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Qué tal, lectores. Espero que estén igual de cachondos que yo ahora mismo, mientras les escribo esto.
Esto pasó dos años después de aquellas primeras veces con don Elijio y don Guillo. Fueron dos años en los que solo jugué con mi oyito, hasta que ocurrió lo siguiente.
A los veinte años ya tenía más libertad por parte de mis papás, aunque seguía teniendo problemas con ellos por la forma en que salía a hacer ejercicio: con shorts de licra que se me metían un poco en la cola. Me decían que no debía andar así vestido en la calle porque iban a pensar que no era hombre. Aun así, me dejaban ir al gimnasio sin cuidarme. Llevaba alrededor de un año yendo, así que se imaginarán que a esa edad ya tenía las nalguitas aún más paradas y redonditas por el ejercicio.
En el gimnasio trataba de trabajar más la cola y las piernas que la parte de arriba, porque quería verme más como mujercita que como hombre. Como no quería que supieran que me gustaba traer algo en mi cola, no le hablaba mucho a los instructores. Había una instructora que estaba de diez: tenía una cola, unas caderas y unas piernotas impresionantes. Todas las mujeres se acercaban a ella para pedirle tips de cómo quedar igual. Cuando veía que alguien se acercaba, yo también me acercaba a escuchar qué ejercicios podía hacer para tener más cadera, más nalgas y las piernas más formadas.
Obviamente alguno que otro ya sospechaba que a mí me gustaba que me metieran toda la verga, pero nadie se animaba a decir nada y yo tampoco quería levantar sospechas ni que después anduvieran chismeando. A veces los otros instructores se acercaban a ayudarme y sentía cómo se pegaban a mi cola para sentirla. Yo solo sonreía y les decía en broma que se fueran para allá, pero no pasaba de ahí. Siempre me ha dado miedo que me trajeran en chismes.
Como les escribí al principio, estaba por terminar la escuela y necesitaba dinero para la graduación y todas esas cosas del final. No me contrataban en ninguna parte. Tenía un tío postizo (así le decimos en México): el esposo de una hermana de mi mamá. Era encargado de unos almacenes de maíz en las afueras de la ciudad, como a cuarenta minutos. Ahí llegaban los trailers y descargaban el maíz. Cuando era temporada contrataba gente; cuando no, se quedaba solo cuidando el lugar. Mi tía y mis primos vivían en la ciudad, y él vivía solo en ese sitio, que era como un rancho.
Mi tío era un hombre de unos sesenta años, moreno, media aproximadamente 1.80 y tenía un poco de barriga. Tenía cinco hijos: tres mujeres y dos hombres. La menor me ganaba por dos años y se llamaba Jennifer. La verdad es que estaba de muy buen ver: tenía unas piernas bien formadas y una colita bien rica. Iba a una universidad donde llevaban falda, y siempre decían los muchachos que era bien puta porque la traía bien cortita. Como sabía que nosotros no le íbamos a hacer nada por ser primos, a veces la veía llegar de la universidad con esa faldita, se sentaba toda abierta de piernas y yo miraba las tanguitas que usaba. Se me antojaba traer puesta la misma ropa que ella. Como les escribí en los relatos anteriores, yo sabía que esa faldita se me vería mejor a mí que a mi prima, con las nalgotas y las piernas que ya tenía por el gimnasio.
Un día que hubo una fiesta en el rancho le conté a mi tío de los problemas económicos que tenía y le pregunté si me daba trabajo los fines de semana: llegar el viernes por la tarde y ayudarle sábado y domingo. Me dijo que no podía pagarme mucho, pero sí podía ayudarme un poco a juntar el dinero. Ya había platicado con mis papás de pedirle trabajo a mi tío y ellos estuvieron de acuerdo, porque lo conocían y sabían que era muy machista. Pensaban que con el trabajo rudo del rancho se me iban a quitar esas “mañas” de vestirme así para hacer ejercicio. Lo que ellos no se imaginaban era que al final mi tío me iba a terminar ensartando su vergota y a hacerme sentir más hembra.
