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En la sala tuve la mejor sesión de sexo lesbico

En la sala tuve la mejor sesión de sexo lesbico 2

Apenas llevábamos cuatro años casados y la rutina se había apoderado de nuestro matrimonio. Carlos, mi marido entonces, no parecía echar de menos que no saliéramos ni hiciéramos nunca nada interesante. Yo, en cambio, me sentía deprimida y cansada de la rutina que él había asumido sin problemas. Tampoco podía hacer nada por mi cuenta porque, a medida que me iba teniendo más abandonada, se volvía más celoso; parece absurdo pero era así.

– Veo que estás arreglándote. ¿Vas a salir? – me dijo, viendo que me estaba arreglando.

– Sí, a visitar a una amiga de la Facultad.

– Bueno, pero no tardes demasiado. Estarás antes de la cena, supongo.

¿Ya empezábamos con los celos estúpidos? No me gustaba ni su actitud ni el tono de su voz, y le respondí que volvería a casa cuando quisiera. Él se enojó y empezamos a cruzar frases, en un tono cada vez más alto, hasta que con un portazo di por terminada la discusión y salí de casa. Como siempre, después de discutir me sentí muy mal; y estas discusiones se habían hecho frecuentes. No me sentía de humor para hacer visitas pero tampoco quería volver a casa y que él se creyera que había dejado de ir por él. ¡Estaría bueno que no pudiese visitar a una amiga por sus celos!.

La verdad es que a mi amiga Irene no la había visto casi desde que termináramos la carrera. Pretendía convencerme a mí misma de que no había tenido tiempo para verla pero los verdaderos motivos eran la dejadez y Carlos, que me absorbía completamente. Cuando tenemos pareja, nos olvidamos muy fácilmente de las amistades. Ahora vivía sola en un pequeño apartamento. Realmente me alegré de verla. Una mirada antes de que nos diéramos un beso y un abrazo, bastó para darme cuenta de que seguía siendo una mujer atractiva, puede que incluso más. Ella siempre había sido más provocativa en todos los sentidos: en su forma de vestir, al hablar, tratando con los chicos… Le dije que estaba guapísima con ese pelo castaño largo tan rebelde, recogido de una forma que me gustó mucho. Se mostró muy contenta de verme y nos sentamos para hablar de nuestras cosas. Yo también estaba encantada de verla pero se dio cuenta de que no era tan feliz como decía. Fue al hablarle de Carlos.

– ¿Problemas de pareja? No me cuentes nada si no quieres – me dijo, pero yo sí que quería hablar de mis problemas. ¿Quién mejor para escucharte que una amiga?.

– Sí, nuestra relación no está en su mejor momento. Nos queremos mucho, pero Carlos es cada día más aburrido y más insoportable con sus celos. Ya te digo que esta tarde no quería que viniese a verte.

Le conté a todo y ella se portó como una buena amiga, escuchando y consolándome en sus brazos.

– Hombres… ¿Quién los necesita? – me decía, después de un buen rato hablando.

– Tienes razón: viviríamos mejor sin ellos.

Callé, más aliviada después de confiarle mis preocupaciones.

– Y tú, ¿qué? ¿No tienes pareja? – le pregunté.

– Hace tiempo que no me interesan los hombres.

– Eso es una novedad. Recuerdo que en la Facultad todos iban detrás de ti. Y ahora estás más guapa todavía.

– Gracias, tú sí que estás guapa. Si te digo la verdad, descubrí que hay cosas más interesantes que tener siempre a un hombre detrás de mí.

Yo estuve a punto de preguntar cuáles pero pensé que se había hecho tarde, y después de despedirme de ella, volví a casa. No eran todavía las nueve pero por mucho que me dijese que regresaría cuando quisiera, tenía a Carlos en mi cabeza. Finalmente se había salido con la suya. Mi matrimonio siguió igual. Discusiones a diario, recriminaciones, celos y enfados. Yo le echaba en cara que nunca hacíamos nada interesante y él se excusaba diciendo que estaba cansado de trabajar. Eso sí, era hablarle de cualquier conocido, daba igual que fuera un compañero de la oficina o el peluquero, y él ya se sentía celoso.

Lo que no dejé de hacer fue visitar a mi amiga, ya podía decir él lo que quisiera. Creo que siempre pasa igual: cuando dejamos de sentirnos a gusto con la pareja, descubrimos que necesitamos de las amistades para tener su consejo y sobre todo para que soporten nuestra autocompasión; y mi amiga fue muy paciente escuchando mis problemas. La verdad es que la envidiaba un poco, o quizá bastante, por su vida libre. Ella me propuso salir más de una vez pero yo no quise ir más allá del bar de la esquina.

