Encuentro inesperado con Marcela
Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Para aquellos que hayan leído alguno de mis relatos anteriores, soy un adicto a las maduritas desde que tengo uso de razón, pero no por ello dejo de lado al resto de las mujeres.
Ya les he contado que fui profesor durante casi 30 años y esta historia tiene que ver con el reencuentro con una ex alumna de aquellos tiempos.
Allá por el año 2010, ella había terminado de cursar el último año de estudios pero por razones personales no pudo completar el aprobado de todas las materias, incluida la que yo dictaba. Por esa razón dos años después, se le hizo un plan especial y contó con clases especiales fuera de horario, para que aprobase las materias y se recibiese de Bachiller contable y eso le permitiera acceder al primer año de enfermería que había iniciado.
Las otras profesoras me decían que era un poco corta, pero que le ponía todas las ganas para aprobar las materias: algunas habían exigido algo menos de conocimiento a cambio de que aprobase.
Directora: Alejo, no exijas le demasiado, la carrera que cursa no tiene nada que ver con la parte contable y necesita trabajar.
Yo: ok, pero de ahí a regalar la nota…
Directora: tranquilo, va a rendir en mesas especiales, sin compañeros.
Yo: eso suena a extorsión
Directora: llámalo como quieras, el marido la dejó sola con la hija y la están pasando mal económicamente.
Marcela no es la mujer súper sexy, pero tiene unas tetas interesantes y con el tiempo ha desarrollado un culito bastante importante. Eligió aprobar tres materias en diciembre, dejando la mía para Febrero.
Para los que no viven en Argentina, febrero es época de verano, calor insoportable y la escuela donde trabajaba está en una zona marginal: carece de refrigeración y solo algunos ventiladores apaciguan las altas temperaturas.
El primer día a las 15 horas, Marcela llegó en su bicicleta, sudada a más no poder, la remera clara se le pegaba al cuerpo y denotaba que había un pequeño brassier sujetándole los pechos. Una calza de ciclista completaba la indumentaria y juraría que tenía manchas de humedad.
Nos sentamos frente a frente y comenzamos la clase de apoyo, cada tanto ella estiraba la remera tratando de despegarla de su piel y a mí se me estaba generando una erección importante al ver el contorno de sus pechos. La clase pasó entre sofocones, calor y excitación.
Al día siguiente, la situación se repitió, pero con alguna modificación: su indumentaria había cambiado a una pollera corta y una remera casi transparente, y los habitantes de la escuela éramos tan solo ella, yo, la directora y dos porteros los únicos habitantes de la escuela. El silencio era importante y aprovechamos que no había nadie en la sala de profesores (donde había ventiladores) y allí nos fuimos. Nos ubicamos uno al lado del otro, ya que debía mostrarme sus trabajos, las correcciones y los posibles errores.
Marcela: profe, no puedo sacar bien los cálculos y siempre me dan negativos.
Yo: tranquila Marcela, veremos cuál es el error.
Ella estaba inquieta, la fecha del examen se aproximaba y no había caso con los cálculos. “Me queda solo esta materia, si la apruebo salvo el primer año de enfermería” dijo con la cabeza entre sus manos. La situación me enterneció un poco y como un acto reflejo, le acaricié los cabellos, depositando mis manos en sus hombros.
Reaccionó como si un impulso eléctrico la alcanzara, liberó la cara, se puso más erguida y retomó la intentona de resolver los problemas. Aferró la lapicera casi con furia y comenzó trazos en busca de soluciones correctas.
Pasó casi una hora y la decepción volvió al rostro, no había caso, no encontraba las formas. Cayeron las primeras lágrimas de sus ojos y se puso muy nerviosa.
Yo: Marcela, vamos a descansar un poco y retomamos. Tranquilizate.
Se puso de pié, caminó hacia la puerta y girando sobre sus talones me dijo. “Ojalá pudiera hacer algo para que esto pase pronto”, abrió la puerta y salió. Me quedé mirándola, la pollera corta se había subido apenas al borde de la cola, dejando ver el nacimiento de una braga oscura y la tentación fue demasiado.
