La Confusión que Incendió Todo
Soy Arian, y de cariño me llaman Ari. Hay algo en mí que nadie conoce. Soy un hombre de veinte años, estudiante de psicología. Tengo un rostro angelical que engaña a cualquiera. Mido apenas 1.50 metros, con un cuerpo femenino: caderas anchas, cintura pequeña, nalgas grandes y redondas. Tengo piernas torneadas, pies diminutos que pinto de rojo, siempre con medias para disimularlo.
Mis senos son pequeños pero firmes. Mi piel es delicada y muy blanca. Me cuido con cremas humectantes todo el cuerpo. Llevo un tratamiento hormonal en secreto. En la intimidad de mi habitación, me visto de mujer. Tengo una colección de lencería, batas babydoll y más cositas de chica.
Mi madre tiene una bodega en casa donde vende varios productos. Ahí fue donde todo comenzó. Cierto día, un joven se ofreció a ayudar a mi mamá a cargar unas cosas. Entró a mi casa con un saco de azúcar y otros productos. Era alto, medía aproximadamente 1.89 metros, corpulento, moreno. Se veía claramente que hacía ejercicio.
Se sorprendió al verme. Llevaba un short pequeño que resaltaba mis piernas torneadas y mi trasero grande. Me asusté, pero él me confundió con una chica. “Buenos días, señorita, ¿en dónde dejo estas cosas?”, dijo.
Me puse rojo de la vergüenza. Mi madre llegó e indicó dónde colocarlas. Me pidió que le pagara. “Arián, hijo, por favor le puedes pagar. Coge de la caja chica”. Mientras ella ordenaba en la bodega, el chico y yo fuimos a la sala.
Estaba muy nervioso por lo grande que era. “Disculpa, creí que eras una chica”, dijo. “No te preocupes”, respondí en tono molesto. Pero en el fondo me sentí excitado por la confusión.
“Es que vestida así te veías muy hermosa. Tienes bonitas piernas”, dijo con una sonrisa. Lo miré molesto y fui cortante. Al pagarle, noté sus manos gruesas y enormes. Apenas le llegaba al pecho.
Pasó una semana. Me dirigía a casa después de un día agotador en la universidad. En el paradero escuché mi nombre. Era el estibador, en una moto. “¿Te llevo a tu casa o por lo menos te acerco?”, preguntó.
“No, gracias”, respondí rápido. “Déjame disculparme, no quería ofenderte”, insistió. “No te preocupes, ya pasó”, dije con firmeza, aunque mi corazón latía fuerte.
“¿Te puedo ver otro día?”, preguntó con esperanza. “No, déjalo así”, respondí subiendo al autobús. Miré por la ventana: era muy corpulento.
Una semana después, regresaba de la universidad. Decidí ir al centro comercial. Me encontré con Ismael. “Hola, Arian, ¿cómo estás? ¿Te invito un helado?”, dijo con una sonrisa encantadora.
“Aishh, eres tú otra vez, ¿qué quieres?”. “Como te dije, te invito un helado, en plan de amigos. Quiero subsanar mi error”, dijo guiñándome un ojo, coqueto.
“Bueno, vamos”, acepté, sintiéndolo sincero y curioso por saber más. Nos sentamos en una mesa. Noté que miraba disimuladamente mis pechos pequeños bajo la polera ajustada. Me puse nervioso.
“¿Cómo te llamas?”, pregunté para romper el hielo. “Ismael”, respondió con sonrisa coqueta. El helado llegó. Acomodé la servilleta sobre mis piernas. Sentía su mirada.
“Relájate. No te voy a morder”, dijo con media sonrisa. Levanté la mirada, ofendido. “No estoy nervioso”, respondí, aunque mi voz salió suave.
“¿Ah no? Entonces es mi imaginación que no me miras más de dos segundos”, dijo sonriendo. Di una cucharada al helado. “Simplemente no me gusta que me observen tanto”.