– Vamos, diviértete. Tú sabes que él no tiene razón. No dejes que decida lo que puedes o no hacer – me decía, y tenía toda la razón.

– Para ti es fácil decirlo, que no tienes que dar explicaciones a nadie. Ya verás cuando tengas pareja y él tenga celos.

– Eso no me ocurrirá – me respondió muy seria.

Luego calló, como dudando lo que me iba a decir.

– Mira, existen muchas más posibilidades de las que tú te crees. Hazme caso: lo he descubierto con la experiencia de estos años.

¿De qué me estaba hablando? ¿Con qué iba a sorprenderme ahora?, me preguntaba yo.

– Perdona, no entiendo a qué te refieres.

– Es que a una mujer tan guapa como tú le sería fácil encontrar pareja, buscar sensaciones nuevas…

– Imposible. Me conozco bien y sé que no sería capaz de engañar a Carlos con otro hombre.

– Es que yo no estaba pensando en otro hombre… – añadió, acercando su cara a la mía.

Noté su voz apagándose en la boca que me acariciaba con su aliento. Nunca habría imaginado que pudiera pasar algo así pero el brillo de sus ojos no invitaba al error. Aunque ella fuera una mujer, yo reconocí ese brillo.

– No entiendo – le mentí, sofocada, casi sin poder hablar.

– A ver si entiendes esto…

Y me besó. Sus labios tocaron los míos y cerré los ojos por puro reflejo, sorprendida por un terrible cosquilleo desde los labios hasta la garganta… Me sujetaba los hombros con suavidad y estuve a punto de dejarme llevar y envolver por su abrazo, pero sentí su mano sobre mis pechos y luego en mi pantalón y desperté… Abrí los ojos y vi las largas y negras pestañas de los suyos y recordé que era una mujer. Aquello no podía estar pasando. Me eché atrás, asustada, y me levanté. Rápidamente fui a la percha a por mi abrigo.

– Tengo que irme – le dije, nerviosa y sin atreverme a mirarla.

– Perdona, no quería ser brusca. Pero hazme caso: existen muchas sensaciones que no conoces. Debes abrirte. Yo te considero una mujer muy atractiva.

– Carlos es mi marido y yo siempre le seré fiel.

– Pero el beso te ha gustado, ¿verdad?

Su seguridad me enojaba y me limité a despedirme con un frío buenas noches y me marché. Estaba alucinada con lo que había ocurrido y muy molesta con ella. No entendía que Carlos era mi marido y que yo le quería, pese a todas sus tonterías; y había estado a punto de traicionarle de la forma más increíble… Bueno, tampoco le había traicionado porque era ella la que me había besado a mí. ¿Me había gustado el beso? Pues claro que no, aunque reconocí que sabía besar… ¡Pero qué estaba pensando! Llegué a casa muy alterada y esforzándome por parecer tranquila.

Ni que decir que dejé de visitarla desde ese día. Ahora entendía a qué misteriosas experiencias nuevas se refería y qué quería decir con eso de que había algo mejor que los hombres. ¿Sería mejor? Más tonterías que pensaba. Lo que tenía muy claro es que no la iba a perdonar y que no volveríamos a vernos después de lo que había pretendido hacer. También es verdad, quisiera reconocerlo o no, que temía lo que pudiera ocurrir si volvía a visitarla.

Una tarde, al volver del trabajo, encontré a mi marido muy sonriente y esperándome.

– Arréglate, cariño, salimos esta noche.

– ¡Vaya sorpresa, me encanta! ¿Y adónde vas a llevarme?

– Es que mira – empezó a decirme, con tono muy serio – He notado que últimamente has dejado de visitar a tu amiga y he hablado con ella esta tarde. No me lo ha dicho pero sé que habéis dejado de veros por mi culpa y eso no me gusta. Me he portado muy mal contigo y quisiera que hubiera confianza entre nosotros. Para compensarte, le he dicho que quedáramos los tres para conocernos mejor ella y yo, y me ha propuesto salir a tomar algo.

Por un lado me sentí feliz de que se hubiera dado cuenta de que tenía que confiar en mí, pero por otro me sentí conmovida porque creí que no me había portado bien con él. En cuanto a la idea de salir los tres…

– No sé si me apetece mucho salir hoy.

– ¡Vamos! En serio, te prometo cambiar a partir de hoy.

