Dulce espera junto al fuego

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Eli esperaba impaciente la llegada de Daniel. Fuera llovía, pero en la casa se notaba el agradable calor que proporcionaba la chimenea. Llamaron a la puerta con los nudillos; sabía que era él. Abrió emocionada. ¡Al fin juntos después de tantos años!

Sus labios se besaron suavemente. Ella estaba vestida con un corsé negro, un tanga, sus medias de rejilla y sus zapatos de tacón. Su larga melena le acariciaba la espalda. Le ayudó a quitarse la chaqueta mojada, después le tomó de la mano y lo condujo hacia el improvisado lecho frente a la chimenea. Le ofreció un vaso con bourbon, desabrochó despacio su camisa y la puso en la silla. Quitó sus botas y deslizó su pantalón hasta sacarlo. La lluvia había empapado su ropa.

Cuando estuvo desnudo por completo, Eli comenzó a besar sus labios con dulzura, jugueteó con los lóbulos de sus orejas, bajó besando su cuello y siguió hasta su pecho. Mordisqueó sus pezones y los lamió. A ella le gustaba recorrer el cuerpo de Daniel con su lengua mientras notaba su excitación. Siguió con su juego. Cuando llegó a su pene, lo acarició tan suave como si su mano flotara en el aire. Sonrió a Daniel y bajó su boca hasta que con su lengua rozó el glande. Fue una simple caricia, pero él no pudo evitar arquear su cuerpo. La lengua de Eli estaba jugando con su pene, lo lamía despacio, comenzó a introducirlo dentro de su boca y a chuparlo despacio, de arriba abajo, movimientos acompasados, casi mecánicos. Le encantaba notar cómo iba creciendo con cada movimiento de su boca. Al mismo tiempo que lo chupaba, su lengua lamía la punta cada vez más rápido. Los gemidos de Daniel se mezclaban con el chisporroteo de la leña ardiendo. Las llamas de la chimenea iluminaban la cara de Eli, sus ojos brillaban y su cabeza seguía moviéndose despacio pero con intensidad. Ella también se estaba excitando con el juego, su sexo estaba húmedo y muy, muy caliente. No quería que Daniel se corriera todavía. Había esperado mucho tiempo para este encuentro y quería que fuera especial para los dos.

Descansaría de su juego, tomaría un trago de whisky, se besarían con pasión y seguiría acariciando el cuerpo desnudo de Daniel. Él comenzó a acariciarla, la desnudó con ternura. Se fueron excitando y cuando ya estaban los dos a punto de estallar, la tumbó contra el respaldo del sillón y la penetró. Su pene entraba dentro de ella y con cada embestida se agitaba más y más, mientras le acariciaba el clítoris. Pensó que no podría aguantar tanto placer. Entonces Daniel sacó su pene, la puso frente a él, la besó y, tomándola en sus brazos, la tumbó de nuevo en el lecho.

Siguieron haciendo el amor hasta la madrugada, perdiendo la cuenta de las veces que se corrieron.

Lo único seguro para los dos era que la espera había merecido la pena.

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