“Es difícil no hacerlo. Llamas la atención sin esforzarte”, contestó natural. Fingí indiferencia, aunque me ruborizaba. “¿Cuántos años tienes?”, preguntó.
“Veinte”. “Te ves más chico”. Le lancé una mirada engreída. “Eso no es un halago”. “Depende de cómo lo digas”, sonrió. “Yo veinticinco. Cinco años más de experiencia”.
Arqueé una ceja. “¿Experiencia en qué?”. Soltó una risa baja. “En la vida, en el trabajo, en tratar con personas complicadas”. Crucé las piernas despacio.
“¿Insinúas que soy complicado?”. “Un poco”. “No soy complicado. Solo selectivo”. Sus ojos bajaron un instante. “¿Selectivo con quién dejas acercarse?”.
“Exacto”. “Entonces me siento honrado”. Bajé la mirada al helado. “No exageres. Solo acepté el helado”. “Sí, pero pudiste decir no”.
Guardé silencio. “Trabajo en almacenes y repartos. A veces ayudo cargando, como en la bodega de tu mamá”. Lo recorrí con la mirada. “Eso ya lo noté. Se nota que entrenas”.
“¿Lo notaste mucho?”. “Es evidente”. “Me alegra”. Carraspeé y desvié la charla. “Yo estudio psicología”. Alzó las cejas. “¿En serio? Con razón siento que me analizas”.
“Tal vez lo estoy haciendo”. “¿Y qué has descubierto?”. Lo observé despacio. “Que te gusta que te miren. Que sabes que impones”.
“¿Eso es bueno?”. “Depende de cómo lo uses”. Se inclinó. “¿Y contigo cómo debería usarlo?”. Mi corazón latió rápido. “No deberías usar nada. Solo ser natural”.
“Soy natural cuando te miro”. Tragué saliva. “Me miras demasiado”. “Porque me gustas”. Esa frase me recorrió la piel. “No sabes casi nada de mí”.
“Sé que tienes veinte años, estudias psicología. Fingís ser frío pero te sonrojas fácil. Caminas sin llamar atención, pero todos te miran”. Sentí el calor en las mejillas.
“Qué observador”. “Contigo sí”. “¿Tienes pareja?”, pregunté indiferente. “No. Si la tuviera, no estaría aquí. Vivo solo”. Intenté disimular el efecto.
“¿Te preocupaba que alguien me reclame?”. “No seas presumido. Solo preguntaba”. “¿Y tú? ¿Hay alguien?”. “No”. “¿Cómo te gustaría que fuera alguien contigo?”.
“Eso es un secreto”. “Me gustan los secretos”. “No los cuento rápido”. “Tendré que ganármelos”. “Eres muy seguro”. “Solo cuando algo me interesa”.
“¿Y te intereso mucho?”. “Más de lo que esperaba”. El silencio ya no era incómodo. “No prometo nada”, murmuré. “No te pido promesas. Solo otra oportunidad de verte”.
“Eres insistente”. “Contigo sí”. “Tal vez podría aceptar otro helado”. “Sabía que no eras tan distante”. “No te emociones”. “Me gusta cuando te pones así”.
“¿Qué tipo de persona te gusta?”, pregunté casual. “Las que no son obvias. Suaves y fuertes al mismo tiempo. Delicadas pero no lo son”. El aire se volvió pesado.
“No soy delicado”. “Dije que lo pareces”. “Y tú pareces muy seguro”. “¿Te intimida?”. “No fácilmente”. “Me gusta cuando me miras así”.
Aparté la vista. “No te emociones. Solo escucho”. “Escucha esto: me gustaría verte sin fingir”. “Eres directo”. “Y tú orgulloso”.
“No soy orgulloso”. “Un poco. Te gusta que insistan”. “Tal vez, depende de quién”. Se acercó sin tocarme. “Voy a seguir insistiendo”. Mi pulso aceleró.
