Ana Colombiana: 6 – Un maduro muy verde
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Este relato es una continuación de:
Ana Colombiana: 1 – Mi primera vez.
Ana Colombiana: 2 – Orales.
Ana Colombiana: 3 – Desafíos de a tres
Ana Colombiana: 4 – De la soledad a la autoconquista
Ana Colombiana: 5 – Dancehall y Reguetón
Al volver de las vacaciones y en mi vuelta a clases me dediqué de lleno a las materias, sobretodo a las que no se me dan tan naturalmente como es biología y ciencias sociales. Las materias lógico matemáticas las tenía manejadas y aún daba tutorías voluntarias a algunos alumnos en la biblioteca del colegio, no llevé a nadie más a mi casa desde la experiencia con Mateo. Todo iba bien, seguía en mi rutina colegio – gym – estudiar y si me daba tiempo, autosatisfacción. Me sentía ya muy cómoda conociendo mi cuerpo y complaciéndolo, había adquirido ya alguna variedad y me encantaba.
Todo fue bien en los primeros 4 meses pero un día tuve un descuido con un trabajo de química que valía el 20% de la nota. El profesor me colocó un cero y eso me bajaba el promedio completo. Intenté recuperarlo en el siguiente examen que valía el 15% me dio un ataque de nervios y también lo perdí, y en lugar de subir el promedio con el examen terminé bajándolo. Fui donde el profesor y le expliqué mi situación, con esa nota tan baja en química no podía ya aspirar a la beca aunque tuviese todas las demás notas muy altas y el promedio general por encima de la mínima. Ellos se tomaban muy en serio las notas individuales y así no me podía presentar. Él me dijo que no había nada que pudiera hacer. Describo a mi profesor, tiene unos 57 años, casado y con dos hijos que estudiaban en el mismo colegio becados, es relativamente bajito para ser hombre, delgado y panzón, barba afeitada todos los días, calvo en la parte superior y con el pelo de los lados canoso, con lentes redondos, dientes torcidos y mal aliento. Una persona desagradable por fuera y ahora también para mí era desagradable por dentro. Intenté convencerlo y persuadirlo pero cada vez me hacía más difícil el lograrlo y no entendía de razones.
Una mañana, estando en el baño una amiga me llamó afuera y olvidé subir por completo el cierre del costado de mi falda del uniforme, salí al pasillo y el profesor de química se me acercó y me hizo notar que tenía el cierre un poco abajo, le agradecí y procedí a cerrarlo, mientras lo hacía él notó que mi ropa interior era tipo tanga de hilo por las tiras laterales, su expresión cambió y lo vi incluso mojarse los labios brevemente. Era una combinación de extrañeza con morbosidad. Más tarde ese día en clases se me acercó y me dijo que lo había pensado mejor y que fuera a su oficina, que podía haber una posibilidad de mejorar mi nota, y no era necesario que perdiera la beca. Yo me alegré y le agradecí.
Al llegar a la oficina del profesor a la hora acordada, noté que estaba solo y que el ambiente era silencioso. Su asistente se había ido ya, dejándonos en una intimidad que me hacía sentir incómoda. Sin embargo empecé agradeciendo y diciendo que no lo decepcionaría, esperando que me pusiera algún trabajo extra o tutoría que me ayudase a mejorar, algo que no tuviera que subir al máximo mi nota, bastaba con que subiera por encima del mínimo, es decir un 8%. Él me interrumpió con una sonrisa misteriosa y me dijo que se había dado cuenta que yo era una chica más atrevida que mis compañeras y que se notaba por encima mi experiencia con ciertas prácticas. Yo me extrañé un poco, ya que no le entendía nada, pero él siguió explicándome, me dijo que para alcanzar la nota debía «cumplir» ciertos «favores» que él me pediría y que yo debía estar dispuesta.
