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Con 24 años, casada y viviendo en casa de mis suegros, una tiene que volverse ingeniosa si quiere darse sus escapadas.
Con mi esposo no hay tanto problema, es bastante confiado. Con cualquier excusa puedo salir y no me cuestiona nada.
Había un chico que me traía loca, el que reparte el gas. Solo de verlo ya me ponía nerviosa. Es un papacito, y no voy a negarlo, me gustaba provocarlo. Yo siempre ando de corto, escotada, me gusta que me miren. A mi esposo no solo no le molesta, hasta él mismo me compra ese tipo de ropa.
Cuando pasaba frente a mi casa yo lo espiaba, él siempre volteaba. Yo le lanzaba besos, le decía adiós con la mano. Pero esa mañana andaba más ansiosa que nunca. Cuando pasó frente a la casa me agaché dándole la espalda enseñando todo mi culo en esa minifaldita de tablones cortita.
Mis suegros estaban en casa, mi concuña al lado como vecina… ¿dónde? Se me ocurrió ir a la tienda a ver si lo veía. Ahí estaba la tía de mi esposo, que atiende. Bien coqueta ella también.
Me dice: «Oye Eli, andas muy provocativa, ¿a poco mi sobrino no te regaña?»
Yo: «Noo, le gusta.»
Ella: «Pues si te deja vestir así, cualquier día va a perder contigo.»
Yo: «¿Por qué dices eso?»
Ella: «Aquí vienen varios hombres por su cerveza y me cuentan cosas. Hay varios que dicen que quieren contigo.»
Yo, muerta de risa y más prendida: «¿Y quiénes son? Ya me hubieras dicho antes.»
Ella: «En otra ocasión te digo.»
Me regresé a casa más inquieta que antes. No sé si fue el diablo, la suerte o el destino, pero justo cuando iba pasando frente a la iglesia, ahí venía él. Mi gasero.
Me metí hacia la parte de atrás de la iglesia, donde está la barda, los baños y la bodeguita. Yo conozco perfecto porque fui catequista. Le hice una seña para que me siguiera. Orilló la troca y vino detrás de mí.
Apenas estuvimos solos, nos fuimos como imanes. Un beso que ya traía guardado. Sus manos por todo mi cuerpo, mi cintura, mi espalda. Yo me dejé llevar por completo.
Lo que pasó en esa bodeguita fue intenso, rápido, prohibido. De esos que te dejan temblando las piernas, el cabello desordenado y el corazón a mil. Se la chupe y el a mmi me lo hizo de a perrita Fueron dos veces y yo sentía que flotaba. Nos despedimos rápido, él salió primero. Yo me quedé tratando de acomodarme, sacudiéndome el polvo de las piernas, del cabello, con una sonrisa que no podía ocultar escurriendo semen tanto por mi puchita y en mi garganta.
Llegué a casa casi corriendo, directo a mi recámara. Por suerte, parece que nadie me vio.
Me quedé toda la tarde así, sin bañarme, solo me cambié la ropa, todavía con la adrenalina encima. Esperé a mi esposo.
Cuando llegó, lo jalé directo al cuarto. Lo besé con ganas. Él, como siempre, muy cariñoso conmigo. Y en medio de todo, ya bien caliente, me atreví a picarlo:
Yo: «Mi amor, ¿no te duele la frente?»
Él: «¿Por qué me habría de doler?»
Yo: «No sé, te siento como unas puntitas…»
Él sonrió: «¿Ah sí? ¿Me están saliendo cuernos?»
Yo: «¿Serán cuernos?»
Eso lo prendió todavía más. Terminamos de nuevo, con más ganas que nunca.
Después me preguntó: «¿Qué fue eso de las puntitas?»
Yo: «Era para provocarte. Y sí que funcionó.»
Él: «Mmm, pensé que andabas de caliente por ahí.»
Yo: «¿Cómo crees? Yo me porto bien cuando no estás… aunque sí, alguno que otro se me antoja, como a ti seguro alguna chica.»
Él: «¿Y quién es uno de esos que te atraen? Para saber tus gustos.»
Yo: «Tú sabes mis gustos, ¿quién crees?»
Él: «No sé, por ejemplo, ¿el chico que reparte gas? Se ve buenote.»
Yo solo le contesté con un beso largo y le dije: «Qué bien me conoces, mi amor.»
Esa noche me volvió a hacer suya y me susurró cosas que me pusieron a mil: que si me gustaría que fuera el gasero en lugar de él, que si lo metería a nuestra cama, que si lo haría cornudo.
Yo ya no era yo, solo de escucharlo y recordar lo de la mañana. Le seguí el juego:
«Me encantaría encontrarlo donde sea, pero si fuera aquí, en tu cama, sería otro nivel.»
Él: «Dime que quieres hacerme cornudo, que eres bien putita cuando estás sola.»
Yo: «Soy una putita y tú un cornudo. Ya te hice cornudo esta tarde… me quedé dormida y soñé que me daba con todo en la bodega de la iglesia, donde tantas veces lo hicimos tú y yo de novios. Por eso te pregunté lo de la frente.»
Él: «Yo quiero que pase aquí, en mi cama.»
Yo: «Pero está tu mamá, no se puede.» Y Carmen la esposa de tu hermano que nomás está espiando,.
Él: «Tendremos que hacer un buen plan, mi amor.»
Nos quedamos abrazados hasta quedarnos dormidos. Al día siguiente, cuando se iba a trabajar, me dio una nalgada y me susurró al oído:
«¿Y si hoy pasa el del gas y haces realidad tu sueño?»
Yo: «Puede ser riesgoso, mi amor.»
Él: «Te lo dejo de tarea.»
Yo: «Oki…»
Continuará…
