Hacemos trio con mi cuñada embarazada

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Después de esa noche con Azael, mi vida siguió igual por fuera, pero por dentro estaba más caliente que nunca. El taxista, al que llamaremos Carlos, no tardó en escribirme. Al día siguiente ya tenía un mensaje suyo: “Hola Jessi, ¿cómo amaneciste? No he dejado de pensar en lo guapa que te vi ayer”.

Rosy y yo estábamos solas en la casa esa tarde. Le mostré el mensaje muerta de risa y ella, con esa sonrisa traviesa que siempre tiene, me quitó el teléfono. “Vamos a contestarle las dos… pero él no tiene ni idea”. Así empezó nuestro jueguito. Yo escribía cosas normales y coquetas, y Rosy, desde mi mismo celular, agregaba respuestas más directas y calientes sin que Carlos supiera que éramos dos.

Yo: Jajaja gracias, tú también te veías bien guapo manejando 😊
Rosy (desde mi teléfono): Me gustó cómo me mirabas por el espejo… me pusiste nerviosa.
Carlos: ¿Nerviosa? Qué linda. Me encantaría verte otra vez, sin prisas.
Yo: Tal vez… soy un poco tímida jajaja
Rosy: Tímida por fuera… pero me gusta que me miren mucho. Sobre todo si es alguien como tú.
Carlos se emocionaba más con cada mensaje. Nos mandaba fotos discretas de él sin camisa después del gym y nosotras le respondíamos con selfies mías donde se me marcaban los pechitos o se me veía el escote. Rosy era más descarada: le mandó una foto mía agachada recogiendo algo, donde se me veía casi todo el culo por la falda corta. Él se volvía loco: “Jessi, me tienes loco. Eres una diablita”.

Un par de semanas después, Rosy tenía su consulta mensual en el hospital. Esa mañana le dije a mi hermano que íbamos las dos al centro. Jhony era muy celoso, así que Rosy salió con ropa normal: blusa holgada y jeans. Yo, en cambio, me vestí bien puta desde la casa: una blusa roja super ajustada y escotada que apenas contenía mis tetitas firmes (sin brasier, se me marcaban los pezones), una minifalda negra de cuero que apenas cubría mis nalgas y unas sandalias altas. Me veía bien zorra y me encantaba.
Llegamos al parque cerca de la casa. Rosy me jaló hacia los baños públicos. “Espérame, tengo una sorpresa”. Entró y salió diez minutos después transformada. Se había puesto una blusa blanca transparente que dejaba ver claramente su brasier negro de encaje, una falda cortísima plisada que se le subía con cualquier movimiento y tacones. Como apenas tenía dos meses de embarazo, su pancita seguía plana y se veía más sexy que nunca. Se soltó el cabello y se pintó los labios rojo intenso.

— ¿Qué te parece? —me preguntó girando.
— Te ves bien, Rosy… me encanta —le dije riendo y excitada.
Llamamos a Carlos. En menos de quince minutos llegó. Cuando nos vio a las dos paradas en la esquina, casi se le cae la cara. Bajó la ventanilla con los ojos bien abiertos.

— Buenas tardes, señoritas… —dijo claramente sorprendido, mirando mis tetitas marcadas y las piernas de Rosy.
Subimos atrás las dos. Apenas cerró las puertas, Rosy se sentó justo atrás de él y yo al lado. El taxi olía a su colonia. Empezamos a platicar mientras él manejaba, pero ahora las dos coqueteábamos abiertamente.

— Carlos, ¿te gustamos así? —pregunté inclinándome hacia adelante para que viera mi escote.
— Están… lindas —contestó riendo nervioso, mirándonos por el retrovisor.

Rosy le puso la mano en el hombro desde atrás y le acarició el cuello suavemente. Y le dijo —yo convenci a Jessi q te pasara su numero ¿Verdad que sí, Jessi?
— Sí… y hoy queremos estar juntas —respondí, abriendo un poco las piernas para que viera por el espejo.
Durante todo el camino al hospital no paramos de coquetearle. Rosy le susurraba cosas al oído cuando se detenía en los semáforos y yo abria mis piernas desde el asiento trasero para q mirara mas . Carlos estaba claramente duro, se le notaba en la cara.
Después de la consulta (todo bien con el bebé), le mandamos mensaje: “Ya salimos. ¿Nos llevas a un lugar más privado?”. Nos recogió y directamente nos llevó a su casa. Su esposa había salido de viaje a visitar a su familia por tres días. Apenas entramos, cerró la puerta y nos besó a las dos alternadamente. Las manos le volaban.

Nos llevó al sofá. Rosy y yo nos arrodillamos frente a él al mismo tiempo. Le bajamos el pantalón y sacamos su verga gruesa y morena, ya bien dura. Empezamos a chupársela juntas: yo lamía la cabeza mientras Rosy le pasaba la lengua por toda la verga y le chupaba los huevos. Nos besábamos con su polla en medio, lenguas enredadas y saliva cayendo. Carlos gemía como loco agarrándonos la cabeza.
— Qué rico lo están haciendo … no me lo creo —decía.
Después nos puso a las dos en el sofá de cuatro. Nos levantó las faldas y nos bajó las pantis. Empezó a cogernos por turnos: primero a mí, metiéndomela fuerte mientras yo gemía, luego a Rosy al lado mío. Nos besábamos mientras él nos follaba. Rosy me metía los dedos en el coño mientras Carlos me cogía y yo le chupaba las tetas a ella. Cambiamos de posiciones todo el tiempo: yo cabalgándolo mientras Rosy se sentaba en su cara para que la lamiera, después Rosy cabalgándolo y yo besándola y chupándole los pezones.

Nos puso en cuatro una al lado de la otra y nos cogía alternando, dándonos nalgadas. Me corrí dos veces así, y Rosy también. Finalmente nos puso de rodillas otra vez y se corrió en nuestras bocas y caras, gruñendo fuerte. Nos besamos con su leche en la lengua, bien sucias y satisfechas.
Después de descansar, nos llevó de regreso al parque. En el camino le contamos cada una una aventura de la secundaria, como habíamos quedado.
Yo le conté: “Cuando estaba en segundo, salí con el profesor de matemáticas. Tenía como 38 años. Una tarde me quedé después de clase y me besó en el salón vacío. Terminamos en su coche en el estacionamiento. Me chupó las tetas y me metió los dedos hasta que me corrí. Nunca se enteró nadie, solo Rosy”.
Rosy sonrió y contó la suya: “Yo en tercero me metí al baño de hombres con un chavo de prepa que era novio de una amiga. Me levantó contra la pared y me cogió rapidito, tapándome la boca para que no gritara. Salí con las piernas temblando y la falda arrugada. Jessi me cubrió esa vez”.
Carlos nos escuchaba fascinado. “Ustedes dos son un peligro juntas… esto tiene que repetirse”, dijo.
— Guardamos el secreto, ¿verdad? —le dije guiñándole un ojo.
— Claro… pero cuando quieran, aquí estoy —respondió sonriendo.

Rosy y yo nos bajamos del taxi en el parque, todavía con el sabor de su leche en la boca y el coño hinchado. Nos miramos y nos reímos como cuando éramos chiquitas.
— Esto apenas empieza —me susurró Rosy.

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