Mi hijo y su pico y mi culito roto
Me llamo Angela, tengo 52 años, casada y con un hijo de 19. Con mi marido ya no tenemos sexo como antes: es esporádico y de verdad poco placentero. Yo mido 1.68 m, 60 kg… trigueña… un poco voluptuosa, con un trasero generoso, lindos pechos y sin vellos en mi cuerpo. Mi hijo mide 1.83 m, 90 kg… moreno, muy varonil.
Bueno, esto pasó ya hace un año. En ese entonces, yo participaba en clases de natación y yoga, por lo que llegaba a casa muy relajada a darme un baño para terminar de relajarme. Normalmente vestía calzas y poleras, y en verano shorts.
Un día en que entraba a casa, llega mi hijo al mismo tiempo y me saluda.
— ¡Mamá! Hola… espérame.
— Hola, mi bb… ¿de dónde vienes?
— Vengo del preuniversitario… ¿y tú?
— De mis clases… ¡lo sabes!
— Pero mamá… ¿vas así a esas clases?
— Sí… ¿por qué?
Entramos a la casa mientras hablábamos.
— Porque se te nota mucho el cuerpo.
— Mira tú… ni tu padre se molesta y mi hijo me hace escenas… jajaja.
— Es que eres muy guapa, mamá. Y así vestida… ¡todos te miran!
— No creo que me miren a mí… hay chicas más jóvenes y mucho más guapas.
— Pero mamá… a los jóvenes les gustan las mujeres maduras… ¡como tú!
— Ya, mi bb… me voy a bañar… tómate un vaso de leche y ve a descansar.
En la ducha me quedé pensando en el comentario que hizo mi hijo: que a los jóvenes les gustaban las maduras.
Salí del baño con mi bata y me fui a mi dormitorio. Me comencé a echar crema en mis piernas, cuando llega mi hijo para hacerme una pregunta. Yo estaba aún con bata de espaldas a él.
— Mamá… ¿puede venir Claudio a jugar Play?
— Prefiero que hoy no… vengo algo cansada.
— Mamá… ¿qué crema usas?
— ¿Por qué?
— Es que se ven lindas tus piernas.
Él muchas veces me había visto con shorts o trajes de baño… pero nunca había dicho nada.
— ¡Qué mirón eres! Jajaja.
— Mamá… ¿cómo quieres que no mire las cosas lindas?
— Imagino lo fresco que eres con las chicas… ¡picarón!
— Un poco… soy hombre… pero tu piel se ve tan… tan…
— ¿Tan qué?
— Tan suave… tan tersa… sin marcas.
— Ya… córtala con mirar… soy tu mamá… ¡fresco!
— Mamá… ¿puede o no venir Claudio?
Me di vuelta para decirle que no, y vi… vi un enorme bulto en su buzo. Un bulto bastante paradito. Quedé como una niña con juguete nuevo.
— No, Marcelo, que no venga porque quiero descansar… todo esto mirando esa protuberancia que se dibujaba en su buzo.
— Por fa, mamá… estoy aburrido y ya van a ser las 9 de la noche.
— Mira… sabes que no me gusta que vengan visitas y menos cuando tu padre no está.
Se dio media vuelta y se fue a su dormitorio. Yo me saqué la bata, me puse mi pijama, que consiste en un short holgado y una polera que si me muevo mucho… mis pechos se arrancan.
Salí al baño y escucho a mi hijo hablando con alguien. Me acerco y era su amigo. Le decía vía celular:
— La cagué… le vi las piernas y me dejó prendido… ¿no sé qué hacer?
Entré de golpe y le dije con quién hablaba… que a quién le había visto las piernas y había quedado prendido.
Se puso rojo… agachó su cabeza… le volví a preguntar.
— A ti, mami.
— No lo puedo creer… tú, mi hijo… espiándome… ¡eres un pervertido y morboso!
Se enderezó en la cama y sí… estaba con su cosota paradísima.
Se levantó… me miró… se agarró el miembro y me dijo:
— Mamá… esto me pasa porque te veo con tus calzas… tus shorts… tus poleras… tus trajes de baño… y tienes un cuerpo deseable… besable… violable.
— Pero… pero…
— Perdona… es la verdad… mis amigos siempre te están mirando… y sé que más de alguno se pajea en tu nombre.
— Hijo… por favor… no me hables así.
— ¿Y cómo quieres que te diga la verdad… mintiéndote? Esa es la verdad, mamá.
