Family Corruption – I
La casa era pequeña, de esas donde cada rincón huele a hogar. Dos pisos. Sala y cocina abajo. Dos cuartos arriba. Un patio donde Ana cultivaba albahaca y tomates cherry. Vivían solos desde siempre. Su padre se había ido cuando Leo era un niño, y con los años aprendieron a ser suficientes el uno para el otro.
Esa noche, Leo soñó con fragmentos. No imágenes claras. Pedazos. Espejos rotos flotando en la oscuridad. Una voz sin género repetía una palabra una y otra vez, como un eco que no encontraba pared donde rebotar:
Kaleidos. Kaleidos. Kaleidos.
Despertó con el corazón golpeándole las costillas y la muñeca derecha caliente. Se levantó, fue al baño, se miró al espejo. Una línea violeta, fina como un cabello, brillaba bajo su piel. Se frotó. No se borró. Volvió a la cama. No durmió más.
El aroma a café lo arrastró escaleras abajo.
Ana estaba en la cocina, de espaldas, moviendo algo en una sartén. Leo se apoyó en el marco de la puerta y la observó un momento. Su madre. Cuarenta años, pero aparentaba mucho menos. El cabello castaño caía en ondas sueltas sobre sus hombros. Llevaba una blusa café ajustada que se ceñía a su espalda y marcaba la curva de sus pechos cuando se movía. La falda era más oscura, lápiz, pegada a esas caderas anchas que siempre habían llamado la atención dondequiera que iba. El delantal amarillo, atado detrás de la nuca y a la cintura, completaba la imagen de ama de casa perfecta.
Guapa. Para su edad, muy guapa. Leo lo había notado siempre, pero era su madre, así que el pensamiento llegaba y se iba sin quedarse.
—¿Dormiste bien, mi niño? —preguntó ella sin voltear.
—No mucho.
Ella se giró, lo miró con esa expresión de preocupación maternal, y sus ojos —esos ojos marrones que Leo conocía desde siempre— se encontraron con los suyos.
—Te veo raro.
—Soñé cosas raras.
—¿Qué cosas?
—Una palabra. Kaleidos.
Ella frunció el ceño apenas un segundo, luego sonrió.
—Será cosa de la edad. Sentate, ya está el desayuno.
—
Leo se sentó a la mesa. Ana sirvió huevos en un plato, lo puso frente a él con la coreografía de todos los días, y se sentó al otro lado con su taza de café entre las manos.
Pero Leo no podía concentrarse en la comida. La palabra le rebotaba en el cráneo. Kaleidos. Kaleidos. Una intrusión. Un eco que no se callaba.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Ana.
—Sí, solo…
La palabra se le escapó.
—Kaleidos.
El aire cambió.
Ana se quedó inmóvil. No fue una pausa normal. Fue una suspensión. Su cuerpo se detuvo a medio gesto, la taza a centímetros de los labios, los ojos abiertos pero vacíos. El marrón de su iris comenzó a nublarse, como si una nube violeta lo atravesara, hasta que sus pupilas se convirtieron en dos espirales brillantes.
Leo parpadeó.
—¿Mamá?
Ella no respondió. No se movió. Solo lo miraba con esos ojos nuevos, esperando.
—¿Mamá, estás bien?
—Sí —respondió ella.
La voz era la de siempre, pero el tono… el tono era distinto. Más plano. Más disponible.
—¿Qué te pasa?
Ella no respondió. Solo esperaba.
Leo sintió un nudo en el estómago. Esto no era normal. Pero algo en él, algo que no sabía que existía, sintió también curiosidad.
—Bueno… dame mi desayuno.
Ella obedeció. Tomó el plato que ya estaba frente a Leo, lo levantó como si fuera a servirlo de nuevo, y luego lo colocó de vuelta en su lugar con una precisión de sirvienta entrenada. Pero no volvió a su silla. Se quedó de pie, a un costado de la mesa, a unos pasos de él, las manos juntas sobre el vientre, la mirada fija en un punto indefinido.
Esperando.
Leo la miró.
—¿Qué haces?
Ella no respondió. Solo esperaba.
—¿Por qué te quedas parada ahí?
Nada. Silencio. Espera.
—Bueno —dijo Leo, incómodo—. Ve a lavar los trastes.
Ella caminó hacia el fregadero. Abrió la llave. Comenzó a lavar los trastes con una lentitud metódica, como si cada movimiento fuera una orden recibida.
Leo la observó en silencio.
—Pareces una esclava —dijo, casi para sí mismo.
Ella no respondió. No volteó. Siguió lavando.
—Mamá, ya. No tiene gracia.
Ella se giró. Sus ojos violetas lo miraron con esa calma que helaba la sangre. Su rostro seguía siendo el de siempre, el de la mujer que lo había criado, pero había algo en la forma de sostener la mirada que no era de ella. No dijo nada. Solo esperaba.
Leo se levantó de la silla. Dio unos pasos hacia ella, deteniéndose a un par de metros. Una idea absurda le cruzó la mente. Quería probar. Quería ver hasta dónde llegaba esto.
—Bueno —dijo, cruzando los brazos—. Si eres mi esclava, entonces… transfórmate en una perrita.
Esperó una bofetada. Un grito. Una mirada de “no seas ridículo”.
Pero Ana no se enojó.
Ana se hundió.