Llegó el primer fin de semana. Me fueron a dejar el viernes mis papás y se regresaron de inmediato. Mi tío no sé dónde estaba, así que me metí a bañar y a cambiarme para descansar, porque al día siguiente iba a ser un día pesado. Mi tío también era un viejo cochino: por todos lados tenía revistas de esas de vaqueros. De seguro, por estar solo en el rancho, se la jalaba donde fuera.
Al día siguiente me levanté temprano, me puse ropa de trabajo y nos fuimos a trabajar. Pasamos todo el día platicando de cómo me iba en la escuela y si iba a seguir estudiando. Así se fue el primer fin de semana.
El siguiente fin de semana, como ya me había acostumbrado un poco al trabajo, el sábado por la tarde, después de bañarme, me puse mi short de licra para correr. Salí y le dije a mi tío que iba a correr. Vi cómo se me quedó mirando las piernas. Como era mi tío no pensé nada malo. Me puse a calentar y, sin querer, lo calenté a él también: hice estiramientos, me empinaba y no dejaba de mirarme las nalgas. Me fui a correr alrededor del rancho y no le dije cuánto tiempo iba a tardar.
Cuando regresé me metí a la casa y no me escuchó. (No les había dicho que me había dado el cuarto que usaba mi prima). La puerta estaba un poquito abierta; yo recordaba haberla dejado cerrada. Me asomé por la orilla y para mi sorpresa mi tío estaba adentro, sentado en la cama, con el short que usaba para dormir en la cara, oliéndolo. Cuando miré un poco más abajo, mi sorpresa fue mayor: tenía su verga en la mano, jalándosela. Era una verga hermosa, de lo grueso del tamaño de la de don Elijio, un poquito más corta (dos o tres centímetros menos), pero con una cabeza bien deliciosa. Vi cómo aventó chorros de leche y no dejaba de oler mi short. Me salí sin hacer ruido para no espantarlo y, ya estando afuera, le grité:
—¡Tío, dónde estás!
Me esperé un momento y entré. Cuando llegué ya estaba sentado en la sala viendo la tele. Me acosté en el otro sofá, boca abajo, para ver la tele con él. De repente, cuando volteaba a preguntarle algo, veía cómo giraba la cabeza porque me estaba mirando la colota. Estuve un rato acostado ahí para que mi tío siguiera disfrutando de la vista y después me fui a acostar.
Como estaba en el cuarto de mi prima, cerré la puerta con candado y empecé a buscar ropa de ella: sus falditas y sus calzones. Encontré una falda de la universidad, roja con negro y tablones, y una tanga blanca que se veía mucho en mi piel canela. Me las medí y sí, se me veían las nalgas riquísimas; la falda dejaba ver un poco el final de la nalga. Me quité la ropa, la guardé para el siguiente fin de semana (quería estrenarla con mi tío), me puse un short de licra para dormir y me quedé dormida.
Ya dormida sentí como si alguien me tocara las nalgas. Me hice la dormida y, en la oscuridad de la noche, vi la silueta de mi tío. Sobaba despacio mis nalgas, sacó esa hermosa verga y empezó a jalársela. Después sentí cómo se vino y aventó leche en mis piernas y en la cola. Se fue despacio y cerró la puerta. Sabía que ya lo tenía en mis manos.
A la mañana siguiente me desperté y platicamos como si nada hubiera pasado. Nos fuimos a trabajar y nadie tocó el tema. Se terminó el día y tenía que regresarme a mi casa. Ya quería que llegara el siguiente viernes para volver al rancho y ver otra vez esa hermosa verga que pronto iba a sentir dentro de mí.