En este punto empecé a entender pero aún me negaba a asimilarlo, sentí que la presión se me bajaba, no estaba dispuesta a someterme a vejaciones por parte de una persona mayor pero tampoco quería perder esta oportunidad única de vivir en europa por dos años, estudiando y aprendiendo un nuevo idioma. Yo quise tener las cosas claras y le pregunté directamente a qué se refería por favores y él me miró directamente a los ojos con una mirada seca y calculadora y me dijo que yo sabía perfectamente. El aire se compactó en mis pulmones impidiéndome respirar, los colores se me fueron del rostro y apreté un poco los brazos de la silla donde estaba sentada. Estaba siendo chantajeada por un profesor para tener sexo conmigo por una nota. Sopesé mis opciones, si lo denunciaba sería su palabra contra la mía, y yo tenía las de perder dado a que él me había rechazado varias veces con testigos cuando le pedí que me ayudara con la nota, si no accedía perdía una beca, si accedía tenía una oportunidad aunque sería humillante. Cuando por fin pude articular palabra tartamudeé un poco y le pregunté cómo quería hacerlo. Él sonrió a medio lado con aire victorioso. Se levantó lentamente y se empezó a desabrochar el cinturón con movimientos lentos y deliberados, yo apreté más la silla con mis manos mientras se movía con pedancia hasta ponerse frente a mí. Se bajó sus pantalones y boxers y se apoyó sobre su escritorio y me ordenó que se lo mamara, una orden que tardé en procesar casi un minuto pero que al final acepté sin más, entregándome a su voluntad.
Yo negué con la cabeza, mirándolo primero a él con desdén y luego al objeto de mi obligación. Su pene era realmente feo, una muestra de decadencia que parecía pálido y hundido, bajo la panza se ocultaba una mota de canas y un miembro que caía sin ninguna gracia, sin vida, mi experiencia previa había sido siempre con jóvenes viriles y atractivos, al menos lindos, nunca había tenido que lidiar con algo tan visceral como esto. Este vejete no tenía gracia alguna en ningún ángulo, era una mezcla de repulsión y resignación.
Él se recogió un poco la camisa, dejando que la luz tenue de la oficina le diera en su miembro y me ordenó con voz ronca: para mamártelo primero lo tienes que parar. Tímidamente estiré mi mano hacia ese desagradable pene, lo toqué un poco, se sentía arrugado e inservible, pero él lució más complacido al ver mi obediencia. Me acerqué un poco, tímidamente, y su olor me golpeó en la cara, era peor que su aspecto, se notaba que no se había lavado desde la mañana y ya era la tarde, una mezcla de sudor viejo y asco que me provocó una sensación de humillación. Su miembro reaccionó un poco, no estaba del todo muerto, era un miembro corto pero grueso, un poco más que el de Mateo pero tal vez la mitad de su longitud, con colgajos de prepucio que lo hacían lucir aún más pequeño y desagradable. Yo di un suspiro y pensé que era un pequeño sacrificio por la beca, tuve que minimizarlo para poderlo asimilar, una moneda de cambio que pagaba con mi dignidad.
Así que en mi humillación empecé con mi tarea, primero lo acaricié con mi mano y empezó a reaccionar, erecto no fue mucho más grande que en estado flácido, pero al menos se endureció. Aproximé mi lengua a su glande, temiendo el contacto, y sentí un sabor salado y sucio, como orina rancia y vieja, y quise apartarme, pero el desgraciado viejo me había tomado por la cabeza y con fuerza no me lo permitió. Así que, incitada por él, empecé a pasar la lengua hasta que me acostumbré al sabor, cubrí con mis labios su glande y empecé con la succión al tiempo que lo masturbaba suavemente con una mano y con la otra empecé a acariciar sus canosos testículos, una caricia que él echó su cabeza hacia atrás disfrutando y yo aceleré el paso para que terminara rápido, ansiosa por terminar, cosa que funcionó. No pasó más de dos minutos cuando un chorro de leche me llenó la boca, caliente y viscoso, yo tosí un poco y lo escupli en el piso con repugnancia. Él se contrajo sobre su abdomen y me quitó, murmurando que había pasado algún tiempo desde la última vez, no supe exactamente cuánto tiempo es «algún tiempo», no pregunté; y empezó a subirse la ropa. Él simplemente me dijo que tenía mi número de whatsapp, que me diría cuando subiera la nota a través de ese medio y me dijo que me fuera. Cuando iba saliendo me dijo con una sonrisa burlona: «eres una niña sucia, ¿lo sabes?», yo no me ofendí, simplemente cerré la puerta y me fui de ahí.
