Juegos entre hermanos

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Me comentan que es terapéutico escribir vivencias de tu juventud y que al recordarlas tenemos una mejor realidad y no le damos tanta importancia negativa.

Soy Federico, tengo 18 años y vivo en un pequeño piso social con mis padres y dos hermanos mayores que se llaman Manuel y María. El piso consta de dos habitaciones, sala, cocina y una pequeña terraza. Yo, de joven, dormía en una pequeña cama de abrir y cerrar en la habitación de mis padres y mis hermanos en la otra, en dos pequeñas camas.

Casi sin querer y después de llevar tiempo tocándome el pene, porque me daba algo de gusto, un día, viendo una revista donde había una página de fotos de lencería femenina, me toqué aún más hasta que sentí lo más bueno y placentero de mi vida: semen caliente en mis manos y, al probarlo, descubrí que era caliente y de sabor agrio.

Y ya se abrió mi mundo a la sexualidad y todo lo relativo. Miraba a profesoras y compañeras de clase y mis fantasías iban para ellas. Una noche estaba ya en mi cama, con los ojos cerrados, cuando mis padres se acuestan y comienzan a charlar. Con esas voces en tono bajo me dormía habitualmente, aunque ellos pensaban tal vez que dormía hacía rato.

Esa noche noté el ruido de la cama y los movimientos del colchón. Me quedé quieto sin moverme, escuchando ese gemido silencioso de mi madre, como un ahhhh ahhh ahhhh. Los ruidos y los gemidos se aceleraban cuando, por curiosidad, levanté ligeramente mi cabeza y la puse al ras de su colchón. La cama de ellos, al tener que poner la mía justo debajo de la ventana, dejaba que la luz de la calle no tapara del todo las cortinas.

Miré y vi a mi padre entre las piernas de mi madre, que las tenía algo en alto. Era mi primera vez viendo algo tan sexual y me llené de morbo. No podía dejar de mirar y de ver cómo mi padre le daba cada vez con más velocidad. Ambos no hablaban, solo ese gemido de mi madre cuando le entraban ahhhh ahhhh de manera continua. Al final, una aceleración fuerte y un grito seco de mi padre al correrse.

Pasaron los días y la verdad es que me masturbaba pensando en esa escena y lo hacía habitualmente en el baño. Pude ver en ese tiempo a mi madre desnuda una vez mientras yo me preparaba para entrar a la ducha y ella acababa. A través de la cortina del baño, pude ver su cuerpo: era baja, algo gordita, con dos grandes tetas que resaltaba con unos súper pezones negros y, abajo, una gran mata de pelos.

Los vi bastantes veces y más los escuchaba. Eran muy clásicos, porque siempre lo hacían en misionero, salvo las excepciones de algunas veces de cucharita y otras de mi madre totalmente acostada boca abajo y mi padre dándole desde atrás. Me quedó grabada la imagen de la cara de placer de mi madre con esos ojos cerrados mientras la penetraban.

Al poco y al ser más mayor, compraron una litera y me mudé a la otra habitación con mi hermano y mi hermana mayores. Mi hermana era un año mayor que mi hermano, el cual me llevaba 5 años. Me pedí la litera alta mientras mi hermano cogió la baja y mi hermana la individual.

Desde siempre me llevaba muy mal con ellos, porque siempre se reían de mí y me hacían llorar mucho. Algunos días, por ejemplo, cuando mis padres iban al cine, Manuel me apretaba desde atrás, dejándome inmovilizado mientras me bajaba el pijama y el calzoncillo, y mi hermana María me tocaba el pene y se reían de lo pequeño que era y de que me masturbaban un rato diciéndome: “¿ya tienes lechita?”. Con el tiempo y por lógica, con esas masturbaciones se me ponía dura hasta que un día mi hermana siguió más tiempo y yo me corrí en sus manos.

Se quedaron quietos y me dieron una palmada diciéndome que ya era un hombreton. Ya ese juego terminó, pero ahora lo que yo hacía era observar en silencio y me convertí en un mirón. Y lo más cercano que tenía eran mis hermanos. Estaba atento a cualquier descuido de mi hermana al agacharse y pude ver varias veces sus pequeños pechos y pezones erguidos y oscuros. Ella era delgada y con un culo grande.

