Después de clase (Ciudad Caliente 1)

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―Jenny, necesito verte en mi oficina a las 20:30.

La frase del profesor Cristian di Giacomo todavía resuena en la cabeza de Jenifer, pero esta cita ―por llamarla así― no es repentina ni inesperada para ella. Las miradas entre los dos comenzaron ya en las primeras semanas de la cursada, y ella buscaba cualquier excusa para quedarse charlando con él: que no entendía algo, que había leído lo otro…, o simplemente lo dejaba hablar, porque di Giacomo es una eminencia en Sociología, y a ella le encanta el tema. Y le encanta Cristian di Giacomo.

Las primeras señales de que la atracción es mutua le llegaron cuando se lo cruzó en un pasillo. Ella lo saludó como al pasar, y él se volvió para saludarla apropiadamente. No se dieron ni un beso en la mejilla, pero le preguntó si estaba estudiando y si le estaba yendo bien. Ella le contestó que sí y ―por alguna razón incomprensible― le mostró unos apuntes de otra materia. Él le elogió la letra y la redacción, pero siempre manteniendo una respetuosa distancia. El perfume, duro y masculino, le llegaba en oleadas cuando él se movía. Sólo cuando se despidieron, Cristian le apoyó la mano levemente en el hombro. Por suerte la retiró rápido y se fue, porque a ella se le erizó la piel y se quedó sin aire y sintió que la ropa le molestaba.

Es que, desde antes de conocerlo, Jenny ya admiraba al doctor Di Giacomo. No sólo había leído sus libros ―no comparte la opinión general de que son excelentes somníferos―, sino que subrayó párrafos y meditó frases. Ese hombre comparte su mirada del mundo, y su forma de escribir y de hablar demuestra aplomo y sabiduría. Tenerlo como profesor era un sueño húmedo. Y cuando estuvo frente a ella por primera vez vio que a sus 40 años se veía muy atlético y prolijo. Lo único que la había frenado hasta ahora de ponerse más melosa es que él estaba casado. Así que hace lo único que puede. Por las noches, antes de irse a dormir, busca en internet videos de sus conferencias y los pone a todo volumen en sus auriculares. Sus dedos, solos, se cuelan entre sus muslos y se mueven al ritmo de la sensual voz del gran profesor. La mente de Jenny vuela de excitación: sueña con bajarle los pantalones, ver su virilidad en primer plano, hacerlo perder el control. Y con que le enseñe una cosa o dos en la cama… o en el escritorio. Y ya no con palabras grandilocuentes, sino con acciones puramente físicas. Y en ese ritual nocturno ella logra húmedos orgasmos, que cada vez la calman menos.

Por lo menos no tiene hijos, se dice ella como excusa, mientras camina por el frío y ancho pasillo hacia la oficina. Son las 20:28, y en esa ala de la facultad ya no queda nadie.
Entra en el baño y se mira al espejo, se acomoda el jean y la remera corta que deja a la vista su ombligo. El maquillaje negro en los ojos y en los labios todavía se la banca, aunque con esas espantosas luces fluorescentes que zumban como moscas, su rostro blanco parece resplandecer. Duda, pero no en seguir adelante ―a esta altura, ya no puede dar marcha atrás, su cuerpo hierve de sólo pensar en estar a solas con él―. La duda es si la llama para “eso”, o realmente por alguna consulta de la cátedra. O sea, imaginar a Cristian Di Giacomo perdiendo el control es una fantasía ―cada vez más recurrente y explícita en su ritual nocturno―; pero la realidad lo muestra muy serio y correcto y equilibrado. Qué locura estoy haciendo, le dice a la imagen que le devuelve el espejo. Y también se promete a sí misma que esperará las señales antes de quedar como una putita.

En su oficina, Cristian observa el reloj de pared: las 20:29. Nota que el corazón le palpita a mil. ¿Qué está haciendo? ¿Por qué Jenifer le provoca este deseo irrefrenable? Tantas veces las estudiantes lo han seducido, y él siempre se mantuvo impertérrito. ¿Por qué ahora cometió la estupidez de invitarla a su oficina?

¿Y si se va antes de que ella aparezca? La siguiente clase le inventará que tuvo una emergencia o algo así. O no le dirá nada, eso es mejor: él no le debe explicaciones a nadie. La pendeja ya se olvidaría.