Llegué a casa y me bañé con rabia, frotándome con fuerza sospechosa, sobretodo mi cara y mi boca, pero no había suficiente jabón ni crema dental en el mundo para quitarme esa suciedad que sentía al ser usada de esa forma, sentía que mi intimidad había sido profanada por algo que no tenía ninguna gracia, pero me seguí convenciendo a mí misma que era por un bien mayor, y lo peor ya había pasado, o eso pensaba yo. Esperé su whatsapp por dos días y no me llegó nada, la ansiedad me corroía y cada segundo me hacía sentir más estúpida por haber aceptado. Al tercer día me dijo: lo que hiciste te vale si acaso el 2% de la nota, ven al parqueadero a la 1 pm y te estaré esperando en mi auto. Yo maldije al viejo desgraciado y traté de convencerme que eso era todo, que no debía exigir más, pero mi necesidad de la beca era mayor.
Estando puntual a esa hora con la esperanza de que me dijera que estaba bromeando y que la nota ya fue cambiada, pero cuando entré en el auto lo encontré con su pene ya afuera y erecto, una foto de lo más desagradable que pude imaginar, y me volvió a ordenar que se lo mamara… esta vez lo hice con un poco más de intención, calculando que si él dijera que ya estaba bien así no necesitaba más para subirme la nota, y fui más dedicada a mi labor para terminar rápido. Empecé con lamias en el tronco, besos húmedos en la cabeza y recorriendo su glande con mi lengua mientras lo masturbaba con la mano, alternando la estimulación y la succión, intentando ser lo más eficiente posible. Me cabía todo en la boca y su olor a viejo era innegable, pero me sumergí en mi tarea. Estuvimos así como cinco minutos y empecé a sentir que palpitaba, un movimiento que se notaba con mi lengua, y hice acopio de mucha voluntad para tragarme su leche y eso hice, engulléndolo todo sin dejar escape.
Al final me limpié un poco el labio con la mano y me lo tragué ante la mirada satisfecha de este hombre tan desagradable y humillante, dejándome ver como una puta cumpliendo su oficio. Él me dijo con voz ronca: «así me gusta, que seas una buena perrita». Me bajé del carro sin mediar palabra, con la cabeza alta pero el corazón aplastado, y él me dijo al salir que esperara noticias suyas.
Esperé casi una semana en la incertidumbre, preguntándome si ya era suficiente o no, o qué nuevas humillaciones estaba preparando este vejestorio, y no más fue pensarlo cuando llegó un compañero de clases a mi curso y dijo que necesitaban verme en la oficina del profesor de química para hacer una evaluación. La profesora de matemáticas me permitió la salida ya que estaba más que satisfecha con mi desempeño y, a sabiendas de que yo concursaba por la beca, se alegró que el profesor de química quisiera darme la oportunidad. Yo sonreí tímidamente disimulando el infierno por el que estaba pasando. En la incertidumbre de si me iba a valorar ya o si me iba a poner otra tarea de índole sexual, me decantaba por mi propia salud mental a pensar que esto ya iba a acabar. Él me estaba esperando sentado y afortunadamente vestido, me hizo pasar y me dijo que estaba pensando que, viendo lo zorrita que yo era por mi experticia en la materia, sería un desperdicio subirme la nota sólo con dos mamadas, que era lo que inicialmente había planeado, y que teníamos algunas semanas, sino meses, por delante para «trabajar juntos» en mi beca y que esta «evaluación» que me iba a hacer hoy era muy simple: hoy me iba a penetrar. Cada palabra que salía por su boca me helaba la sangre y me hacía sentir impotente y humillada. Pero en un momento de resignacion le dije: hagámoslo.
Me subí la falda y bajé mi tanga hasta que quedó en uno de los tobillos de mis pies, me apoyé sobre su escritorio dejando el coxis al aire y abrí mis piernas, una postura de total exposición. Mientras que él se bajaba sus pantalones y calzoncillos hasta las rodillas, vio mi vagina rosadita y bien depilada y su pene reaccionó de inmediato, el viejo tenía capacidad de erecciones rápidas. Yo, inmediatamente, le di un preservativo y le ordené «úselo», él protestó un poco, murmurando que con lo zorra que yo era, era él quien necesitaba esa protección. Se puso delante de mí y empezó a pasar su pene por encima de mi vagina, sin perder mucho tiempo introdujo su glande que entró con relativa dificultad ya que yo no había lubricado nada, no tenía la más mínima excitación. El lubricante del preservativo hizo el trabajo y empezó un bombeo en el que yo tenía más emociones negativas que sensaciones en mi cuerpo, una sensación de frío y dejadez que apenas se disimulaba bajo la mala cara que tenía. Al cabo de un rato lo hubo metido todo y empezó un mete y saca torpe, tal vez por la posición y se vino en cuestión de minutos otra vez, sin preámbulos. Él se apartó y yo me bajé mi falda, y cuando procedía a subir mi tanga me detuvo y me la quitó de las manos. Se la guardó en el bolsillo sin decir nada y me ordenó que me fuera de ahí con una seña.
