La primera vez que probé una verga negra y ¿Fui Infiel? – I, II

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¡Hola! Gracias por leer mi relato.

Me voy a presentar para ti, tanto personal como físicamente. Mi nombre es Victoria Gemma, tengo actualmente 21 años y soy de Colombia. Cumplo el 14 de febrero, soy del signo Acuario y mido 1,55 m (5’1″).

Mi tez es blanca, mi cabello es negro y me gusta mantenerlo largo. Realmente no tengo idea de cómo describir mis labios, pero, en lo que cabe, diría que son normales. Mis ojos son de color café, algo claros.

En cuanto a mi contextura, diría que estoy dentro de lo normal. Tengo “cuerpito”, como dirían, hay de dónde agarrar. Tengo senos copa E y unas nalgas que considero bastante bien formadas. Todo esto me hace sentir a gusto conmigo misma, ya que me gusta mirarme en el espejo y ver lo “buenota” que estoy.

Pero lo que les voy a contar es de mucho tiempo atrás. En ese entonces tenía una contextura diferente a la que tengo ahora.

Era delgada y, aunque sí tenía algo de nalgas, no tenía los senos que tengo hoy. De hecho, hasta me asustaba pensar que no crecerían y que me quedaría con unos “limones” de por vida.

Si hay algo que siempre me caracterizó, y que sigo teniendo, es mi carita de “angelita”, ya que muchas veces me ha ayudado a salir de problemas o a conseguir lo que quiero. Yo soy la última persona de la que los demás sospecharían, porque incluso mi forma de tratar a los demás es demasiado tierna y cordial.

Por eso, hasta mis familiares me tienen —metafóricamente hablando— en un altar, sudando agua bendita. Y la verdad es que antes sí lo era: yo era muy angelical, hasta que conocí a alguien que me volvió loca y sacó mi lado de diablilla.

Todo empezó a finales del 2019. Se organizó un viaje a una playa para todos los que estudiábamos, con una duración de dos días y una noche, acompañadas y acompañados por uno que otro profesor. Noticia que me hizo mucha ilusión.

Todas y todos hablábamos sobre aquel evento: cómo nos organizaríamos y con quién iríamos. Yo lo tenía súper claro: quería ir con mi novio.

Yo hablaba de eso con mi mejor amiga, a quien aquí me referiré como “Angy” para mantenerla en el anonimato. Ella me preguntó a quién llevaría, si acaso iría acompañada por algún familiar, a lo que le respondí que no tenía intenciones de irme a la playa con un familiar; yo quería irme con mi novio.

Algo que a ella le emocionó mucho, y me dijo de forma coqueta:

—¡Uy, loquilla! Ya veo cuáles son tus intenciones, eres una desgraciada.

—Aprendí de la mejor —le respondí, vacilona.

Y es que, en cierta forma, sí: yo me había dejado influenciar bastante por ella, pero aun así no rompía los récords ni las locuras que había hecho Angy. Solo me había vuelto un poco más “avispada”, aprendí a responder con groserías y a hacer burlas o comentarios con doble sentido, cosas que no hacía antes de conocerla.

—¿Y tú? ¿A quién piensas llevar? —le pregunté mientras la miraba fijamente.

—A un buen amigo que tengo —me respondió de inmediato, mirando su celular.

—¡Uh! ¿Y quién será ese amiguito? Con tantos “amiguitos” que tienes y me cuentas, ya no sé de quién hablamos —le dije.

—Tú sí eres sapa pelada, jajaja —me dijo mirándome fijamente a los ojos y riéndose—. Es el “man” de Parra.

Me quedé callada. “Mierda… ¿ese?”, pensé.

Yo ya lo conocía. Era un muchacho que solía ver en los recesos de clases. Siempre andaba acompañado de otros dos chicos que eran entre cuatro y cinco años mayores que nosotras, en especial de uno que nunca faltaba: un “negrote” llamado Johan. Este último era seis años mayor que mi amiga y yo.

Y le digo “negrote” porque era enorme: medía 1,90 m, y yo quedaba súper pequeñita a su lado. Aparte, era muy futbolero; casi siempre que lo veía estaba jugando fútbol o sudado por el deporte. Era imposible no notar su cuerpazo: aunque era algo delgado, estaba acuerpado de forma natural. Tenía músculos, pectorales normales —ni exagerados ni muy pequeños— y un abdomen bien marcado, que daba a notar sus cuadritos.

Tuve el placer de conocerlo porque Angy se juntaba con casi todo el mundo y, por ende, a mí también me tocaba presentarme con ellos. Solo que con estos últimos Angy se acercó mucho más.

La cuestión es que Johan siempre me pareció súper gracioso. Conmigo salía con cualquier ocurrencia que me mataba de la risa. Aunque, siendo sincera, al principio yo tenía cierto recelo hacia los negros; no me agradaba acercarme a ellos ni que se me acercaran. Pero Johan fue rompiendo ese hielo poco a poco.

Después, hasta yo misma empecé a hacerle alguna broma o comentarios de amigos, e incluso muchas veces le tocaba el cabello. Ese cabello “afro” con el que se hacía todo tipo de looks, en especial trenzas. Había peinados que le quedaban muy bien y me gustaba cómo se le veían, y cuando ya tuve esa confianza de amiga, se lo hacía saber con elogios.

Muchas veces lo analizaba más de cerca: esos labios carnosos, esos ojos pequeños y negros con pestañas increíbles. ¡Dios mío! Qué pestañas tan tupidas y qué buenas cejas, que por lo general siempre estaban perfectas porque se las cuidaba. También me llamaban la atención las manotas que tenía; algunas veces me las ponía en la cara y literalmente me la tapaba toda, y aún le sobraban dedos.

Recuerdo que, justamente por eso último, ya empezaban a llegarme pensamientos medio obscenos con Johan, pero una parte de mí los eliminaba rápido. ¿Dónde una chica como yo, de tez blanca, iba a meterse con un negro? Y más siendo yo tan pequeñita al lado de ese “negrazo”, ¿cómo nos verían juntos por la calle?

Y peor aún, mostrárselo a mi familia, ya que una parte de ellos es hasta racista y no les agradan los negros. Ellos esperan que yo esté con un blanco como novio, novio que, justamente, tuve dos meses después de haber conocido a los amigos de mi mejor amiga, incluido Johan.

Cuando se supo la noticia de que yo tenía novio, todos a mi alrededor se enteraron, en especial Johan. Obviamente, me hizo comentarios al respecto; uno de ellos fue:

—Pensé que no me ibas a ser infiel.

Yo, riéndome y con cara de extrañada, le respondí:

—¡Ve! Yo y usted somos amigos, nada más.

Pasaba más tiempo con mi novio y, por eso, me alejé un poco de esos chicos y, por ende, de Johan, aunque no fue del todo. De igual manera, nos saludábamos o intercambiábamos algún comentario rápido e increíblemente, en ese poco tiempo siempre se mantenía esa química de hacerme reír con cualquier cosa u ocurrencia.

Me daba cuenta de cómo, a veces, estando yo con mi novio, él pasaba, me miraba y esperaba que yo lo viera para saludarme y que le devolviera el saludo.

Un día, mientras mi novio y yo estábamos acostados compartiendo unos cariñitos, noté que Johan me observaba y fue tan descarado que me llamó con tanta insistencia desde donde él estaba. Yo fui, dejando a mi novio por un momento, pensando que era algún mensaje importante de mi amiga para mí o algún “chismesito” que me correspondiera. Pero no: solo era para saludarme y abrazarme bien fuerte.

Eso no le agradó a mi novio y le causó algo de celos, pero yo le dejé claro que Johan era solo un amigo, que lo conocía desde hace rato y que así era su forma de tratar. También le dejé claro que solo lo amaba a él.

Lo convencí, como siempre; tenía ese poder con mis encantos y mi carita. Y no mentía: yo amaba bastante a mi novio.

Bueno, después de la información de mi amiga pensé que, a lo mejor, Johan no iba a ir. ¿Cómo iba a terminar yendo a la playa acompañando también a su amigo?

Me fui a casa sola, porque mi novio había salido muchas horas antes. Al llegar, le empecé a escribir contándole sobre el viaje y diciéndole que quería que fuéramos juntos. Tardó en responder, así que después de un rato lo llamé, pero no obtuve respuesta.

Eso me frustró bastante. Ya teníamos algunos problemas en la relación desde hacía meses; sentía que le prestaba más atención a sus videojuegos y a sus amigos que a mí. De hecho, ya había tenido inconvenientes por encontrarlo en salas de videojuegos, muy concentrado y riéndose con amigos. Sabía que, cuando no lo veía, pasaba lo mismo, y por eso no me respondía rápido.

“Sería maravilloso, mi amor ❤️”
“Igual ya te confirmo bien, porque no sé si mi mamá vaya a ir a una cita médica importante ese día”, me escribió horas después por chat.

Le respondí: “No te preocupes, bb. Ojalá sí podamos irnos juntitos a pasar en la playita”. Después seguimos chateando de otras cosas.

Así pasaron los días. Un día antes del viaje, pasé por la casa de mi novio para hablar con él en persona, aunque en realidad fui más con la intención de encontrarme con mi suegra y preguntarle por su salud y sus exámenes médicos, porque tonta no soy.

Y se dio justo como quería: saludé primero a mi suegra y, antes de que ella llamara a mi novio —sin saber que nosotros éramos novios—, le saqué la información. Solo con ver su cara de extrañeza supe que él me había mentido. Me fui de ahí muy molesta y completamente destrozada.

