Mi vecina cachonda viene diario a que la llene de leche caliente
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Hay mujeres que nacen para tenerlo todo fácil, y luego está mi vecina, esa jovencita que parece tener el diablo metido entre las piernas. No es la más alta ni la más fina, pero tiene ese cuerpo que parte la madre: caderas anchas, un culo que rebota solo al caminar y unas tetas que se le escapan por cualquier blusa que use. Lo más curioso de todo es que ella, con ese cuerpazo, podría buscarse a cualquier cabrón con una verga respetable, pero no. Ella viene a mi puerta, a mí, con mi pinga corta pero gruesa, que según ella le llega justo donde necesita. Y yo no me quejo, porque tener a una hembra así de caliente a mi disposición, sin pagarle ni un sol, es un lujo que pocos entienden.
Todo empezó hace unos meses, cuando la sorprendí mirándome por la ventana mientras yo me bañaba en el patio. No dijo nada, pero esa misma noche tocó mi puerta con un pretexto estúpido, y antes de que pudiera terminar la frase ya estaba de rodillas con mi verga en la boca. Desde entonces, se volvió un ritual: apenas escucha que estoy solo, aparece como por arte de magia, con una tanga diminuta y las tetas casi de fuera, lista para que la use como se me antoje. Hoy no fue la excepción. Llegó con un shortcito que apenas le cubría el culo y una blusita blanca que dejaba ver que no usaba sostén. Me miró con esos ojos de puta hambrienta y sin decir palabra se sentó en mi cama, abriendo las piernas como quien muestra su tesoro.
La puse al borde del colchón, le corrí el short a un lado y le metí dos dedos para sentirla. Ya estaba empapada, chorreando como si llevara horas pensando en esto. Ella gimió bajito y se mordió el labio, mirándome con ganas de más. No la hice esperar. Me paré frente a ella, le saqué la verga y se la puse en la entrada, frotándole el clítoris con la punta solo para escucharla suplicar. “Métemela ya, no seas culero”, me dijo, y yo se la metí de un golpe, sintiendo cómo ese coño apretado me absorbía hasta el fondo. Ella echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que retumbó en toda la casa. Empezó a moverse sobre mí, rebotando ese culo enorme contra mis muslos, mientras yo le agarraba las tetas y se las apretaba con fuerza.
No contento con eso, la volteé y la puse en cuatro, agarrándole las caderas para clavarle la verga desde atrás. Su culo rebotaba contra mí como si tuviera vida propia, y yo no podía dejar de mirar cómo mi pinga desaparecía dentro de ese coño rosado y apretado. Ella metía la cara en la almohada y gritaba mi nombre, pidiéndome que no parara, que se la diera más duro. Yo le di unas nalgadas que le enrojecieron las pompas y ella se vino gritando, apretándome la verga hasta casi hacerme reventar. Pero no quería terminar tan rápido, así que la volteé de nuevo, la senté sobre mí y la dejé cabalgar a su ritmo. Ella se movía como una diosa, mirándome a los ojos, jugando con mi verga mientras se la metía hasta el fondo, y yo veía cómo su clítoris asomaba entre sus labios mojados.
Cuando ya no pude aguantar más, le dije que me iba a venir y ella no se bajó. Al contrario, se apretó más fuerte y me pidió que se la dejara toda adentro. Sentí cómo mi leche caliente le llenaba el coño y ella se estremeció, viniéndose otra vez conmigo. Cuando me retiré, vi cómo el semen escurría por su muslo y ella se reía como una loca, pasándose los dedos por el coño para recoger la leche que se le escurría y llevársela a la boca. “No dejes que se desperdicie”, me dijo, chupándose los dedos con una sonrisa de satisfacción. Yo me quedé viéndola, con la verga aún sensible y el corazón latiendo como si hubiera corrido un maratón. Esa mujer era una adicción, una droga que me tenía atrapado sin remedio.
Se levantó de la cama como si nada, se acomodó el shortcito que aún colgaba de su pierna y me lanzó una mirada pícara por encima del hombro. “Mañana vengo otra vez, ¿no?”, preguntó, aunque no era una pregunta, era una orden disfrazada de dulzura. Yo asentí, sin aliento, y ella salió de mi casa con ese contoneo que me tenía loco, dejando el olor a sexo impregnado en las sábanas y en el aire.
Me quedé ahí, tirado en la cama, viendo el techo y pensando en lo afortunado que era. Una hembra así, joven, caliente y sin ningún tipo de compromiso, llegando a mi puerta cuando se le antoja, sin pedir nada a cambio más que mi verga. Algunos dirían que soy un cabrón con suerte, y tienen razón. Pero también sé que esto no es para siempre, que algún día ella se aburrirá o encontrará a alguien con una verga más grande, y yo tendré que conformarme con los recuerdos. Pero mientras tanto, mientras ella siga tocando mi puerta con esa tanga mojada y esas ganas de que la parta, yo voy a aprovechar cada gota de leche que le pueda dejar adentro.
Al día siguiente, tal como lo prometió, apareció de nuevo. Esta vez con un vestidito corto que apenas le cubría las nalgas y sin nada debajo. Se sentó en mi regazo sin decir palabra, me besó con esa lengua que sabía a menta y me susurró al oído: “Hoy quiero que me grabes otra vez, pero esta vez quiero verte la cara cuando te vengas dentro de mí”. Y yo, como el pendejo feliz que soy, saqué el celular y le dije: “Listo, mami, hoy te voy a dejar bien marcada”. Ella se rió, se bajó las bragas y se montó sobre mí, empezando a cabalgar como si no hubiera un mañana. Esa mujer no solo era mi vecina, era mi perdición, mi vicio, mi puta personal que no me cobraba ni un sol, pero que me tenía bailando al ritmo de su coño todos los días. Y yo, bendito sea Dios, no quería que terminara nunca.
