Aventuras de Lolita – El comienzo
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Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.
Buenos Aires, 18 de diciembre de 1998, 8:15 am.
Carmen había llegado al semipiso de la Dra. Jimena Gutiérrez después de una larga hora de viaje en subterráneo y micros urbanos. Abrió la puerta de acceso, el silencio reinaba en el lugar, tan solo un ventanal desprovisto de cortinas permitía el ingreso del sol. Fue al cuarto de maestranza y mudó sus ropas de calle por el uniforme de trabajo.
Se dirigió a la cocina, donde halló una nota de su empleadora. En la misma estaban las instrucciones que ya sabía de memoria (tras 15 años de trabajo) y una serie de directrices propias del día: la niña de la casa cumplía 18 años.
Una serie de compras especiales, el recordatorio de la reunión de madre e hija en el estudio del Dr. Velázquez a las 11:30 y la organización de una pequeña recepción para las amigas íntimas de Lola.
Carmen, conocedora de las costumbres de la joven, puso en marcha la cafetera, buscó en la heladera algún dulce y galletas en la alacena. Dispuso todo en la mesa y se encaminó al cuarto de la joven, debía despertarla e instarla a que apurase su acondicionamiento para llegar a horario a cada una de las reuniones. Golpeó levemente la puerta, como si necesitara solicitar permiso para ingresar, aunque sabía que no recibiría respuesta de la muchacha.
Ingresó eludiendo prendas tiradas en el suelo, un par de zapatillas deportivas, hasta llegar al ventanal de la habitación. Accionó el control de apertura de las persianas y el sol comenzó a invadir el lugar: allí, tendida en la cama solo cubierta por diminutas prendas de ropa interior rosa pálido, estaba Lolita. Muchacha de buena estatura (1,75), muy estilizada, cabellos castaño claro (casi a la cintura) y ojos verdes que se negaban a aceptar la presencia del astro Rey.
Carmen: Lolita, buenos días y muy feliz cumpleaños. Debe levantarse
Lolita: ay Carmencita, no tengo ganas, hace calor y muero de sueño.
Carmen: lo sé, pero su madre dejó órdenes de que vaya al estudio del abogado a las 11:30.
Lolita se movía por la amplia cama, sin intenciones de levantarse. Carmen la miraba y la admiraba: la había visto crecer. Hoy era hermosa mujer que a los 18 años ya modelaba para algunas casas prestigiosas de ropa informal y, favorecida por su físico, era exclusiva de dos marcas de lencería. Sin dudas era la envidia de muchas chicas de su edad.
El deporte le colaboraba a la genética para tener esa figura: había heredado los ojos y la altura de su padre, el cuerpo y las formas de su madre. Además, era muy buena deportista, al punto de haber representado a su club en torneos nacionales e internacionales.
Con pereza, la joven se puso de pie y dejó ver su belleza: 95-60-95 de curvas, piernas estilizadas, caderas suaves, pies delicados y sus cabellos revueltos. Caminó al baño y se detuvo frente al amplio espejo que la reflejaba.
“Al fin Lolita, ya sos mayor de edad, ahora si vas a poder darte todos los gustos que mamá te niega y papá quiere entregarte” pensó mientras se desnudaba para ingresar a la ducha. Abrió el grifo y graduó la temperatura del agua, se colocó debajo de la lluvia y recordó lo acontecido la noche anterior: los besos de papá, los abrazos de su eterna amiga Lucha y las recomendaciones de mamá de no volver tarde.
Por su mente pasaban sus vivencias de años: aquellos juegos ingenuos, de niñas, con Lucha en el consultorio de mamá, donde ella era la doctora y su amiga la paciente, siempre afectada por molestias en su vaginita o su colita y Lola la curaba aplicándole cremas con masajes, que luego supo era iniciarla en la masturbación. O aquel primer beso que ambas se dieron a los 12 años cuando pretendían aprender a besar para cuando les gustara algún chico. Sin dudas, estaban en pleno descubrimiento de sus cuerpos, el sexo y las primeras sensaciones de placer.
También recordó el pésimo momento que representó el divorcio de sus padres, a meses de sus 15 años, que derivó en la cancelación de su fiesta y que fue reemplazada por un par de viajes: con su madre a Brasil y con su padre a Aruba.