Llegué a casa llena de rabia. Quería terminarlo, así que lo primero que hice fue mandarle un mensaje dejándole en claro que ya sabía que su mamá no tenía nada y que, seguramente, solo había buscado una excusa para no ir conmigo, demostrando que amaba más a sus videojuegos que a mí. Al final le escribí: “No quiero saber nada de ti nunca más, ¡jódete!”.

Lo bloqueé de mis redes sociales. Estaba muy molesta y ya sabía que ese viaje tendría que hacerlo sola. Lo único que hice después fue desahogarme con mi amiga en una llamada, contándole todo lo que me había hecho ese muchacho.

Llegó el día y me encontré con mi amiga en la ubicación donde tres buses listos nos iban a llevar a todos los estudiantes. Ahí estábamos, con nuestras mochilas, sin subirnos todavía porque ella estaba esperando al chico que había invitado evadiendo a la tutora del viaje para qué no nos hable.

Pasó un poco de tiempo y, mientras hablaba con ella, por mi espalda apareció su chico… y, para mi sorpresa, Johan también había llegado. Ambos me saludaron con un beso en la mejilla, aunque Johan me sostuvo de una forma un poco más cariñosa. Pensé que quizá era mi imaginación, porque su trato siempre había sido así.

—¿Cuándo no? Las novias juntas —les dije, en tono burlón.

Johan se me gozaba y respondió:
—Yo voy a ver si me consigo una extranjera guapísima que me dé papeles para salir del país y, de paso, a ver si no te lleva el mar, chaparrita.

—No necesito salvavidas personal, muchas gracias. Como si fuera tan tonta de meterme hasta el fondo… con la orillita estoy bien —le respondí.

—¿Entonces para qué va a la playa? ¿Solo a mojarse los pies? —me dijo.

—También voy a ver extranjeros, a ver si me sacan del país —se la devolví.

—¡Epa! Allá las extranjeras van más porque quieren probar a un negro sabroso como yo. Voy a estar en mi gallinero. ¿Y usted qué habla de hombres extranjeros? ¿Y el respeto por el novio? —me preguntó.

Yo me subí al bus sin decirle nada. Por un momento me había olvidado de mi novio, y esa pregunta me fastidió.

Y así empezó el viaje. La suerte estuvo tan de nuestro lado que la parte que nos tocó, la de atrás, estaba completamente vacía; las tres últimas filas del bus no tenían a nadie.

Yo, como andaba algo fastidiada, me fui hasta la última fila. Quería escuchar música mientras miraba el paisaje. Después de una hora de viaje, Johan se me acercó. Me quité los audífonos para ver qué quería y me preguntó, muy respetuosamente, qué había pasado con el tema de mi novio y su ausencia en este viaje, mientras me ofrecía unos helados.

Ahí fui contándole todo lo que estaba pasando en mi relación: desde cuándo y por qué se había ido arruinando, y lo último que le había dicho a mi novio por chat de texto.

Entonces me dijo:
—Entonces vamos los dos solteritos a la playa.

—Yo no, yo aún sig… —no pude terminar la frase.

—No, no. Discúlpeme. Así como usted le puso y le escribió a ese “man”, eso ya fue terminarlo definitivamente. Y está bien que haya terminado a ese maricón. ¿Cómo se va a portar así, teniendo una mamacita como usted de novia? Uff… es para que se olvide de los jueguitos esos y pasemos jugando de otra forma todos los días —me respondió, firme y algo coqueta.

—¡Oye! Jajaja, tampoco así. Es que estaba muy molesta y le mandé lo último sin pensarlo, llevada por el coraje —le dije.

—Igual no está bien que usted le aguante tanta “huevada”. ¿Qué es mejor que pasar con la novia en la playita, en un hotel o en una cabañita arrendada, y estar juntitos a solas? —me dijo, mirándome de reojo.

Luego me soltó un:
—Ahí… uff, la culeada que le daría —añadió, coqueteando y burlón, mientras me volteaba a ver.

Yo, mirándolo y riéndome, le dije:
—Qué asco. Tú solo piensas en sexo, andas re hormonal.

—¡JAJAJAJA! —se rió—. Yo solo digo lo que yo, en ese caso, haría cumpliendo el papel de su novio.

No voy a mentir: mi imaginación ya estaba armándome una escena, y curiosamente más con la última parte que me había dicho. Pero llegó ese instante en el que mi lado decente reaccionó, obligándome a dejar de pensar en esas cosas y a mantener la compostura.

—¿Se da cuenta? —me preguntó, de pronto.

—¿Qué? —le respondí, mirándolo a los ojos.

—Mire que no fue malo que yo haya venido de colado. Después iba a pasar usted solita —me respondió, cambiando el tema.

—Tienes razón, muchas gracias por ser un colero de viajes —le respondí, burlándome.

Pasamos el resto del viaje hablando de otras cosas y ya después se incorporaron a las pláticas mi amiga Angy y el otro chico Parra… hasta que llegamos.

Buscamos un comedor, comimos y luego pasamos un rato viendo la playa mientras los chicos se encargaban de buscar hospedaje. Cuando por fin lo encontraron, fuimos a dejar nuestras cosas.

Eran una especie de cabañas que contaban con una gran piscina en el patio. Nos tocaría compartir el cuarto los cuatro. Obviamente, la intención de los chicos era dividirnos en dos cuartos, pero eso a mí me parecía raro, y a mi amiga también. Así que, por nuestro descontento, se decidió quedarnos todos en un solo cuarto.

Acto seguido salimos a lo que habíamos ido. Los hombres se metieron al mar, mientras mi amiga y yo nos quedamos en la arena tomando algo refrescante. Cuando los chicos venían hacia nosotras, supuse que querían meternos al agua. Me levanté antes y salí corriendo para escapar, mientras veía cómo Johan atrapaba a mi amiga. Yo por suerte logré esconderme; no tenía ganas de meterme a la playa en ese instante.

Más tarde volví al hospedaje y me senté en el filo de la piscina, con los pies dentro del agua. Al rato llegaron los muchachos y mi amiga; se quitaron la sal y la arena del mar en las duchas y luego se metieron a la piscina. Ya era tarde, casi estaba oscureciendo.

Entonces vi a Johan quitarse la pantaloneta, quedándose solo con su ropa interior antes de meterse a la piscina. Usaba un bikini negro para hombres. Debería haber pensado primero en lo extraño que era ver a un hombre usando ese tipo de prenda hoy en día, pero no. Lo primero que llamó mi atención —y me hizo desconectar el cerebro— fue el paquete que se le marcaba bajo la tela.

Mi mente hizo comparaciones que no debía: la verga de mi novio frente a la de él. Siempre se dice que las vergas de los negros suelen ser enormes, y yo tenía la duda de si aquello que estaba mirando fijamente yacía despierto o dormido. Pensé que quizá se veía así porque sí estaba despierta, presionando la tela de su ropa interior.

Pero de pronto hizo un movimiento: con una mano se acomodó la ropa interior y, enseguida, se lanzó de clavado al agua.

Eso fue suficiente para darme cuenta de que aquello que tenía entre las piernas no estaba despierto… y, aun así, mi cabeza ya iba por otro lado. Me llegaron pensamientos nada santos y vulgares, mezclados con la imagen de su cuerpo delgado, marcado y firme.

Ese lado mío que siempre me frenaba intentó reaccionar, obligándome a borrar esas ideas y volver a la realidad. Pero esta vez fue distinto: eran demasiados pensamientos, y resultaba muy difícil soltarlos.

Después de eso, mientras los chicos estaban en el agua, empezaron a hablar de salir esa noche a bailes nocturnos y, claro estaba, a tomar.

Yo seguía distraída, sentada en el filo de la piscina, cuando Johan lo notó y, con una rapidez que no me dio tiempo a reaccionar, me metió al agua. Me asusté de inmediato, ya que no sé nadar, y para colmo me llevó hacia una parte más profunda. Empecé a desesperarme.

Entonces intentó calmarme, pegándome bien a su cuerpo, y yo quedé aferrada a él —como un monito a su árbol— abrazándolo con todas mis fuerzas para no ahogarme. Mientras los demás se reían, yo cerraba los ojos con pánico.

—No sé nadar, Johan, ¡No sé nadar! No me suelte —dije con los ojos completamente cerrados

—No puedo creer que no sepa nadar. Venga, yo le enseño —me dijo.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡SÁQUEME DE AQUÍ, ME VOY A AHOGAR! —le supliqué, gritando.

—Confíe en mí, la voy a “cuchar” para que pierda el miedo —me dijo, riéndose.

—¡NOOOOO! YO N… —no alcancé a terminar.

En ese instante me sumergió haciendo como una sentadilla, saliendo del agua casi al mismo tiempo. Quedé impactada, sin saber de dónde agarrarme.

Cuando sentí que otra vez bajaba para volver a zambullirme, empecé a patalear y a pegar con todo lo que podía. En una de esas, mi rodilla le dio directo en la zona íntima.

Él reaccionó de inmediato, llevándome al filo de la piscina, pero con una mueca de dolor marcada en el rostro.

—Lo siento… ¡LO SIENTO MUCHO! —le dije con toda sinceridad, mientras los demás se gozaban la escena.

—No te preocupes —respondió, dándome la espalda y agachándose algo por el dolor.

Ya cuando me sentí a salvo, mi cerebro me regresó a la parte del golpe que le había dado con la rodilla a Johan… y a lo que sentí al hacerlo: un gran y buen pedazo de carne.

