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El humo del bar se le metía en la ropa como un inquilino que no paga renta. Galia lo sabía porque cada mañana, al abrir su armario en el cuarto de tres por tres, el olor a whisky y a Nicotina la recibía antes que la luz. Pero esa noche no le importaba. La copa de gin con tónica que tenía enfrente estaba pagada, y eso era lo único que contaba.
El hombre de la barra—un tipo con camisa de lino arrugada y reloj demasiado grande—ya había perdido el interés en ella. Mejor. Galia giró el vaso, dejando que el hielo chocara contra el cristal, y se concentró en la puerta.
Entró sola. Eso fue lo primero que notó: ninguna amiga riéndole el chiste, ningún grupo coreando su nombre. Alta, con un vestido negro que le llegaba justo a la rodilla, y un cabello oscuro recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto el cuello. Caminó directo a la barra, se sentó a dos taburetes de distancia, y pidió un mezcal sin mirar la carta.
Galia la observó por el rabillo del ojo. No era su tipo. Nunca lo había sido. Pero cuando la mujer giró la cabeza y la miró—directo, sin disimulo, con una calma que le puso los nervios de punta—algo en el estómago de Galia hizo un giro lento.
—Ese de ahí se ve aguado —dijo la mujer, señalando con la barbilla la copa de Galia.
La voz era baja, sin esfuerzo. Galia parpadeó.
—¿Perdón?
—Tu trago. Se ve aguado. —La mujer hizo una seña al cantinero—. Dos mezcales. De los buenos.
Galia abrió la boca para decir que no, que no aceptaba bebidas de extraños, que ya tenía una. Pero el cantinero ya estaba sirviendo, y el aroma del mezcal le llegó cálido a la nariz. La mujer empujó uno de los vasos hacia ella.
—No muerdo —dijo. Y sonrió.
Fue una sonrisa lenta, de labios que se separaban apenas, como si supiera algo que Galia todavía no. Galia tomó el vaso.
—No suelo hacer esto —mintió.
—Ya lo sé.
El mezcal le quemó la garganta, pero no de la forma en que el gin la quemaba. Era un calor que bajaba y se quedaba, que le aflojaba los hombros. La mujer la miraba beber. No disimulaba. Y Galia, que llevaba años aprendiendo a leer a los hombres que le pagaban copas—sus pausas, sus manos, el momento exacto en que esperaban algo a cambio—no encontraba nada de eso en ella.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Galia.
—Eso no importa todavía.
—¿Y qué importa?
La mujer deslizó su vaso un poco más cerca. Sus dedos, largos, tamborilearon una vez sobre la madera.
—Que estás cansada —dijo—. Que el sueldo no te alcanza. Que esa zona donde vives te está comiendo viva.
El hielo de Galia se derritió de golpe, o al menos eso sintió. Nadie sabía dónde vivía. Ni siquiera en el café lo sabían.
—¿Quién eres?
—Alguien que puede ayudarte. —La mujer bebió, sin prisa—. Pero primero, otra copa. Y luego hablamos.
La segunda copa llegó. Y la tercera. Galia dejó de contar cuando la mano de la mujer—tibia, seca, increíblemente suave—se posó sobre la suya en la barra. No la apartó. No quería.
—Vamos a un lugar más tranquilo —dijo la mujer.
No era una pregunta.
El hotel estaba a dos calles. Galia no recordaba haber caminado, solo recordaba el ascensor, la luz amarilla, la puerta cerrándose. La mujer la besó antes de encender la lámpara.
Fue un beso sin prisa. Labios que se abrieron despacio, una lengua que exploraba sin exigir. Galia se sorprendió respondiendo, con una parte de su cerebro gritando esto no es lo tuyo, y la otra parte—la que llevaba meses, años, sintiéndose vacía—derritiéndose.
—No soy lesbiana —murmuró Galia contra su boca.
—No importa lo que seas —dijo la mujer, desabrochándole la blusa—. Importa lo que quieras ahora.
Los dedos le recorrieron el pecho, el vientre, se detuvieron en el borde del pantalón. Galia tembló. La mujer la recostó sobre la cama con una presión firme en el hombro, y se arrodilló entre sus piernas.
—Dime que sí —pidió.
—Sí.
La lengua de la mujer bajó por su vientre, y cuando llegó al centro, Galia arqueó la espalda y agarró las sábanas con las dos manos. No había prisa. La mujer lamía con una lentitud deliberada, trazando círculos, subiendo y bajando, deteniéndose justo cuando Galia sentía que iba a quebrarse. Y luego seguía.
—Por favor —jadeó Galia.
—¿Por favor qué?
—No pares.
Los dedos entraron despacio. Uno, luego dos, mientras la lengua seguía trabajando. Galia cerró los ojos y dejó de pensar en quién era, en qué le gustaba, en todo lo que había creído saber de sí misma. Solo quedaba el calor, el pulso entre sus piernas, la respiración de la mujer contra su piel.
Cuando terminó—con un grito que le raspó la garganta—la mujer subió por su cuerpo y la miró desde arriba. Tenía la boca brillante.
—Puedo quitarte las deudas —dijo—. Todas. Esta noche.
Galia respiraba con dificultad. El techo giraba.
—¿A cambio de qué?
—De nada que no quieras dar. —La mujer se llevó una mano al escote del vestido y lo bajó, dejando al descubierto un pecho—. Pero tienes que saber algo. Puedo cambiarte. Del todo.
—¿Cambiarme cómo?
—Como acabas de sentir. —Le acarició la mejilla—. Esto que probaste hoy. Puedo hacer que sea lo único que quieras. Para siempre.
Galia pensó en su cuarto, en la renta, en el café. Pensó en el sabor de esa boca.
—Sí.
La mujer sonrió de nuevo, esa sonrisa lenta, y se inclinó hasta que su pezón rozó los labios de Galia.
—Chupa —ordenó.
Galia obedeció. Al principio no salía nada. Luego, un líquido tibio, dulce, inesperado. Le llenó la boca y ella tragó por instinto. La mujer le acarició el pelo.
—Otra vez. No pares.
Galia chupó. Tragó. Chupó. Y cuando se apartó, jadeando, algo había cambiado. Miró a la mujer—sus hombros, su cuello, la curva de su pecho—y sintió un tirón bajo el vientre que no tenía nada que ver con el mezcal.
—¿Qué me hiciste?
—Lo que pediste. —La mujer se levantó de la cama y recogió su vestido—. Nos veremos pronto, Galia.
—Espera—
Pero la puerta ya se cerraba. Y Galia, desnuda sobre las sábanas revueltas, con el sabor dulce todavía en la lengua, se llevó la mano al vientre y sintió cómo el deseo volvía a encenderse. Solo. Sin que nadie la tocara.
Solo por el recuerdo de esa boca.
