La verdad completa (lo que no me atreví a decirte)

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Hola,
Te escribí el otro día intentando ser “amable” y “correcta”, pero me doy cuenta de que seguir mintiéndote es un insulto a tu inteligencia. Me dijiste que sabías que algo pasaba, y tienes razón. No es que el amor se “desdibujara” simplemente; es que mi deseo se despertó de una manera que tú nunca podrías haber saciado. Mientras tú estabas lejos y yo te escribía palabras dulces, mi cuerpo estaba en otro lugar, buscando cosas que me hacían sentir viva y sucia a la vez.

La verdadera razón por la que puse distancia cuando volviste a Perú es que ya no eras suficiente. Me había acostumbrado a un ritmo de sexo que me volvió adicta. Empecé en la universidad, follando con compañeros en los baños entre clases o en sus departamentos después (o en lugar) de estudiar. Me encantaba la adrenalina de que me cogieran contra la pared mientras escuchaba los pasos de otros en el pasillo.

Luego fue en el trabajo. No me bastaba con uno; me gustaba que mis colegas supieran que yo era la puta de la oficina. Me dejaba follar en el escritorio, con la falda levantada y el ruido de las impresoras de fondo, mientras me metían la polla a fondo y luego me llenaban la boca de semen.

Y sí, ese amigo musculoso del que tanto te hablé… Dios, fue el mejor de todos. Sus músculos eran tan duros que me hacían gemir de dolor y placer. Me encantaba sentir su peso aplastándome contra el colchón, agarrándome el pelo mientras me cogía por el culo sin piedad, rompiéndome mientras yo le suplicaba que no parara. Me volvía loca sentir cómo su pene enorme me dilataba el ano, llenándome completamente, algo que tú, con tu romanticismo, jamás habrías intentado.

Pero no terminó ahí. Las noches de discoteca “con amigas” se volvieron mi patio de juegos. Conocía tipos nuevos, hombres que no sabían mi nombre pero que sabían exactamente dónde tocar. Me iba a hoteles baratos o me dejaba follar en los autos en los estacionamientos, abriendo las piernas para cualquiera que tuviera una polla que me hiciera vibrar.

Incluso en el sindicato de construcción civil, donde iba a asesorar, me dejé llevar. Esos hombres, rudos, con las manos callosas y el olor a sudor y cemento, me hacían sentir una perra. Me encantaba que me acorralaran en esas oficinas decadentes, que me arrancaran la ropa y me cogieran con esa fuerza bruta, sin delicadezas, dejándome marcada y empapada en semen.
Cuando regresaste, te miré y solo vi a un chico bueno, alguien a quien podía querer, pero a quien ya no podía desear. No podía decirte que mientras tú soñabas con nuestro reencuentro, yo estaba recibiendo pollas de tres hombres distintos en una misma semana. No podía decirte que yo ya no respondía a besos lentos, sino a cogidas violentas y orgasmos múltiples provocados por desconocidos.

Esta es la verdad. No soy la mujer dulce que creías. Soy una mujer que ama el sexo explícito, que ama ser usada y que prefirió mil veces el placer carnal de muchos hombres que la ilusión de un amor inconcluso contigo.

No me busques, ni me compres más libros. Ahora sabes exactamente por qué no puedo corresponderte.

Adiós.

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