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Conocí a Antonieta en la universidad, al principio éramos amigos pero se alejó cuando traté de conquistarla.
Siempre fue muy bonita; piel pálida, alta de 1.70 m., y con unas tetas redonditas y duras. Pelirroja o brunette siempre se vio hermosa.
Además de que tiene tres licenciaturas y habla 3 idiomas, es de las pocas mujeres que me gustan más allá de lo físico/sexual, así que cuando se alejó sentí feo.
Ese día fui a una plaza a buscar ropa, cuando terminé con las compras fui por un helado y me senté a comerlo. Estaba escribiéndole a Megan cuando de repente alguien se paró frente a mí.
—¡Hola!—. Dijo una voz.
Alcé la cara, era Antonieta.
—Hola—. Respondí sorprendido.
—No sabía si sí eras tú hasta que te vi más de cerca.
—Je sí, sí soy yo.
—¿Cómo has estado? Hace mucho tiempo que no sé nada de ti.
Se sentó junto a mí y empezamos a platicar, estaba linda con un vestido corto que dejaba ver sus torneadas piernas pálidas, cabello suelto y gafas de sol.
De repente me llegó un olor a flats sudados, el olor era muy penetrante, no pensé que fuera ella pero ese olor apareció cuando llegó, llevaba unos flats color arena y efectivamente el olor provenía de sus pies.
—Desapareciste, te mandé un mensaje por messenger pero nunca me respondiste—. Dije.
—Ay perdón, es que casi no uso face, soy más de insta, pasame el tuyo.
El delicioso olor empezaba a calentarme, «Dios quiero probar sus pies y oler esos zapatos por dentro», pensaba mientras la escuchaba.
Intercambiamos cuentas, platicamos unos minutos más y se despidió.
Vi sus fotos, entrena duro en el gimnasio. Definitivamente la prefiero cuando tenía un poco más de volumen ahora está delgada con la piel pegada al hueso, no sé si me explico, pero con el abdomen marcado, no se ve mal pero definitivamente su atractivo eran sus piernas anchas.
—¿También entrenas en Prime?—. Me escribió un día.
—Sí.
—¡Genial! Yo voy al que está en Sonata, deberíamos entrenar juntos un día.
—Claro, cuando quieras voy.
Fui un día después del trabajo, entrenamos y me «enseñó» un poco de boxeo. Lo que me molestó fue que sus amigos mamados nos interrumpían y ella a cada rato se tomaba fotos, me caga ese tipo de gente, entonces empecé a sentirme incómodo.
Seguimos hablando por DM pero nuestras pláticas solo eran sobre dieta, pesas, cardio, box…, la verdad me empecé a aburrir, habían quedado atrás nuestras conversaciones «intelectuales» sobre ciencia, libros, historia.
Empecé a tomar distancia con ella, aparte Megan me preguntaba que quién era Antonieta y por qué le daba like a mis fotos, «Es una amiga de la uni, es intrascendente», le dije y se quedó tranquila, o eso creí.
Un día Antonieta propuso que saliéramos, sí bien su actitud no era la misma de cuando me gustaba mi intención era llevarla a la cama, siempre le he tenido ganas y no iba a desaprovechar la oportunidad.
Quedamos en ir a comer, le pregunté si quería que pasara por ella a un lugar pero me dijo que ella llegaba porque tenía entrenamiento antes.
Llegué al punto convenido, unos diez minutos después Antonieta bajó de un auto. Estaba hermosa con unos jeans ajustados, una blusa blanca muy delgada que dejaba ver sus tetas duritas, y en sus pies unos ankle strap negros abiertos, sus deditos se veían coquetos con un gelish blanco que combinaba perfectamente con su piel pálida.
—¡Hola!—. Me saludó alegre y me dio un beso en la mejilla.
—Hola, te ves muy linda.
—¿En serio? Ni parece que practico box jajaja.
Con los tacones se veía casi de mi altura. Intimidaba con su belleza.
—¿Se te antoja algo «fit»?
—No, yo digo que vayamos por comida china.