Su mente molesta va constantemente a Silvana, con quien últimamente todo es incómodo y más frío que nunca. Hace meses que no tienen intimidad, y eso que su mujer es realmente bella, mantiene su silueta y ni siquiera debe teñirse el pelo. Pero su rigidez lo cansó, ella no sabe ser creativa ni espontanea. En cambio, Jenny es pura chispa; al menos en su cabeza: se la imagina desnuda y deseando complacerlo, de rodillas rogando por más.

Él no es idiota, sabe que ella se siente atraída por él. Lo supo desde aquella vez que estúpidamente se acercó a saludarla en un pasillo: cuando él le tocó el hombro, ella se quedó de una pieza. ¿Pero hasta qué punto lo adora? ¿Es un capricho juvenil o busca algo serio? ¿Será tan fogosa como parece, o es pura actitud? Arriesgar su matrimonio con Silvana por una apuesta poco segura es algo para pensar. Jenny está buenísima, sí; pero, y después de que cogieran, ¿qué? Jenny querría jugar a los noviecitos, o le pediría que dejase a su esposa. O, incluso, amenazaría con contarle todo a Silvana. Todas esas cuestiones debe tenerlas en cuenta.

Y por otro lado… No puede dejar pasar la oportunidad. Jenny es dolorosamente hermosa y sencilla, y la admiración que tiene por él lo conmueve y lo excita en partes iguales. Y eso no le pasó nunca en quince años de carrera, él no es así. ¿O sí lo es?

Los golpes en la puerta lo sacan de sus cavilaciones. La silueta de Jenny es inconfundible incluso tras el vidrio esmerilado.

―Adelante.
Jenny entra y cierra la puerta:
―Permiso, profe. Quería verme.
―Sí, sí. Pasá, sentate.
Jenny sonríe, pero no se sienta. Sin soltar el cuaderno que tiene en la mano, mira la oficina como si la inspeccionara.
―Sí ―dice él―, acá es donde paso mis días, donde corrijo y donde escribo.
Ella señala la biblioteca y se acerca a mirar los títulos:
―¿Leíste todos?
Cristian la observa desde su asiento: la parte baja de la espalda desnuda, el culo parado.
―Los de abajo, sí. Los de arriba todavía no.
Ella lo mira por encima del hombro:
―Qué ordenado.
―No voy a negarlo.
―¿Cuál es tu favorito?
―Uh, qué difícil. Tantos.
―Pero uno.
―Fijate ahí abajo, uno de lomo azul y letras amarillas.
Jenny se agacha, el culo se le marca en el jean. Cristian se tensa, pero no aparta la mirada.
Ella se arquea de más, para darle una buena vista. Agarra el libro que él le indicó, se gira hacia el escritorio:
―No conozco al autor.
―Es comprensible. No es muy famoso, pero es muy claro explicando. A mí me inspiró mucho.
Jenny ojea un poco el amarillento libro, huele el papel.
―Me encanta el aroma a libro viejo.
Jenny ve que Cristian asiente:
―Si te gusta esta carrera, no me sorprende. Los nerds tendemos a juntarnos.
Jenny ríe y le da el libro, manteniendo la distancia:
―¿Me leés un párrafo? ―La sola idea de oírlo leer le provoca un escalofrío. Sería como en sus rituales nocturnos, pero en persona.
Él duda un poco antes de agarrar el libro:
―Seguro.
Jenny se sienta al borde de la silla, cree que de pie le temblarán las piernas. Cristian se pone a buscar algún párrafo interesante.

―Acá, mirá este. ―Él se sienta mejor, carraspea, acerca el libro a la luz de la lámpara―. “El verdadero conflicto de las estructuras asimétricas no radica en la norma impuesta, sino en la resistencia forzada del individuo”. ―Cristian la mira un instante. Y eso la obliga a abrirse un poco de piernas para soportar la calentura―. “Cuando dos cuerpos entran en un espacio de fricción institucional, el orden aparente cede ante la urgencia del impulso subyacente”. ―Cristian hace una pausa y vuelve a mirarla. Ella asiente, está evitando morderse el labio: aquello es mucho mejor que verlo en un video mal grabado―. “La sumisión a la autoridad cesa de ser un acto de obediencia pasiva y se convierte en una entrega voluntaria, donde el dominado busca activamente la profundidad del impacto normativo para convalidar su propia posición”.