Llegué, saludé a mi tío y me fui a poner el short de correr. Hice los ejercicios de calentamiento y me empinaba más que la última vez. Me fui a correr y, cuando regresé, me quité el short, lo dejé en el piso y me acosté según a dormir. Cuando pasó el tiempo escuché cómo se iba abriendo la puerta: era mi macho que venía a desearme otra vez. Esta vez venía desnudo. Me imaginé que pensó: “Tiene el sueño pesado, no se va a despertar esta culoncita”. Agarró el short, empezó a olerlo y a jalársela. Me agarraba las nalgas y seguía. Después de un rato sentí cómo caían sus gotas calientes de leche por todas mis nalgas y piernas. Me moví y se salió rápido.
A la mañana siguiente, después de bañarme y cambiarme para el trabajo, le dije que como que alguien se había metido a mi cuarto, que amanecí lleno de algo pegajoso en las nalgas y las piernas. Él solo dijo:
—A lo mejor fue una rata que ya tiene tiempo que quiero matar, y podía ser su baba. Con esas nalgotas que tienes, creí que la rata era macho —y se rio el descarado.
Ya que había dicho eso, sabía que iba a querer probar mis deliciosas nalgas. Me hice la que no sabía, me paré y le pregunté:
—¿Usted cree que estoy nalgón?
Y me la dejó ir así, sin pelos en la lengua:
—Esas nalgas se ven más ricas que las que tienen algunas mujeres.
Nos reímos.
Nos fuimos a trabajar y ya en el trabajo platicábamos solo de sexo. Me dijo que con mi tía ya tenía mucho tiempo que nada de nada, y que ahí solo puro jalársela. Que a veces sus compadres llevaban putas, pero no querían que se las metieran en el culo, y que él siempre había querido probar culo. Se le veía un bulto hermoso en el pantalón. Como sabía que ya tenía tiempo sin hembra y quería mis nalgas, le dije:
—Tío, si sabe guardar un secreto, yo puedo ayudarlo. Puedo enseñarle un secreto mío, pero tiene que prometerme que va a guardarlo.
Ni lo pensó:
—¿Dónde me vas a enseñar? ¿Aquí?
—No, en la casa.
—Entonces vamos a recoger todo, porque ya quiero ver ese secreto tuyo.
Nos fuimos rápido a la casa. Le dije que me tenía que bañar. Agarré la ropa de mi prima: la tanguita de encaje blanca, la faldita y una camisa blanca de ella también. Me lavé bien la colita, me quité los pocos pelitos que traía y me puse la ropa. Cuando salí, mi tío estaba en la sala de espaldas hacia donde yo estaba.
—Tío, cierre los ojos.
Pasé por enfrente de él, me paré enfrente y le dije:
—Ahora sí, ábralos.
Se quedó mudo y solo me miraba de arriba abajo. Se quedaba viendo mi cola. Me di la vuelta para que viera mejor.
—¿Qué traes abajo, Carmelita?
Me agaché en ángulo de noventa grados para que viera cómo se me metía la tanga entre las nalgas. Entonces le dije, así como estaba:
—Si me promete que no dirá nada, le hago realidad su fantasía de probar un culito.
No dijo nada y se abalanzó a mis nalgas: me las mordía, besaba y metía la cara entre ellas.
—¿Qué tal me veo, tío?
—Sé que está mal decirlo, pero se te ven más ricas las nalgas que a Jennifer —su hija—. Esa mujer siempre andaba enseñando las nalgas aquí y tu tía no le dice nada. Iba al baño a jalármela pensando en cogerme a Jennifer.
Volteé y le dije:
—Déjeme ver qué trae colgando ahí.