Mientras me hablaba… me miraba los pechos y mi conchita… que se marcaba en mi pijama.
— Mamá… mírate con ese pijama… hasta el más poco hombre estaría embobado mirándote.
Se acercó… me miró a los ojos y dijo:
— Tú también me miras… entraste y tu mirada se fue a mi paquete… ¡y no lo niegues, mamá… te vi!
— Es que hijo… se nota mucho con ese buzo… hemm… no lo pude evitar… perdóname.
— Pero ¿por qué no lo pudiste evitar? Dime, mamá.
— Es que… es grande… por lo que se ve.
— ¿Tú crees? ¿De veras crees que es grande?
— Sí po… ¡se nota!
Se acercó un poco… casi rozándome. Apenas estaba a 10 cm de mí y sentí cómo la punta de esa cosa me tocaba el estómago… me puse nerviosa… agaché la mirada y me dijo:
— ¿Qué pasa, mamá? ¿Nerviosa?
Solo asentí con mi cabeza.
— ¿Quieres verla? Así sales de tu duda.
— ¡Perooo hijo!
— Pero mira, mamá… me sigues mirando el…
— ¡Marcelo! Por favor.
— El pico… y sé que te gusta… se ve en tu mirada.
Diciendo eso… me tomó la mano y de un leve tirón la puso ahí… en esa cosa… esa cosa enorme… esa cosa dura que me apuntaba… esa cosa… ese pico… caliente… ese pico adorable… mamable… ese pico duro… ese pico de mi hijo.
Me tomó de los hombros sin decir nada… yo lo tocaba suave… por encima… me aprisionó hacia abajo… más abajo… un poco más… y mi cara quedó frente a su verga. Empezó a puntear mi cara con su pico aún dentro del buzo… me daba golpecitos… me punteaba la boca… un poco más… otro poco… se bajó el pantalón y salió… dura… morena… sin vellos… cabezona… muy cabezona… caliente. Y me la empezó a hundir en mi boca, la presión abriéndose paso en mi garganta.
— ¡Mamá! Cómo chupas… ¡qué rico cómo me mamas la verga!
— Mmmfggmmmfgg… síii… gfggsgg.
— Nunca pensé que fueras así.
Sacándomela de la boca:
— ¿Cómo así?
Seguí chupando esa barra de carne dura.
— Así po… caliente… te ves muy…
— ¿Muy qué?
— Muy puta… te ves una perra mamando mi pico.
Más chupé… más me lo metí en la boca… y él aprovechó para hundirla más… casi hasta llegar a su pubis. Su verga mide como 22 cm… como dato.
— Mamita… mamita rica… eso… chupa… ¡chupaaa el pico de tu hijo! Asíii… qué caliente eres.
La sacó de mi boca, me tomó los pechos y los apretó fuerte… duro. Besó mi cuello. Bajó sus manos a mi culito… y lo trajinó entero. Me dio vuelta… y comenzó a puntearme sin sacarme el short. Sentía cómo su cabeza se hundía entre mis nalgas… me dejaba todo mojado mi pijama. Tomó mi short y lo bajó de golpe.
Y ahí vino mi suplicio… mi rico suplicio. Me empaló… me penetró… me enculó, el ardor inicial dando paso a una plenitud abrasadora.
— ¡Ayyyyyyyy! Nooo… me rompes… por favor… soy virgen de ahí… ¡para!
— No… tienes cara de perra caliente… y te daré duro… serás mi puta personal… siente cómo te enculo… mamita puta.
— Nooo… me duele… me duele… ohhhhh… así nooo.
Me apretaba… me sobajeaba las tetas… me mordía el cuello… y seguía culiándome… a cada embestida me decía lo zorra y puta que era su mamita… lo caliente que sentía mi hoyito… apretado.
Me levantó ambas piernas en el aire y en esa posición… yo de espaldas a él… terminó de metérmela entera… hasta sus bolas. Y comenzó una exquisita culiada… duro… muy duro. Me subía y bajaba de su pico… y me lo metía de golpe.
— Ven, mami… ven y ponte en mi cama con tu culito hacia mí… mmmmm.
No me reconocía… estaba hecha una verdadera puta con mi hijo… una verdadera come-vergas.
— Así… ¿te gusta que me ponga así?
— No… para todo tu culo.
Me puse como me ordenó.
Lo demás, se los cuento en el próximo relato.
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Que falso