Cristian cierra el libro y la mira alzando las cejas.

―Ajá ―dice ella, aunque le parece que suena más como un gemido―. Ya veo. Un poco fuerte lo de sumisión. ¿No?
―No te di el contexto, por eso te suena así. Pero fijate que habla de un acto de entrega voluntaria.
Cristian se pregunta si ella se había excitado tan sólo escuchando su voz. Se le habían encendido las mejillas y parecía contenerse.
―Me da curiosidad lo del impacto normativo ―dice ella―. En ciertas situaciones los límites se vuelven difusos.
Él le entrega el libro y le señala la biblioteca. Ella lo agarra.
―Algunos dicen que los límites están para romperse.
Ella asiente mientras va hasta la biblioteca pensando que están rompiendo límites ahora mismo. Guarda el libro en su lugar. Se gira y se apoya contra el mueble:
―¿Para qué me citaste, me fue mal en el parcial?
Cristian se levanta, se acerca a ella lentamente:
―Sos mi mejor alumna, Jenny. Sabés que no te fue mal.
Jenny saca pecho, se acomoda un mechón detrás de la oreja y coloca las manos al costado del cuerpo. Él está a pocos centímetros:
―¿Profe?
―Nunca hice algo así, Jenny.
―¿Algo así como qué?
―Citar a una alumna en mi oficina sin…, para… ―Respira hondo, se siente acalorado―. No salí nunca con una alumna. Te lo digo en serio. Y quiero serte lo más sincero posible.
―Es casado, ya lo sé.
Cristián asiente:
―No voy a dejar a mi mujer, sea lo que sea que pase entre nosotros.
Ella sonríe y niega con la cabeza:
―Jamás te pediría tal cosa. ―Aunque existía la posibilidad de que se enamorase, no iba a dar marcha atrás. En tal caso, lidiaría con ese dolor más adelante; con psicólogos, relaciones tóxicas, alcohol o drogas. O todo eso junto.
Cristian la mira a los ojos, y estira la mano hasta apoyársela en la mejilla. Ella jadea.
Toc, toc, toc…
Cristian se separa de ella y se pone de frente a la puerta. Jenny se coloca detrás, tratando de ocultarse en la penumbra.
―¿Di Giacomo, todo bien?
La voz es la del director Fenestri, que ahora intenta abrir la puerta. Ese viejo tiene un sexto sentido para arruinar cualquier situación.
―Estoy ocupado, señor Fenestri ―dice Cristian, cubriendo con su cuerpo la hendija de la puerta ya entreabierta.
Fenestri se frena y se va hacia atrás al tener a Cristian tan cerca:
―Tenemos que… hablar ciertos asuntos curriculares.
―Mañana, sin falta, se lo prometo.
El director intenta ver si hay alguien detrás de Cristian:
―Hasta mañana entonces ―dice, desistiendo en su intento.
―Hasta mañana, director, que descanse.
El otro se va por el pasillo, farfullando algo ininteligible.
Cristian cierra la puerta, se asegura de girar la llave y se vuelve hacia Jenny:
―Entonces… ¿En qué estábamos?
Jenny intenta ver movimientos tras el vidrio esmerilado, sabe que el director es testarudo y que le encanta buscar situaciones comprometedoras. La idea de que pegue la vuelta en cualquier momento, de que escuche un gemido o note la luz encendida, le mete un frío helado en la boca del estómago. Pero el calor que le sube desde la entrepierna es más fuerte:
―Hablábamos de romper límites. Pero ahora…, no sé.
―¿Lo decís por Fenestri? Le gusta meterse en todo. Pero no te preocupes, no va a volver.
Jenny mira hacia la puerta, mientras sin darse cuenta se acerca a Cristian, que está casi reclinado en la biblioteca. Se centra de nuevo en él. Le agarra la mano y la coloca en su mejilla:
―Estábamos en…
Él la acaricia, mira su rostro perfecto a escasos centímetros, esa piel tan suave. Esa boca… Con la mano libre la toma de la cintura y la besa.
Los labios de Jenny se abren para él, sus lenguas de buscan. Sin darse cuenta, su espalda choca contra la biblioteca. Ella se pega más a él, sus pezones duros rozan su torso. Él la agarra del culo con las dos manos, la aprieta más contra él. Vuelven a besarse, con más pasión. Ella gime cuando él le recorre el cuerpo con las manos.
Cuando se separan del beso, Jenny arde, no puede creer estar en esa situación con el hombre que tanto admira.
―¿Estás seguro de que querés seguir?
Los dos respiran agitados, bien pegados. Ninguno de los dos quiere separarse.
―Ya no es sí quiero seguir o no. Es que ahora no puedo parar.
Ella lo besa en la comisura, se abraza a su cuello:
―Qué bueno, porque yo tampoco puedo parar.
Él siente los labios de ella, húmedos y calientes en su barbilla, en sus mejillas, en el lóbulo de la oreja. Y ahí mismo ella saca la lengua y lame despacio, provocando que se le erice la piel de todo el cuerpo.
Al notar que él se estremece, ella continúa lamiendo: el cuello, la mandíbula, el mentón, y sigue hasta el otro lado. Él sigue disfrutando, pero sus manos se mueven ávidas por su espalda, su cintura y su culo. A pesar de la tela del jean ella nota la fuerza de esas manos expertas.
―Me volvés loco, Jenny.

