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En un pueblo chico de la pampa argentina llamado Montecazo, vivía el Dr. Analdo Bufarreti Vergargagrossa**, italiano de pura cepa, inmigrante de segunda generación, con una verga gruesa que parecía apellido. Se hacía llamar “el terapeuta de los cornudos” y tenía un consultorio oscuro donde recibía a gilés como Anastasio Bovarelli Cornachata
Anastasio era el clásico pajero del 2026: 38 años, panza de birra, siempre con la mano en la verga, casado con María Pía de la Ortolano de apellido ilustre que toda la vida se la había pasado de escort, bailarina de caño, chupando vergas en fiestas privadas y abriendo las patas por plata y placer.
Pero Anastasio, el gil máximo, se la había comprado como “la monjita virgen de buena familia”. Mentira podrida. María Pía era una puta de nacimiento. Un día, Anastasio llegó desesperado al consultorio del Dr. Analdo: —Doctor… mi mujer sale todas las noches. Me dice que va a “clases de yoga” pero vuelve con el chocho oliendo a leche ajena y el culo rojo. Yo me pajeo pensando en eso, pero me da miedo preguntarle. Dr.
Analdo se acomodó la verga bajo el escritorio y sonrió como lobo: —
Anastasio, boludo… tu mujer no es una monja, es una trola profesional Y vos sos el cornudo perfecto. Todo esto es una estafa hermosa. El apellido ilustre, el matrimonio, la vida “perfecta”… todo se está pudriendo, y eso es lo más rico. Le mostró fotos que él mismo había sacado: María Pía en un telo, montada en una verga enorme mientras gritaba como yegua. Anastasio se corrió en los pantalones solo de verlas.
—Mirá, gil —siguió el Doctor—. Mañana traés a tu mujer. Yo le voy a abrir los ojos… y a vos te voy a enseñar a disfrutar que te la cojan delante.
Al día siguiente llegó María Pía, con minifalda, tetas casi afuera y olor a puta fresca. Se sentó cruzando las piernas y miró al Doctor con cara de “te chupo ahora mismo”. Dr. Analdo no se anduvo con chiquitas: —María Pía, tu marido es un pajero de mierda. Y vos una trola de toda la vida. Dejá de hacerte la monja. Acá se viene a vivir la verdad. Esa misma tarde, en el consultorio,
María Pía se sentó arriba del Dr. Analdo y empezó a montarlo mientras Anastasio miraba desde el sillón, pajándose como loco. —Esto es lo que siempre fuiste, puta —gemía el Doctor mientras le daba nalgadas
— Una escort disfrazada de señora. María Pía se corrió gritando, chorros de corrida cayéndole por los muslos. Anastasio, el cornachata máximo, se corrió por tercera vez solo mirando. Limpiarme la verga Pia y vos cornudo limpia la concha a lengua y manana vendi y deja de tocarte la pija limpia bien y traga
Llamó por el intercomunicado está el pajero dijo—Samaira, que pase y vení un momento. Entró **la enfermera Samaira Hernández**, dominicana trans de 1.80, tetas operadas enormes, culo de infarto y una verga gruesa que se le marcaba debajo de la bata blanca corta.
Era la mano derecha del Doctor en “terapias avanzadas”. —Doctor, ¿me necesitaba? —dijo con voz ronca y acento caribeño, mirando a Anastasio con una sonrisa de puta.
El dr yabrió su notebook. —Vamos a diagnosticar en vivo. Usemos la inteligencia artificial para que nuestro amigo vea lo que realmente quiere. Puso una imagen generada por IA: María Pía siendo destrozada por un bull negro enorme la verga entrando y saliendo de su coño mientras ella gritaba como loca. Después cambió a otra:
María Pía con una enfermedad dominicana”– una garcha del tamaño de un brazo de bebé, gruesa, venosa y oscura, colgando entre sus piernas mientras se cogía a otro tipo. Anastasio estaba rojo, la verga dura como piedra, pero no podía dejar de mirar a la enfermera Samaira.
El Doctor se dio cuenta enseguida: —Mirá vos… el éxito no es tanto con tu mujer en la pantalla. Te ponés más con la Samaira, ¿no, cornudito? Samaira se rio bajito, se acercó y se levantó un poco la bata, dejando ver el bulto enorme de su verga dominicana. —¿Querés que te ayude con el diagnóstico, papi? —le dijo a Anastasio, pasándole la mano por la entrepierna. El Doctor se acomodó en el sillón, ya con la verga afuera, y ordenó: —Samaira, mostrale al paciente lo que es una verdadera nurse dominicana”. Anastasio, mirá y aprendé. Tu mujer va a terminar así… pero primero vas a probar lo que se siente ser cornudo de verdad. Samaira se sacó la bata, dejó que su verga gruesa como un brazo de bebé saltara libre y se paró frente a Anastasio. —Abrí la boca, cornudito argentino… que la terapia empieza ahora. —
Continúa Lord Vergamorcilla
