El taxista y yo
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Era un caluroso día de verano. Me había levantado por la mañana para ir a ver un concierto. Me puse una minifalda muy ajustada y un tanguita rojo que se me metía por el coño y me lo apretaba fuertemente. Me puse también una blusita casi transparente que me marcaba mucho los pezones.
Esa mañana hacía mucho calor. Me metí en mi coche y coloqué la llave para poder arrancarlo, pero hizo un ruido extraño y del capó empezó a salir un espeso humo negro. Llamé al mecánico y me dijo que en tres días se pasarían a recogerlo.
Fui corriendo a la calle y me dispuse a pedir un taxi. Poco después apareció un taxi a lo lejos. Alcé la mano y disminuyó lo marcha hasta detenerse donde yo estaba. Me metí dentro, en el asiento delantero, junto al taxista.
Era un hombre maduro, de unos 40 años, con barba de días, moreno, ojos negros, musculoso y guapo. Tenía la camisa abierta, mostrando el pelo del pecho. El hombre se percató de que lo estaba observando y preguntó:
– ¿A dónde va, señorita?.
– Al concierto, en la plaza de toros.
Lo cierto es que la plaza de toros estaba bastante lejos de mi casa, así que tardaría bastante. El taxista empezó a hablarme:
– Eres una mujer muy guapa, seguro que alguien ya te ha echado el lazo. ¿Me equivoco?.
– Pues sí, se equivoca.
– ¿Cuántos años tienes, reina?.
– 21.
– Yo 39.
– ¿Casado?.
– No. Otra cosa, ¿Cómo te llamas?.
– Sara. ¿Y tú?.
– Marco.
Sentí escalofríos. En mi interior quería que ese hombre me follara apasionadamente, que me metiera su polla hasta hacerme gritar de placer. Quería que su semen me inundara por dentro como si fuera una manguera. Pensando en ello, empecé a frotarme las piernas para contenerme. Marco lo notó.
– ¿Te pasa algo, reina?.
– No, nada.
El calor sofocante de aquella mañana se mezcló con el de aquel momento de erotismo contenido, así que mis pezones se pusieron duros, marcándome la blusa. El taxista paró en el arcén, se me acercó a la cara, sintiendo su respiración en la mía, y me preguntó:
– ¿De verdad?
Entonces contesté:
– Bueno, en realidad sí que me pasa algo.
Me acerqué yo entonces a él, y le dije:
– Quiero follar contigo.
Él se quedó paralizado un momento. Paró el cuentakilómetros y me dijo:
– Te llevaré a un sitio genial.
Entonces puso en marcha el motor y se puso a conducir. Llegamos a un prado, a las afueras de la ciudad. Bajamos del taxi. Marco sacó del maletero una manta roja de algodón. Caminamos hasta un claro con una vista genial de la ciudad. Extendió la manta; me pidió que me sentara. El se sentó a mi lado. Extendió su mano y la puso sobre mi coño. Empezó a frotarlo muy despacio, cada vez más fuerte. Le dije que parara un segundo.
Le tiré al suelo. Le desabroché uno a uno los botones de la camisa, mostrando así su increíble pecho musculoso.
Luego, fui lentamente recorriendo su torso, hasta que llegué a sus vaqueros. Le desabroché la cremallera y le quité los pantalones. Vi que su polla estaba tiesa. Empecé entonces a recrearme, sobando su polla y metiéndomela en la boca. Comencé a hacerle una mamada. Fui lamiendo poco a poco su enorme pene, sintiendo el calor que salía de él. Antes de que se corriera, me quité la blusa y todo lo demás. Entonces me subí encima de su gran polla cachonda, colocando mi coño en la punta. Así, pronto estaba subiendo y bajando, mientras gemíamos de placer. Yo estaba la mar de caliente, así que comencé a gritar de gusto. Marcos se corrió, mientras mis pezones se ponían duros en el momento del orgasmo. Luego, le lamí la polla, chupando todo el semen que salía de ella. Nos morreamos y nos despedimos.
Autor: Xsara
