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No hay nada más cabrón que una prima que se te mete en la cabeza. Se llama Daniela, tiene veinticinco, y desde que la vi bajarse del carro de mi tía con ese short de mezclilla y la tanga marcándosele entre las nalgas, supe que esa semana iba a terminar mal. Era la reunión familiar de siempre: la casa de la abuela, los tíos con cerveza en el patio, los primos chicos correteando. Pero yo solo tenía ojos para ese culo. Redondo, parado, de esos que se mueven solos cuando ella camina. Cada vez que se agachaba a servir algo en la mesa, la tela se le subía y a mí se me olvidaba hasta cómo se llamaba mi propia madre. Y lo peor: ella lo sabía. Me cachaba mirándola, me sonreía de medio lado, y seguía con su juego como si nada.
La cosa se puso peor de noche. Como la casa se llenó de gente, la abuela nos mandó a los dos al cuarto de atrás, el de las dos camas separadas por un buró. «Total, son primos», dijo, y yo pensé: cabrón, ahí es donde se cae todo. Nos acostamos y estuvimos un rato hablando pendejadas, de la escuela, de los primos, de nada. Pero a media plática ella se levantó a apagar la luz y, al pasar, la luz del pasillo le transparentó la camiseta. Se le marcaban los pezones duros. Se metió a su cama y el silencio se volvió espeso. Yo la escuchaba respirar. Ella me escuchaba respirar. Hasta que dijo, sin voltear: «¿No tienes sueño, tú?» Y ahí supe que ninguno de los dos iba a dormir.
Me levanté y me senté en el borde de su cama. No hablamos. Le puse la mano en la pantorrilla y ella no la quitó. Subí por el muslo, lento, sintiendo la piel tibia, y cuando llegué a la orilla de la tanga me detuve. Ahí respiró más fuerte. Le metí el dedo por debajo de la tela y ya estaba mojada, caliente, escurriendo. «Estás bien cachonda», le dije bajito. «Y tú bien caliente», me contestó, y se rio. Le agarré la cara y la besé. Un beso largo, de los que meten lengua de una vez, sin andarse con rodeos. Ella me jaló de la camiseta y me subió a la cama con ella. Se quitó la blusa de un tirón, se bajó la tanga hasta las rodillas, y me quedé viendo ese culo de cerca, al fin, tal como lo había imaginado todo el santo día.
La puse boca abajo, con la cara metida en la almohada, y le di el primer lengüetazo de abajo hacia arriba, despacio, hasta el culo. Se estremeció completa. «Ay, cabrón», gimió, y yo seguí. Le chupé el coño así, de atrás, con la lengua plana, metiéndole dos dedos mientras le apretaba las nalgas con la otra mano. Sabía a ella, a limpio, a esa mezcla que te vuelve loco. Movía la cadera contra mi boca buscando más, y cada vez que se la metía hasta el fondo me jalaba las sábanas. La tuve ahí un buen rato, chupándola, lamiéndole el culo, hasta que empezó a temblar y se corrió con la boca apretada para no gritar y despertar a la casa entera.
No la dejé descansar. Me puse encima y ella me abrió las piernas sin pedir nada. La polla ya estaba dura como piedra. Le pasé la punta por la entrada, la mojé bien, y entré de un solo empujón hasta el fondo. Los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Estaba apretadísima, caliente, y me abrazó con las piernas para que no me saliera. Empecé a cogerla despacio, después más fuerte, con la cama crujiendo bajito y los dos mordiéndonos los labios para no hacer ruido. Ella me decía puterías al oído: «más, más, no pares». Y yo le daba. Le agarré la cadera, la puse de lado, la volteé, la cogí de todas las formas que se pueden en una cama chica. Cuando ya no aguanté más, me salí y me vine encima de su barriga, chorreándola toda. Nos quedamos tirados, sudados, riéndonos como pendejos. Y en el cuarto de al lado, mi tía seguía roncando, sin saber que su hija y su sobrino acababan de romper la regla más vieja de la familia.
