Me follé a la esposa infiel de mi amigo y casi la embarazo
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La llamada que lo cambió todo
Mi celular vibró a las once de la noche, y cuando vi su nombre en la pantalla, ya sabía lo que venía. “Vente, el pendejo de mi marido dijo que llega tarde otra vez”, me escribió con una voz de puta desesperada por verga. Llegué a su casa sin tocar, como siempre, y la encontré esperándome en la puerta de su cuarto, en ropa interior, con las tetas al aire y el coño ya brillando de tan mojada. “¿Qué esperas, cabrón? Métemela ya, llevo días aguantando las ganas”, me dijo, jalándome del cinturón. Esa mujer es una zorra de manual, y yo soy el único que le da lo que su marido no puede.
El ritual prohibido
Esa noche no fue como las demás. Antes de que me montara, ella misma agarró su celular, lo puso en el buró frente a la cama y le dio a grabar. “Quiero ver después qué tan rico me follas, para masturbarme cuando te vayas”, me dijo con una sonrisa perversa. Se quitó las bragas de un tirón, mostrándome ese culo enorme y redondo que me vuelve loco, y se sentó en mi cara primero. Me comí su coño como si no hubiera mañana, sintiendo cómo se empapaba contra mi boca, mientras ella gemía fuerte, sin importarle que los vecinos la escucharan. “Así, cabrón, cómeme toda, hazme venir con tu lengua”, me ordenaba como la puta dominante que es.
Ella montada, llevando el ritmo
Cuando ya la tenía temblando, se montó sobre mi verga sin avisar, clavándosela hasta el fondo con un gemido que retumbó en toda la casa. “¡Ay, Dios, qué verga tan rica! Esto es lo que necesitaba, esto es lo que mi marido no me da”, gritaba mientras rebotaba sobre mí, moviendo esas caderas como una loca, llevando ella el ritmo, apretando fuerte. Yo solo podía agarrarle las nalgas y ver cómo su culo se estrellaba contra mis piernas, sintiendo su coño caliente y mojado envolviéndome la polla. “¿Te gusta, puto? ¿Te gusta cómo te follo? Dime que soy tu puta, que esta concha es tuya”, me provocaba, y yo solo podía gruñir como un animal.
La descontrolada final
No aguanté mucho. Con esa zorra encima, moviéndose así de rico, sintiendo cómo se venía una y otra vez apretándome la verga, yo estaba al borde. “Me voy a venir, puta, te voy a llenar toda”, le advertí, y ella solo aceleró más. “Hazlo, cabrón, échame toda tu leche adentro, quiero sentirte hasta el fondo”, me gritaba, y yo no pude más: le reventé toda la leche bien profundo, mientras ella se corría al mismo tiempo, dejando su coño chorreando y la cama empapada. Nos quedamos los dos temblando, sudados, con la imagen del celular grabándolo todo, y ella solo me miró con una sonrisa de puta satisfecha.
El secreto que quedó grabado
Cuando terminamos, ella se levantó, tomó el celular y revisó el video. “Mira qué rico se ve cómo me follaste, se te ve hasta el fondo de mi concha”, me dijo, pasándome el teléfono. Yo solo podía ver ese culo enorme rebotando en cámara, esa puta montada en mi verga, dejando claro que es una infiel de manual. Pero lo mejor vino después: al día siguiente, ella me llamó con voz nerviosa pero tranquila. “Oye, no te asustes, pero creo que se me vino todo adentro”, me dijo, y antes de que yo pudiera responder, soltó una risa perversa. “Tranquilo, si me dejas panzona, se lo echo a mi marido. Total, él ni se da cuenta de nada, el pendejo”. Así es esta mujer: una puta descarada que usa a su esposo como escudo, mientras yo sigo siendo el que le llena el coño cada vez que su marido se hace el ocupado. Y lo mejor de todo: el video lo copie en mi teléfono, para cuando quiera recordar cómo casi la dejo embarazada mientras su esposo trabajaba hasta tarde.
