Tres días que se me hicieron eternos
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Día uno: el primer golpe
La primera vez que Piero vino fue un martes. Yo había preparado la cena pensando que sería una visita cortés, de esas donde el pretendiente se sienta en la punta de la silla, cruza las piernas, habla del clima y del trabajo, y se va antes de que oscurezca. Pero apenas terminamos de comer, Alejandra me miró con esos ojos que ya conozco y dijo: «Mamá, ¿nos dejarías un rato a solas?»
Se me revolvió el estómago. Claro que sabía lo que quería decir. Habíamos hablado de esto con días de anticipación, de cómo no había plata para hostales y de cómo nuestra casita de dos ambientes era lo único que teníamos. Yo, tratando de hacerme la moderna, la madre progresista que entiende que su hija ya es mayor, le dije que sí. Que claro. Que no había problema.
Le puse la cortina que separaba mi «habitación» —que en realidad era el comedor con un colchón en el piso— y me metí ahí con el corazón latiendo fuerte. El ruido de la radio no alcanzaba a tapar lo que empezó a pasar al otro lado.
Primero fueron risitas ahogadas. El sonido del sofá cediendo bajo dos cuerpos. Luego, el silencio, ese silencio tenso que se llena de besos húmedos, de roces, de labios que se buscan.
Los jadeos comenzaron lentos. «Ay, mi amor», la voz de Alejandra, quebrada, distinta a la que conocía. Ella siempre fue una niña dulce, de hablar suave, de consentirme con abrazos. Nunca la había escuchado así: necesitada, ansiosa, como un animalito que pide que lo alimenten.
—¿Te gusta, princesa? —la voz de Piero, grave, con un tono que me hizo apretar los muslos sin querer.
—Sí… sí, dame más…
No pude evitar escuchar cada ruido. El sonido de la ropa cayendo al piso. El crujido del sostén. El gemido de mi hija cuando él le agarró las tetas. Suspiré, tratando de taparme con la almohada, pero mi cuerpo traicionero quería oír.
Los primeros minutos fueron de besos, de caricias. Luego, el sonido se volvió más rítmico, un vaivén constante que hacía crujir el mueble.
—Así… así, más rápido…
El primer grito de Alejandra me hizo saltar en el colchón. No era de dolor, no era de miedo. Era un sonido gutural, profundo, que salía de sus entrañas, y que ella no había hecho jamás en los dieciocho años que la había criado.
—¡Ah! ¡Dios, Piero! ¡No me hagas parar!
El cuarto se llenó de sonidos de piel contra piel, ese chasquido húmedo de dos cuerpos jóvenes chocando. Yo estaba acostada, rígida, mirando el techo con los ojos abiertos, contando las grietas que ya conocía de memoria. Pero no había manera de escapar.
—Voy a venirme… —la voz de Alejandra temblaba—. No pares, por favor, no pares…
—Termina para mí, llenita de mi leche —la voz de Piero, ronca.
Y ella se vino con un alarido largo, agudo, que atravesó la cortina y la pared y llegó directo a mis oídos. Después, el silencio. Unos segundos donde solo se escuchaba la respiración agitada.
Pero no terminó ahí. Se acomodaron y empezaron de nuevo. Esa primera noche fueron dos rondas, y yo las escuché todas, mordiéndome el labio, oliendo el sexo que se filtraba por la cortina, imaginando —maldita sea— imaginando lo que era tener ese cuerpo de treinta años encima de mí.
Día dos: el despertar
Al día siguiente, llegó como si nada. Sonriente, con una caja de cervezas y flores para «la suegra». ¿Suegra? Yo lo miraba y trataba de no fruncir el ceño. Tenía los brazos fuertes, la mandíbula marcada, los ojos oscuros y una seguridad de hombre mayor que a mí me imponía y me irritaba a la vez.
Alejandra lo tomó de la mano y lo arrastró hacia su lado de la cortina, ansiosa. No esperaron ni la noche, apenas atardecía.
Yo tenía que cocinar. Me pela las papas en la cocina, que queda justo del otro lado de la cortina. No podía evitarlo: la cocina comparte pared con el sofá donde ellos se dejaban caer.
El sonido empezó más violento ese día. Como si la primera vez hubiera abierto una puerta que ya era imposible de cerrar.
—Atrás, me lo siento más adentro —dijo mi hija con una necesidad que me dejó helada.
El sofá crujió, y luego vino el sonido de su cuerpo sobre la alfombra. Los escuchaba jadear entre risas, los escuchaba besarse con esa urgencia que solo tienen los que saben que alguien está al lado escuchando.
Piero no se callaba. Hablaba. Y hablaba sucio.
—¿Quién es tu dueño, zorrita? —su voz era un ronroneo golpeador.
—Tú… tú, Piero…
—¿Y este coño de quién es?
—¡Tuyo! ¡Todo tuyo!