Ya al salir todos de la piscina, nos fuimos a bañar al hospedaje. Primero se bañó el chico que invitó mi amiga, mientras los demás esperábamos viendo una película en el televisor. Al rato, cuando él salió y se vistió, se le pidió que se adelantara y buscara dónde hubiera un buen baile y acto seguido, nos enviara un mensaje para no perder tiempo.

En sí, yo iba a bañarme con mi amiga, pero por haberme ido a ver qué menú había en el hospedaje para la noche, me tocó esperar.

Mi amiga salió y yo entré al baño, creyendo que ella me esperaría hasta que yo terminara para irnos juntas y no dejarme sola con Johan, aunque admito que había una pequeña parte —como una semilla— que ya se había introducido en mí, pensando que la idea no estaría tan mal para ver qué pasaba. Aun así, yo peleaba por no hacerle caso.

Cuando salí del baño, mi sorpresa fue tal al darme cuenta de que mi amiga sí se había ido y yo estaba sola con Johan, quien yacía acostado viendo la TV, aún en ropa interior. En eso caminé hacia mi mochila para sacar ropa y, para no darle la espalda, me puse frente a él mientras buscaba, y fue entonces cuando vi que empezaba a tocarse el paquete con tanta delicadeza.

—¡Auch! Usted sí me pegó fuerte a mi amiguito —me dijo mientras seguía tocándose lentamente.

—¡AY! ¡Ya te pedí perdón! —le respondí.

—Yo sí te perdono, pero mi amiguito no está muy bien con ese perdón —me dijo, mirándome fijamente.

En ese momento, esa nueva parte de mí se adelantó, dándome la respuesta rápida en mi cabeza con lo que tenía que decirle, pero mi otra parte, la sensata, no lo permitía. Si yo lo decía iba a estar tan mal que me estaba dando yo misma en bandeja de plata. Pero, increíblemente, quise jugar con fuego e hice la pregunta, dejando de lado mi parte sensata.

—¿Y qué quiere que haga tu amiguito para que ya me perdone? ­—se lo dije sensual y suavemente.

Me encendió tanto saber que acababa de regalarme para él y que, por primera vez, hice caso a ese lado mío que me venía hablando desde dentro.

Él, sabiendo que ya me tenía donde quería:

—Unos masajitos de parte suya no estarían mal, o quizás con solo unos besitos se conforma —me dijo, mientras yo veía claramente que empezaba a tener una erección.

Esa misma parte de mí quería hacerlo: acercarse y pagar la deuda. Me estaba costando controlarme. Pero volví a tomar el control y, para librarme de todo, le dije:

—JAJAJA, ¡sí, claro! Yo voy a hacer eso. Tan delicado y crédulo tu amiguito.

Agarré mi ropa y caminé hacia el baño.

Justo cuando me daba la vuelta para cerrar la puerta, vi la última escena: cómo se hacía a un lado la ropa interior y quedaba con esa verga negra en la mano, sujetándola. Cerré la puerta, pero no podía concentrarme mientras me vestía; estaba algo caliente y lo noté en mi parte íntima. No sabía qué me esperaba al salir del baño.

Cuando terminé de vestirme, me llené de valor, salí y lo vi igual que antes, solo que esta vez con esa verga negra completamente enorme, masturbándose. Me fui a una esquina para tratar de ponerme las zapatillas de salir. Yo intentaba no mirarlo mientras se masturbaba, pero ¡maldita sea!, me ganaron las ganas de verlo un ratito, y para desgracia mía, él se dio cuenta de que lo había vuelto a mirar. Me quedé observando esa escena como una estúpida, quieta, durante unos segundos, y le dije algo burlona, riéndome:

—¿Qué chucha haces? —mientras cruzaba los brazos.

—Dándole un cariño a mi amiguito —respondió, mientras seguía moviendo la mano.

—¿Delante mío? ¿No tienes otro tiempo o lugar? —le respondí.

—Ya toca, ya que usted no quiso hacerlo después de haberme golpeado —me dijo, coqueteando.

—¿Quién te manda a llevarme al fondo de la piscina y no sacarme rápido sabiendo que no sabía nadar? —le dije, sin dejar de mirar lo que hacía.

—Bien dicen que el comedido nunca sale con la bendición de Dios. Yo quería enseñarle a nadar, pero ya ve lo que recibí a cambio —decía, mirándome a mí y luego a su verga.

Quedamos en silencio, solo observándonos. No sé qué cara habré tenido, porque mis pensamientos estaban puestos en esa vergota negra que ya me parecía demasiado apetitosa, cuando de pronto lo escuché decir:

—¿Le gusta lo que ve?

Lo miré fijamente y luego sonreí, desviando la mirada hacia otro lado. Me quedé unos segundos observando ese punto cualquiera y después volví a mirar esa verga directamente.

—Esa cosa tuya es un monstruo… ¿cuánto te mide esa cosa? —le pregunté.

—No tengo idea. ¿No quiere medírmela usted y nos sacamos la duda? —me respondió, mientras se acomodaba sentándose en la cama, recostándose contra la pared.

—¡Estás loco! Jajaja. No me pienso acercar a ti —respondí al instante.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Porque puede pasar algo —le dije, casi sin fuerzas para hablar.

—¿Qué cree usted que pasaría? —respondió, y vi cómo hizo que su verga se moviera sola, arriba y abajo, sin necesidad de usar las manos.

Eso me volvió loca. Si ya estaba algo caliente, eso terminó de hacerme perder la dignidad. En ese instante dejé que ese lado nuevo mío de perra en celo tomara el control y solté, sin pensar:

—Que te mida esa vergota con mi lengua.

Ya me daba igual lo sensual y coqueta que sonó. Yo ya me había regalado, y él lo sabía. Entonces se movió un poco más hacia el centro de la cama, y yo me acerqué lentamente.

Me puse frente a él; ya no me importaba nada.

—Voy a darle una disculpa a tu vergota para que me perdone —le dije, mientras miraba fijamente su verga negra, atontada.

—Sí —me respondió casi en un susurro.

—Haz saliva en tu boca y después te la escupes —le pedí, mientras ponía mis manos en sus muslos e iba inclinándome.

Yo también estaba acumulando mucha saliva en la boca, hasta que vi cómo él escupía toda la saliva en la puntita de su monstruoso amigo. Justo esa era mi idea, y al rato hice lo mismo yo. Empecé a chupársela con nuestras salivas mezcladas.

Estaba hipnotizada con esa verga negra, brillando con nuestras salivas y el reflejo de la luz del televisor. Aparte tenían algo sus vellos “afros” completamente intensos de color negro, decorando su aparato que me encantaba, y ver uno que otro fluido quedado atrapado en la superficie de estos, me daba tanto morbo. Era especial.

No podía tragármela toda. Yo estaba desesperada, besando y chupando por todos lados esa verga, dejándosela bien babosa. Bajé incluso para escupirle las bolas y lamerlas.

Después él me alzó el rostro para darme un beso apasionado y, al volver a chupársela, me di cuenta —viendo mi mano recorriendo todo su vientre negro— de que acababa, por primera vez, de doblegarme ante un negro; algo que años atrás te habría jurado que nunca iba a pasar.

Seguí dándome gusto con esa vergota negra. Era la primera vez que tenía algo tan enorme en la boca. Me incliné más y le dije, súper excitada:

—Vamos a ver cuánto mide esa cosa rica con mi lengua.

Empecé a darle lengüetadas de forma horizontal a su verga: una lengüetada, dos lengüetadas, tres, cuatro, cinco, seis, y una última, porque quedaba un poco más.

Después metí su verga al costado de mis cachetes, por dentro, hundiéndome con fuerza, como si fuese un cepillo de dientes. Yo estaba completamente perdida en mí misma. Lo escuchaba gemir tan rico.

En eso me sacó su verga de la boca y me la dio contra los cachetes por fuera, para luego volver adentro. Noté que intentaba ver hasta dónde podía metérmela y cuál era mi límite, pero yo no podía mucho porque me ahogaba. Cuando la expulsé de mi boca porque ya no podía respirar, la miré y, ¡Dios!, lo apetecible que se veía era algo imposible de comprender. Volví a mamársela y a escupirla con demencia.

—Ufff, mi amor, cómo te gusta mi verga. Y qué bien la sigues chupando —me decía, con una voz gruesa y ronca.

En eso se levantó y me apegó a él. Me dio la vuelta y me soltó una nalgada. Como yo tenía un short jean, me lo bajó rápido junto con la ropa interior. Empezó a mover su verga negra y a tocarme las nalgas con ella; era obvio lo que seguía a continuación, no dejaba de pensar que estaba a punto de recibir mi primera verga negra y, siendo sincera, con ese tamaño, hasta de ser destruida. Entré en nerviosismo total.

Sentí toda su verga mojada por los fluidos y me empinó un poco, ya queriéndomela meter, restregándola entre mis labios vaginales. Sentí la punta, con mi chepita bien mojadita, y en ese momento me asusté horrible porque recordé que no tenía condón. Me la iba a meter así y podía incluso dejarme preñada. ¡Preñada por un negro que no era mi novio, solo un amigo!

Logré reaccionar y le quité mi chepita de su verga a tiempo. Me di la vuelta y le pregunté:

—¿Tienes condones?

—No, no tengo ninguno —me dijo, desesperado.

—Entonces no. Yo sin condón no hago nada.

—Déjame solo la puntita, no te la meto toda, te lo juro. Si llego a sentir que me voy a venir, te la saco —me dijo.