El viejo sucio ese tenía un plan a largo plazo conmigo; necesitaba yo un plan para detenerlo y lo necesitaba ya. Empecé a idear algo para que pudiera aprovechar la primera oportunidad y balancear las cosas a mi favor, no iba a ser fácil por eso necesitaba estar atenta a la ocasión, y la ocasión se dio. Dos días después de mi último encuentro con el viejo, me escribió al WhatsApp y me dijo que quería una cita en un lugar privado. Yo guardé en mi morral la cámara de video que me regalaron por navidad hace dos años y me aseguré de que tuviera suficiente batería. El viejo quedó en pasar por mí esa misma tarde, me dijo que usara ropa ligera y que no fuera el uniforme, ya que no quería arriesgarse a ser visto recogiendo una jovencita del colegio en un lugar público. Me citó en un mall a las cuatro de la tarde y ahí estuve con mi morral, nerviosa pero decidida.
Él me preguntó por qué había traído un morral y yo le dije que ahí tenía la ropa para cambiarme después. Necesitaba tenerlo bien comprometido para el video que le iba a grabar. Llegamos a un motel lejos del colegio, lejos de mi casa y lejos de la suya, el viejo lo tenía bien planeado. Aparcamos en el lugar donde tenía la reserva y nos bajamos. Le dije que necesitaba el baño y me puse mi ropa más sexy, una lencería rosa tipo hilo que hacía resaltar mis curvas y que hacía juego con mi piel, para alborotarlo y para que no pudiera negarse a seguir adelante. Cuando salí, se le cayó la mandíbula, caminé hacia él con mis pies en punta y le dije que era su turno de asearse. Él me dijo que estaba bien, pero yo insistí: «Te necesito muy limpio, lo que te quiero hacer hoy». El salió como un rayo hacia el baño y en los cinco minutos que tardó, tuve la oportunidad de ubicar un lugar oculto pero con una vista excelente para grabar todo lo que se hiciera sobre la cama. Le di al botón de grabar y me ubiqué en la cama en la mejor posición para que la acción quedara en video y se pudiera identificar a los personajes claramente. Él salió, me encontró con una pose sugente y su erección se empezó a notar inmediatamente.
Mi plan era simple: descargarlo rápidamente, grabarlo mientras lo hacía y luego, aunque él me siguiera chantajeando por la nota, enviarle un pequeño clip editado del video, lo suficientemente comprometedor como para que no insistiera más y me pusiera mi ya merecida nota. Desde mi punto de vista, ya me la había ganado con mi esfuerzo y mi rendimiento académico, y aquello era solo un sacrificio necesario. Por eso, cuando salió del baño, lo llamé con un dedo de forma seductora, una invitación que no podía rechazar. Lo recosté en la cama y le quité el boxer, que era lo único que traía puesto. Sorprendentemente, una erección bastante consistente se asomó, aunque tímida, porque el viejo no estaba tan bien dotado en longitud, aunque era bastante grueso, una forma que sin yo saberlo prometía una experiencia diferente.
Yo empecé a mamarle directamente, sin rodeos, y él empezó a disfrutar de la vista, sus ojos fijos en mi boca, mi rostro y mi culo detras de mi cabeza mientras lo llenaba de placer. En pocos minutos lo tenía ya gozando, agarrándome la cabeza con fuerza para que no parara, una señal de que estaba perdiendo el control. Efectivamente, eyaculó bastante rápido, un chorro que me sorprendió por su cantidad, pero vi que no perdió la erección. Me picó el ojo, me entró sospecha y miré disimuladamente hacia todos lados, buscando una explicación. Fue entonces cuando vi que en la caneca de la basura al lado de la cama tenía un paquete destapado de Viagra, seguramente se la tomó cuando entré al baño, todos teníamos una agenda ese día. Una parte de mi plan se vino al piso, porque pensaba que sería rápido, pero aún estaba siendo grabado, aunque me demorara más de lo esperado. La situación se complicaba, pero mi determinación no vacilaba.
