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Qué tal, lectores. Continúo con el relato anterior de la hermosa (y muy sucia) experiencia que tuve con mi tío.
Como les conté, necesitaba dinero para pagar la graduación de la universidad. Después de esas semanas de duro “trabajo” con mi tío, aún me faltaban dos mil pesos. Él me había prometido que me ayudaría a conseguirlos la última semana que yo podía ir al rancho. No me imaginaba cómo, pero la experiencia terminó siendo inolvidable.
Llegó el viernes. Mis papás me dejaron en el rancho como de costumbre y se fueron. Entré contento a la casa. Mi tío todavía no estaba, así que me bañé despacio y me preparé para él. Me puse una tanguita roja de encaje que encontré de mi prima, medias de rombos, una camisa blanca abierta hasta casi enseñar los pezones y una faldita de tablones que apenas cubría mis nalgotas redondas y firmes. Me arreglé el pelo, me maquillé los ojos y me pinté los labios de un rojo intenso… exactamente como la putita que soy cuando estoy con él.
Acababa de terminarme de arreglar cuando escuché que llegaba… pero no solo. Se oían otras tres voces. Escuché a mi tío decir:
—Dejen, yo guardo las cervezas. Saquen las mesas y las sillas, pongan la música que les dije… y ahorita les llevo el postre.
Me puse nervioso. No sabía quiénes eran esos hombres ni cuánto tiempo se quedarían. Estaba dudando si encerrarme o cambiarme cuando tocó la puerta.
—¿Ya estás listo, Carmelita? —preguntó al entrar.
Me miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo.
—Ay, Carmelita… qué rica te ves. Se te mira bien rico ese culote que tienes. ¿Ya estás listo entonces para conseguir el dinero?
—Yo no soy una puta que se vende, tío —respondí enojado y un poco triste, aunque por dentro ya se me estaba parando solo de verlo.
—No te van a coger si tú no quieres —dijo calmado—. Les platicué de ti y de tu necesidad. Vas a ser nuestra mesera: les llevas cerveza, platicas con cada uno… y al final me dices si te gustó alguno. Ellos te van a dar propina.
Sabiendo lo mucho que necesitaba el dinero, acepté.
—Está bien, tío… pero si alguien se quiere propasar borracho, me encierro en el cuarto.
—Trato hecho, culoncito. Aquí está tu macho para cuidarte. Ponte zapatos y sal a atendernos.
Me puse unas sandalias, agarré cuatro cervezas y salí moviendo las caderas lo más sexy que pude. Ahí estaban cuatro machos maduros sentados: mi tío, Don Anselmo, Don José y Don Juan.
Don Anselmo debía tener unos sesenta, chaparro, de rancho y no muy buen estado físico. Don Juan, el de la tienda, panzón de cincuenta y ocho. Y Don José… a él todos le decían Pepe. Era el encargado del trabajo de mi tío: cuarenta y cinco años, 1.75, cuerpo de trabajo, brazos fuertes, poca panza y un bigote de todo un capataz. Ese sí se antojaba.
Pasé un par de horas sirviéndoles cerveza, sentándome en sus piernas, bailando pegadito mientras me agarraban las nalgas y tomando con ellos. Ya estaba caliente, con las piernas temblando y la tanguita empapada por delante de lo duro que la tenía, cuando me acerqué a mi tío, lo abracé por detrás y le susurré al oído mientras él me apretaba las nalgas con fuerza:
—Tío… ya estoy muy caliente. Quiero que ya me abran el culito.
Él sonrió de lado, me dio una nalgada dura y preguntó en voz alta:
—¿Quiénes van a ser los afortunados que van a gozar a esta putita hoy?
—Solo tú y Don Pepe —contesté sin dudar—. Los otros no se me antojan.
Don Anselmo y Don Juan se rieron, recogieron sus cosas y se fueron después de dejarme propina generosa. Quedamos solo los tres.
Mi tío cerró la puerta con llave, se acercó por detrás, me levantó la faldita y me bajó la tanguita roja hasta las rodillas para que don Pepe viera mi culito
—Mira qué tan caliente está esta putita, Pepe —dijo, abriéndome las nalgas para que el otro viera mi agujerito palpitando y mi botoncito goteando de lo mojada que estaba.
Don Pepe se levantó, se desabrochó el pantalón y sacó una verga gruesa, venosa, ya dura. Mi tío me dobló sobre la mesa, me abrió las piernas y me metió dos dedos de golpe en el culo mientras Pepe se ponía delante de mí.
—Abre esa boquita, Carmelita —ordenó mi tío—. Chúpale bien al patrón mientras yo te abro el culo.
Obedecí. Tomé la verga de Pepe hasta la garganta, babosa, mientras mi tío escupía en mi ano y empezaba a empujar su polla gruesa. El ardor del principio se convirtió rápido en un placer bruto. Cada embestida me empujaba hacia delante y hacía que la verga de Pepe me llegara más profundo.
—Qué rico culo tienes, sobrina… aprieta —gruñía mi tío, dándome nalgadas que resonaban en la casa.
Pepe me agarró del pelo y empezó a follarme la boca con fuerza. Cuando ya no aguanto más, mi tío se salió, me levantó como si no pesara nada y me sentó a sobre Pepe, que estaba sentado en una silla. Me bajé despacio sobre esa verga gruesa hasta sentirla enterrada completa en el culo. Pepe me agarró de las caderas y empezó a subirme y bajarme mientras mi tío se colocaba delante de mí.
—Ahora sí te vamos a usar bien, putita —susurró mi tío contra mi oreja.
Me metió su verga en la boca mientras Pepe me martillaba el culo desde abajo. Me quedé atrapada entre los dos: Pepe follándome el culo con fuerza y mi tío embistiéndome la garganta. El sonido de piel contra piel, mis gemidos ahogados y los gruñidos de los dos hombres llenaban la habitación.
—Más duro… rómpanme —pedí entre jadeos.
Me dieron exactamente lo que pedí. Me follaron sin piedad, cambiando de posición varias veces: de rodillas chupando a uno mientras el otro me embestía por detrás, después uno debajo y el otro encima, llenándome el culo y la boca al mismo tiempo hasta que ya no sabía de quién era cada gemido. Mi botoncitoescondido y goteando entre los dos cuerpos.
Al final se la jale mas rapido a mi tio usando mis manos y mi boca me lleno la cara, la lengua y el pecho de leche caliente. Tragué lo que pude y me dejé el resto chorreando. Y al mismo tiempo apretaba el culo para sacarle toda la leche a Pepe.
Mi tío me levantó el mentón, me besó con la boca todavía llena de su semen y dijo:
Te portas muy bien, Pepe sacó su verga ya flácida de mi culo y me dio dinero,
Me quedé ahí, temblando, con el culo abierto y goteando, sabiendo que esa noche había pagado mi graduación de la forma más puta y deliciosa, al final junte mas dinero de lo que ocupaba.