Una parte de mí sí quería sentir esa vergota negra al natural dentro de mí, pero era correr demasiados riesgos.

—No, Johan. Yo no hago nada sin condón.

—No seas así, mi amor. Estaba tan rico… ¿segura que no quieres sentirla dentro de ti? —me preguntó.

—Sí, pero no. Discúlpame, yo no lo hago sin condón. No quiero quedar embarazada —le respondí.

—Termino afuera, te lo juro —me prometió.

—¡No! Lo siento, Johan, no insistas —lo miré fijamente, acerqué su rostro y le di un pico en la boca.

Entonces me agarró y me dijo:

—¿Y por el otro lado? ¿Podemos?

—¿Qué? ¡¡¡NOOO!!! —le dije, impactada por la petición.

—Ahí no quedas embarazada y no me dejas con estas ganas que cargo —me dijo, mirándome fijamente a los ojos.

Yo ya lo había hecho por ahí antes con un novio que tuve, pero no me gustaba ese sexo para nada. No era de mi agrado y, aparte, por el tamaño de la verga de Johan me daba aún más miedo; pensaba que a lo mejor me iba a lastimar.

—¿No hay un lubricante? —le dije, tratando de no darle un “no” por respuesta y no hacerlo sentir mal.

—Hay un aceite de coco que vi que tiene Angy —me dijo, convencido.

—¿Y eso sirve? —pregunté.

—¡Claro! Espéreme —me respondió, ya moviéndose a buscar el aceite.

Yo dije en mi cabeza: “Mierda, estoy jodida”. Ya me tocó aguantar por ese lado por dármela de muy “macha” y no decirle “no”. Estaba esperando nada más a que encontrara el aceite para resignarme y darle mi culito para contentarlo, aunque no me gustara ese sexo.

En eso sonó mi celular. Contesté y era Angy, preguntándome dónde estaba yo, porque ya era rato de que saliera y estuviera por allá en el baile.

—¡Ya voy, ya voy saliendo! Dame la dirección y dime qué discoteca es —le dije.

En eso vi que Johan venía con el aceite en la mano.

—Ya Parra va para allá; va a ver más dinero y te vienes con él —me dijo Angy.

Me despedí de ella y le conté a Johan que su amigo ya estaba por llegar.

—Entonces tenemos muy poco tiempo. Un rapidito y ya —me dijo mientras procedía a darme la vuelta.

—¡Ya! Está bien—le dije, muerta de miedo por dentro.

Yo me bajé el short esta vez con bastante temor, tanto que el cuerpo empezó a temblarme, y él terminó de bajarme la ropa interior. Me empinó en la cama y empezó a tocarme ahí atrás con las yemas de los dedos, poniéndome primero el aceite. Volteé a ver y empezó a untarse el aceite en la verga, a lo que yo, suplicando, le dije con voz suave:

—Métamela suavecito, por favor.

—Ya, mi amor, entendido —me respondió con una respiración de emoción.

Rozaba la punta de su durísima verga por todo mi culito; sentí claramente cómo iba intentando entrar.

¡PUM, PUM! Sonó la puerta. Rápidamente me acomodé la ropa interior y el short, y con mi mano limpié los fluidos que aún quedaban en mi boca. Vi cómo Johan entraba en rabia y frustración. Ya se iba a meter al baño cuando lo agarré y le di un beso apasionado, para agradecerle la experiencia y tratar de motivarlo.

Johan se metió al baño. Yo abrí la puerta y entró Parra, preguntando por su amigo y cuánto tiempo llevaba bañándose. Agarró su dinero y salimos juntos a la fiesta nocturna.

Mientras caminaba, iba con la sensación de que me había quedado aceite allá abajo y el sabor de la verga negra de Johan aún en la boca, incluso su olor… cosa que me volvía otra vez caliente.

Por ahora lo dejaré aquí. Espero que les haya gustado. Subiré la segunda parte pronto, así que déjenme saber si les gustó para ver si les comparto más contenido. Gracias por leerme.

PARTE II

Atención: esta es la segunda parte de mi primer relato erótico. Si aún no lo lees, desearía que lo busques en mi perfil para que no te pierdas ningún detalle.
Sin más que agregar, disfruten mi anécdota.

Después de lo que pasó en el cuarto del hospedaje, llegué a la cabaña al aire libre donde estaba el baile, acompañada por el invitado de mi mejor amiga, Parra.

Saludé y me senté en la mesa apartada por Angy, pero debo admitir que en todo momento estuve distraída, pensando en lo que había pasado y hecho con Johan. No podía creer cómo me había portado, cómo me había regalado así.

El interior de mi boca lo sentía extraño, ya que no tuve tiempo de enjuagármela; sabía que el sabor y los fluidos que habían estado dentro de mí hacía un rato, por la mamada que le había hecho a Johan, se quedaron como pruebas de nuestro acto. Aparte, sentía en mi culito el aceite aún untado. No era una buena sensación, debo admitir, pero me excitaba cómo esos detalles me mantenían muy presente lo que había hecho y juzgaban mis acciones de dejarme controlar por ese lado de perra en celo, dejando de lado mi parte sensata y mi honor.

También admito que me hubiera gustado saber qué se habría sentido hacerlo con Johan si no nos hubieran interrumpido. “¿Debí haberlo metido al baño cuando me estaba bañando?”, pensaba. Pero ¿qué iba a saber yo que el futuro se daría así? “O haberle dicho a Johan que despachara a su amigo en la puerta del cuarto por un rato mientras terminábamos ese rapidito”, me decía.

Algo nerviosa, estuve esperando la llegada de Johan a nuestra mesa. No sabía cómo nos íbamos a volver a ver directamente a los ojos después de la experiencia que tuvimos. Empecé con los traguitos de cerveza y con alguno que otro baile, turnándonos mi amiga y Parra.

En una ronda, estando sentados, vi cómo Parra se había salido del bullicio de la música para contestar una llamada. Cuando volvió, nos dijo:

—Ese man dice que no va a venir.

—¿Quién? ¿Johan? —pregunté de inmediato.

—El mismo —me dijo Parra.

—¿Qué le pasó? —preguntó mi amiga.

—Que no quiere salir ya, eso me dice el man —respondió Parra.

—Es como la verga ese man —dijo mi amiga, fastidiada.

Yo no dije nada. Una parte de mí estaba triste por su ausencia, otra estaba aliviada, pero también me preocupé por él. ¿Qué le habrá pasado en su soledad? ¿Qué estará pensando?

Seguimos bailando y tomando.

Recuerdo que en ese baile había muchos negros, y algunos que estaban por fuera caminando por las calles se veían súper bien, con unos cuerpazos. Me preguntaba a mí misma: “¿Tendrán esa misma verga, enorme y apetitosa, como la de Johan?”. Luego me decía: “Ya con lo que pasó en este viaje, y que no pruebe uno, sería una desgraciada… después de todo, no ando con mi novio”.

“¿¡Qué diablos estás pensando, Victoria!?” llegó mi parte sensata a reprocharme.

“¡No puede ser! Yo hice eso y aún tengo novio. ¿¡Qué mierda hice!?…” me reproché.

“Pero es verdad que lo mandé a la mierda… ya es como terminarlo.”
“No hice nada malo.”

Yo misma empecé a debatir, como si tuviera una angelita y una diablita hablándome al oído al mismo tiempo, dándome distintos puntos de vista.

“¡Ay! Esos comentarios fueron de Johan y ya me los ando creyendo.”
“Nunca le dejé un mensaje diciendo TERMINAMOS o NUESTRA RELACIÓN TERMINÓ.”

Me agaché sobre la mesa, ya algo deprimida. Al rato pensé:
“Pero ‘No quiero saber nada de ti, nunca más’. Es claro, ahí lo puse.”
“No hice nada malo. Cualquiera que leyera eso del otro lado diría que se acabó, ¿no?”
“Pero ¿y qué tal si no? ¿Qué tal si aún espera mis mensajes y podamos hablar, arreglarlo todo?”

Quería desbloquearlo y escribirle, pero entonces recordé lo que me había hecho.

“No se lo merece. Él es más feliz así, sin mí.”
“Yo debo buscar mi felicidad y hacer lo que quiero para encontrarla.”

Me levanté más “fuerte” y empecé a tomar más trago, resignada —según yo— a vivir la vida como se me plazca.

No recuerdo nada más durante un lapso de tiempo. Solo sé que me desperté en la cama del hospedaje con un fuerte dolor de cabeza. Me sorprendió ver que no había nadie más en el cuarto. Me levanté extrañada.

Todo estaba hecho un desastre. Traté de ubicarme y entender con quién había dormido. En mi lado de la habitación estaban las cosas de mi amiga Angy, y en la otra cama, las cosas de los chicos, me alivió saber que dormí con mi amiga.

Quise volver a dormir, pero la incógnita de la ausencia de mis compañeros no me dejó. Me levanté, abrí la puerta y, con los ojos entrecerrados por la luz que recibí de golpe esa mañana, esperé a que se adaptaran. Miré alrededor buscándolos, pero no había ni rastro de ellos.

Entré al baño, me duché y luego saqué dinero para comprar mi desayuno y una pastilla para el dolor de cabeza. Me dirigí al comedor y pregunté por ellos a la camarera.

—Estaban aquí como a las 8:30 a.m. —me dijo.

Miré mi celular: eran las 11:43 a.m. Tenía mensajes y llamadas de mis padres. La noche anterior, antes de ir a la fiesta, me había despedido de ellos diciendo que me iba a dormir a las 8 p.m. Mentira que, como siempre, me creyeron.