Acto seguido me ordenó que me recostara sobre la cama, una postura que me puso nerviosa inmediatamente, otra parte de mi plan se vino abajo: no quería estar en una posicion vulnerable sino dominante. Me quitó el brasier de encaje con una sorprendente habilidad, como si tuviera años ejercitándose para esa acción, y lo arrojó al piso. Se fue directo a mis pezones, mordiendo y lamiendo con una urgencia que me sorprendió. Me dolió un poco en un principio, esa fricción brusca, pero el desgraciado sabía cosas, conocía la anatomía femenina mejor que yo misma, sus años no eran en vano. En pocos minutos mi cuerpo estaba respondiendo ante los estímulos de este asqueroso viejo, con mis pezones enrojecidos y sensibles a cada roce.
Cambiaba con una habilidad que yo no había visto antes, variando la velocidad y el estilo, sabiendo cuando también cambiar de pezones. Mi respiración se hacía cada vez más pesada, un sonido que se mezclaba con el silencio del cuarto, y sentía la necesidad de gemir. En un principio las reprimí, no quería darle el gusto al desgraciado de verme gozar, no quería mostrarle que lo estaba disfrutando y mucho, pero no pude más y empecé a jadear y luego a gemir, cada vez más alto, liberando los sonidos que mi garganta guardaba. Bajó entonces su mano y la metió en mi tanga, rozando la piel húmeda, y empezó a masajearme el clítoris con mucha habilidad y control preciso. Insertó un dedo en mi vagina y hallo el punto G enseguida, un punto de placer que sólo yo sabía que existía después de muchas tardes con mis juguetes sexuales, hasta que él tambien lo encontró, pero mucho más rápido, como si hubiese sabido dónde estaba desde antes. Ahora me daba lengüetazos en los pezones mientras estimulaba el punto G con su dedo medio y con su pulgar mi clítoris, una precisión que solo la experiencia podría dar. Ya no pude seguir con gemidos ahogados, en su lugar estaba gimiendo con voz en cuello y casi gritando, cada vez más fuerte, cada vez más alto, una sinfonía de placer que me roía por dentro.
Mi cuerpo no pudo más, se contorsionó, mis piernas empezaron a temblar como gelatina, y estallé en un ruidoso orgasmo que llenó todo el cuarto con mi voz. Gemía y gritaba al tiempo y le decía «no pares viejo asqueroso» a lo que él respondía, dedeándome con más intensidad, llevándome de una a otra ola de orgasmos hasta que estuve exhausta. El maldito viejo asqueroso, en cada orgasmo que me daba, no paraba sino que me estimulaba más mi punto G, llegó a meterme hasta tres dedos, una invasión que me hacía sentir llena, mientras mis pezones los mordisqueaba y apretaba con sus labios en cada pico de orgasmos, un ciclo de placer y dolor que no tenía fin.
Tomé aire mientras mi cuerpo aún se retorcía, los músculos agonizando tras la lluvia de placer que acababa de recibir, me puse a medio lado tratando de poner mis codos en mis rodillas mientras mi nuca iba hacia adelante y hacia atrás con mis manos rígidas y mis pies extendidos. Él me dejó descansar unos minutos, un momento de calma que él aprovecho para ir al mini bar que estaba en la habitación por una cerveza. Yo recuperé el aire, intentando ordenar mis pensamientos, mientras él terminaba su cerveza en silencio, y yo tomando conciencia de la situación. Cuando recupere la calma y él termino su cerveza; su mirada era fija en mi entrepierna y me ordenó que me quitara la tanga y eso hice inmediata, sumisa y obedientemente, dejándome totalmente desnuda y expuesta ante sus ojos.
Ya no sabía si actuaba coaccionada por la beca o estaba rendida como esclava sexual ante un maestro de la estimulación, empezaba a preguntarme si su pene corto lo había obligado a ser tan hábil en otras áreas para compensar, una teoría que se confirmaba al ver cómo sus manos trabajaban en mí. Se abalanzó sobre mí, dejando a un lado cualquier preliminar, y empezó a lamer mi vulva con una voracidad que me sorprendió, primero recorriendo de arriba a abajo todo el canal y luego centrándose en mi clítoris con una intensidad que me hizo gritar. Empezó un lengüeteo que no supe identificar, una técnica que mi cuerpo no pudo resistir, y reaccionó ante él nuevamente, con suma habilidad me puso a escurrir jugos vaginales y la cama empezó a empaparse bajo nosotros.