Ella se hace levemente hacia atrás, y él aprovecha para acariciarle un pecho y pasar el pulgar por el pezón por sobre la remera. Ella jadea y vuelven a besarse. El calor en esa oficina es insoportable, pero ninguno de los dos se queja.

Cuando sus labios se separan otra vez, ella no pierde tiempo: le abre la camisa de un tirón, unos botones vuelan y se pierden bajo el escritorio. Ella vuelve a besarle el cuello y baja por el pecho, mientras lo acaricia con suavidad, admirando su torso con algunas canas.

Y cuando las manos de él buscan el borde de su remera corta, ella se levanta y alza los brazos para que se la quite.

Cristian le agarra los pechos, uno con cada mano. Los mira como si no pudiera creer que por fin los tiene disponibles. Se agacha y se mete un pezón entre los labios, juega con su lengua mientras sostiene el otro con los dedos. Ella alza la cabeza, da un gemido bajo y lo agarra de la nuca y lo empuja más contra su cuerpo. Con la otra mano le desabrocha el cinturón.
Al sentir los pantalones flojos, él se levanta de nuevo. Un hilo de baba queda conectando sus labios y el pezón de Jenny; que ahora lo besa en el pecho, usa su lengua mientras baja. Él se termina de quitar la camisa y se apoya mejor contra la biblioteca. Los labios de ella ya dejan sonoros besos bajo su ombligo, mientras sus suaves manos le bajan el pantalón y el bóxer.
Ella decide hacerlo lento: todavía con pantalones, se arrodilla en el suelo y tira de la ropa de Cristian hacia abajo. Lo primero que aparece frente a sus ojos es vello púbico, después la pija se va develando, larga y gorda; pero todavía bastante flácida. Cuando los pantalones ―con un ruido metálico― caen junto con el calzoncillo, ella tiene ante sí aquello con lo que tanto ha estado fantaseando. Le sorprende que no esté tiesa; pero cree que acaso aquella situación es muy estresante para el gran profesor di Giacomo, quién ahora la mira desde arriba, aferrado a un estante de la biblioteca, expectante, respirando agitado.

Jenny agarra la pija con una mano y la levanta y la sacude un poco. Se ayuda con la otra mano: nota que empieza a endurecerse. La sostiene de la base, y esa verga queda tentadoramente frente a su cara ―el tronco cuelga medio doblado, y el glande todavía no brilla por la tensión de la piel―. Entonces, mirando a su profesor a los ojos, se agacha un poco y se la va metiendo en la boca. Usa su lengua en círculos, mueve la cabeza lateralmente. El sabor salado le gusta más que cualquier otra vez. Cierra los labios y empieza a moverse adelante y atrás.