—¡Mierda! Madrugaron… ¿cómo aguantaron esta jaqueca? —pregunté.

—Pues no se veían tomados —respondió la camarera.

—¿Qué va a pedir? —añadió.

—Ya casi es hora del almuerzo y debo encontrarlos. Mire, solo deme un café bien cargado —le pedí, mientras respondía los mensajes y empezaba a llamarlos.

Después de tomar el café, busqué una farmacia para comprar la pastilla y, al rato, me dirigí a la playa a buscarlos.

Estuve un buen rato buscándolos. Mientras lo hacía, tenía algo de nervios por volver a ver a Johan. Finalmente los encontré, metidos en el mar.

—¡Señorita! —escuché que me llamaban.

Volteé. Era la profesora encargada de mi bus. Algo que me asustó.

—¿Se puede saber qué anda haciendo usted con la otra señorita, apartadas del grupo? —me dijo molesta, en tono de reproche.

—Ya me contaron que andan ambas con esos dos muchachos de curso superior a ustedes, que no forman parte del grupo. Pensé que venían con algún familiar. ¿Usted enloqueció, niña? No pensaba esas cosas de usted… de esa muchacha sí, pero ¿de usted? ¿Ya saben esto sus padres? —me dijo, abriendo más los ojos y clavándome una mirada intensa.

—¡Pero no hemos hecho nada malo! —respondí.

—¿Nada malo, Victoria? Ni al hotel del grupo fueron. Estuve buscándolas como loca. Si no fuera por los demás chicos, no me entero de nada…

—¡PERO ESTAMOS AQUÍ! ¿NO NOS VE? —le dije, alzando un poco la voz.

—No nos hemos ido, estamos cerca —agregué, ya bajando el tono.

La profesora se quedó impactada. Yo nunca solía responder así.

—El juntarse con manzanas podridas no está bien, señorita. Vea bien a quién elige como amistad. ¿Sabe qué pasaría si algo les llegara a pasar, Dios no quiera? ¿Quién sería la responsable? ¿A quién le echarían la culpa? —me dijo, resignada.

—Sí, ya sé. Pero vamos a volver igual en el mismo bus. Además, usted conoce con quiénes estamos acompañadas.

—Sí, y por eso hablé con los caballeros esta mañana. Les dije que cualquier cosa que pase con ustedes, ellos estarían en serios problemas. Esa muchacha (Angy) se portó grosera y ni escuchar quiso. Lo único que le digo es que ya las tengo grabadas y con fotos con esos muchachos, para evitarme problemas.

—No va a pasar nada, licenciada. Ya estamos grandecitas.

—No es justo, señorita Victoria. Ya que veo que no quieren juntarse acá, a ver, grábeme un audio aquí —me pasó el celular— diciendo que usted anda separada del grupo y que está bajo sus propias decisiones, que no quiere escucharme.

Hice lo que dijo, a regañadientes.

Entonces añadió:

—Si supiera cómo las personas acompañantes, familiares de sus compañeros y de otros cursos, hablan de ustedes dos…

Se fue guardando el celular en su bolso.

Me quedé fastidiada por la regañada, pero al rato me dio igual.

Los chicos salían del mar hacia donde yo estaba.

—¿Qué te dijo la vieja metida esa? —me preguntó mi amiga.

—Nada, lo mismo que a ustedes en la mañana —dije.

En ese instante alcé la mirada y vi a Johan directo a los ojos. Esquivé su mirada de inmediato. Me puse nerviosa por dentro.

—No se preocupen, igual aquí estamos tranqui —dijo Parra.

—Es que no entiende eso la vieja cara de verga esa —dijo molesta Angy.

—Bueno, ya mismo es hora del almuerzo. Vamos a ver qué hay de comer —sugirió Parra.

Vi que Johan se iba alejando mientras decía:

—Busquen un restaurante, ya les caigo.

Y eso mismo hicimos. Yo tenía mucha hambre; desde la noche anterior no comía… bueno, hablando de comida real, claro está (porque sí me había metido algo en la boca, jaja).

Mientras seguíamos buscando un restaurante de nuestro agrado, vi ropa que me gustó y unos accesorios súper lindos, pero claro, necesitaba más dinero. Y como no me gusta prestar, me fui directo al hospedaje a sacar más dinero de mi mochila.

Cuando iba entrando escuché la ducha abierta y el olor a shampoo; Johan se estaba bañando.

Entonces pasé a recoger mi dinero de la mochila, buscando entre mis cosas. De pronto, todo el baño quedó en silencio. Escuché cómo se abrió rápidamente la puerta a mis espaldas; volteé a ver, pero se cerró de inmediato. Antes alcancé a ver algo del cuerpo de Johan.

Seguí con lo mío cuando escuché a Johan salir otra vez del baño. Volteé nuevamente.

¡Me impacté!

Johan tenía la toalla colgando sobre su verga completamente dura, y se paró en el estrecho espacio entre las camas y la pared del televisor, impidiéndome el paso.

Caminé y me paré al frente, mirando hacia cualquier lado menos sus ojos o su monstruoso amigo.

—¡Permiso! —le dije.

—¿Ya se quiere ir? —me preguntó.

—Sí, pues obvio, por algo le pido el paso.

—¿Qué le pasa hoy? —me preguntó muy serio.

—Nada, ¿qué me va a pasar? Solo quiero ir a comer.

Quedamos en silencio. Me agarró de los hombros. Lo volteé a ver a los ojos y, acto seguido, con su mirada apuntó hacia abajo.

—¡COMIDA! Comida es lo que quiero comer —le contesté, algo burlona.

—¿Y qué pasó con lo de ayer? ¿Ahora ya no quiere nada?

—Ayer fue un error, Johan. ¡Eso ya está! Hicimos lo que hicimos y queda entre nosotros. Yo pagué mi deuda.

—¿Segura? ¿No quieres terminar lo que empezamos?

Me dijo eso mientras se acercaba, y sentía la toalla que envolvía su miembro contra mi cuerpo.

Otra vez esa parte de mí me decía: ¡SÍ! Pero quise volver a tener compostura. Entonces me trepé a una de las camas para pasar por encima y salir. En eso, una maldita moneda se me cayó de la mano. Me agaché a ver dónde había caído.

Lo siguiente fue tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar.

Sentí las manos de Johan agarrándome de la cintura y tirándome a la cama donde yo había dormido.

Me quedé en shock. Me levantó como si nada. En eso se subió a la cama, se le había caído la tolla en aquel movimiento, me agarró ambas muñecas y se me acercó para plantarme un beso. A mí todo eso, no sé por qué, me encendió. Empecé a besarlo.

Luego dejó de besarme, y yo, buscando sus labios, quise seguir, pero no me dejó. Solo me miró a los ojos sonriendo y, soltándome una muñeca, me agarró del cuello. Acto seguido, me acercó a él con brutalidad y volvió a besarme.

A mí siempre me gustó el sexo “salvaje”, pero Johan tenía algo distinto que emanaba; una energía tan, pero tan salvaje, tan ajena como ninguna, que me volvía loca.

Seguimos besándonos con demencia y, en eso, yo, poniéndome atrevida, le mordí el labio estirándoselo. Él volvió a besarme.

Mi mano se dirigió directo a su verga para masturbarlo mientras nos besábamos.

—Vamos a terminar lo que empezamos —me dijo con la voz agitada.

—¡Sí! —le respondí, también con la voz agitada.

Me agarró y me lamió los labios. Quedé extrañada; nunca me habían hecho eso, pero me gustó. Solo me sonreí y volví a traerlo hacia mí para seguir besándolo mientras empezaba a desvestirme desde arriba.

En eso me agarró de la parte de atrás de mi cabeza y empezó a bajarme hacia su verga. Nuevamente la tenía para mí, otra vez volviéndome loca y desesperada, chupándosela como esa noche. Yo estaba dándome gusto cuando él se fue levantando de la cama; yo iba prendida aún a esa cosa, no quería soltarla.

—Espérame un ratito, mi amor —me dijo susurrando.

—¿A dónde vas? Ven aquí —le dije con súplica triste.

Se levantó y puso seguro a la puerta, cerrándolo todo. Yo aproveché ese momento para quitarme todo y quedarme solo en tanga. Cuando volvió, yo lo esperaba arrodillada en la cama. Se me acercó, acostándome. Esta vez, después de darme un beso, bajó y empezó a chupar mis senos (en ese tiempo eran más limones). Empecé a gemir mientras seguía sujetando su verga con mi mano; eso estaba durísimo, parecía una piedra.

Así seguimos hasta que después fue bajando poco a poco por mi vientre, besando, llegando a mi ropa interior. Me la quitó en un segundo y empezó a besar el contorno de mi cosita. Empecé a emocionarme mucho por eso. Con esos labios gruesos que tenía Johan, me plantó un beso enorme en todos mis labios de abajo, cosa que me hizo ver estrellas.

Empezó a darme varios besos así. Yo agarraba la almohada con fuerza; en cada uno de ellos me estremecía en cuanto sentía sus labios tocarme. Mi mente se nubló. Empecé a tener esas ganas de orinar y, de la nada, me dio una tembladera desde mis costillas hasta mis piernas.

Él no se detenía ni quería hacerlo. Yo intentaba apartarlo, pero al mismo tiempo no quería que parara. Seguí temblando, elevando cada gemido. En eso ya sentía que me iba a venir. Yo sabía lo que significaba esa sensación; iba a ser la segunda vez en mi vida que la sentía. Por eso no lo detuve. Solo que esta vez era diferente, muy distinta; lo presentía por lo loca que me había vuelto.