Bajé a la dirección y comenté lo acontecido.
Directora: contenela un poco, hoy se enteró que la hija está embarazada, con solo 15 años.
Yo: bueno, tras de llovido mojado. ¿También tengo que ser psicólogo?
Directora: lo que haga falta Alejo.
Volví al aula y la encontré revisando su celular. “¿Seguimos? le dije como para traerla a la realidad.
Marcela: tengo problemas, pero necesito terminar con esto
Volvimos al trabajo y por primera vez le dedique una mirada como mujer y no como alumna. La pollera subida al borde de los muslos, los pechos erguidos y marcándose los pezones de manera notoria: estaba para avanzarla y para colmo de males, tenía las defensas bajas.
Un nuevo intento y otra vez el error, el cálculo no era lo suyo. Golpeó la mesa y se puso a llorar nuevamente: “Estoy con la cabeza en otro lado, no puedo concentrarme” dijo mientras dejaba la lapicera en el escritorio. Y allí me brotó el psicólogo reprimido.
Alejo: vamos a serenarnos, tenés que pensar solo en esto y dejar los problemas de lado.
Marcela: nada sencillo, con 34 años voy a ser abuela, mi pareja me dejó y si no apruebo pierdo un año de estudios. ¿Crees que es fácil?
Alejo: no dije que lo fuera
Se giró y se abrazó a mí, descargando toda su angustia, llorando de manera ahogada. Instintivamente la abracé y la dejé descargarse, en ese momento la puerta se abrió y la directora vio la situación, me hizo un gesto de aprobación y cerró la puerta dejándonos a solas. Acaricié los cabellos de Marcela y ella comenzó a disminuir su llanto, levantó la cabeza, me miró a los ojos y sin mediar palabra nos comimos la boca. Ella se dejó hacer y yo aproveché el momento (muy flojo lo mío): la acaricié en las mejillas, secando sus lágrimas, rodeé sus pechos, masajeándolos hasta erizar los pezones al máximo, pasé las manos por debajo de la remera y los apreté con ganas. Se pegó más a mí y abrió las piernas dejando que una de mis manos las explorara por completo. Estaba excitadísima, llevó una de sus manos a mi entrepierna y me masajeó la verga hasta endurecerla al máximo.
Se puso de pie, caminó rumbo a la puerta de acceso y puso el cerrojo, volvió a donde yo estaba y se quitó las bragas negras manchadas de flujos, se abrió de piernas y bajando el cierre de mi jean liberó la verga que se clavó de inmediato. Me cabalgó así sentado en la silla del escritorio hasta llegar al orgasmo. Habiendo acabado, se puso de pie, volvió a colocarse la braga, recogió sus cosas y se fue sin decir palabra alguna.
El día del examen, volvió con la pollera corta, se sentó frente a mí esperando el enunciado de la evaluación. Se lo di, se acomodó en la silla y ubicándose bien de frente, abrió las piernas para mostrarme que no llevaba bragas.
No sé qué escribió y mucho menos si estaba correcto, pero la aprobé con la nota necesaria para que su carrera como Bachiller terminara.
Recibió la nota, se ubicó a centímetros de mi mano y levantó apenas su pollera para que le diera un último masaje a su concha caliente.
Desde aquel día no volví a verla hasta que me mudé a mi nuevo domicilio, ya retirado de la docencia.
Me la he cruzado varias veces haciendo compras por el barrio y el día 22 de diciembre coincidimos en un supermercado de la zona.
Marcela: Hola profe, ¿cómo anda?
Yo: bien Marcela ¿y vos?
Marcela: bastante bien, soy abuela, enfermera recibida y trabajo en un hospital privado.
Yo: me alegro mucho.
Marcela: jamás le di las gracias por aprobarme aquella vez
Yo: ni me hagas acordar, no sé ni lo que escribiste
Marcela: me di cuenta, ¿qué va a hacer el 31 después de las 12 de la noche?
Yo: Vienen a casa mis hijos y mis hermanas, después, no tengo idea.
Marcela: venga con su pareja a la fiesta del reencuentro, nos juntamos en un predio
Yo: hace años que no tengo pareja, vivo con mi hijo mayor y mi nieto.