Cristian se ve obligado a aferrarse mejor de la biblioteca: ver aquel rostro bellísimo esmerándose por hacerlo disfrutar es puro erotismo. Su pija entra en la boca de Jenny y sale cada vez más húmeda. Cada tanto, ella saca un poco la lengua o succiona, y su cabeza va y viene cada vez más rápido. Y, para colmo, lo mira a los ojos. El siente como se le pone cada vez más dura, y Jenny debe de acomodarse mejor porque la pija mira cada vez más hacia el techo.

Ahora sí, piensa Jenny, sintiendo la verga cada vez más rígida entre sus labios. La sostiene sólo con la boca un instante, para acomodarse el pelo detrás de las orejas. Entonces, nota que las manos de él van a su cabeza, y cree que quiere guiarla, así que apoya sus propias manos en los muslos de él y se la mete más adentro.

Cristian entrelaza los dedos de ambas manos entre los mechones de las sienes de Jenny para sostenerle el oscuro pelo llovido. Ahora ella está más cómoda, y él tiene una vista más clara. Pero entonces ve que ella le suelta la pija y ahora se la chupa sin usar las manos, y él se anima a presionarle la nuca con los dedos, y ella gime. Cristian presiona un poco más, y ella gime otra vez y cierra los ojos. Se siente poderoso. Presiona aún más y, cada vez que la cabeza de Jenny avanza, su cadera también. Desde arriba ve su pija entrar más adentro que nunca con ninguna mujer con quien estuvo, ni siquiera Silvana en las mejores épocas era capaz de tragársela así. Y Jenny ni siquiera parece esforzarse.

Al sentir la presión de las manos en su cabeza, Jenny sabe que a él le está gustando, y deja que la guíe. La pija, ahora sí bien dura y caliente, va cada vez más adentro, y ella está dispuesta a llegar hasta donde él quiera. Porque desea complacerlo como nunca nadie antes. Y si su sueño es acabarle en la boca, ella se va a tragar hasta la última gota de leche. La punta le toca la garganta, y eso la excita más de lo que le incomoda. Aprieta los párpados. Oye la biblioteca sacudiéndose y crujiendo.

Cristian se congela: el eco del estante le suena idéntico a unos pasos regresando por el granito del pasillo. Se le corta la respiración por un segundo, esperando el impacto del picaporte. Pero sus dedos no sueltan la nuca de Jenny. No es nada, se dice, sólo el peso de los libros cediendo. Y el golpe de adrenalina, lejos de enfriarlo, lo pone más duro. Siente que va a acabar enseguida, y se dice que no puede durar tan poco como un adolescente. Le suelta la cabeza a Jenny y le tira del pelo suavemente hacia atrás. Ella respira hondo y vuelve a abrir los ojos, varios hilos quedan conectando su pija con la boca de ella. Se van cortando de a poco, cayendo en gotones al piso. Ella se limpia la boca con el revés de la mano, mientras va recuperando el aliento. Él, desde arriba, le pasa el pulgar por la barbilla, juntando baba y fluidos, y lo va subiendo hasta metérselo a ella entre los labios. Jenny lo chupa con avidez, le pasa la lengua y lo deja bien limpio con una succión sonora. A Cristian, la pija, húmeda y dura como una barra de hierro, le late de excitación.

Tras lamerle el pulgar, Jenny se va levantando ayudada por Cristian, que la toma del brazo. Ella duda en besarlo: no sabe si querrá probar sus propios jugos, y no quiere arriesgarse. Él le acaricia la mejilla, la mira a los ojos, parece admirar su rostro resbaloso y empapado y sudoroso. Pero no hay asco en su mirada. Enseguida la gira con delicadeza y la deja de espaldas a él y le apoya una mano en la espalda. Ella entiende, se hinca y apoya la cabeza en sus brazos cruzados sobre un montón de papeles en el escritorio. Por arriba del hombro ve que él se arrodilla o se acuclilla detrás de ella.

De rodillas, Cristian le baja la ropa a Jenny con demasiada torpeza según sus propios estándares. A ella parece no importarle: una vez desnuda se abre más de piernas para él. Y él se dedica a observar de cerca, le acaricia los muslos y presiona su culo. Culo de 23 años, y no de 42. Culo firme y rozagante. Besa una nalga perfectamente redonda, después la otra. También la lame, y hasta le parece que tiene un gusto exquisito.