Empecé a bajarle el pantalón, después el bóxer, y salió disparada su verga, toda paradota. La tenía a unos cuantos centímetros de mi cara. De lejos se veía rica; de cerca se veía deliciosa. Así de cerca ya la vi mejor y, acordándome de la hermosa verga de don Elijio… estaba mal yo: la verga de mi tío era igual de larga (20 cm), pero más gruesa (8 cm). Le di besitos y empecé a pasar la lengua por toda esa deliciosa verga. Traté de meterla en la boca y solo entró la cabeza. La mamaba como loca: tenía años sin una verga para mí. Mi tío solo bufaba y decía:
—Qué rico te la comes, sobrina. No sabía que eras así de puta. Si no, desde hace tiempo te hubiera estrenado… o bueno, no creo que nadie antes no haya disfrutado ese culito tan bonito que tienes.
Hice una pausa para descansar la quijada y le conté de don Guillo y don Elijio. Como él los conocía, solo dijo:
—Qué viejos tan cabrones. Te han de haber dado un cojidón bien sabroso.
Ya con su verga en la boca solo dije “ajá”. La saqué y le dije:
—Pero ya se me cerró otra vez. Ya tiene mucho que esos viejos me abrieron la colita.
—¿Cómo quieres que te trate, Carmelita? ¿Como una putita o como una damita?
Le respondí con cara de toda una putita:
—Tráteme como usted quiera, tío. Lo que quiero es ya sentir su verga abriéndome.
—Entonces ponte empinada en la mesa, que quiero comerte otro rato ese culito que sabe bien rico… y ya quiero sentir lo que es meterla en un culo. Y qué mejor que en un culito de un mujercito que tiene las nalgas bien paraditas.
Estuvo un rato comiéndome el oyito. Solo gemía de placer al sentir cómo su lengua me abría el culito. Se despegó y me dijo:
—Mira cómo se te abre y se cierra ese culito, deseoso de verga.
Puso su hermosa verga en la entrada de mi oyito y dijo:
—Así como lo abres y lo cierras parece que le das besos con tu culito a mi verga.
Me daba nalgadas y me pegaba con su hermosa verga en las nalgas. Luego la pasaba por mi oyito y yo me aventaba hacia atrás para que ya la metiera. Le grité:
—¡Ya métamela, tío, por favor!
Me abrió las nalgas y empezó a meterla despacito. Yo gritaba y gemía de placer al sentir cómo otra vez una verga me abría el culito. Aunque estaba más gruesa que las otras dos que me habían abierto, yo quería ya estar ensartada. Mi tío solo bufaba y me decía que se sentía mejor el culo que la vagina. En eso sentí que ya estaba toda ensartada y ahora sí empezó el mete y saca.
Estuvimos así un rato y luego me dijo que ahora quería ver que yo me ensartara, que si me habían enseñado a coger bien don Guillo y don Elijio. Se sentó y yo, de reversa, me fui hacia él. Con las manos abrí lo más que pude las nalgas para que mi tío viera qué tan abierto tenía el culo. Me acomodé y, cuando sentí la punta de la cabeza, me di un sentón y la metí toda. Brincaba en esa hermosa verga y solo lo veía cómo disfrutaba. Estuve brincando y apretando el culito; él me daba masajes en las nalgas y me decía que estaba bien rico mi culo. Me agarró de la cintura y me hizo que me ensartara más en esa hermosa verga. Empezó a hincharse y a venirse dentro de mí. Yo daba círculos con el culo y le decía:
—Así, tío… lléname de tu leche. Quiero que te vengas todo en mi culo. ¡Qué rica verga tienes!
Cuando terminó y se le empezó a quitar lo duro a tan hermosa verga, apreté lo más que pude para exprimirla bien. Me volteé y empecé a limpiar esa rica y deliciosa verga que me acababa de comer con mi culito. Mi tío estaba feliz de haber cogido por primera vez un culo.
Así pasamos todo el fin de semana: no dejaba de cogerme tarde, noche y al día siguiente. El siguiente fin de semana solo fue coger, nada de trabajar. Le dije que se acercaba la graduación y que todavía me faltaba dinero, que si podía ayudarme. Me dijo que iba a ver cuánto podía juntarme: eran como dos mil pesos.
Esa vivencia se las contaré en el siguiente relato.