Su primera aventura: Brasil.
En aquel hotel de Río de Janeiro, su primer amor, con aquel joven mensajero moreno del hotel que tras seducirla, la hizo suya en un cuarto de limpieza, de manera brusca, impiadosa, que le produjo algún desgarro íntimo y que luego la dejó abandonada por otra joven de origen sueco. El dolor que le había generado aquel miembro oscuro que había tomado su inocencia.
Luego, la discusión con su madre por haber desaparecido por horas, y ante la evidencia de haber entregado su virginidad a un desconocido, el sermón por haber puesto en riesgo su salud y la posibilidad de tener problemas a futuro.
La madre como ginecóloga, la auscultó y le proveyó lo necesario para evitar consecuencias, aunque eso arruinó los días restantes. No habría visitas a la playa por un tiempo y sería estrictamente controlada en la pileta y las excursiones.
Al retornar a Buenos Aires, la clásica reunión familiar donde Jimena evitó dar detalles, pero impuso restricciones a sus salidas sin quien la vigilara.
Unos meses después llegó la segunda aventura: su padre (Leonardo) le consiguió un contrato con una firma de trajes de baño y con ello un viaje a Aruba, donde se llevaría a cabo la producción fotográfica para la empresa.
Por expreso pedido de Jimena, fue Leonardo quien la acompañó en aquel viaje, dada la imposibilidad de ella de acompañarla.
En la primera noche en aquel paraíso, le confesó a su padre lo vivido en Brasil, en medio de la frustración y la vergüenza por lo sucedido.
Él la alentó a olvidar el momento y disfrutar del actual, la acompañaba a todos lados. Hasta que llegó una experiencia única e inolvidable: su primera visita a una playa nudista.
Se vio rodeada de cientos de personas y observó cuerpos de todas las características: lo que más llamó su atención fue la naturalidad con la que se desplazaban por las cálidas arenas, sin importar las figuras.
Pudo ver como algunas parejas se escondían temporalmente y reaparecían al cabo de algunos minutos, se despedían con besos, como si nada. A ella le sorprendían las dimensiones de algunos miembros varoniles que en cierta forma la excitaban y provocaban que ingresara seguido al mar para calmar su calor. Entre ellos, el de Leonardo.
La noche de despedida de Aruba, trajo una fiesta en las playas, con barras de tragos, música, bailes y su primera borrachera. Apenas si recordaba que su padre la cargó en brazos, la llevó a la cabaña que ocupaban, la ayudó a desvestirse, tomar una ducha rápida para quitarse restos de arena y la dejó en la cama. Algo más tarde, él volvió de la fiesta casi tan ebrio como ella y repitió la rutina: desnudarse, ducharse y tenderse en la cama, junto a ella.
En medio de la noche con los efectos del alcohol en ambos y la música lejana como testigo, se abrazaron y prometieron que se cuidarían por siempre, sellando esa promesa con un beso intenso, que dio paso a caricias íntimas y de allí a hacer el amor hasta quedar rendidos.
Al amanecer, cuando los primeros rayos del sol los despertó, solo se miraron, sin saber que decir.
En silencio, se vistieron y se unieron al resto del grupo: madres e hijos, padres e hijas y hasta entre hermanos, se mostraban mucho más unión que al llegar. Algunos de manera más evidente y otros más discretos.
Volvió a la realidad de su ducha, pero antes de cerrar el grifo, se tocó íntimamente, lo necesitaba para apaciguar los recuerdos. Se vistió y fue a desayunar.
Ya en la cocina, se encontró nuevamente con Carmen.
Lola: Carmen, ¿qué hiciste el día que cumpliste los 18 años?
Carmen: trabajar Lolita, estaba con una familia norteamericana de lunes a sábado en su casa. Me dieron un regalo, pero trabajé todo el día.
Lola: ¡qué bajón! Cuando me vaya de acá, te llevo conmigo y te daré descanso para que puedas disfrutarlo
Carmen: tu madre no me dejaría…
Lola: ella se va a quedar sola y yo soy una inútil, me vas a hacer falta.
Lola terminó el café, se puso de pie, la abrazó, le estampó un beso y un cachetazo amistoso en las nalgas. Carmen sabía que Lola era así de desprejuiciada, y aquello no le sorprendió.