Usando las dos manos, le separa los cachetes y ve que está depilada. Y se le ocurre que se depiló exclusivamente para él. El sabroso olor de la húmeda concha de Jenny lo excita todavía más. Mete la lengua y siente el sabor, y la mueve en círculos mientras su cabeza va arriba y abajo para llegar más profundo. La oye jadear.

Jenny se muerde el brazo, Cristian usa la lengua de manera asombrosa, presionando en los lugares justos. Se abre más de piernas y alza las caderas tanto como puede, y siente uno o dos dedos de él masajeándole el clítoris. Y esa lengua… Esa lengua sube un poco más hasta estimularle el ano.

Qué culito dulce que tenés, Jenny, piensa Cristian mientras lame ese asterisco tan deseado y sigue jugando con los dedos en la concha lampiña. La pija le late pidiendo acción. Pero sabe que no puede ir por el premio grande, el mundo no es tan perfecto como ese culo. Además, acabaría no bien entrara. Hoy no, se dice, pero sigue chupándolo. Y, antes de que la tentación lo consuma, baja con su boca otra vez hasta la concha y da unos últimos lengüetazos.

Al notar que él deja de chuparle el culo y la concha, Jenny abre los ojos y lo mira por encima del hombro. Ya se imaginaba que se la metería sin más en cualquiera de los dos agujeros, a esta altura ya no tiene inhibiciones: desea sentirlo dentro de ella de cualquier manera. Ve que Cristian ya está de pie, la barba húmeda y brillante. Jenny se gira y se sienta, sólo para acomodarse mejor. Él tiene la pija bien agarrada mientras espera. Ella se recuesta sobre el escritorio ―la cadera bien al borde, el torso levantado y apoyada en los codos― y se abre de piernas:
―Quiero verte la cara mientras me garchás ―dice ella, y él se acerca con la pija en la mano, apuntando a la concha húmeda. Se hinca para besarla y sus lenguas se enroscan entre sí. Él la mete un poco, pero la deja ahí. Se la saca y la mueve arriba y abajo en la entrada―. Te gusta verme desear. No voy a rogarte.

Cristian sonríe y se la saca toda. Y cuando la cara de ella es de total desconcierto, adelanta la cadera y vuelve a entrar un poco. Y otra vez se besan con pasión mientras él va entrando y ella gimiendo. Cristian se levanta de nuevo, y ahí termina de llegar hasta el fondo. Y sigue con la vista clavada ahí cuando empieza a moverse, a entrar y salir de ella.

Jenny observa la cara de Cristian ―la vena hinchada de la perlada frente―, la vista fija en lo que está haciendo: los movimientos justos de un hombre con experiencia. Entra y sale de ella controlando el movimiento, en el ángulo ideal para que el roce la acerque al orgasmo. Ella lo envuelve con sus piernas, y él enseguida acelera, y las patas metálicas del escritorio chillan contra el suelo con cada embestida. Ella parpadea y mira una silueta pasando por el pasillo tras al vidrio esmerilado. ¿Acaso es Fenestri? Si es él, es capaz de romper la cerradura con un topetazo. Cada embestida es un riesgo que la hace morderse los labios para no gritar. La silueta parece seguir su camino.

Cristian se concentra en los pliegues húmedos de la concha de Jenny envolviendo su pija, apretándosela. No puede quitar la vista de esa acción incesante y rítmica realizada por sus propias caderas. Para él aquello es el paraíso: sin dejar de moverse, se pregunta por qué no coge con más alumnas, con todas las alumnas, con tres o cuatro al mismo tiempo. Y cuando levanta la cabeza y ve la cara de éxtasis de Jenny ―está llegando al orgasmo, él la está llevando al orgasmo― recuerda que con ninguna se siente así.

Ella tiene la boca abierta y el ceño fruncido, y las manos blancas de aferrarse al borde del escritorio. Cristian se agarra de los muslos de ella y acelera sus embates. Sólo se oyen sus respiraciones agitadas y el golpeteo ahogado de sus cuerpos. Él profundiza el movimiento sin bajar la velocidad, y Jenny cierra los ojos y tiembla.