Yo cortaba las papas en pedazos pequeños, como si así pudiera cortar también el sonido, pero no. Los pedazos eran cada vez más pequeños y el ruido era cada vez más fuerte.
Cuando comenzaron a follar de verdad, el piso temblaba. Yo sentía el cojín de la cocina vibrar contra mis pies. Alejandra gimió, luego lloró de placer, y Piero gruñó, un sonido animal, y las pupilas se me dilataron a pesar mío.
—Te voy a llenar toda, nena. Estás tan apretadita para mí…
—¡Dámela toda! ¡Quiero que me llene!
Ella se vino dos veces esa tarde. La segunda vez, gritó tan fuerte que el vecino de al lado tocó la pared, y yo quedé roja de vergüenza, con el cuchillo suspendido sobre la tabla.
Pero Piero no terminó. Cuando me escuchó moviéndome en la cocina, se puso de pie y, para mi horror, corrió la cortina apenas unos centímetros. Me agarró del brazo. Tenía los ojos brillantes, la entrepierna marcada contra el pantalón.
—¿Señora Isabel…? —sonrió, descarado—. ¿Podría traernos dos vasos de agua? Estamos un poco sedientos.
Vi a mi hija detrás de él, desnuda, con el cuerpo sudado y los pechos moviéndose, el vello púbico aún empapado, sonriendo como si no pasara nada. Como si no fuera su madre la que estaba ahí.
Tragué saliva y asentí. Llené los vasos con manos temblorosas. Él los tomó, me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios, y volvió a cerrar la cortina.
Esa noche terminaron tres veces. La última, ya casi la madrugada, la escuché a Alejandra suplicando en voz baja: «Otra vez, por favor, otra vez…» y él, riendo: «Eres insaciable, perra». Y el sonido de la piel otra vez, otra vez, otra vez.
No dormí nada.
Día tres: la normalización
El tercer día me di cuenta de que el horror no era la novedad, sino la costumbre.
Piero llegó con más cervezas. Confiado ya, como si esa casa fuera suya. Se sentó en el sofá, extendió los brazos, y Alejandra se acomodó en su regazo como si fuera su lugar en el mundo. Yo, sirviendo la comida, ya sabía lo que iba a pasar: la escena se repetía como un ciclo inevitable.
Pero ese día llegó más lejos.
Se desnudaron apenas terminaron de comer, y esta vez no me quedé del otro lado. Tenía que recoger los platos, y el lavadero estaba al costado de la cortina. Me quedé ahí, casi sin aliento, mientras veía a través de la tela las siluetas moviéndose.
Piero puso a Alejandra de rodillas. Yo escuchaba —Dios mío, lo escuchaba— los sonidos de chupeteo, los borboteos, los atragantamientos.
—Tómatela toda, nena. Hasta el fondo.
—Uh… uh…
—Más profundo. Usa las manos también, así.
El sonido de su saliva, de su garganta trabajando, era obsceno. Nauseabundo, si quería ser honesta. Pero mi cuerpo no cooperaba, sentía un calor entre las piernas que intentaba reprimir a mordidas.
Luego fue mi hija la que gimió mientras montaba, con las tetas rebotando contra el pecho de él. Vi las siluetas desde mi posición, la cortina ondeando apenas con el aire, y me pareció ver, por un instante, el rostro de mi hija, transformado por el placer, con los labios abiertos, los ojos blancos.
—Me voy a venir —dijo Piero, con la voz apretada.
—¿Adentro? —preguntó Alejandra con esperanza.
—¿Quieres?
—¡Sí! ¡Quiero que me llenes, quiero sentir tu leche!
Uno, dos, tres embates más, y él dejó escapar un rugido largo y sordo mientras ella se retorcía encima. Los vi caer abrazados en el sofá, agotados, y por fin la cortina se cerró del todo con un movimiento de la mano de ella.
Yo seguía ahí, con los platos mojados en la mano, la respiración agitada, mi entrepierna mojada, odiándolos. Odiándola. Odiándome.
—Mamá —la voz de Alejandra, al rato, desde el otro lado—. ¿Me traes agua? Porfa.
Y yo fui. Porque no había nada más que pudiera hacer. Porque en esa casa de dos ambientes, yo era la que servía agua a los amantes. La espectadora obligada de la fiesta que no quería ver.
Así empezó todo. Esa fue la primera semana. Tres días que se me hicieron eternos, y aún quedaban muchos más por delante.
Porque Piero vendría de nuevo. Vendría el día cuatro, el cinco, el seis. Y cada vez, yo estaría del otro lado de la cortina, escuchando, sintiendo, ardiendo, con mi cuerpo traicionero humedeciéndose cada noche al sonido de sus gemidos, y con mi boca sellada, porque había hecho un trato: dejar que mi hija follara en casa, para no gastar.
Al final, el precio que pagué fue mucho más caro que cualquier hostal.