Marcela: lo lamento, pero vengase, la vamos a pasar genial, hay varios ex alumnos que nos juntamos. Le paso mi teléfono, así nos mantenemos en contacto.
Me dio el número y fue directo a una de las cajas a pagar lo que llevaba. “No me falle, hace tiempo que no nos vemos y seguro que con los chicos tampoco” dijo antes de salir del comercio.
El 27 de diciembre recibí un mensaje de Marcela recordándome la cita y dándome el lugar de la reunión. La idea no mala, reencontrarme con alumnos, quizá algunos profes de aquella época y pasar un rato divertido.
Lo comenté a mi hijo mayor y estuvo de acuerdo: “Andá viejo, te la pasas todo el día acá adentro, eso sí no te pases de copas, ja ja ja ja” dijo.
El 31 cenamos, brindamos y como suele suceder, a las 2 de la mañana cada uno emprendió el regreso a su casa. Mi hijo estaba sufriendo los efectos del fernet y mi nieto se enfrascó en su computadora. “Andá tranquilo, yo me quedo en casa con la bestia” me dijo instándome a ir a la fiesta. Me di una ducha, me cambie de ropas por algo más cómodo y me fui rumbo al predio.
Llegué y le mandé un mensaje a Marcela, no quería aparecer por sorpresa y de improviso. Minutos después, se acercó a la puerta de acceso, habló con uno de los encargados de seguridad y se acercó a mí, me tomó del brazo y nos fuimos adentrando al lugar.
Obvio que algunos se sorprendieron por mi presencia, otros lo celebraron y mi anfitriona me fue haciendo recorrer cada mesa para saludar a los invitados. Surgieron los recuerdos, las risas y lentamente me fui integrando. Marcela no se separaba de mí.
Yo: Marcela, tu pareja se va a enojar si lo dejas solo
Marcela: No volví a formar pareja, vivo con mi hija y mi nieta.
Yo: estamos parecidos entonces
Marcela: ya lo creo, ¿un trago?
Yo: si, gracias.
Nos acercamos a la barra, pedimos un par de tragos y nos ubicamos en una de las mesas, comenzamos a charlar y ponernos al día después de tanto tiempo. Los compañeros de curso de Marcela desfilaban por el lugar, saludaban y recordaban anécdotas. Cuando la música se volvió más animada, nos fuimos todos a bailar. Serían casi las 4 de la mañana cuando los concurrentes empezaron a retirarse, obviamente los años no habían pasado en vano: algunos debían buscar a sus hijos en los locales bailables, otros volvían a sus casas para estar listos para el día siguiente.
Nos fuimos quedando solos, comenté que era hora de volver a casa y Marcela insistió en una última copa y un baile más. Acepté con la condición de que fuese la del final.
Estábamos en medio del baile cuando el DJ anunció que haría una única tanda de música lenta. Ella se colgó de mi cuello y comenzó a bailar muy pegada a mí.
Me hablaba al oído y se frotaba lentamente contra mi cuerpo: “No sabés lo que disfruté aquella tarde en la escuela, siempre me gustaste y esa tarde fue lo mejor en muchos años” dijo mientras la música parecía envolvernos.
Yo: fue extraño, estabas muy sensible y yo me aproveche del momento
Marcela: agradezco que te hayas aprovechado, me hiciste muy feliz
Yo: por mucho tiempo sentí que te había usado
Marcela: el mejor uso de mi cuerpo y de mis emociones
Yo: si seguís así, vas a provocarme ganas de volver a estar juntos
Marcela: ¿y que esperamos?
Yo: que me digas a donde vamos
Marcela: ¿un telo? Ni tu casa ni la mía.
La tomé de la mano, buscamos los abrigos y salimos en busca de mi auto. Una vez dentro, nos volvimos a besar como aquella tarde. Se dejó hacer, besarla, acariciarla, recorrer las piernas algo más gorditas que en aquella época, el culo más grande y las tetas un poquito más blandas que entonces pero igual de grandes. Ella estaba más descontrolada, me masajeaba por sobre el pantalón, no me dejaba poner el auto en marcha por la urgencia de sexo.