La joven se maquilló apenas, y tras despedirse de Carmen partió al encuentro de su madre. Llegó al estudio y en la sala de espera estaban su madre y su padre (situación extraña).
La madre fue la primera en acercarse y darle un abrazo, la saludó por su cumpleaños, luego lo hizo su padre quien repitió el proceso pero agregó un roce como al descuido por los glúteos de la joven. Ella sonrió y disimuló a la vista de todos.
El abogado abrió la puerta y los hizo ingresar a su despacho. Ubicó a la joven en el centro y a cada progenitor a los lados, acto seguido tomo una carpeta y tomó del interior un documento con tres copias.
Con total formalidad leyó el contenido del mismo, informando que según lo pautado al momento del divorcio, la joven al llegar a la mayoría de edad se convertía en propietaria de un departamento ubicado en Puerto Madero y una cuenta bancaria en dólares del Banco Nación.
Los ojos de Lola no paraban de agrandarse en la medida que el abogado leía el texto, la madre lagrimeaba sabiendo que su hija se independizaría y el padre sonreía por haber hecho lo correcto. Cuando el abogado concluyo la lectura y les extendió las copias a firmar, las llaves del departamento, y los datos bancarios. Para ese momento la cabeza de Lola ya volaba imaginando lo que haría. Los tres firmaron y tras abonar la gestión salieron del estudio.
Lola: vamos a almorzar los tres juntos, yo invito
Jimena: no estoy de ánimo y tengo que volver a mi trabajo, hija.
Leonardo: no seas amarga, lo pide tu hija.
Jimena: vayan ustedes, me vuelvo a la clínica.
Hizo un gesto, detuvo un taxi y partió.
Leonardo: Loli, ¿vamos a conocer tu dpto?
Lola: ok, vamos Pa. De paso veo que me falta.
Detuvieron otro taxi y partieron rumbo al lugar. La primera imagen no era de lo mejor, pero cuando ingresaron al edificio, la situación cambió. El departamento necesitaba bastante aseo, pero era luminoso, tenía mobiliario básico cubierto por mantas que lo protegían de la desocupación. Retiraron las que cubrían un par de sillones, una mesa y sillas, y abrieron ventanas para dejar correr el aire fresco que venía desde el río.
Llamaron a un delivery que les trajo algo para almorzar y se sentaron a compartir el primer almuerzo de Lola como propietaria. Tras eso, recorrieron el resto del departamento, armando una lista de necesidades, llegaron a la habitación principal y encontraron una cama amplísima.
Lola: me voy a perder en esta cama, es genial…
Retiró la cobertura y se dejó caer en ella. El colchón era duro, pero podía resistir un tiempo.
Lola: ¡¡mirá lo que es esto!! ¿Entran dos o tres en esta cama?
Leonardo: ¿tantos pensas traer?
Lola lo miró y se rio de buena gana. Lo palmeo dos o tres veces a modo de invitación a que la acompañara, el dudó pero accedió. Se dejó caer junto a su hija y ambos quedaron mirando el techo.
Lola: uff… mi propia casa…
Leonardo: ¿estás feliz?
Lola: algo me falta…
Leonardo: ¿algo más? ¿No te alcanza todo lo que recibiste?
Lola: quiero volver a Aruba…
Leonardo: dinero tenés de sobra, comprá un tour y viajá…
Lola: no, no es eso.
Leonardo: ¿entonces?
Ella descubrió un sillón de la habitación, y comenzó a quitarse las ropas hasta quedar absolutamente desnuda.
Lola: quiero que vuelvas a hacerme el amor como aquella noche en la cabaña. No sé por qué Jimena te dejó, yo jamás lo hubiera hecho
Leonardo dudó, su hija siempre le resultó atractiva, podría decirse que lo excitaba, pero desde aquella noche de ebriedad, trató de evitar verla como mujer.
Leonardo: Lola, yo… no debemos… soy tu padre…
Lola: sos un hombre y yo una mujer. Nadie volvió a hacerme gozar tanto como aquella noche, me toco pensando en vos, me cuesta tenerte cerca y no lanzarme para que me vuelvas a hacer el amor…
Él no sabía cómo reaccionar, su cuerpo sí, pero su mente no. Entonces ella tomó la iniciativa, se acostó a su lado y le fue quitando las ropas, hasta dejarlo sin prenda alguna. Acarició el cuerpo inmóvil, hasta hacerlo reaccionar, logrando una erección intensa.