Yo no entendía nada, este viejo me daba asco verlo, olerlo, su personalidad, todo de él, y ahí estaba yo, sometida a sus estímulos sin saber qué hacer ni cómo reaccionar, solo dejándome llevar por el placer inmenso que me causaba y que me subía a las nubes en medio de un mar de confusión y placer, una paradoja que mi mente no podía resolver mientras mi cuerpo gritaba por más.
Cuando mi cuerpo estaba ya excitado y mi mente sometida a su voluntad, él me tomó por mi cadera y en un movimiento rápido me puso en cuatro, al estilo perrito. El lado izquierdo de mi cara y mis tetas quedaron aplastados contra la cama, mis rodillas apoyadas firmemente en el colchón y mi espalda arqueada de una manera que exponía mi culo, mi vagina y mi clítoris dejándolos completamente a la merced de este experto estimulador. Mi cerebro lo sabía, sabía que yo ya no gobernaba, mis brazos estaban rendidos, apoyados uno a cada lado de mi cabeza, como quien no tiene fuerzas y yo veía hacia la cámara que estaba de costado a nosotros, sin querer estaba grabando mi primera porno y no era actuada, era 100% real.
El viejo se tomó cinco segundos para admirar la vista que le estaba dando, un momento de posesión donde nunca nadie me había puesto, en esa posición de total indefensión, ni nadie había visto mi culo y espalda desde esa perspectiva. Me asestó una nalgada con precisión exacta, un golpe que doliera lo suficiente, y un corrientazo recorrió todo mi cuerpo en un mar de placer que me hizo gemir alto involuntariamente, justo como lo hacen las actrices porno a quiene yo juzgaba diciendo «ese gemido es falso». Sin recuperarme de ese pensamiento me dio otro golpe en el otro cachete, una bofetada que me hizo escurrir jugos a la vez que gemía más fuerte, una mezcla de dolor y placer que se mezcló en mi sangre. Se metió entonces como un experto a mamarme el clítoris desde atrás, su lengua buscando el punto exacto mientras su nariz se introducia un poco en mi vagina, resoplándome dentro y llenándome de aire caliente. De inmediato una oleada de placer se apoderó de mí, no era capaz de moverme, solo de respirar agitadamente y de chillar cuando alcanzaba esos lugares que me hacían sentir corrientazos eléctricos.
Empezó a subir la intensidad en el momento justo, un dedo tomó el lugar de su boca en mi clítoris dándome masajes circulares y su lengua se introdujo en mi vagina con una velocidad vertiginosa que me hacía abrir instintivamente las piernas para que llegara más lejos, mientras le rogaba que se tragara todo con voz entrecortada y gimiendo de placer. Luego de un momento subió un poco más su boca y empezó a hacer círculos en mi ano con la lengua y a meter un poco la punta, mi primer beso negro quedaba inmórtalizado en video, de boca de este viejo hijueputa, una invasión que me hizo tensar los músculos, mientras sus dedos no se detenían en mi clítoris y su mano libre pasaba por debajo de mí y empezaba a pellizcarme un pezón, completando nuevamente mi circuito de placer. Mis gemidos llenaron la habitación y mi mente se puso en blanco, mis caderas se movían involuntariamente para maximizar el placer y mis brazos descansaban rendidos sabiendo que yo no podía hacer nada para evitar lo que estaba sucediendo.
Casi cuando alcanzaba el orgasmo, él se detuvo repentinamente, dejándome en el borde y lo volteé a mirar con cara de molestia, suspirando pesadamente intentando alcanzar el aire que me faltaba. Escuché el crujido seco del paquete de preservativos que se abría, un sonido que me recordó la realidad de la situación, y un momento después sentí su pene abriéndose paso por mi vagina con una desesperación que casi no toleraba. Era grueso y me sentía como si me estuvieran partiendo en dos, una incomodidad seguida de electricidad me empezó a invadir el cuerpo, un calor que me subía por las piernas. El viejo entró todo de golpe, sin aviso previo, y sentí su pelvis chocar contra mis nalgas y sus huevos estrellarse en mi clítoris, una sensación de llenado total que me hizo gritar.