Casi enojado, la quité de encima y como pude arranqué el auto para poner rumbo al hotel alojamiento. Al llegar, me detuve en la recepción y ella se inclinó hacia la ventanilla y dijo: “La mejor habitación que tengas, esta es una noche única”, el conserje se sonrió y me extendió la llave.
Yo: Marce, pará un poquito
Marcela: esta noche va a ser inolvidable para los dos
Estacioné en la puerta que marcaba la llave. Cerré el portón de la cochera, mientras ella abría la puerta de la habitación.
Marcela: ¡¡¡Guau!! Mirá que bonita es la pieza, qué grande la cama y hasta tiene una bañera con jacuzzi
Yo: espero que podamos disfrutarla a full
Marcela: Obvio, ya me doy una duchita y vuelvo lista para todo
Desapareció en uno de los recodos del cuarto y se sintió una ducha abrirse. Mientras ella se aseaba, yo recorrí la habitación, había todo lo que te puedas imaginar. Accioné un botón de un control remoto que estaba sobre la cama y se comenzó a mover una cortina que dejaba al descubierto el cielo.
Marcela: Ale, vení a ducharte que tiene chorros de agua por todos lados.
Me reí de sus dichos y tras quitarme la ropa, me fui al baño. Parecía una nena con juguetes nuevos: accionaba cada control y recibía chorros de agua desde los costados, desde abajo, desde arriba. Un descontrol.
Nos enjabonamos mutuamente, y al finalizar la ducha escocesa, pasamos a la bañera para completar la higiene. Se secó, mostrándome que había quitado cada vello de su cuerpo, se perfumó y se envolvió en un toallon para ir caminando hasta la cama. Se tendió sobre ella y sintió el ruido del agua bajo su cuerpo.
Marcela: Cama con colchón de agua y con las estrellas como testigos de lo que vamos a hacer esta noche. Vení, acostate y hagamos lo que aquella tarde no pudimos.
Me acosté y ella se fue acomodando, retiró su pelo hacia atrás para darme una vista privilegiada de la mamada que estaba iniciando, lengüetazos de punta a punta que remataba engullendo todo lo que podía de mi verga. Masajes en los huevos para estimularlos y chupones sonoros cuando se la metia completa en la boca.
Marcela: mmm… que rica que es… ¿me chuparias la concha? Quiero lengua
Lentamente se giró y se acomodó en un 69 casi perfecto, solo interrumpido por su 1,60 de altura contra mi 1,80.
Marcela: no sabés las ganas que me quedaron de chupártela y que me la chupes. Te soñé comiéndomela, me pajee mil veces soñando con esto.
Yo: ¿no me digas que no coges desde aquella vez?
Marcela: me han cogido médicos, pero ninguno con las ganas de esa tarde
Yo: ¿es un halago?
Marcela: es algo que siempre quise y nunca me dieron. Coger, coge cualquiera
Dejamos las palabras de lado y nos dedicamos a los que habíamos venido, ella a darme placer y yo a retribuirle con cada movimiento. Tenía la concha suave y delicada, los labios hinchados y fragantes, el clítoris inflamado y el culo palpitante.
Bastaron unos movimientos para que llegara a gritos a su primer orgasmo, como si no hubiese tenido sexo por años. “Ahora sí, quiero que me la pongas tan adentro como puedas y que me hagas sentir lo mismo de aquella tarde” dijo mientras se acomodaba en medio de la cama, a 4 patas lista para recibirme.
Quizá cometí un error, pero la vi tan dispuesta que la enfundé en un solo movimiento hasta hacerle sentir que mis huevos rebotaban contra su culo.
Marcela: Bruto, despacio que quiero gozar
Me aferré a su cintura y comencé a penetrarla lentamente, atrás y adelante, desde casi salir hasta enterrarla a fondo, ella se sacudía y ayudaba a que fuese tan adentro como pudiera.
Marcela: abrime la cola, y dejala adentro por un ratito.
Le hacía caso, quería disfrutar tanto como ella pero había algo que me estaba obsesionando: el culito apretado que se mostraba como algo tentador. Le deje ir un dedo mientras le metía la verga.