Yo tanto en el colegio como con mis vecinas siempre jugaba a intentar rozar mi pene en sus nalgas; era muy excitante para mí y, alguna vez, la pegaba con una gran erección. Muchas de ellas se quedaban quietas.

Normalmente, antes de dormir, cuando mis hermanos venían de la calle, Manuel, que hacía karate, jugaba a hacer el bruto. A mí me daba patadas y puñetazos mientras a mi hermana la atrapaba por detrás y la movía bastante, también la tumbaba en la cama y hacía lo mismo con ella, inmovilizada abajo. Claro que me daba cuenta de que la estaba rozando con su pene, el cual vi erecto después de soltarla. También me sorprendió la pasividad de mi hermana con lo mal genio que era. Un día vi el pene de Manuel en la habitación al cambiarse y, con disimulo, observé que era grande y gordo.

Y llegó la boda de mi tía, la hermana de mi madre. Íbamos todos a la celebración, pero yo caí malo de garganta y con fiebre. Mi hermana mayor habló con mi madre y se quedó a mi cargo esa tarde noche y Manuel, que ya de por sí no quería ir, encontró la excusa y se quedó también. Yo, en la cama baja en este caso, con fiebre y durmiendo, y mis padres partieron en la tarde.

No recuerdo la hora, pero era de noche y quería orinar y beber agua. Llamé varias veces a mi hermana y no contestaba. Me levanté y fui al baño a orinar y escuché música de un radio cassette en la habitación de mis padres y la puerta de ellos cerrada. Malo aún, pero con una curiosidad enorme, pegué mis ojos a la cerradura y lo que veo primero me sorprende, pero sobre la marcha me excita.

Desde la cerradura se ve la cama entera y veo a mis hermanos, ambos desnudos, estando María de cuatro patas y Manuel dándole fuerte por detrás. Los pechitos de mi hermana se balanceaban atrás y adelante, ambos gemían fuerte y mi hermana hablaba cosas como: “dame más, dame más”. Después, mi hermana lo monta y su culo grande se mueve con mucha rapidez. Podía ver la gran polla de mi hermano entrando y saliendo. Mi hermana también se tocaba sus tetas y apretaba sus duros pezones. Se oía, a pesar de la música alta, sus aullidos y gemidos. Hicieron sexo oral y mi hermana tuvo un gran orgasmo en la boca de Manuel. Ver cómo subía su cintura y se movía sin control me fascinó.

Yo, a pesar de estar malo y débil, me puse a mil, saqué mi polla y, lentamente, me tocaba mientras veía esas escenas. Al final, mi hermano puso a María totalmente acostada boca abajo y, abriendo sus nalgas, puso su polla en la entrada de su culo. Lo supe por las negativas de mi hermana, pero al decir hoy eso, no me di cuenta de que lo habían realizado alguna que otra vez. Después de los muchos no no no, Manuel, con su saliva, empapó toda esa zona y empezó lentamente a entrar. Aquí lo supe por los gritos de María, con la cara en la almohada. “Duele, duele, duele” decía y unos gritos de ayyy ayyy ayyyy.

En un rato y por los movimientos de mi hermano, supe que había entrado toda. María ya estaba en silencio, gimiendo un poco, y mi hermano cada vez aceleraba más. Las nalgas de mi hermana se elevaban de los golpes hasta que Manuel, después de decir varias veces: “me corro, me corro”, emitió un gemido grande y pausado, señal de su corrida. Con ambos acostados, uno encima del otro, fui a mi cama y, después de masturbarme y limpiarme con un pañuelo de tela, me dormí.

En poco tiempo, mi hermano Manuel dejó los estudios y se puso a trabajar, conoció a su novia Rosa y se casó para vivir en otra ciudad cerca de la costa, en un pequeño apartamento. Mi hermana hizo lo mismo, en este caso, se fue a vivir a otra ciudad aun más lejos. Yo, en casa solo con mis padres, avanzando y conociendo aún más mi sexualidad, y de vacaciones iba 15 días a casa de Manuel y 15 días a casa de María, siendo mis dos cuñados otro descubrimiento para mi vida.

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Muchacho69
Muchacho69
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