—OK—. Acepté con gusto.
Ella eligió el lugar y subimos a mi auto.
Me senté frente a ella, cruzó las piernas, balanceaba su pie como invitándome a probarlo, empecé a calentarme, la imaginaba jalándomela con sus pies.
Me contó cómo había estado su entrenamiento pero no le puse atención, yo solo fantaseaba con probar sus pies, quería saborear sus zapatillas por dentro, miré por debajo de la mesa y sus pies estaban frente a mí, saqué mi teléfono y le tomé fotos discretamente.
—¿Y si vamos a tomar algo?—. Empezaba a aburrirme con pláticas de running y cardio.
—¡Si! Hay una cantina cerca que me gusta mucho.
Caminé detrás de ella contemplando sus nalgas paraditas y firmes.
Antonieta empezó con tequila, su carita empezaba a ruborizarse, se veía hermosa.
—¿Yo te gustaba?—. Dijo de repente, guardé silencio un momento.
—Sí, de hecho una vez nos besamos.
—¡¿En serio?! No me acuerdo. La verdad en ese tiempo estaba pasando por cosas raras y no recuerdo mucho, pero lo bueno es que nos reencontramos—. Dijo acercándose a mí, sus labios carmesí me invitaban a besarla.
Lo tomé de la barbilla y acerqué mis labios a su boca, inmediatamente cerró los ojos, nuestras lenguas se entrelazaron en un rico beso.
—¿No se supone que tienes novia?—. Antonieta me quitó el exceso de labial de mi boca con su pulgar.
—No tiene que saberlo.
—Traicionero el muchacho —dijo riéndose—. Yo estoy «saliendo» con un vato de mi equipo.
—¿El del blackout?—. Me refería a un wey tatuado con cara de malandro.
—Sí. Siempre es mejor dar el primer tiro, ¿no crees?
—Of course babe.
Ahora ella empezó el beso.
Tequila tras tequila, whisky, vodka y cerveza, Antonieta empezó a marearse y ponerse cariñosita.
—Salgamos de aquí, vamos a un lugar más tranquilo—. Dije tomándola por la cintura.
—Jajaja ¿quieres coger?
—Suena un poco «brusco».
—Somos dos adultos, si tú quieres que salgamos solo para tener sexo dilo, no me asusta, prefiero que me hablen derecho.
Pagué la cuenta y la jalé para irnos.
Se relajó en el asiento del auto.
—Nada de motel, vamos a mi casa.
—Claro preciosa.
—He notado que me ves mucho los pies, ¿tienes un fetiche?
—La verdad sí.
Se quitó los ankle strap y subió los pies en el tablero.
—Tengo bonitos pies, ¿verdad que te gustan?
—Sí, definitivamente son encantadores.
Súbitamente me agarró de la verga.
—Ya se te paró jajaja.
En el siguiente semáforo me detuve y la besé en el cuello, manoteando sus tetas. Inmediatamente se quitó la blusa junto con el bra dejando al descubierto sus pezones paraditos y rositas.
—Cristo nena, son perfectos.
—Todo en mí lo es.
Cuando iba a probar sus tetas alguien me silbó y tuve que avanzar.
Esperamos un momento dentro del auto, Antonieta no dejaba de acariciarme la verga por encima del pantalón así que hice el asiento para atrás, me desabrochó el pantalón y empezó a chupármela.
Se metía mi verga hasta el fondo sin hacer gestos, yo tocaba el cielo con cada mamada.
—Mejor vamos adentro, estoy incómoda—. Su voz sonaba cargada de una urgencia que contradecía sus palabras.
Pero yo no tenía intención de salir todavía, una de mis fantasías era que una mujer me la mamara en mi auto.
El deseo acumulado desde la universidad, sumado a la embriaguez del whisky y sus pezones paraditos me tenían en un estado de excitación animal.
La atraje hacia mí, a inclinarse más sobre mi entrepierna. Mientras ella se concentraba en mi verga, succionando con una fuerza y una profundidad que me hacían arquear la espalda, yo como pude metí mi mano en su pantalón.