Marcela: el culo necesita lubricante, está sequito y necesita humedad, así me duele.
Dejé caer algo de salilva en el agujero y traté de moverme dentro del culo.
Marcela: sigue seco, buscá algo para mojarlo
Como pude, tomé de la mesa de luz un sachet de lubricante y lo abrí para dejarlo caer en el agujerito. Luego metí el dedo y sentí como se empapaba.
Marcela: ¿qué pusiste? ¡¡Me quema!!
Agarró el estuche y leyó mientras yo seguía en el trabajo: “Es un gel de alta temperatura… es para conchas secas, no es para el orto”
Se despegó y se frotó para tratar de quitar el líquido, pero solo logró aumentar la temperatura. Se puso de pie y huyó al baño a lavarse para apaciguar el ardor. Volvió y revisó el contenido de la mesa de luz. “Este tenés que usar, es solo lubricante” dijo abriendo una pequeña botella.
Volvió a ponerse en posición perrito y descargó parte del contenido entre sus nalgas. “Este es más frío, metelo ahora” pidió y accedí, pero ya no con el dedo sino con la punta de la verga.
Ese culito no era virgen, se dilataba con facilidad y daba la posibilidad de entrar en él sin esfuerzo. Debo reconocer que Marcela era una experta en ese tema, me llevó a su interior de manera suave y delicada. Cuando ya estuve totalmente dentro, empezó a moverse suavemente, incrementando sus movimientos cuando la excitación crecía.
Marcela: ahora, movete y sacudime hasta que me llenes de lechita caliente.
Aceleraba las sacudidas de la concha y apretaba el esfínter del culo como una experta, me exprimía con una habilidad única.
Fueron unos 10 minutos donde jugó conmigo hasta extraer el último chorro de semen, mientras tanto jugaba con los labios de su concha masajeándolos y metiendo dos dedos en su interior hasta arrancarse un orgasmo feroz.
Me retuvo en su interior unos minutos, dejándose caer sobre la cama y atrapándome en su cuerpo. Ya calmada, me despidió de su culo con un esfuerzo leve.
Reposamos unos minutos, hasta que el amanecer se filtró por la ventana del techo, y las estrellas dieron paso al sol.
Marcela: Ya casi es hora, antes de irnos déjame una buena mamada de concha.
Se ubicó sobre mi boca y abriendo sus piernas me ofreció aquella conchita de la que pude disfrutar en la sala de profesores. Hoy estaba depilada, sin un solo vello, lista para ser disfrutada.
No me hice esperar y me la comí, despacio disfrutando de cada milímetro, de cada gota de flujo tibio. Me ahogaba por momentos con sus movimientos desacompasados, traté de penetrarla con la lengua hasta que en medio de gemidos, dejó caer toda su corrida.
El teléfono sonó en la habitación anunciando el final del turno. Se retiró de mí y se fue el baño meneando el culo.
Marcela: hermosa noche profe, muy hermosa. Espero que se repita.
Esas fueron las palabras con las que desapareció camino a la ducha.
Nos vestimos, subimos al auto y tras el chequeo de rigor salimos del lugar. Me extendió una tanga rosa muy empapada, y me la entregó como un regalo de año nuevo.
Marcela: es toda tuya, guardala hasta que volvamos a encontrarnos, pero no la laves, quiero que tenga mi olor, para que me recuerdes.
Llegamos a la puerta de su casa, eran las 9 de la mañana. Me dio un beso corto y me pidió que la llamara en unos días, arreglaría para tener otra sesión de sexo. “Nada de amor, solo sexo y diversión profe, ¿ok?” dijo antes de bajarse.
Antes de abrir la puerta, se giró y me tiró un beso como despedida. Puse en marcha el auto y me fui rumbo a casa.
Apenas había entrado y guardado el auto, sonó un mensaje en el celular: “La próxima vez será en casa y con un tratamiento único, voy a sorprenderte” era el texto, me sonreí y pensé que valió la pena haber ido a la reunión.
Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.
Saludos,
Alejo Sallago
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