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Me llamo Laura y aquella tarde salí del baño envuelta en una toalla, distraída, sin fijarme en nada. La dejé caer sin querer y mis tetas quedaron al aire, libres, mientras la toalla se deslizaba por mis piernas. Levanté la vista y ahí estaba él, el vecino de enfrente, con la mirada clavada en mí a través de la ventana. Me quedé petrificada un segundo, sintiendo cómo el rubor me subía por el cuello, y cerré la cortina de golpe, con una vergüenza que me ardía en la cara y, para qué negarlo, un calor húmedo que me empezaba a palpitar entre las piernas.
Pasaron los días y yo no podía sacarme esa mirada de la cabeza. Una tarde, sola en casa, sonó el timbre. Era él. Me dijo que necesitaba arreglar un pantalón y, como yo trabajo en costura, lo hice pasar para tomarle las medidas. Se acercó tanto que el aire se volvió espeso. Cuando le rodeé la cintura con la cinta métrica, no pude evitar bajar la vista: el bulto en sus pantalones era imposible de ignorar, duro y prominente. No dije nada, pero mi cuerpo ya estaba respondiendo antes que mi boca.
Fui a buscar unos hilos y el espacio era tan pequeño que tuve que pasar rozándolo. Al volver, él se hizo a un lado para que lo rozara aún más, y sentí su verga restregarse contra mi culo, que apenas cubría una pijama fina. Me quedé quieta un instante, con el corazón golpeándome el pecho, y entonces él me tomó del cuello y me habló al oído con una voz ronca que me erizó la piel: «Pequeña putita, ¿te gusta culiar, eh? Te he escuchado y se ve que culeas rico». Levanté las manos y me saqué las tetas; él las agarró con una mano y con la otra me tocó la cuquita por encima de la pijama. Me mojé al instante, empapada, y con mi mano hacia atrás le saqué la verga: caliente, gruesa, pesada, justo como me gusta. Se la masturbé despacio, sintiendo cómo palpitaba, y luego me agaché y se la chupé entera, comiéndomela con ganas mientras mi vagina me latía pidiendo más.
Me levanté y él me subió una pierna sobre la máquina de coser, me corrió la pijama de aguacates y pasó la lengua desde mi clítoris hasta la entrada de mi coño, que se la tragó al instante. Me tenía abierta, estirándome la cuca al meter y sacar los dedos, mientras con las manos me manoseaba las tetas. «Te gusta, zorrita», me decía al oído, «qué caliente tienes ese bizcocho». Se sentó en una silla y yo, obediente, me lo monté, cabalgando esa polla firme que parecía hecha solo para mí, gozando al ver cómo me comía las tetas mientras yo me comía su verga. Me abrí las nalgas, provocando mi culito, y él, sin dejar de follarme, cogió vaselina y lo dejó lubricado, preparándolo con los dedos mientras yo me retorcía de placer. Volví a poner una pierna en la máquina, acomodé la cabeza de su verga en mi culito y sentí cómo se abría poco a poco, comiéndomelo entero. Me folló el culo bien rico mientras yo me tocaba el clítoris, y cuando la intensidad subió y lo sentí terminar dentro, su leche caliente en mi culito me hizo correrme con un gemido que retumbó en toda la casa.