Me vine a chorros mientras gritaba:

—¡¡AY, JUEPUTA, QUÉ RICO!!

Me temblaba todo el cuerpo; parecía que me iba a dar la pálida.

Johan solo se reía, con toda la cara mojada por mis chorros. Yo seguía chispeando líquido mientras temblaba y miraba directo al techo.

—Qué mal culeada has estado, mi amor. Mira lo que provoqué solo en este ratito —me dijo mientras se me acercaba a consolarme.

Yo quedé recogida un rato hasta recuperarme, mientras Johan se masturbaba al lado mío y me tocaba. Ya medio recuperada y arrecha por la emoción tan rica que se sintió eso, le dije:

—Más… papi, quiero más.

—Ay, jueputa, qué rico esto —dije mientras suspiraba.

Lo volteé a ver y lo vi aun masturbándose. Me mordí los labios y procedí a chupársela de nuevo.

—Qué rica verga negra, papi —le dije mientras la escupía.

—Dímelo más fuerte —me ordenó.

—¡Qué rica verga negra, papi!

—Más fuerte, que si es posible te escuchen afuera y así te creo que te parece muy rica.

—¡QUÉ RICA VERGA NEGRA QUE ME ESTOY COMIENDO, PAPITO! —lo dije gritando a todo pulmón, importándome poco o nada si había gente afuera.

Él me agarró con fuerza, me acercó y me dijo:

—Hora de hacer ese culo mío, mi amor.

—Sí… —le dije con una voz tierna, suplicando.

—¿Quieres sentirla adentro? —me preguntó, quejándose de placer.

—¡Sí! Pero por mi culito —le puse ojos tiernos.

No lo pensé dos veces. Y eso que, como dije, ya había probado el sexo anal, pero no me agradaba; no era para nada mi favorito. Solo lo hacía por complacer y, en esta ocasión, no fue la excepción.

Me levantó y me llevó con él, quedando parados. Sacó un aceite con empaque, lo abrió; ya que lo había comprado nuevo. Ahí supe que él esperaba este momento otra vez.

Yo de nuevo empecé a tener miedo por el tamaño de su verga, por cómo se veía.

Se me acercó y me hizo inclinar ahí mismo, parada, con las manos en el suelo y el culo levantado.

—Despacito, por favor, ¿sí? —supliqué.

—No te voy a lastimar, tranquila, bebé.

Empezó otra vez, con la yema de sus dedos, a aceitarme todo mi culito. En eso sentí cómo metía un dedo, algo que me sorprendió mucho. Quise reposicionarme erguida por reacción natural, pero Johan no me lo permitió.

—Sh, sh… estoy lubricando por dentro también —me dijo en voz baja.

—Ushfff… —suspiré profundo.

Puso toda su verga reposando en medio de mis nalgas y después la sobó así. Yo estaba asustadísima. Un jugueteo en la entrada de mi culito con su cabeza me quiso hacer saltar, pero Johan me tenía sujeta para que no me levantara.

Yo ya iba a decirle que tenía miedo cuando sentí cómo su cabeza ahora sí estaba presionando, queriendo entrar.

—Relájese, mi amor, relájese —me decía Johan mientras empujaba.

En eso mis nalgas hicieron un movimiento rápido y brusco, como si algo hubiera encajado de golpe. Me hizo gritar un:

—¡Ay!

Abrí los ojos por la impresión, cerrándolos después mientras trataba de tomar aire. Había entrado toda la cabeza de golpe en ese empujón.

—Fuf… fuf… fuf… —yo suspiraba rápido mientras trataba de reponerme de ese impacto.

Johan hizo:

—Sh, sh, sh… —poniéndome sus manos en cada nalga.

Así quedamos por un momento. Yo estaba hasta lagrimeando por la entrada de su verga en mi culito.

Cuando sentí que empezó a metérmela más, abrí los ojos aún más; solo podía abrir la boca por la entrada de esa cosa, ni siquiera podía decir algo. Más lágrimas me salieron. Sentí un vacío raro en mi vientre; empezaron a temblarme las piernas ahí, pues yo estaba parada, hasta las manos me temblaron y eso que ellas me sujetaban también desde el suelo. Quedamos así un rato.

Con sentirla adentro, no sabía si era por lo grande o lo gruesa, o ambas cosas juntas, que hasta ganas de ir al baño a hacer del dos me dieron. Sentía cómo latía toda mi entradita y su verga dentro de mí. Esperamos a que yo me repusiera.

Mi idea era recuperarme rápido, cumplirle a mi macho, así como él me cumplió a mí. Iba a reponerme y aguantar ese dolor y el que siguiera.

—¿Ya? —me preguntó suavecito.

—Sí… —le dije casi sin aliento.

Empezó a bombearme lento, muy despacio. Así estuvo un rato y, obviamente, sí me dolía, pero increíblemente, con esa mentalidad que me había propuesto de tener que cumplirle, me hice fuerte al dolor, que jugaba un papel de sensaciones extrañas. Con mis manos me abrí un poco más las nalgas para él y según yo, pensando que reduciría el dolor.

Aumentó un poco los movimientos al bombearme, pero yo le hacía regular la intensidad si ya no soportaba más. En uno de esos movimientos me nalgueó y exclamó:

—¡Ay, qué rico culo, mi amor! —soltándome otra nalgada.

Yo solo exclamaba aquellos golpes, porque estaba concentrada en el dolor de mi interior debido a sus movimientos bombeándome, eran tantas cosas que me pasaban al mismo tiempo.

—¿Quién es el nuevo dueño de este culo? ¿Ah? Dime —me ordenaba Johan.

—¡Tuyo, mi negro! ¡Tuyo! —le respondí de inmediato.

—¿Cuándo me darás este delicioso culo? —me volvió a preguntar.

—Cuando tú quieras… ¡Ay! —le respondí.

—Di “mi negro” —me ordenó.

—¡Cuando tú quieras, mi negro! ¡Cuando tú quieras! —le dije fuerte.

—Qué rico, mami… siempre me dará culito —procedió a nalguearme fuerte dos veces más.

—¡Ay! Sí, yo le doy culito, mi negro hermoso —le dije, completamente entregada.

Se emocionó tanto con lo que dije que en aquel instante me dio unas rápidas metidas de verga, que me hicieron incorporarme.

—¡Ay! No, espe… —grité, al mismo tiempo que me dio una nalgada y me empujó hacia la cama.

Quedé acostada boca abajo, con tantas emociones y el dolor en mi culo, que necesitaba un gran descanso. Permanecí unos minutos sin ver lo que hacía Johan.

Cuando sentí que me iba alzando las nalgas desde mis muslos y empezaba a hacerme un oral tan intenso que se combinaba con la sensación que aún quedaba del dolor latente del sexo anal.

Otra vez sus labios y su lengua eran increíbles; me dejaban loca. Todo debajo de mí era una corriente de líquidos y fluidos. Después Johan se detuvo. Sentí cada una de sus manos agarrándome las nalgas abriéndolas en el proceso. Hizo una leve risa y me metió dos de sus dedos en mi culo, muy suave, me dijo:

—No sabes lo abierta que te dejé aquí atrás.

Procedió a darme un beso en cada nalga.

No sé por qué me entró tanto morbo y calentura al escuchar eso; imaginarme que un negro me haya metido toda su verga por detrás y que yo lo había concedido, me encendieron mucho. Justo en ese momento sentí su verga gruesa sobándose por mi cosita, pero esta vez Johan ya tenía puesto el condón. Sabía que era el momento de hacerlo por ahí y, siendo sincera, si esta vez me lo metía a pelo, se lo iba a permitir. Esa parte de mí quería probarlo al natural, pero callé; era mejor protegerme.

En cuanto empezó a meterla, sentí como si nuevamente fuera virgen. Como dije, era la cosa más grande y gruesa que había probado en ese entonces, por lejos, comparada con los tres chicos anteriores con los que tuve sexo, y mi interior al sentirla entrar me lo hacía saber.

Yo solo quedé quieta, gimiendo con algo de dolor. Eso estaba tan duro… Cuando se detuvo, pensé que a lo mejor ya la tenía completamente adentro.

—¿Ya entró toda? —pregunté, toda ingenua.

Con un acento burlón, Johan me respondió:

—¿La quieres toda adentro? Porque aún queda afuera.

Me espanté; según yo ya me sentía completa.

—Solo no te la meto toda porque te vaya a doler —y el bandido empezó a meterla un poco más.

Y sí, tenía razón. Rápidamente le puse las manos en los muslos para que no siguiera.

—Ja, ja, ya ves… pero te vas a acostumbrar con todas las culeadas que te voy a hacer.

—¿Sí? —le dije volteando a verlo hacia atrás, tratando de poner mi cara más tierna y sumisa.

Riendo, Johan se acercó cuerpo a cuerpo, me agarró de la cintura, me dio un beso en los cachetes y después me dijo:

—Qué rica eres cuando te portas como una perrita.

En eso moví un poco las nalgas. No sé por qué me excitaban tanto esas morbosidades; me degradaba, pero me encendía demasiado. Nunca me habían tratado así, siendo sincera, eso era lo que me gustaba, lo que yo quería, lo que tanto había querido. En ese momento me quedó muy claro.