Encontré su conchita empapada, un río espeso lubricaba mis dedos. Empecé a dedearla con ritmo, sintiendo cómo sus labios se contraían alrededor de mis dedos mientras ella seguía bajando mi verga hasta la garganta, emitiendo sonidos ahogados, casi desesperados.
Era una sinfonía de placer: la succión voraz de su boca, el sonido de su saliva mezclándose con mi glande y el ruido húmedo y rítmico de mis dedos entrando y saliendo de su vagina.
No aguanté más y la separé de mi verga para abalanzarme sobre su pecho, sus tetas brillaban bajo la luz tenue de la calle. Comencé a lamer sus pezones, succionándolos con fuerza mientras mi lengua recorría la piel pálida de su pecho.
Seguí dedeándola sin descanso, acelerando el ritmo, hundiendo dos dedos profundamente mientras mi pulgar presionaba su clítoris hinchado. Ella soltaba gemidos agudos, apretando sus muslos, rogando en silencio que ya entráramos.
Cuando finalmente bajamos del auto y entramos a su casa, el hambre se volvió insoportable. Apenas cruzamos el umbral y cerramos la puerta, la empujé contra el respaldo de la silla del comedor, no hubo tiempo para delicadezas.
Bajé su pantalón a medias piernas. Llevaba una tanga de hilo blanco que apenas cubría la hendidura de sus nalgas, la hice a un lado y empecé a comerle la conchita empapada de viscoso néctar dulce y tibio.
—Ay qué rico me comes—. Dijo inundada de placer.
Mi verga, totalmente erecta y pulsante, buscaba su entrada, sin preámbulos la penetré de un solo golpe. Antonieta soltó un grito que resonó en todo el living, un sonido de sorpresa y placer puro.
—Qué rico aprietas mi amor—. Le gruñí al oído, mientras entraba en ella con una fuerza bruta.
Después de unos minutos de sexo frenético sobre la silla, ella decidió que era momento de jugar. Se soltó de mi agarre, me llevó a la sala y me sentó en el sofá.
Empezó a bailar mientras se iba desnudando con una sensualidad provocadora.
Con una sonrisa maliciosa, se bajó la tanga lentamente, la deslizó por sus piernas y, mirándome fijamente a los ojos con un aire de superioridad, introdujo la tela húmeda y caliente en mi boca. Sabía a ella, a sexo, a sudor y deseo.
—Déjate las zapatillas nena.
Quedó completamente desnuda ante mí, pude contemplar mejor su piel pálida que parecía de porcelana, en su pecho unas pequeñas y delicadas pecas adornaban la superficie como constelaciones de deseo.
Lo que más me encantó fueron las marcas del bikini en sus tetas y nalgas, esa piel aún más blanca que delataba sus tardes de sol en el mar.
—Me encantan tus pequitas.
—Se ven coquetas, ¿verdad?
Siguió moviendo la cadera en círculos lentos, haciendo que sus nalgas firmes y paraditas vibraran con cada movimiento. Su abdomen estaba esculpido, con esa definición atlética donde se marcaban los músculos oblicuos, contrastando con la suavidad de su piel blanca como de leche.
Me desnudó con rapidez y se subió en mí, sujetando mis brazos con una fuerza sorprendente; sus años de entrenamiento en boxeo y pesas se hacían notar. Me inmovilizó contra el respaldo del sofá, mirándome desde arriba con una expresión de dominio absoluto.
Empezó a frotar su cosita contra mi verga, manteniéndola dura y parada. Sus tetas blancas colgaban sobre mi cara rozando mis mejillas, y yo solo podía aspirar su aroma mientras ella controlaba el ritmo de nuestra respiración, apretando mis muñecas contra el respaldo del sofá.
—Ahora vamos arriba—. Susurró llevándome a su habitación.
Una vez en el cuarto, mi fetiche tomó el control. Le pedí que me modelara sus zapatillas. Antonieta, consciente de mi debilidad, empezó a traer diferentes pares.
