Aventura en Tenerife, Mi Cumpleaños de Fuego
Cuando cumplí los cincuenta años, mi esposo y yo decidimos celebrar con un viaje a las Islas Canarias, específicamente al sur de Tenerife, donde el sol y el mar prometían relajación y algo de aventura. Éramos una pareja madura, casados desde hacía décadas, y aunque nuestro sexo era rutinario, siempre habíamos hablado de fantasías. Una noche, paseando por las calles de Playa de las Américas, encontramos un local discreto con luces tenues y un cartel que insinuaba “intercambios de parejas”. Mi esposo, con una sonrisa traviesa, me dijo: “Mañana entramos a ver cómo es eso, ¿qué dices?”. Mi corazón latió fuerte; era excitante y un poco prohibido, pero acepté.
Al día siguiente, entramos al club. El ambiente era oscuro, con música sensual y gente de todas edades, la mayoría extranjeros con pieles bronceadas y ropas mínimas. Unos pocos locales de la isla también estaban ahí, pero el aire estaba cargado de morbo. Apenas cruzamos la puerta, un hombre de unos 63 años, alto y de buen ver, con ojos azules y una sonrisa confiada, me sacó a bailar. Era danés, como supe después, y desde el principio sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con firmeza. Sentí un cosquilleo eléctrico; hacía años que no me tocaba un extraño así. Le dije a mi esposo lo que pasaba, y él, en lugar de celos, me preguntó si me había gustado. “Sí, se siente rico”, admití, y salimos de la pista tomados de la mano, rumbo a la zona de camas.
La zona de camas era un laberinto de colchones y cortinas semiabiertas, donde reinaba el caos erótico. Al entrar, nos sorprendimos: había seis parejas en pleno culiar, gemidos y cuerpos sudados por todas partes. Mujeres gritando de placer, hombres embistiendo con fuerza, tetas rebotando y conchas mojadas brillando bajo las luces. Mi esposo me miró con lujuria y, sin decir nada, me sacó los calzones de un tirón. Sus dedos se metieron en mi concha, explorando mi humedad, y yo gemí bajito, sintiendo cómo me calentaba rápido. “Estás empapada, mi amor”, susurró él, y yo me arqueé contra su mano, olvidando el mundo exterior.
En eso estábamos, perdidos en nuestro propio morbo, cuando apareció el danés. Se acercó directo, colocándose detrás de mí, y me abrazó de la cintura, sus manos grandes cubriendo mis caderas. Yo, para darle más confianza, le acaricié las manos, sintiendo su piel áspera y su aliento caliente en mi cuello. Mi esposo sonrió y dijo: “Es la hora de hacer algo que nunca hemos hecho, y aquí nadie nos conoce”. Él mismo me sacó el vestidito de verano, dejándome desnuda en medio de aquel espectáculo, con mis tetas maduras expuestas y mi concha palpitando. Me acostó en un colchón cercano, y empezó a mamarme la concha con devoción, su lengua lamiendo mis pliegues hinchados.
El danés, viendo la escena, no se quedó atrás. Le dijo a mi esposo que quería unirse, y entre los dos me mamaban bien rico. Una lengua arriba, otra abajo, alternando chupadas y lamidas que me hacían retorcer de placer. “¡Carajo, qué rico!”, gemí yo, agarrando sus cabezas mientras mi cuerpo se tensaba. Mi esposo me conocía bien, sabía dónde tocar para hacerme correr, y el danés aprendía rápido, su barba rozando mi piel sensible. Me corrí una vez, mi jugo fluyendo, y ellos no pararon, prolongando el éxtasis hasta que temblaba.
Después, mi esposo le preguntó al danés si quería culiarme. “Sí, por favor”, respondió él con voz ronca, y yo asentí, excitada por la idea. El danés se desnudó, revelando una pinga grande y gruesa, venosa y dura como una roca. Me la empezó a meter de a poco, estirando mi concha que hacía años no sentía algo así. Desde que estoy con mi esposo, él era mi cuarto hombre, y todos con su permiso, pero este era especial: extranjero, prohibido, y tan placentero. “¡Qué grande, carajo!”, exclamé, sintiendo cómo me llenaba por completo, embistiéndome con ritmo lento al principio.
Mi esposo nos miraba, masturbándose, y yo lo invité con la mirada. Se acercó y me besó mientras el danés me follaba, sus manos en mis tetas, pellizcando mis pezones. El placer era doble: la pinga del danés rozando puntos que mi esposo conocía, y la aprobación de él haciéndolo todo más intenso. “Fóllala fuerte”, le dijo mi esposo, y el danés aceleró, sus bolas chocando contra mí, mis gemidos mezclándose con los de las otras parejas. Me corrí de nuevo, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, y él gruñó, cerca de explotar.
Pero no terminó ahí. Mi esposo me limpió la concha con la lengua, lamiendo cada gota de jugo y semen, mientras la gente miraba todo sin inmutarse. Era liberador, nadie se asustaba; al contrario, algunos aplaudían o se unían a su propio morbo. El danés se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes, y yo sentí una satisfacción profunda, como si hubiera despertado una parte dormida de mí. Nos quedamos ahí un rato, jadeando, riendo y besándonos los tres, el club ahora un recuerdo borroso de placer compartido.
Al salir del local, mi esposo y yo caminamos de vuelta al hotel, tomados de la mano, con el cuerpo aún vibrando. “Fue increíble, mi amor”, le dije, y él asintió: “Te amo más que nunca”. Esa noche, en la habitación, hicimos el amor de nuevo, recordando la aventura, y planeamos repetir en el futuro. Mi cumpleaños de cincuenta años no solo fue de fuego, sino que fortaleció nuestro vínculo, abriendo puertas a más exploraciones. Regresamos a casa con una sonrisa secreta, sabiendo que el morbo nos unía más que nunca.
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