Follando con mi tía: el día que el anal la hizo temblar
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Tenía 19 años y mi tía Mariela, 30. Ella acababa de separarse y se mudó temporalmente a casa. Una noche de verano, con mis padres fuera, el calor era insoportable. Yo estaba en calzoncillos en la sala cuando ella salió de la ducha con un short diminuto y una camiseta sin sujetador. Se sentó a mi lado y comenzó a hablar de su exmarido, de lo mucho que extrañaba el sexo. Su mano rozó mi pierna “sin querer”. Sentí cómo se me endurecía todo. Ella lo notó, sonrió y susurró: “¿Nervioso, sobrino?”. Sin mediar palabra, deslizó sus dedos por dentro de mi ropa interior. Yo temblaba. Ella me guió hasta su habitación. Allí me quitó los calzoncillos y me tumbó boca arriba. Comenzó a lamer mi pecho, bajando lentamente hasta mi vientre. Cuando su boca rodeó mi erección, gemí como nunca. Su lengua era hábil, húmeda, caliente. Me detuvo justo antes de que terminara. “Todavía no”, dijo. Se puso a cuatro patas y me pidió que la penetrara por detrás. Así lo hice, agarrándole las caderas. Ella empujaba hacia atrás con fuerza, pidiendo más. Sentí su carne apretarme, su calor. Terminamos juntos, sudados, abrazados. Esa noche se repitió muchas veces durante ese verano. Aprendí todo lo que sé del sexo con ella.
Una tarde, con mi tía Mariela en la sala viendo televisión, mis padres habían salido a cenar pero podían regresar en cualquier momento. Ella llevaba una falda corta y yo, solo un pantalón de deporte. El riesgo nos excitaba. Empezamos a besarnos en el sofá, con la televisión de fondo. Sus manos bajaron por mi abdomen y metió los dedos dentro de mi pantalón. Yo estaba ya completamente duro. Ella se subió la falda, se quitó la ropa interior y se sentó a horcajadas sobre mí, guiando mi erección hacia su entrada. “Quédate quieto”, susurró, “no hagas ruido”. Comenzó a moverse lentamente, con movimientos circulares de cadera. Yo mordía mi labio para no gemir. La adrenalina de que alguien pudiera abrir la puerta nos volvía locos. Ella aceleró el ritmo, agarrándose a mis hombros. El sofá crujía. Sentí cómo se apretaba a mi alrededor, cada vez más húmeda. Su respiración se entrecortó. “Me voy a correr”, jadeó. Yo la agarré fuerte de las nalgas y empujé hacia arriba, enterrándome en ella. Terminamos juntos, temblando, en silencio. Cuando nos separamos, el sonido de un coche en la calle nos sobresaltó. Rápidamente nos vestimos, riendo nerviosos. Esa noche, en la cena familiar, nadie sospechó nada. Pero yo sentía el sabor de su piel aún en mis labios.
El verano avanzaba y nuestros encuentros en casa se volvían cada vez más arriesgados. Decidimos que necesitábamos un lugar más seguro. Reservé un hotel en las afueras, un motel discreto donde nadie preguntara. Esa noche, mi tía Mariela llegó con un vestido rojo ajustado y una sonrisa cómplice. En la habitación, nos besamos con una intensidad nueva. Ella me llevó hacia la cama y, entre caricias, susurró: “Esta vez quiero probar algo diferente. Pero con cuidado, ¿vale?”. Asentí, nervioso y excitado. Usamos abundante lubricante. Ella se puso a cuatro patas, arqueando la espalda. Yo comencé despacio, apenas la punta. Ella inspiró hondo y dijo: “Sigue, no pares”. Fui entrando poco a poco, sintiendo cómo se abría para mí. Su calor, su estrechez, era abrumador. Cuando estuve completamente dentro, ella gimió, pero no de dolor, sino de placer. “Muévete”, pidió. Empecé con movimientos lentos, rítmicos. Pronto ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. Aceleré el ritmo, agarrándole las caderas. Su respiración se volvió errática. “Dios, sí, así”, jadeó. Sentí cómo se tensaba a mi alrededor y entonces llegó: un orgasmo profundo, tembloroso, que la sacudió entera. Yo la seguí, derramándome dentro de ella, abrazados en la penumbra del hotel. Esa noche descubrimos un placer nuevo. Y ella, sonriendo, me confesó: “Nunca había disfrutado tanto el sexo anal”.