Primero fueron unas plataformas cafés de cuero. Se las puso con lentitud, ajustando las correas sobre sus tobillos, caminando frente a mí como si estuviera en una pasarela, haciendo que el tacón resonara en el suelo con un eco metálico.
—Me gustan esos, no sé por qué pero ¿me los regalas?—. Le dije señalando los flats olorosos con los que la vi la última vez.
—¿Para qué? Están muy X.
—Ahora ponte esas plateadas y jálamela con los pies.
Con esas zapatillas se veía unos cinco o siete centímetros más alta, hermosa e imponente.
—Literalmente me tienes a tu merced y prefieres que te la jale con los pies jajajaja.
Me ordenó que me acostara, se sentó entre mis piernas abiertas, se quitó una zapatilla y con sus dedos acariciaba mi glande, me escupió en la verga para deslizarse mejor y luego puso la zapatilla en mi cara.
—Huélela por dentro—. Me ordenó.
Aspiré profundamente el olor a cuero salado. Antonieta se acercó más a mí y metió mi verga entre el espacio interior de la zapatilla y la planta de su pie ligeramente húmeda y siguió presionando mi verga, deslizándose rítmicamente.
—Ahora lámela pervertido.
Lamí la zapatilla por dentro, Antonieta se quitó la otra y se puso paralela a mí, poniendo sus plantas en mi cara, se lamió la palma de la mano y empezó a masturbame.
Saqué mi teléfono y se lo di.
—Tómate una selfie.
—JAJAJA tus fantasías bien raras.
Repitió el proceso masturbándome con cada par de zapatillas que yo le pedía, desde tacones finos hasta sandalias más relajadas, convirtiendo la habitación en un santuario donde ella era la sacerdotisa y yo el devoto.
Me apretó con fuerza y aumentó la velocidad de su mano, mientras restregaba sus plantas contra mi nariz y boca con fuerza, no resistí más y me corrí.
—WOW creo que te dejé vacío jajajaja.
Respiraba tratando de recuperarme.
—¿Eso es todo lo que tienes?—. Dijo burlona.
—Noup.
—Pues ya está toda flácida.
—Pues haz algo al respecto.
—You idiot —me dio una leve cachetada—. Párate.
Se arrodilló frente a mí, se recogió el cabello y empezó a mamármela, lentamente mientras acariciaba mis piernas con sus uñas. Tomé mi teléfono y empecé a grabarla, ella posaba sonriente.
—¿Se lo vas a enseñar a tu novia? Jajaja
—No.
—Mira cómo se la chupo cornuda jajaja—. Dijo viendo a la cámara.
Sacó una botella de lubricante y se echó un chorro en las tetas. Me apretó la verga, deslizándose rítmicamente entre la piel pálida y aceitosa de sus tetas.
Era una sensación divina; la presión de su piel firme y el calor de su cuerpo me tenían al borde del colapso.
En medio de la rusa, su teléfono empezó a sonar. Miró la pantalla, dudó un poco pero contestó la llamada mientras yo la ponía en cuatro.
—Holi… No, estoy en casa de mis papás—. Dijo con una voz fingidamente cansada.
En ese instante entré en ella profundamente, soltó un jadeo y se tapó la boca. Antonieta apretaba los dientes para no gritar en el teléfono, mientras yo me hundía en ella una y otra vez.
—No, me voy a quedar aquí—. Dijo apenas con voz mientras yo la apretaba de la cadera y aumentaba el ritmo de la penetración.
—Sí… Tengo que colgar, me llaman… Sí, te hablo luego—. Lanzó el teléfono a un lado.
—Ahora quiero que te pongas esos tacones blancos—. Ordené.
Vi unos lentes negros de acetato, se los puse y se transformó instantáneamente, adoptando un aire de actriz porno, fría y calculadora.
Sus piernas, torneadas y fuertes, se envolvieron en mi cintura, su cuerpo reaccionaba con espasmos de placer con cada embestida mía, sintiendo la fricción caliente y húmeda de su vagina envolviendo mi verga.