De repente puso su mano en mi espalda y me hizo arquear aún más la columna, forzándome a exponer mi cerviz, y sentí como su pene corto hacia tope, golpeando la pared más profunda y sensible. Ese cretino ya tenía la técnica para compensar su tamaño, sabiendo exactamente dónde golpear para causarme dolor y placer al mismo tiempo. Empezó entonces con un bombeo rítmico, sus huevos moviéndose como un péndulo exacto, golpeando mi clítoris cada vez que entraba, estimulándolo de una forma extraña pero increíblemente excitante. Sentía como hacia tope al fondo de mi vagina y me agarró con ambas manos de mi cadera, mis uñas hundiéndose en las sábanas, mi respiración se hizo aún más pesada y agitada, y para poder tomar y expulsar el aire tenía que gemir necesariamente, un sonido que se volvió mi respiración, empecé a hacerlo cada vez que sentía tope en mi cuello uterino.
Mi cadera empezó a participar ahora de ese frenesí, moviéndose de arriba hacia abajo facilitándole la entrada a ese pene y maximizando la sensación en mi cuello uterino, buscando el golpe exacto en cada embestida. Yo ya no era quien lo dirigía, mi cuerpo tomaba el control, mis gemidos eran cada vez más altos, más desesperados, y él respondía con más fuerza, bombeando con una constancia que no tenía fin. El vídeo grababa cada movimiento, cada gemido, cada gota de sudor que caía entre mis pechos, y mi agenda se había desvanecido por completo.
Caí en la consciencia de que esta era mi primera vez de perrito, una postura de sumisión total que nunca antes había hecho con nadie, y que estaba siendo sometida por un viejo desgraciado que resultaba ser un maestro y no sólo de química. Para colmo, recordé que todo quedaba grabado en video, una grabación que yo misma había preparado, y eso disparó mi morbo y mi excitación, haciendo que mi rostro se pusiera rojo como una manzana madura y que los orgasmos se aglutinaran, acercándose a su punto de ebullición. En un ataque de conciencia recordé quién me estaba sometiendo: un profesor que me hacía sentir inferior y sucia, y con el aliento que me dejaba, agarrando con fuerza las sábanas, empecé a gritarle obscenidades interrumpidas por jadeos, no importando quién escuchara o viera:
—“¡Así me querías tener, viejo malparido! ¡Dame duro, picha corta! ¡No te detengas, hijo de tu gran puta madre! ¡¿Eso es todo lo que tienes, viejo degenerado? ¡¿Eso es todo lo que sabes hacer?!”
Con cada insulto, su velocidad aumentaba, sus estocadas entran y salen con una fuerza que me sacudía todo el cuerpo, y mis caderas facilitaban su tarea, moviéndome de arriba hacia abajo para recibirlo, buscando el punto exacto que me hacía sentir completa. No se me ocurrían más insultos, la lista de maldiciones se agotó ante la intensidad de la situación, y comenzó una ola de orgasmos que me hacían temblar, gemir y gritar, una cascada de placer que me arrastraba al abismo. No aguantaba más y seguí maldiciendo, pero las frases se me quedaban incompletas en medio de los orgasmos, las palabras se convirtieron en balbuceos y gritos ahogados.
—“¡Malpari… Ohhhhhh! ¡Viejo dej… mmmmmmmc tu gran put… Ahhhhhhh!”—“¡Dame más… brrr… viejo… ah! ¡No me dejes… mmmmmm!”—“¡Qué asco… desgrac… ahhh! ¡Dentro… mmmmm!”
Me agarró por el cabello, se soltó de mis caderas y me siguió castigando, una posición de posesión absoluta que me obligó a poner mis palmas sobre la cama mientras mi espalda se arqueaba aún más, una curva perfecta para no perder el ángulo en el que ese turrón de carne me estaba estimulando. Mis orgasmos no pararon, una lluvia interminable que me dejó aturdida, sentía corrientazos eléctricos por todo mi sistema nervioso y mi mente se ponía en blanco cada vez que sus golpes me alcanzaban. Justo cuando alcancé mi último orgasmo, una explosión que me hizo ver estrellas, él eyaculó en el preservativo, una descarga que me llenó por dentro y me hizo temblar de nuevo.
Se tiró a mi lado, y yo todavía estaba en cuatro sin poder moverme, mis piernas exponiéndome a su mirada, aún tratando de alcanzar el aire que me faltaba, mis brazos perdieron su fuerza y me dejé caer a su lado, pero aún con mis caderas elevadas y mi culo expuesto, una postura de sumisión que lo deleitaba. Reposamos un poco, nuestra respiración entrecortada llenando la habitación, y él fue por otra cerveza, un momento de calma que aproveché para acomodarme a un lado y cubrirme con una sábana hasta mis senos, buscando protección y vergüenza. Él me vio al volver de buscar su cerveza y hizo un gesto de admiración por tener a una diosa en cama, una mirada que sabía que no era solo por mi cuerpo, sino por lo que yo había hecho, por cómo me había entregado a él sin reservas.