Tuve que decirle que sí. Parecía sinceramente arrepentido de sus celos y yo no podía negarme. En cuanto a ella, hubiera preferido no volver a verla. Aunque quizás quisiera recuperar mi amistad. La perdonaría, pero que no pretendiese nada más. Los asientos de la barra estaban todos ocupados de gente riendo y hablando de sus vidas entre caña y tapa, mientras los camareros entraban y salían de la cocina llevando raciones en las bandejas. Sólo quedaban sitios en las mesas e Irene nos hizo una señal para que la viéramos. Nos sentamos con ella y yo la saludé educada pero algo fría.

– ¿Tú eres Carlos? Encantada, Fernanda siempre me habla maravillas de ti y de lo feliz que es desde que estáis casados – le dijo, y se dieron un beso. ¿Qué yo siempre le había contado maravillas de mi marido? ¡Vaya cinismo! Poco iba a poder perdonarla si empezábamos así.

– ¿Traigo la carta y pedimos algo para comer? – preguntó Carlos.

– No es necesario, ya he pedido yo un par de raciones. He comido antes aquí, y hacen unas raciones buenísimas. Espero que os guste lo que he pedido.

Empezamos a hablar de nuestras cosas hasta que el camarero nos interrumpió para dejar sobre la mesa una fuente de barro repleta de almejas, tres platitos para echar las cáscaras, y un canasto con panecillos. Era la primera ración: almejas en su salsa.

– ¿Os gustan las almejas? – nos preguntó.

– Sí, la salsa está muy buena – respondió mi marido, mojando un trozo de pan en la salsa. No mentía: la salsa verde con sus ajitos y su perejil era deliciosa.

Yo empecé a comer. Tenía hambre y me gustaban mucho las almejas.

– A mí es que me encantan las almejas. Meter mi lengua entre la cáscara y llegar hasta la carne – añadió Irene, y cogió una almeja para abrirla delicadamente… e introducir su lengua en la almeja, muy despacio y para que pudiese verla bien, mientras me miraba a los ojos. Esa mirada me hizo soltar la almeja que tenía entre mis dedos y ruborizarme. Ella pareció divertida con la cara de sorpresa que debí poner.

– Cielo, se te está cayendo la salsa al mantel – me advirtió Carlos, y vi una mancha verde en el mantel.

Él seguía a lo suyo, sin darse cuenta de nada, comiendo más almejas que nadie y arrebañando la salsa con trozos de pan. Yo era la que menos comía, y me daba cuenta de la mirada provocadora y divertida de Irene sobre mí. Su lengua se me insinuaba cada vez que se introducía en una almeja para alcanzar la carne. Dicen que las ostras son afrodisíacas pero yo estoy segura de que las almejas tienen que serlo tanto o más. Me sentí excitada, furiosa y con ganas de irme, todo a la vez. Enojada, me dieron ganas de volcarle la fuente entera de las almejas, pero luego pensé en cómo serían esos labios cubiertos de la salsa verde… Otra vez recordé aquel maldito beso. Por fin se terminó la fuente.

– Buenísimas – sentenció mi marido.

– ¿Verdad que sí? Yo es que prefiero el pescado a la carne – dijo ella.

– Pues tienes razón, donde estén el pescado y el marisco.

– ¿Y tú, Fernanda, qué prefieres? ¿La carne o el pescado? – me preguntó ella, con toda la inocencia que podía fingir.

– Ehh… la verdura.

Me sentí indignada pero con ganas de reírme con la dichosa preguntita. ¡Menuda era mi amiga! Hasta aquel día que me había besado, yo había creído conocerla muy bien, pero aquella noche iba a descubrir muchas más cosas de ella. Llegó la segunda ración: tortilla española. Esta vez sí entendí el plato a la primera. Era tan descarado que me dieron ganas de levantarme del asiento, de reírme o de las dos cosas a la vez. Al final me comí mi trozo de tortilla en silencio.

– La tortilla la hacen muy bien aquí, ya veréis.

– Ah, pues tienes que ver qué tortillas más ricas sabe hacer Fernanda: con sus patatas, su pimiento y su cebolla – comentó mi pareja, totalmente inconsciente de lo que estaba ocurriendo en aquella mesa entre esa mujer y yo, poniéndole las cosas todavía mejor.

– ¿De veras? Pues me encantaría verlo – dijo ella, con una sonrisa irónica e insinuante para mí.

No podía creerme aquello. Una mujer me estaba seduciendo y Carlos no se daba cuenta de nada sino que, inconsciente, le seguía los comentarios.

– ¿Y qué comemos ahora? ¿Algún bollo de postre? – pregunté yo muy sarcástica, cuando se acabó la tortilla.