Había algo en mí que sentía que Johan me quedaba como anillo al dedo, o gráficamente hablando, como su verga con mi vagina. Y también presentía que él se estaba controlando y conteniendo por ser nuestra primera vez, porque sentía que Johan podía ser más salvaje; degradarme más, ser más vulgar e intenso.

Empezó a bombearme muy despacio; hasta él gemía. Seguía así un buen rato y después me la sacaba. Con la cabeza jugaba alrededor de mis labios vaginales y de nuevo la volvía a meter suave. Yo me sentía completamente empapada. Volvía a lo mismo: bombeaba despacito un rato y la volvía a sacar, pero esta vez dándole golpecitos a mi coñito, y repetía el proceso.

Yo ya tenía la sensación de que se venía otra corrida mía. Cuando vimos por las sombras de afuera que alguien llegaba, nos levantamos. Era Parra, qué empezó a intentar abrir la puerta.

Johan me hizo la señal de hacer silencio, agarró su toalla y se la puso. Yo recogí toda mi ropa del suelo mientras Johan en completo silencio tapaba las sábanas mojadas por mis chorros al venirme, con una cobija. Parra empezó a llamar, pero ninguno le respondía. A mí ya no me daba tiempo de vestirme; entré al baño y le hice a Johan la señal de que esperara y lo metí al baño conmigo. Abrí la llave de la ducha al máximo mientras Parra seguía golpeando y llamando para que le abrieran.

—Déjalo que grite y llame un poco más, después le contestas —le dije a Johan dentro del baño.

Johan asintió. Nos miramos con complicidad y placer, nos besamos, y yo me quedé con más ganas.

En un llamado más fuerte de Parra, cerré la llave de la ducha y le dije a Johan que fuera a abrirle con la toalla.

—¡Espera! —le dije en susurro, agarrándolo—. Mójate, ya estás algo seco por partes —agregué mientras trataba de abrir la ducha nuevamente.

Johan me hizo una señal de que no era necesario, y yo entré en nervios, pensé que Parra sospecharía al verlo no tan empapado. Salió, y yo me escondí detrás de la puerta del baño. En eso escuché:

—Ya voy —dijo Johan.

—Oye, man, ya tengo rato aquí. ¡Ábreme! —dijo Parra.

—Espera, maricón, que me estaba bañando —respondió Johan mientras le abría la puerta.

—No vayas a entrar, marica, que ando en toalla. Espera un rato —añadió Johan.

—Ya, ya —dijo Parra.

Johan volvió al baño y cerró la puerta. Yo andaba con nervios. En eso me hizo moverme de donde estaba y meterme a la ducha.

Yo pensando que quería que nos bañáramos juntos y/o seguir en lo que estábamos.

—¿Sabes que por el reflejo de la luz del baño te podía ver los pies? —me dijo susurrando.

—¡Oye, ya! —gritó Parra.

—Ya entra —respondió gritando también Johan mientras abría la llave de la ducha.

Nos dimos un beso más. En eso miré hacia abajo; su miembro, aún con el condón puesto, ya no estaba tan duro, y le sonreí por esa escena.

Yo, con la intención de que no se durmiera, se lo agarré con la mano y empecé a hacer círculos en mi vientre con él. Johan me vio fijamente y nos dimos otro beso apasionado. Procedí a darme la vuelta; aún sujetándolo, lo redirigí de nuevo a mi coñito, poniéndole mi cara más tierna, instándolo a que me la metiera. Johan me hacía señas de que era indebido en ese momento. Yo le puse cara de súplica; después, Johan accedió. Acto seguido, se me acercó y yo misma, poniendo su cabeza en mi cosita, retrocedí para metérmela lentamente.

Esta vez fui yo la que me movía despacio, mientras Johan estaba medio inclinado, agarrándome de la cintura. A lo mejor por la adrenalina de la situación no sentía tanto el dolor del sexo anal de hace rato; claro que aún estaba, pero lo percibía leve. También me dolía muy poco lo que estábamos haciendo; claro, porque lo hacíamos despacio.

Como teníamos la ducha abierta casi al máximo, no se escuchaban para nada los quejidos y gemidos de adentro. Claro que tratábamos de no hacerlos, pero uno que otro se me escapaba por la vergota negra de Johan.

—¡Oe, negro! —gritó Parra desde afuera, mientras nosotros nos quedamos quietos.

—¿Qué? —gritó respondiendo Johan.

—¿No has visto a esa pelada, la Camila? —preguntó Parra refiriéndose a mí.

—Ni idea, man, no la he visto —respondió Johan al instante.

Yo, volteando a ver a Johan con una sonrisita picarona por la mentira que acabó de decir, empecé a moverme otra vez, hundiéndome su verga suavecito. Johan puso cara de incredulidad.

—La Angy anda queriendo saber dónde está ella. Estábamos juntos y esa pelada se desapareció —dijo Parra.

—No sé, man. Ya te digo, por acá no la he visto —dijo Johan, mientras seguía inclinado, sin moverse.

—Bueno. Oe, ¿a qué hora sales? Ya tenemos un restaurante para almorzar, ¿vendrás a tragar? —preguntó Parra.

—Ya estoy por salir —respondió Johan.

—Ah, cierto, man. Dicen los del bus que nos regresamos a las 5 de la tarde, apura —dijo por último Parra.

Mientras seguíamos, afuera quedó en silencio y no sabíamos si Parra seguía ahí. Eso nos frenaba de alzar la voz y estar normales con los ruidos. Johan dio unos pasos, llevándome consigo a pegarme contra la pared de la ducha. Me sujetó de la cintura otra vez y empezó a bombearme; seguíamos suave.

Así estuvimos un rato. Después sentí que Johan empezaba a aumentar un poco más el ritmo. Yo le ponía mis manos atrás, en sus muslos, controlando cuando me dolía mucho; a veces la sacaba, quedaba afuera y luego la volvía a meter. Yo, a este punto, ya no quería que la sacara ni un momento. No sé, pero me entró un arrebato de locura en ese instante: ya no quería frenarme de hacer ruidos.

En eso, cuando me la volvió a meter, hice un quejido fuerte a propósito. Johan se quedó inmóvil. Lo volteé a ver y me hizo la señal de hacer silencio.

—Si está afuera, me da igual que nos escuche —le dije a Johan.

Yo sentía una intensidad loca; no me importaba nada, solo quería disfrutar el momento. Johan, en ese instante, me soltó una nalgada con agarre fuerte mientras me sometía más contra la pared y me preguntó, ya con voz alta:

—¿Segura?—

 

Asentí con la cabeza.

En mi cabeza acepté que me atraía mucho Johan y quizás fue desde hace meses atrás y no lo sabía, esa hombría que emanaba, su forma de tratarme, su físico, la química perfecta, por eso nunca dejé de hablarle, en ese momento me daba igual que ya todos supieran que andaba haciendo algo indebido con él. Entonces dije:

—Quiero que se enteren de que mi negro me está culeando —dije súper excitada.

Johan empezó a bombearme más rápido por la excitación.

—¡Despacito! ¡Papi! ¡Despacito, papi! ¡DESPACITO! —le gritaba, gimiendo.

Aunque Johan estaba más rápido, tenía tino en su velocidad para no metérmela más fuerte y hacerme algún daño. Lo que gritaba yo era por la velocidad con la que ejercía en mi interior, ya que estaba apretado al tamaño de su vergota. Johan me agarró del cabello y me lo jaló hacia atrás, y empezó a darme varias nalgadas en cada nalga con la otra mano. Yo de nuevo sentía que me iba a ir en chorros. En eso me la saca, se queda afuera un rato tratando de jugar, y yo, que sentía que me quería venir, me frustré.

—¡Métemela! ¡Métemela de vuelta! —le supliqué con la voz agitada, agarrándole su miembro con una de mis manos.

Johan me agarró la mano y me la quitó de su verga, y me dijo:

—Aún no.

—Culéame, papi, sigue así. Ya me iba a correr, métemela. ¡Métela, mi negro hermoso! —suplicaba yo.

—Es que me quiero correr igual y no quiero que termine esto ahora —me dijo Johan.

Yo me puse más caliente. Quería verlo correrse sí o sí, quería presenciar esa escena.

—Métemela, por favor. Quiero ver tu lechita salir.

—Es que no quiero terminar aún. A lo mejor ya te vayas —me dijo Johan.

—Ay es que ya vamos tarde, mi negro hermoso, solo déjame ver esa lechita salir de esa rica verga negra. Dale, amor, no seas malo.

—¿Así que ya soy su amor? —me preguntó.

Yo, sonriendo, le dije:

—¿Tú qué crees?

Johan se sonrió, me agarró cariñosamente de la cintura.

—¿Podemos ser algo tú y yo? Responde, porque no quiero que esto acabe —me preguntó Johan.

Me puse a pensar en tantas cosas… ¿De verdad me ama tanto? ¿En serio siente algo por mí? Y si eso fuera cierto, ¿cómo voy a terminar con mi novio y entrar en una relación nueva tan rápido? O puede que solo quiera aprovecharse y culearme las veces que quiera hasta que se aburra de mí.
Pero esa parte de mí me respondió rápido: no perdía nada con aquella oportunidad; de hecho, disfrutaría mucho.

—Métemela de nuevo, córrete y te doy la respuesta —le respondí.

Inmediatamente, Johan me la volvió a meter.

Otra vez estuvo penetrándome suave y yo como lo disfrutaba, el ver todo su cuerpo haciendo contraste con el mío, me encendía tanto.

—¡Ay, jueputa! ¡Qué rica tu verga, mi amor! —exclamaba yo.