“Eres seguro para alguien con experiencia”. “La experiencia enseña a reconocer coqueteo”. “No estoy coqueteando”. “Claro que sí”. Nos miramos en silencio.
“¿Te llevo a casa? Tengo la moto”. “Nunca he subido a una”. “Siempre hay una primera vez”. “Está bien, pero despacio”. “Como tú digas”.
Caminamos al garaje. Intentaba mantener compostura, pero estaba nervioso. La moto era imponente. Se puso el casco e encendió el motor. El sonido vibró en mi pecho.
“¿Listo?”. Tragué saliva. “Tengo miedo. Nunca he subido”. “Te va a gustar”. Me hizo gesto para subir. Me senté, sintiendo el calor de su espalda.
“Abrázate a mi cuerpo si no quieres caerte”. Dudé. Deslicé brazos alrededor de su cintura. Sentí la firmeza de su abdomen. Mi respiración se acortó.
La moto arrancó brusca. Me pegué más. Mis manos se ajustaron fuerte. En un bache, mis dedos bajaron a su entrepierna, agarrando su pene erecto. Me congelé.
“Disculpa, fue el movimiento”, murmuré cerca de su oído, rostro ardiendo. Soltó risa suave. “No te preocupes. Solo agárrate bien”. Su tono era tranquilo.
Subí manos a su cintura, más conscientes de sus músculos. Mi mejilla rozó su espalda. “¿Sigues nervioso?”, preguntó sobre el motor. “No. Estoy bien”.
“No parece”. Me incliné. “Concéntrate en manejar”. “Lo estoy”. Aceleró, provocándome. Lo abracé fuerte. “Ismael”. “¿Sí?”. “No tan rápido”.
“Pensé que te gustaría”. “No dije que no”. Silencio. “Me alegra”. Mis dedos presionaban con las vibraciones. Estaba apoyado contra él.
En un semáforo, giró. “¿Sigues pensando que solo aceptaste el helado?”. “Estás abrazándome fuerte para no emocionarte”. “Es por seguridad”. “Claro”.
Arrancó. Me acomodé, mentón cerca de su hombro. “¿Te llevo hasta la puerta?”. “Hasta la esquina. No quiero preguntas de mi mamá”. “¿No haces tú?”.
“Tal vez después”. Disminuyó velocidad. Se detuvo. “Si quieres, otra vuelta”. Solté risa nerviosa y bajé. “Buenas noches, Ismael”. “Buenas noches, Ari”.
Esa noche casi no dormí. Recordaba esa verga gruesa, su espalda, su voz. Me removía, abrazando la almohada como si fuera él. Me avergonzaba, pero sonreía.
El viernes salíamos tarde de la universidad. Sentí mi nombre. “Hola, ¿te llevo?”, dijo sonriendo. “¿Qué haces? ¿Ya te disculpaste?”, dije sarcástico, emocionado.
“No vine a disculparme. Vine a invitarte a tomar algo”. “¿Aquí?”. “En mi casa”. “¡En tu casa!”, dije con escalofrío. “¿O tienes miedo?”, desafió pícaro.
“No tengo miedo”. “Está bien, pero solo un rato”, respondí, sabiendo que quería más. Llamé a casa para avisar. Regresé, casco listo.
“Pensé que dirías no”. “Te dije que no tengo miedo”. Subí a la moto. Abracé, aroma de hombre excitándome. Mi culo cosquilleaba. Bajé manos a su entrepierna, sintiendo su verga endurecerse.
“Hoy no te quejas de la velocidad”. “Hoy estoy preparado”. “¿Para qué?”. Apoyé mejilla en su espalda. “Para no caerme”. “O para no soltarme”.
Llegamos. Miré el edificio. “¿Vives aquí?”. “Sí. Ven”. Mostró su apartamento, arreglado. “Ponte cómodo. Abre la refri mientras me ducho”.
“¿Puedo bañarme después?”. Me miró distinto. “Sí, o juntos. Es grande, mira”. Mostró ducha espaciosa. Saqué valor: era mi oportunidad.
