Mi esposa expone pezones en su instagram
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Capítulo 2: En redes
Había un vestido en el placard de M que P se negaba a dejar ir. Estaba gastado, sí, pero se amoldaba a su cuerpo de una manera que a P lo volvía loco; la tela, vencida por el uso, se transparentaba por completo bajo la luz, dejando adivinar la sombra de su piel y la falta de ropa interior. Ella quería tirarlo y él le rogaba que se lo pusiera, obsesionado con verla caminar así. Ese día, a principio de año, el calor sofocante parecía la excusa perfecta para que ella se lo deslizara por el cuerpo una vez más.
Al verla, P no pudo contenerse; el roce visual de esa gasa gastada sobre la piel de su esposa lo prendió fuego. El deseo de capturar esa sensualidad tan cruda fue más fuerte. Agarró el teléfono y empezó a sacarle fotos. Varias. Desde diferentes ángulos, buscando resaltar cómo la tela gastada se ceñía a sus curvas marcando la tentación de su intimidad.
M, divertida y encendida por la forma en que él la devoraba con la mirada, decidió jugar fuerte. Agarró su propio teléfono, recibió las fotos que P le había mandado y, con una sonrisa desafiante en los labios, soltó la provocación:
—Las voy a subir a mi Instagram.
P sonrió, tomándolo como un bluf, una de esas fantasías sucias que se dicen al oído para subir la temperatura del momento pero que quedan solo en dichos. Él no le creyó. Siguieron con lo suyo, disfrutando de la noche, dejando que la adrenalina de imaginarse expuestos les acelerara el pulso y flotara en el aire.
Dos horas después, ya de regreso a la casa, P abrió la aplicación por curiosidad. Se le congeló la sangre y un escalofrío de pura excitación le recorrió la espalda: ahí estaba. M había subido un collage de las fotos. Y lo más impactante era que los «me gusta» ya se contaban por doquier.
—Apa, la subiste en serio —le dijo P, acercándose a ella con el teléfono en la mano, mostrando la pantalla donde el contador no paraba de subir—. Y mirá la cantidad de likes que tenés… —le susurró al oído.
M largó una carcajada, mirándolo con picardía, convencida de que tenía el control total de la situación.
—No, mi amor, la subí con la opción de ‘Mejores Amigos’ solo para que la veas vos y pienses que de verdad la subí pública —le respondió, riéndose de su aparente broma perfecta.
Pero la realidad era otra. P la miró fijo y le extendió el teléfono. M se dio cuenta en un segundo: no había activado ningún filtro. La foto estaba ahí, pública, expuesta a los ojos de todo el mundo. El juego de simulación se había convertido, por un error tecnológico, en un exhibicionismo real y descarado.
El corazón de ambos empezó a latir más rápido, atrapados en una mezcla de nervios y una calentura inesperada que se les instaló directo en la entrepierna. Se sentaron juntos en el sillón, tan pegados que sentían el calor que emanaban, y empezaron a scrollear la lista de los que habían visto las imágenes de M con ese vestido letal que dejaba sus pezones erectos perfectamente a la vista.
Los nombres de quienes le dieron like empezaron a aparecer uno a uno: ex compañeros del colegio, colegas del trabajo… hasta algún familiar había dejado su marca de aprobación. Cada nombre nuevo era como un roce prohibido.
Ver la lista de hombres y mujeres conocidos que habían estado contemplando los pechos de M, devorándola con la mirada generó una tensión eléctrica y sumamente húmeda entre ellos. Se miraron; la timidez inicial se transformó en una risa cómplice, morbosa y cargada de deseo. El espectáculo ya se había consumado y la idea de que tantos ojos ajenos se hubieran excitado con ella los estaba volviendo locos.
Finalmente, entre risas y con la respiración un poco agitada por la adrenalina del momento, M apretó el botón de borrar. Las fotos desaparecieron de la red, pero el fuego que había encendido en la pareja ya era imposible de apagar. P le arrebató el teléfono de las manos, la empujó suavemente contra el sillón y se abrió paso entre sus piernas, ansioso por reclamar lo suyo.
