Confesión Lésbica de mi Esposa: La Noche que Cambió Todo
Mi esposa, Ana, de 29 años en ese entonces, me confesó una noche entre sábanas revueltas esta historia ardiente de su pasado. Antes de conocerme, trabajaba en una oficina con Laura, una mujer de 56 años que aparentaba 30: curvas perfectas, pechos firmes como melones maduros, culo redondo y jugoso, y una feminidad que volvía locas a todas. Nadie sabía que Laura era lesbiana; decía que los hombres la habían decepcionado y prefería la soledad, pero sus ojos devoraban a Ana cada día en el trabajo.
Era el cumpleaños de Ana. Laura la invitó a su casa con una sonrisa pícara: “Ven, te tengo un regalo especial, buena comida y algo para beber”. Ana llegó vestida con un short ajustado que marcaba su coño depilado y una blusa escotada que dejaba ver sus tetas medianas y duras. La mesa estaba lista: ensalada fresca, carne asada jugosa y, para beber, cervezas frías y una botella de tequila añejo.
Comieron riendo, charlando de la oficina. Luego destaparon las cervezas, el tequila fluyó en shots ardientes que bajaban por sus gargantas y subían el calor a sus cuerpos. Ana sintió el primer cosquilleo en el vientre, sus pezones endureciéndose bajo la blusa. Laura, con su vestido ceñido que acentuaba sus caderas anchas, le sirvió otro trago: “Por tu cumpleaños, preciosa. Brindemos por noches inolvidables”.
Después de comer, pusieron música. Laura extendió la mano: “Baila conmigo, Ana. Solo un poco, para celebrar”. Empezaron con ritmos movidos, sus cuerpos rozándose accidentalmente. Ana notó el calor de las tetas de Laura contra las suyas, el roce de sus muslos. El alcohol las soltó; sudaban, reían, y el aire se cargó de electricidad sexual.
Cambió la canción a un lento sensual, para bailar pegadas. Laura se apretó contra Ana, su coño maduro frotándose sutilmente contra el de ella. “Déjame darte besos en la mejilla, en el cuello… por tu cumple”, susurró Laura con voz ronca. Ana, ya excitada por el tequila y el roce, asintió: “Sí, hazlo”. Los labios de Laura eran suaves, calientes, bajando por su cuello, lamiendo la piel salada.
Los besos subieron a la boca. Lenguas se enredaron en un beso francés profundo, húmedo, con sabor a tequila. Ana gimió cuando Laura le mordió el labio inferior, chupándolo. “Eres tan bonita, Ana. Quiero que te quedes a dormir. Déjame hacerte el amor… me gustan las mujeres, y tú me vuelves loca”, confesó Laura, manoseando ya las tetas de Ana por encima de la blusa.
Ana pensó un segundo, su coño palpitando empapado. “Siempre quise probarlo… sí, hazme tuya esta noche”, respondió, besándola con hambre. Siguieron bebiendo hasta quedar borrachas de deseo y tequila, tambaleándose hacia la cama king size con sábanas de satén negro.
En la habitación, Laura desnudó a Ana despacio: le quitó la blusa, lamió sus pezones rosados hasta endurecerlos como piedritas, luego bajó el short y las bragas, exponiendo el coño rasurado y brillante de jugos. “Qué coñito tan rico, tan mojado para mí”, gruñó Laura, metiendo dos dedos en su interior resbaladizo, follándola lento mientras Ana jadeaba.
Ana devolvió el favor, arrancando el vestido de Laura. Sus tetas enormes saltaron libres, pezones oscuros y grandes. Ana las chupó con avidez, mordiendo, mientras bajaba la mano al coño peludo y carnoso de la madura, frotando el clítoris hinchado. Laura gemía fuerte: “¡Sí, lame mi coño, putita de cumpleaños!”.
Se tumbaron en 69. Ana enterró la cara en el coño maduro de Laura, lamiendo los labios gruesos, chupando el clítoris como un caramelo, metiendo la lengua profunda mientras jugos dulces le inundaban la boca. Laura devoraba el coño joven de Ana, dedos follándola rápido, lengua girando en el ano virgen. Ambas gritaban de placer, cuerpos temblando.
Laura sacó un doble dildo grueso de la mesita: “Ahora te follo como mereces”. Untó lubricante en los dos extremos, uno entró en su coño maduro con un squelch húmedo, el otro en el apretado de Ana. Se movieron al unísono, tetas rebotando, coños chocando, follándose mutuamente hasta el orgasmo: Ana eyaculó chorros calientes sobre las sábanas, Laura convulsionó gritando su nombre.
Siguieron toda la noche: tribbing con coños frotándose violentos, dedos en culos, besos interminables. Ana descubrió un placer nuevo, adictivo, el sabor de mujer, la rudeza tierna de Laura. Al amanecer, exhaustas y satisfechas, se durmieron abrazadas, cuerpos pegajosos de sudor y corridas.
Desde esa noche, se veían seguido en secreto: rapiditos en el baño de la oficina, folladas salvajes en el auto, noches enteras de sexo lésbico. Ana amaba cómo Laura la dominaba, la hacía correrme con la lengua experta. Pero un día conoció a su futuro esposo… yo.
Hoy, Ana me lo cuenta mientras me mama la polla dura, reviviendo cada detalle. “Me abrió al placer de las mujeres, pero contigo tengo todo”. Yo la follo fuerte por detrás, imaginando su coño comido por Laura, y acabamos juntos en un orgasmo explosivo. Nuestra relación es más caliente que nunca: fantasías compartidas, tríos soñados. Final feliz, puro fuego erótico eterno.
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