malentendido o en un silencio incómodo.
—Tía, espera… no te vayas —le dije, mi voz sonando más profunda y segura de lo que esperaba.
Ella se detuvo a medio camino, girando solo un poco la cabeza, con una expresión de desconcierto. Yo seguía allí, sin cubrirme, dejando que la luz del pasillo resaltara cada línea de mi cuerpo, consciente de que ella acababa de procesar la imagen completa.
—Solo quería agradecerte por verme así —continué, mientras daba un paso lento hacia ella, manteniendo una sonrisa sugerente—. Para mí, no hay nada más hermoso que una mujer con buen gusto se tome el tiempo de mirar mi cuerpo.
El aire en el pasillo se volvió denso. Mi tía se quedó inmóvil, atrapada entre la sorpresa y una curiosidad que no pudo ocultar del todo. No se dio la vuelta inmediatamente; hubo un silencio prolongado donde solo se escuchaba nuestra respiración, y pude notar cómo su mirada, aunque intentara evitarlo, volvía a recorrerme la piel con una intensidad diferente a la de hace unos segundos.
***
Ella se quedó congelada, como si mis palabras hubieran creado una barrera invisible que no sabía cómo atravesar. Durante unos segundos, el silencio fue absoluto, pero su lenguaje corporal decía mucho más que cualquier palabra.
Primero, noté cómo sus hombros se tensaban. Su mirada, que inicialmente había intentado desviarse hacia el suelo por instinto, regresó lentamente hacia mí, impulsada por una mezcla de incredulidad y una fascinación prohibida. No fue una mirada rápida; fue un recorrido lento y detallado, que empezó en mi pecho y bajó con una pausa deliberada, analizando la realidad de lo que tenía delante.
Un leve rubor comenzó a extenderse por su cuello, subiendo hasta sus mejillas, dándole un aspecto encendido que contrastaba con su expresión de sorpresa. Sus labios se entreabrieron ligeramente, soltando un suspiro corto y entrecortado, como si el aire le hubiera faltado de repente.
—Tú… —susurró, con la voz quebrada, sin saber si regañarme o admitir que el cumplido había calado hondo—. No digas esas cosas…
Sin embargo, a pesar de sus palabras, no se movió. No dio un paso atrás ni salió corriendo del pasillo. Al contrario, sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tela de su propia ropa, y sus ojos, ahora más oscuros y brillantes, se clavaron en los míos. Había una chispa de complicidad en su mirada, una chispa que confirmaba que, lejos de sentirse ofendida, estaba disfrutando de la audacia de mi confesión y de la vista que tenía frente a ella.
***
Me quedé allí, firme, sin intentar ocultar nada. El aire parecía vibrar entre nosotros mientras yo mantenía la mirada fija en la suya, disfrutando del efecto que estaba causando. Me acerqué un paso más, lo suficiente para que el calor de mi cuerpo fuera perceptible.
—Tía, gracias por tenerme de visita —le dije con un tono bajo, casi un susurro que cargaba cada palabra—. Pero ahora me surge una duda… No sé si a una mujer de cuarenta años le incomoda ver a un chaval de veintiocho desnudo… y con una erección como esta.
El silencio que siguió fue eléctrico. Ella bajó la mirada instintivamente, y esta vez no hubo duda: sus ojos se clavaron directamente en mi erección. Pude ver cómo sus pupilas se dilataban y cómo su respiración se volvía errática, volviéndose más pesada y profunda. No hubo rechazo; hubo una fascinación evidente, una mezcla de deseo y prohibición que la dejó anclada al suelo.
Ella tragó saliva, y el movimiento de su garganta fue lento, casi hipnótico. El rubor que antes estaba solo en sus mejillas ahora cubría todo su rostro. Intentó recuperar la compostura, pero sus palabras salieron débiles, sin ninguna autoridad.
—Eres… eres un insolente —murmuró, aunque no había rastro de enfado en su voz. Al contrario, había una nota de excitación que no pudo camuflar.
Se quedó allí, atrapada en el magnetismo del momento, mirando alternativamente mis ojos y mi cuerpo, mientras su mano, casi sin darse cuenta, subía ligeramente hacia su propio pecho, como si intentara calmar el ritmo acelerado de su corazón.
***