Se dejó caer sobre las rodillas con una lentitud de ceremonia. Sus manos buscaron el suelo. Sus caderas anchas se elevaron en el aire, la falda ajustada estirándose sobre sus nalgas, marcando cada curva, cada pliegue de la tela contra su piel. Su rostro, ese rostro de madre virgen, se volvió hacia él desde abajo, la mejilla casi rozando el piso, los ojos violetas brillando con una luz que no era de este mundo.
—¿Así? —preguntó.
Su voz era un susurro. Caliente. Sumiso.
Leo sintió que el aire se volvía espeso.
—Mueve la cola —dijo, la voz más ronca de lo que esperaba.
Ella obedeció.
Sus caderas comenzaron a moverse. Un vaivén lento al principio, apenas un balanceo, la falda deslizándose sobre la piel. Luego más marcado, más rítmico, como si algo invisible danzara detrás de ella. El movimiento hacía que la tela se estirara, se marcara, revelando la forma de sus nalgas, la hendidura que las separaba. Era obsceno. Era hipnótico. Y en su rostro, esa sonrisa maternal no se borraba.
—¿Así, mi niño? —preguntó, jadeando apenas.
—Ladra —ordenó él.
—Guau.
El sonido salió de sus labios, dulce, casi musical. Una perrita faldera. Una madre perra.
—Otra vez.
—Guau. Guau.
Cada ladrido era un latido en la entrepierna de Leo.
—Dame la pata.
Ella levantó una mano del suelo, la extendió hacia él. Su muñeca, su antebrazo, la piel blanca y suave. Leo la tomó. La mano de su madre, caliente, viva, temblorosa de sostener la pose, descansaba en la suya como una ofrenda. La acarició sin pensar. El pulgar recorrió el dorso, los nudillos, la palma. Ella no retiró la mano. Al contrario, inclinó la cabeza y lamió el borde de su muñeca con la lengua caliente.
—Gracias —susurró.
Leo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Esto tenía que ser una broma. Tenía que ser un juego retorcido. Pero si era una broma, él iba a romperla. Iba a pedirle algo que ninguna madre haría. Algo tan íntimo, tan humillante, que ella tendría que reaccionar.
—Muéstrame tu ropa interior —dijo.
La voz le salió firme, pero por dentro temblaba.
Ana no dudó.
Se incorporó sobre las rodillas, erguida, el pecho hacia adelante. Sus manos encontraron el borde de la blusa. La levantaron con una lentitud de ritual. La tela café subió centímetro a centímetro, revelando primero la piel del vientre, lisa, suave, con esa suave curvatura de quien ha tenido hijos. Luego más arriba, el borde del sostén.
Era beige. De encaje.
Leo contuvo el aliento.
Ella siguió subiendo la blusa, hasta que el sostén quedó completamente al descubierto. Encaje beige, delicado, que sostenía sus pechos con una elegancia que Leo nunca había visto. No era la ropa interior de una madre. Era la de una mujer. Los pechos se derramaban ligeramente por los bordes, la piel blanca contrastando con la tela, los pezones marcándose bajo el encaje.
—¿Te gusta? —preguntó ella, con esa voz de madre que pregunta si la comida está buena.
Leo no respondió. No podía.
Ella bajó las manos a la falda. Tomó el borde con ambas manos y lo levantó despacio. Primero las rodillas. Luego los muslos. Esos muslos blancos, gruesos, que siempre habían sido de ella. Luego más arriba, el borde de las bragas.
Beige también. Del mismo encaje.
Las bragas cubrían sus caderas anchas, se hundían ligeramente en la piel, marcaban la curva del vientre y el triángulo oscuro que se adivinaba debajo. La tela era lo suficientemente sutil para insinuar, lo suficientemente recatada para dejar a la imaginación el resto.
Ella se quedó así, mostrándose, con esa sonrisa maternal en los labios y esos ojos violetas brillando.
—¿Así está bien, mi niño? —susurró.
—
Leo sintió que la realidad se rompía en mil pedazos.
Esto no era una broma. Esto era real.
Miró su muñeca. La línea violeta latía. Y recordó.
Kaleidos.
Había dicho la palabra. Y ella había cambiado.
—Despierta —ordenó—. Despierta, mamá. Ya.
Ella parpadeó.
El violeta se desvaneció de sus ojos como agua que encuentra su cauce. Miró sus manos, aún sosteniendo la falda. Miró su ropa interior. Miró a Leo.
—¿…Leo? —preguntó, la voz confusa—. ¿Qué… qué pasó?
—Nada —dijo él—. Todo está bien.
Ella se incorporó despacio, soltando la falda, bajándose la blusa. Se llevó una mano a la cabeza.
—Me siento… rara. Como si hubiera hecho algo, pero no recuerdo qué.
—No hiciste nada. Te quedaste mirando el vacío un rato.
Ella frunció el ceño, pero no insistió. Se arregló la ropa, se pasó una mano por el cabello.
—Qué extraño —murmuró—. Bueno, termino de lavar los platos.
Y volvió al fregadero, como si nada hubiera pasado.
Leo se quedó inmóvil, mirándola.
Ella no recordaba nada. Ni las órdenes. Ni las rodillas en el suelo. Ni el encaje mostrado. Ni la lengua en su muñeca.
Nada.
Él miró su muñeca. La línea violeta ya no era una línea. Eran dos. Y algo en su pecho, algo oscuro y hambriento, se estiró como un gato desperezándose.
Kaleidos, susurró una voz en su nuca.
Y Leo supo que esto era solo el principio.
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