El se sentó en la cama a mi lado, se puso su boxer y empezó a recuperar el aliento con un largo sorbo de cerveza, como un hombre que acaba de cumplir con su deber. El viejo verde, con su pelado y sus lentes, ahora me parecía un hombre interesante, una capa extra que me hizo cambiar mi perspectiva sobre él, y fui yo quien rompió el silencio, notando la intimidad que habíamos creado tras la pasión. «¿Traes a muchas alumnas acá?», pregunté, buscando entender su mundo.
El viejo verde respondió: «Llevo 35 años como maestro, ya perdí la cuenta de a cuántas he traído», dando un sorbo al terminar su frase, con una sonrisa de suficiencia. Yo me sentí un poco decepcionada con la respuesta, esperando algo más profundo, y seguí preguntando: «y así aprendiste a complacer a una chica?». El hizo una mueca, inclinando al tiempo un poco la cerveza en su mano, y el viejo verde dio paso al hombre sabio. «Ustedes los jóvenes creen que complacer a una chica como tú es un acto de heroísmo, se sienten muy machos desflorando niñas e imitando el porno, cuando ustedes las jovencitas se desnudan ya está gran parte del trabajo hecho. Lo difícil es llegar a casa después de 14 horas de trabajo continuas y encontrarse a una mujer con un recién nacido llorando y el otro mayorcito que no se quiere dormir. Acostar al mayor y hacer callar al menor para también acostarlo, ocuparse de los oficios que tu esposa no puede porque está sobrecargada, luego ocuparse de su ella, una mujer que entre más desnuda está más fea se percibe, recuperándose aún de su cesárea y sintiendo que nunca será la mujer que alguna vez fue, y aunque ama a sus hijos, su cuerpo ha pagado un precio muy alto para que ellos estén contigo; huele a meados y a vómito de bebé y tú sabes muy en el fondo que es tu culpa porque con tu salario de maestro no puedes pagarle la ayuda que necesita para ella estar mejor. Ella renunció a su éxito profesional y puso en pausa su carrera para ser madre, para cuando al volver al mundo laboral le pregunten que hizo en los cinco años que no están en su historia laboral y responder que fue madre, la miren con desprecio y la rechazaren».
«¿Sabes lo difícil que es estimularla hasta que olvida todo eso y se entrega nuevamente a la pasión hasta que encuentra nuevamente su feminidad y placer? ¿Sabes lo complicado que es que alguien en ese estado recuerde ser mujer y dejarse llevar por la lujuria que un día sintieron juntos?», me preguntó, con una intensidad que me conmovió. «Déjame decirte, si logras encender la chispa en una mujer así también complaces a una jovencita como tú», concluyó con una serenidad que me hizo sentir humilde.
Fueron las palabras más anticonceptivas que he escuchado en toda mi vida, tal vez por eso aún hoy no tengo hijos ni planes de tenerlos, una reflexión profunda que contrastaba con la carne desnuda que acabábamos de compartir. El hombre sabio dio paso al maestro al verme meditando, con esa mezcla de tristeza y sabiduría que emanaba de su piel canosa, y me dijo: «Aprovecha tu juventud porque es solo un instante de la vida». Sus palabras resonaron en mí, pesadas como piedras, recordándome la fragilidad de mi tiempo y la carga que mi generación cargaría más adelante.
Iba a preguntar algo más, quizás sobre su matrimonio o sobre esa vida a la que aludía, cuando él me interrumpió con una voz seca y práctica, rompiendo el momento: «Vístete, te ganaste tu nota». Espere que fuera al baño y aproveché para ir por la cámara con el video que tal vez nunca usaría, una reliquia de mi humillación y mi victoria. Vi que tenía 45 minutos de grabación, un archivo que contenía mi primer porno, una prueba inquebrantable de mi entrega, y lo guardé rápidamente en mi memoria. Nos vestimos, el aire se volvió frío y la intimidad se desvaneció, dejándome sola con mis pensamientos y mi cuerpo adolorido. Él me dejó en el mismo punto de recogida, un lugar público que ahora me representaba la derrota o la victoria, y al día siguiente, en silencio, vi en el software de notas que él había cumplido su palabra, actualizando mi promedio con el esfuerzo y el sacrificio que había invertido.