– ¿Bollos? ¿En serio te apetece comer algo dulce? – me dijo ella, como si le extrañara mi comentario.

– Yo estoy lleno – dijo mi marido, y yo tampoco tenía hambre.

Sí creía que con el café se acababa todo, estaba muy equivocada.

– Oye – me dijo Carlos – Estoy pensando que ¿por qué no salís un poco vosotras solas, para hablar de vuestras cosas?.

El Carlos de siempre jamás me habría propuesto algo así. Se había tomado muy en serio lo de cambiar pero, por una vez, hubiera preferido que fuera el celoso y aburrido de siempre.

– ¿Seguro que no te importa? – le preguntó la muy descarada.

– Claro que no.

– ¿Podemos hablar un momento en privado? – le dije a Carlos.

Fuera del bar, le dije que me encantaba que hubiera decidido ser menos celoso, pero que tampoco tenía por qué hacerlo.

– Mira, yo quiero que seas feliz y que tengas tus amistades. Confío plenamente en ti porque sé que nunca me engañarías con otro hombre.

¡Aquello era demasiado! Si él hubiera sabido lo que tenía Irene en mente…

– Pero… ¿estás realmente seguro?.

– Claro, cariño. Puedes salir con tu amiga siempre que quieras. Lo importante es que te lo pases bien.

Él tenía razón: me lo iba a pasar muy bien esa noche. Me besó y me dejó realmente pasmada. ¿Qué podía hacer yo? Había sido fiel pero él sería culpable de lo que pudiera ocurrir. Me di por vencida, y cuando volvimos a sentarnos, alargué mi pierna hasta rozar la de Irene. Ella se sorprendió un poco, pero no mucho: estaba muy segura de salirse con la suya. Luego me sonrió de una forma, como advirtiéndome de todo lo que podía pasar aquella noche… Era la señal de mi rendición: había claudicado y ahora sentía mucha curiosidad por lo que pudiera pasar. Acarició mi rodilla con la mano con suavidad. En buenas manos me dejaba Carlos esa noche. Carlos se fue y llegó el momento que tanto temía: el momento en que nos quedamos solas las dos.

– Ya te vale, ¿no? – le dije.

– ¿A qué te refieres?

– No te hagas la inocente… En la Facultad siempre querías salirte con la tuya y no has cambiado. Y ahora, ¿por qué no vamos a tu casa?.

La petición la sorprendió un poco más. Yo estaba envalentonada. ¿Es que yo no podía tener la iniciativa también?

– Me parece bien, así tendremos tiempo para poder hablar.

Nunca perdía el sentido de la ironía! Me parecía mentira lo que había ocurrido esa noche. Y todavía quedaba lo mejor. Ya en su casa, sacó el llavero para abrir la puerta del apartamento. Buscó la llave adecuada con tranquilidad, manteniendo el dominio que tenía siempre. A mí, en cambio, oír el tintineo del manojo de llaves me desesperaba. Cogí su muñeca y el roce de su piel fue suficiente para acelerar mis latidos. Nos quedamos las dos en silencio en aquel pasillo.

– ¿Sabes? Hay algo que no puedo olvidar desde aquel día… – empecé a decir.

– ¿Puede ser esto?.

Y no me permitió acabar porque noté sus manos sujetando mis mejillas mientras me rozaba la piel suavemente con las yemas de sus dedos. Cerré los ojos y tuve su boca en la mía. Cuando ella comió mis labios con suavidad pero con ganas, viví la misma sensación que había tenido aquella vez. También ahora los pelillos de la piel se me pusieron tiesos como escarpias y me inundó la misma sensación de calor… Luego ella se separó. Abrí los ojos y seguíamos en un pasillo, delante de la puerta del apartamento.

– Sí, era esto… lo que quería recordar… – dije con la voz entrecortada.

– Será mejor que entráramos, antes de que aparezca algún vecino.

Tenía razón y entramos. Apenas se había cerrado la puerta y yo quería que nos besáramos otra vez. No podía haber dudas: su beso me había gustado; nunca me habían besado así. Pero ella no se conformaba con besarme. Con sus dedos desabrochó mi blusa y luego pasaron por el hueco de entre los pechos. Tampoco me habían tocado así. Pensé que sus dedos eran largos y finos, no como los de Carlos, y más adecuados para acariciarme suave y cuidadosamente, en vez de manosearme con prisa como hacía él. No se abalanzó sobre mis tetas sino que esperó a quitarme el sujetador con mucha calma. Luego los sostuvo en sus manos y los estrujó y acarició, rozándome los pezones con los pulgares, sin que dejáramos de besarnos. Pensé que su lengua era mucho más hábil y deliciosa que la de Carlos. Ya me lo había demostrado comiendo aquellas almejas. Buscaba mi lengua para derretirla en mi boca como si fuera un polo. También sus manos eran más habilidosas. Muy lentamente, se quitó la blusa y el sujetador. Cuando rozó mis pechos con los suyos, entendí que había cosas que no había imaginado nunca. Hundió sus dedos bajo mi falda…

– ¿No te dije que me gustaban mucho las almejas? – me dijo ella, muy excitada.