“¿Ah sí?”. La ducha era amplia, vidrio. Me quedé cerca. “¿Te incomoda?”, preguntó bajo. “No. Me sorprende que seas directo”.
“Contigo no quiero fingir”. Silencio. Mi corazón latía. “Ismael”. “¿Sí?”. “No pienses que soy fácil”. “No lo pienso”. “No corras”.
“No corro. Camino hacia ti”. Cosquilleo entero. “Eres seguro”. “Tú provocador”. “No provoco”. “Claro que sí”. “Tal vez solo contigo”.
“¿Nos bañamos?”. “Sí”, dije tímido. El vapor llenó el baño. Agua tibia nos envolvió. Estaba desnudo ante él, piel reaccionando a su mirada.
Su cuerpo firme, verga gruesa y cabezona. “Rica”, pensé. Quería tenerla en mi boca y culo. Tragué saliva. Tomé jabón tembloroso.
“¿Te jabono? ¿Dónde?”. “Adelante primero”. Pasé jabón por su pecho. Su verga se endureció. Llegué a zonas púbicas, tímido.
“No tiembles”. “No tiemblo”. Sonrió. Me acerqué. “No vine solo por esto”. Puso mano en mi cintura. “No lo pienso”. “Me gustas, Ari”.
“Tú también”. “Se puso dura”, comenté. “Sigue con el jabón. Después me toca. ¿Dónde?”. “Atrás”. Pasé por huevos. Tomé su verga, calor duro.
“¿Te gusta?”. “Sí”. Mi pene goteaba. “Arrodíllate”, ordenó. Cerré grifo, me arrodillé. Tomé su pene en boca. Caliente, áspera piel contra lengua.
Me excitaba sumisa. Él pasó jabón en mis pechos firmes, pezones erectos. Los amasó, chupó. Gemí. Llegó a mi culo, abrió nalgas, jabón.
Un dedo entró en mi agujero. “¡Ahhh! ¡Qué rico!”. “¿Te gustó?”. “Síiiii”. “¿Quieres más grande?”. “Lo que quieras, soy tuyo”.
Me levantó, secó, depositó en cama. “Eres perfecta”. Bajó a pezones, succionó fuerte. “¡Ayyyy, Ismael!”. Dientes rozaron, placer doloroso.
Admiró mis pies rojos a mejillas ruborizadas. “Eres mía, Ari. Te haré sentir mujer”. Separó muslos, lengua en mi sexo. Lamí, succioné.
“¡No pares!”, supliqué, manos en su pelo. Orgasmo cerca, se detuvo. Se desabrochó, miembro grueso libre. Besó labios, mordió lengua.
Me volteó, levantó culo. Boca en agujero. “Está caliente, pero rico”. Escupió. Presión de glande. Empujó lento, estirándome hasta fondo.
“¡Ay! ¡Duele!”, grité. Dolor y placer. “¡Me rompes!”. No paró, ritmo constante. “Eres mía. Nadie te tocará así”. “¡Sí, solo tú!”.
“¡Te amo, Ismael!”. Movimientos salvajes, raspaba interior. “¡Hazme tu mujer!”. “Sí, mi chiquita”. Me levantó piernas a hombros. “Te entro hasta huevos”.
“¡Qué rico!”. “¿Soy tuyo? ¿No me dejas?”. “Sí, mi chiquita”. “¡Me vengo!”. “Vente conmigo. Quiero llenarte”. Orgasmo devastador, contraje.
Él eyaculó profundo, caliente viscoso. “¡Préñame! ¡Quiero tu hijo!”. “¡Te amo, Ari!”. Collapsé, semen escapando. Beso posesivo.
“Y yo a ti. Soy tuya para siempre”. Toda la noche me empujó hasta dormir abrazados. Mi culo preñado, escurría leche. Mi vida cambió. Ismael me ayudó a aceptarme.
¿Te gustó este relato? descubre más colecciones eróticas en nuestra página principal.