—Ahora ponte esas zapatillas rojas de aguja.
—¡Olvida las zapatillas! ¡Fuck me god damm it!
Me eché un chorro de lubricante en la verga y fui llevando sus piernas casi detrás de su cabeza, abriendo su pelvis al máximo para que la penetración fuera lo más profunda posible. Empecé a gemir con fuerza, podía sentir cómo mi verga golpeaba el fondo de su útero.
El sonido del impacto de nuestra piel era un eco húmedo y violento en la habitación.
—Ahorcame—. Antonieta tenía el rimel corrido en los ojos.
—You dirty whore—. Le apreté el cuello viendo cómo sus ojos se ponían en blanco por el orgasmo inminente.
—Me gusta más de a perrito.
Arqueó la espalda entregándome su templo de deliciosas nalgas, las bañé con lubricante y la embestí con todo mi peso, jalándola del cabello mientras ella gemía sin control.
Cuando sentí que estaba a punto de venirme, me aparté bruscamente y me corrí en las plantas de sus pies, llenando sus arcos y sus dedos con chorros de espesa y caliente leche.
Antonieta, lejos de asquearse, soltó una risita excitada. Se puso los ankle strap negros mientras el semen aún estaba fresco y viscoso entre sus dedos, y caminó por la habitación con mi fluido deslizándose por sus plantas, marcando cada paso que daba sobre el suelo.
Verla caminar con mi semen lubricando sus plantas, sintiendo la viscosidad de mi leche caliente mientras sus tacones resonaban en el piso, fue la imagen más excitante y satisfactoria de toda la noche y el sello final de mi posesión.
Dormimos juntos, envueltos en el aroma del sexo, la piel sudada y la satisfacción del agotamiento. El silencio de la habitación solo era interrumpido por nuestras respiraciones pesadas, mientras yo acariciaba sus nalgas firmes, sabiendo que había conquistado el terreno que una vez me fue negado en la universidad.
A la mañana siguiente, la rutina se volvió erótica en la ducha. Bajo el chorro de agua caliente que resbalaba por nuestros cuerpos, nos entregamos a un sexo lento y húmedo. El jabón creó una espuma blanca que lubricaba cada roce, permitiéndome deslizarme dentro de ella con una suavidad casi agónica.
Fue un encuentro más tierno pero igual de explícito, donde me enfoqué en explorar cada centímetro de su piel pálida y pecosa, mordiendo sus pezones mientras el agua nos empapaba, fundiendo nuestros cuerpos en una danza de vapor y deseo.
Antes de irme Antonieta me entregó una pequeña bolsa con los flats que llevaba el día que nos vimos en el centro comercial.
—You little perverted —me apretó del cuello—, sé que te encanta el olor, quédatelos—. Dijo con una chispa de malicia en los ojos y una sonrisa que mezclaba la ternura con la perversión.
Mientras conducía de regreso a casa, empecé a reflexionar sobre Megan, por un momento la idea genuina de dejarla por Antonieta cruzó mi mente.
Es hermosa sí, e inteligente, tiene un cuerpo perfecto pero sus conversaciones se volvieron superficiales, banales, centradas únicamente en el gimnasio, la dieta, el running y su propia imagen validada por los likes.
Me di cuenta de que, aunque Antonieta era la fantasía húmeda perfecta, Megan tenía una profundidad que ella había perdido en el camino hacia la perfección estética.
Salí de mis cavilaciones y decidí seguir adelante, sabiendo que Antonieta estaría ahí para cuando necesitara recordar lo que es una depravación absoluta.
El sexo con Antonieta era perfecto, obedecía mis órdenes y cumplía mis fetiches pero me di cuenta de la realidad objetiva; esta Antonieta no es mi tipo, he llegado al punto en el que prefiero más la actitud por sobre lo físico en una relación formal y no creo que vuelva a ser la mujer que admiraba cuando hablaba francés en las clases.
Tal vez lo piense mejor y me decida por ella. En este momento no lo sé.