– Pues esa almeja está muy caldosa… – le respondí, no menos excitada que ella.

– No hace falta que lo digas porque la estoy tocando.

Notaba sus dedos acariciando mi entrada y eso fue demasiado para mí. Nunca me habían tocado así y ella lo hizo despacio y con tranquilidad, como me gustaba, entreteniéndose en la cara interior de los muslos y luego en los labios. Después, en el botón que había más adentro. La besé otra vez, como queriendo agradecer el placer que me daba. Cuando sacó sus dedos, estaban brillantes por la humedad. Acercó su anular y yo lo chupé encantada. Era terriblemente morboso probar el jugo de mi propio sexo.

– Estás muy caldosa., sí – dijo ella – Quiero probar esa salsa.

Y me llevó a su cama. Unas pocas horas antes, lo último que hubiera pensado es que me desnudaría por voluntad propia para meterme en la cama con otra mujer. La vi más hermosa que nunca. Siempre me había parecido guapa pero ahora era más que guapa… Ella se había salido con la suya y había cambiado completamente las reglas esa noche. Me guió con sus manos y con mucha delicadeza para que me recostase sobre la cama. Me había tocado pero ahora iba a mostrarme cómo se comía una almeja… Después de besarme arrastró su lengua despacio por mi cuello, mis pechos y luego por mi vientre. La notaba húmeda como un caracol que se arrastra lentamente. Besó mi empantanado bosque de Venus y abrió su boca para mordisquearme con mucha suavidad la parte interna de los muslos. Su lengua entrando y moviéndose con rapidez, buscando la salsa que me cubría… ¿Cómo había podido vivir hasta entonces sin una boca así?.

Ajena a los gemidos entrecortados y agudos que salían de mi boca, ella no dejó de comer toda la salsa que había en mi sexo. Nunca podría haber aprendido Carlos a hacer esto. Abrí los ojos y vi la brillante luz de la lámpara en el techo. En realidad, no la veía porque había dejado de prestar atención a otra cosa que su lengua. Hasta que cerré los ojos y gemí una última vez. Fue un gemido más prolongado. Luego mi cuerpo dejó de temblar y se relajó completamente. Su boca había dejado de comerme el coño y la noté otra vez en mi cara, invitándome a que la besara. Nos abrazamos. Hubiera querido dormir con ella pero tuve que dejarla. Esta no fue, ni mucho menos, la despedida fría y violenta de la última vez. Le dije que volvería en cuanto pudiese. También quise decirle que había sabido hacerme gozar de una forma increíble pero no hacía falta que lo dijese, eso ya lo sabía. Me marché en silencio.

Era tarde cuando llegué a casa pero no me importaba. Tampoco parecía importar a Carlos, que dormía tan plácido. Le miré un momento, pensativa, casi algo culpable, pero duró poco: estaba agotada y me cambié para acostarme.

A partir de entonces se terminaron los celos. Él me dejó hacer y yo aproveché, pero que muy bien, esa libertad. Agradecí la confianza recibida pero si él hubiera puesto además un poco de interés… Nuestro matrimonio se acabó poco a poco y él ni se dio cuenta. Se conformaba con que no hubiera discusiones: creía que eso bastaba para que nuestra relación pudiera funcionar.

Al final lo supo porque tenía que decírselo. Ya no quería dormir con él, y menos hacer el amor. Me encontré diciéndole cosas que jamás habría creído que tendría el valor que decir. Él pasó del completo estupor a la furia, pero no quiero dar detalles tan desagradables. Furioso, me gritó cosas muy ofensivas, pero no traté de defenderme. Entendía su cólera. Si él quería creer que le abandonaba porque era una lesbiana por naturaleza, allá él. En mi defensa, diré que descubrí mucho más que placer sexual con Irene. Si él me hubiera escuchado como ella y prestado el mismo interés, nuestro matrimonio no habría terminado así. Quizá le hubiera dado otra oportunidad. Ahora no me arrepiento de nada.

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