―Aaahhhh ―grita ella, mientras oleadas de placer le recorren todo el cuerpo. Pero él no frena, verla así lo hace sentir enorme. Estira una mano hasta el hombro de ella y ajusta la posición y sigue bombeando. Ella vuelve a mirarlo y a temblar― Otro, ¡otro! Sííí, sííí. ―Y ella deja caer los brazos y queda totalmente tumbada. Carpetas y bolígrafos vuelan hasta el piso, y el crujir del escritorio ya es inocultable.

El segundo orgasmo de Jenny termina de enloquecerlo: lleva las manos a su propia cintura, y sus embestidas se vuelven más profundas y largas. Ella ahora ―tras el orgasmo― lo mira y asiente enérgica, como dándole autorización a que la llene con su semen. Y él está al borde de acabar, y sus embestidas se vuelven más caóticas y erráticas. Así que se apura a sacar la verga afuera, y la agarra fuerte y empieza a sacudirla. No dura más que unos pocos segundos: el primer chorro le salta a ella hasta las tetas, y Jenny da una pequeña sacudida por la sorpresa. El segundo le cae en el ombligo, y el último le chorrea por el muslo interno. Cristian sigue exprimiéndose la pija un poco más, y lo último cae al piso.

Tambaleándose, va hasta el sillón y se tira, despatarrado. La pija chorreante va achicándose poco a poco, él la mira reducirse mientras recupera el aliento. No se pregunta qué acaba de hacer, ni cómo va a sacarse de encima a esa pendeja. Lo que acaba de pasar no es el final de nada, sino el principio de algo. Alza la vista y la mira, acostada sobre el escritorio.
Jenny disfruta de aquello como si se tratase de la obra cumbre de un artista. Por supuesto que nada de lo que acaba de suceder es nuevo para ella; sin embargo, siente que esta vez todo es más intenso. Se mira el charco en su ombligo y en las tetas. Siente como la guasca se va enfriando y secando, tensándole la piel. Se acuesta de costado sobre el escritorio, todavía con algunos estertores recorriéndola cada tanto. ¿Se la sacaría de encima él, ahora que ya se la cogió? Sería una pena, porque tiene ganas de hacer muchas más cosas.

Él empieza a limpiarse con unos pañuelos de papel, y cuando ella lo mira le alcanza la caja:
―Perdón ―le señala los lechazos.
―No me pidas perdón, ensuciame todo lo que quieras. ―Ella se limpia lo más que puede, pero unas costras necesitarán agua tibia.
Mientras siguen usando más y más pañuelos, acomodan más o menos sobre el escritorio lo que fue volando hasta el piso. Cristian ve que algunos exámenes se ensuciaron de forma inexplicable, y se dice que ya pensará cómo justificarlo. Ella le muestra las dos partes de un pisapapeles que levantó del suelo, y él le dice que no se preocupe.
Recogen sus ropas y se van vistiendo. Ella trata de sacar lamparones húmedos de su jean, pero está segura de que tendrá que hacer una pasada por el baño antes de irse a su casa, si no quiere andar por ahí luciendo como una puta barata.
Mientras se coloca la camisa ―y recuerda que no tiene todos los botones, los ojos de Cristian se pierden en la imagen de ella ahí de pie, desnuda, fregando el jean. Su culito perfecto se ve bien redondo por la luz directa de la lámpara. La próxima no se lo perdono, se jura a sí mismo. Y siente que ya se le está poniendo dura de nuevo.
―Jenny, la próxima… ―Ella se pone los pantalones, y mientras se los abrocha se da vuelta a mirarlo―. La próxima mejor… vayamos a un hotel.
Ella mira hacia la puerta, pensando que se habían salvado por un pelo de que Fenestri o algún otro directivo los descubriera en plena acción. Asiente, sonriente, y termina de ponerse las zapatillas:
―Sí, por favor. Y desnudémonos antes de empezar. ―Le muestra una mancha en la manga―. Esta remera me encantaba, y ahora está arruinada.
Él le muestra la camisa toda abierta:
―Trato hecho.

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Irina Dusk
Irina Dusk

Escribo lo que la noche esconde. Ficción erótica, persianas bajas y Ciudad Caliente. No busques excusas ni intentes saludarme: solo me interesan los cuentos.

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