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Yo ya sabía que iba reprobada, pero igual me planté en su cubículo con la falda corta y la blusa de botones, a pedirle una revisión de examen que ni yo me creía. El profe de Estadística es de esos que no se ríen, que hablan bajito y que te miran por encima de los lentes como si te estuvieran calificando hasta cómo respiras. Tiene cuarenta y tantos, las manos grandes, la camisa arremangada hasta el codo y un reloj que se le ve caro. Me senté enfrente de él y crucé las piernas despacio, y vi cómo se le iban los ojos a la orilla de mi falda antes de volver al papel, dos veces. «Usted puede, profe», le dije, y no estaba hablando del examen.
Él se levantó, cerró la puerta y hasta le puso seguro, sin decir nada, como si fuera lo más normal del mundo. Luego se vino a mi lado, se recargó en el escritorio y me pidió que le explicara el reactivo tres. Yo empecé a soltar puras pendejadas y él me dejó, aguantándose la risa, hasta que me puso la mano en la rodilla. «Aquí está tu error», dijo, y me subió los dedos un centímetro, dos. Yo me quedé sin aire. «¿Aquí?», le pregunté, y él me vio la boca en lugar de los ojos. «Ahí mero.» Me subió la falda hasta la cadera y me apretó el muslo con toda la mano, y sentí el calor de su palma como un fierro.
El beso me tomó desprevenida: seco, con sabor a café, sin nada de ternura. Me agarró del cuello y me jaló hacia él, y yo me dejé, con las manos en su camisa, apretando la tela. Me desabrochó la blusa botón por botón, con calma, como si le sobrara el tiempo, y cuando me dejó en brasier se entretuvo chupándome el cuello, la clavícula, el borde de la teta, hasta que me sacó un jadeo que seguro se oyó en el pasillo. Me bajó el brasier de un tirón y me mordió el pezón, y yo solté un «ay, cabrón» que él se tragó con la boca. Luego se hincó, me bajó el calzón hasta los tobillos y me abrió las piernas con las dos manos. «A ver si así te acuerdas», dijo, y me lamió.
Me lamió con método, como da sus clases: de abajo hacia arriba, la lengua plana, sin prisa, deteniéndose justo donde me hacía temblar. Me metió dos dedos y me los movió adentro mientras me chupaba el clítoris, y yo ya traía la mano en su cabeza y la otra agarrada de la orilla del escritorio, con las uñas blancas. Cuando le dije que ya, que se metiera, se levantó, se abrió la bragueta y se sacó una verga gruesa, tiesa, que se sobó viéndome a los ojos. Me puso de espaldas sobre el escritorio, me acomodó las piernas en los hombros y me la clavó completa de un solo empujón. Grité. Él me tapó la boca con la mano y me dio la primera embestida.
Me cogió fuerte, con el escritorio rechinando debajo y los papeles barriéndose al suelo, la mano en mi boca y la otra en mi cadera, jalándome contra él cada vez que embestía, con la respiración pesada encima de mí. «Así, cabrón, no pares», le dije en cuanto me soltó la boca, y él se rió ronco y me dio más duro, más al fondo, con la camisa pegada de sudor al pecho. Me vine con un quejido largo, apretándolo, con las piernas temblando en el aire y un calor subiéndome por todo el cuerpo. Él aguantó unas cuantas más antes de sacársela y terminar en mi panza, jadeando. Se subió el cierre, se sentó y agarró mi examen. «Aprobada», dijo, y me lo firmó enfrente. «Con diez, ¿verdad, profe?» «Con diez. Pero el próximo parcial también vienes.»