Lola: si algo debo agradecerle a Jimena, es haberte dejado libre y haberme preparado para no quedar embarazada. Hace que este día sea el más feliz de mi vida.
Se tumbó sobre él y comenzó a besarlo y acariciarlo, en busca de su mayor vigor. Cuando lo logró, simplemente se ubicó sobre su cuerpo y lentamente se dejó caer sobre la estaca que se fue clavando en su interior, hasta llenarla completamente.
Lola: por fin puedo dejar de imaginarte y sentirte en mi interior.
Leonardo: Lolita, te quiero desde siempre…
Lola: pero dejá de quererme, cógeme como nunca antes…
Leonardo: tus deseos son órdenes mi reina…
La tomó por las caderas y la retuvo para hacerle sentir todo su vigor y lo grueso de su miembro en la estrecha vagina, que si bien ya no era virgen, mantenía la estrechez. “¡¡Si papito, métemela hasta el fondo, lléname de verga… quiero sentir como me la hacés rebalsar de lechita caliente!!”le decía mientras trataba de sacudirse al ritmo de las embestidas.
Los pechos redondos y puntiagudos se sacudían arriba y abajo, puso sus manos en el pecho de él para erguirse apenas y sentirla en su interior.
“Movete mami, cabalgame hasta que ya no aguante más” rogaba Leonardo.
La hembrita sabía cómo hacer para que él se desesperase, había jugado mil veces, dejándose tocar, acariciar pero aguantó hasta ese día para dar rienda suelta a su locura.
No había forma en que Leonardo soportase el trajín de la muchacha, ella había acumulado ganas por un par de años, solo apaciguada por sus dedos y algún que otro tarro de desodorante que enfundaba en un preservativo para recordar la noche de Aruba…
En medio de un gemido ronco, Leonardo se descargó por completo, ella aguantó unos minutos más y sacándose la verga de su interior, le descargo un squirt interminable, rociándolo con chorros y chorros de flujos. Hizo un pequeño movimiento y logró que el último disparo terminara en el rostro de él.
Leonardo: Loli, ¿¿desde cuando podés acabar así??
Lola: te sorprendí, ja ja ja. Lo estuve entrenando con mis deditos y algún que otro artefacto… ¿te gusta?
Leonardo: me encanta…
Lola: tengo algo más guardado para vos, pero vas a tener que esperar un poquito. Ahora, cómeme la conchita, límpiamela bien, papito…
Se giró sobre la cama, acomodó un par de almohadas bajo sus caderas y abriendo las piernas, lo invitó a mamar esa conchita enrojecida que aún despedía algunos restos de semen.
Leonardo: reina, no tenemos tanto tiempo, además necesitas lavártela
Lola: ¿me vas a dejar con las ganas?
Leonardo: si mi amor, pero te prometo que el fin de semana volveremos a acondicionar el departamento y pasaremos la noche juntos ¿querés?
Lola: ufa… pásame la mochila que tengo toallitas ahí, asi me la limpio.
Mientras la joven se limpiaba, él fue al baño a tratar de lavarse y quitarse los restos de la corrida de ella. Luego se vistieron y armaron una pequeña lista de materiales para limpiar y equipar el departamento.
Ya estaban por salir cuando él la tomó por la espalda, la afirmó contra la pared y metió su mano entre las piernas de Lola y le masajeo la vagina hasta llevarla al filo del orgasmo. Ella se apartó rápidamente, pues sabía que volvería a chorrearse y ya no tenía más prendas para cambiarse.
Lola: pará papito, no querrás que me vaya sin tanga puesta, la pollerita casi no cubre nada…
Leonardo: muero por meterla en tu culito…
Lola: ja ja ja, te tiene loco mi cola
Le dio un beso profundo y luego salieron a la calle. Para cualquiera que los cruzaran, eran padre e hija, lo que menos se imaginarían era que además eran amantes.
Hay mucho más por delante, se los aseguro…
Espero sus comentarios, y más que nada sus opiniones.
Saludos,
Alejo Sallago