Volteándome a verlo a fijamente a los ojos, agregué:

—Tu rica vergota negra, mi amor.

Volvió a agarrarme del cabello y a hacerlo rápido.

Ya mismo me sale la lechita, ¿dónde la quieres? —me preguntó Johan.

—Donde tú quieras, bebé —respondí jadeando y gimiendo—. Pero quiero verla —agregué.

—¿En una nalguita o en la cara?

—En una nalguita, después me vaya a quedar un poco de tu leche en el cabello y me toca lavármelo —le dije.

Seguía moviéndose, gimiendo. Yo sentía también que me iba a correr.

Cuando Johan empezó a bombearme mucho más rápido mientras gemía, ya sabía que se iba a correr antes que yo y no sé por qué no le dije que parara un rato para corrernos juntos.

Pero bueno, Johan sacó su verga, me alzó con un brazo el muslo hasta mi cadera y apuntó a mi nalga de la pierna levantada. Se quitó el condón, empezó a masturbarse y lo vi.

Su rica leche le salió en una cantidad enorme, disparada con presión, jamás antes vi tanto semen salir, de esa manera, parecía no acabar nunca. Él gemía fuerte con los ojos cerrados, mirando hacia arriba. Yo, con felicidad, veía toda esa leche blanca escurrirse por todos lados, una vez que salieron los últimos disparos dejados en mi nalga. Procedí con mi mano a embarrarme su lechita por toda mi nalga en forma circular.

Yo me di la vuelta y, mientras me masturbaba, le di una mamada, limpiando lo que le había quedado de su leche en su verga. Johan gemía. Después, mientras él me miraba, empecé a jugar con la poca lechita que recogí, haciendo burbujitas en mis labios o mostrándole mi lengua y escurriéndola, echándola en mis senos y, de nuevo, con mi mano recogiéndola otra vez para meterla en mi boca. Yo sabía que eso pone locos a los chicos, y Johan no fue la excepción. Él me veía con cara de asombro.

—¿Te la vas a tragar? —preguntó Johan.

Al milisegundo lo hice y le puse cara coqueta.

—Uff, amor, tú sí eres el amor de mi vida, eres perfecta —me dijo Johan emocionado.

Me vio que seguía masturbándome porque tenía aún ganas de correrme. Cerró la llave de la ducha; en eso me agarró de la mano, se acostó y me bajó poniéndome en cuclillas, poniendo mi cosita en su boca. Empezó a darme un oral riquísimo. Yo puse mis manos sobre su pecho y, Dios mío, era tan rico que volvieron fuertes las ganas de correrme. Yo me fijaba en su cuerpo desnudo, negro, y su cosa ahí aún grande, y no lo podía creer. No entendía cómo Johan era perfecto para mí y vaya que sí encajábamos tan bien.

Ya cuando estuve por correrme, gemí más fuerte mientras gritaba:

—¡Qué rico! ¡QUÉ RICO! ¡QUÉ RICOOOO, JUEPUTA!

Sobé mis labios contra su boca con velocidad y salió otra vez una cascada de líquidos míos. Yo me tiré delante de él, acostada sobre su cuerpo, porque mis piernas otra vez me temblaban; perdí el control. Qué increíble sensación era esa. Nunca hasta ese rato había estado tan fuera de mí; era como si el alma se me saliera y solo quedara mi cuerpo con tantas emociones, temblando todo por dentro.

No sé qué pasó por un rato y, cuando me recuperé algo, me levanté con ayuda de Johan; aún no podía moverme bien. Johan me sostenía y me mantuvo parada un rato.

—¿Ya está bien? —me preguntó.

Yo, con un gran suspiro, le dije:

—Sí, ya—

Nos miramos fijamente y nos sonreímos. Yo lo abracé y después nos besamos. Abrí la llave de la ducha para lavarme los fluidos del sexo, sin que el agua tocara mi cabello, ya que nos tocaba salir y vernos con los chicos.

Cuando me di vuelta, Johan me contemplaba feliz.

—¿Qué me miras? —le dije.

—Nada… solo que parece un sueño tenerte así —me dijo Johan.

Yo me reí y me di la vuelta.

Se me acercó, poniéndome la mano en la nalga.

—No sabes cómo me moría porque esto pasara —me dijo susurrando.

—¿No creías que tenías oportunidad? —le pregunté.

—Claro, si cualquiera que te ve se da cuenta de que eres niña de casa, fresita, con estándares altos —añadió.

—Estudiamos en colegio público —le dije, mirándolo con ironía.

—¿Y? Igual yo te veía siempre así… No pensaba que haríamos estas cosas.

—¿Solo querías culearme? —le pregunté.

—No —me dijo Johan.

—Es que eso das a entender —le dije.

—No, no, yo te quiero toda —me dijo mientras empezaba a besarme los costados.

—Pues, siendo sincera, no te equivocaste. Yo huía de los negros, no me agradaban, pero no sé qué pasó contigo y aquí estamos, e hicimos lo que hicimos —le dije.

Sacó una sonrisa burlona y me dijo:

—Y estuvo bien rico.

Yo me sonreí.

—Oiga, pero quiero aún mi respuesta —dijo Johan al abrazarme por la espalda.

Yo sentí el miembro de Johan tocándome las nalgas otra vez y noté que andaba algo erecto.

—¿Esa cosa tuya no baja? —le pregunté.

—Y si le soy sincero, yo estoy para un segundo round sin problemas.

Yo me volteé y, viéndosela directamente, dije:

—Y no lo dudo, pero no podemos, lo siento.

Me fui saliendo de la ducha y Johan me agarró del brazo.

—Johan, ya vamos tarde, van a sospechar —le dije.

—¿Y no me dijiste que ya no te importaba que lo sepan? —preguntó.

Yo me gocé y, riéndome, le dije:

—¡Ya! Sí, pero aún no es el momento. Ya veremos cuando volvamos a casa.

—Te iba a decir algo —me dijo seriamente Johan.

Yo levanté una ceja, esperando su comentario.

—Quedémonos unos días más, solo usted y yo juntitos —añadió.

—¿Estás loco? No puedo quedarme más tiempo —respondí sorprendida.

—Pero, mi amor, imagínese solo usted y yo en esta playa —me incitaba Johan.

—Y sí me lo imagino, y me encantaría, pero ¿y mis padres? Yo debo volver hoy —le dije.

—Pero que nos acolite Angy con una mentira —me sugirió.

Yo me reí, miré al piso pensando, y ciertamente sí quería quedarme unos días con Johan. Uff, lo que sería estar los dos sin que nos molestaran más. Mientras me imaginaba todo lo que sería, Johan me interrumpió diciendo:

—O a lo mejor no. Claro, es que ahí se hace evidente todo; a lo mejor eso piensa…

—No, para nada. De hecho, me encantaría quedarme, ya te lo dije. Y como te dije también, me da igual ahora que piensen lo que piensen; quiero que se enteren de que tú y yo tenemos algo.

—Uff, ¿de verdad, amor? —me dijo Johan acercándose a mí.

Yo, coquetamente, asentí con la cabeza y nos dimos otro beso apasionado. Después nos miramos y Johan dijo:

—¿No hay problema si empezamos desde ahora con los amigos?

—No —le dije, viéndolo directamente a los ojos—. De hecho, debemos hacerlo si nos vamos a quedar solitos aquí.

—Entonces, ¿sí acepta? —me preguntó Johan.

Yo otra vez asentí con la cabeza y volvimos a besarnos.

Salimos del baño a secarnos el cuerpo y alistarnos.

—¿Sabe? Lo pensé bien: hay que decir que nos vamos a quedar ya al final, cuando vayamos a ir al bus —me dijo Johan, mientras yo me secaba con la toalla.

—¿Y cómo así? —le pregunté.

—Pues ese man de Parra y Angy han de querer quedarse si nosotros damos la noticia antes —me respondió.

—Es verdad —le dije.

—Bueno, entonces hagámoslo cuando ya vayamos a volver y nos quedamos —añadí.

En eso, mientras yo me ponía la ropa interior, noté cómo Johan, desde atrás, me veía toda y tenía una mirada de depredador. Y, siendo sincera, a mí también me llenaba de ansias saber qué pasaría en nuestra estancia ahí, solos los dos. Algo era seguro: las culeadas que me iba a pegar iban a ser varias.

Cabe recalcar que toda mi colita se sentía adolorida; me aguanté para no levantar sospechas cuando llegamos al restaurante con los chicos y almorzamos.

Dijimos las mentiras perfectamente coordinadas y nunca sospecharon nada, hasta ese rato. Faltaban pocas horas para destapar la verdad. Comimos y ni nos volteábamos a ver para seguir con nuestro jueguito.

Y bueno, preciosos, esta es la segunda parte de mi anécdota. Espero que les haya encantado y déjenmelo saber en los comentarios. También califiquen mi anécdota para que me recomienden más en la página… Pronto subiré más partes. No sé cuánto me tome redactar todo lo que hicimos en esa playa, pero eso sí, denme algo de tiempo, ya que paso ocupada.

Besos, muchas gracias por leerme. Tengan un bonito día.

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Vickyg_relatos
Vickyg_relatos

Mi nombre es Victoria Camila, tengo actualmente 21 años y soy de Colombia. Cumplo el 14 de febrero, soy del signo Acuario y mido 1,55 m (5'1."). Relataré las anécdotas y experiencias sexuales de mi vida en especial de relatos interracial con negros, que cambiaron mi vida desde los 15 años ahora me considero una Snowbunny.

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