Pinchoto y Geppette El muñeco de pino
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Geppetto ya no era el viejo carpintero bondadoso de los cuentos. Los años lo habían convertido en un viejo depravado, sucio y obsesionado con su propia creación.
Vivía en un taller oscuro y húmedo lleno de serrín y olor a madera podrida. Tenía más de 70 años, cuerpo flaco y huesudo, barba larga y amarillenta, ojos hundidos llenos de lujuria enferma. Siempre andaba desnudo o con un delantal sucio abierto al frente, dejando que su verga vieja, arrugada y semi dura le colgara entre las piernas flacas. Sus huevos eran grandes, caídos y peludos, siempre sudados.
Desde que creó a Pinchoto, Geppetto se había vuelto completamente adicto a su hijo de madera. Cada noche lo ataba sobre el banco de trabajo, con las piernitas abiertas y la verga monstruosa de Pinocho apuntando al techo.
Mi bonito mentiroso, gruñía Geppetto mientras le acariciaba la enorme polla de madera con sus manos callosas y llenas de astillas.
Le untaba la verga con aceite de linaza para que brillara. Luego se subía encima del banco y se sentaba lentamente sobre la verga gigantesca de Pinocho, forzándola dentro de su culo viejo y arrugado. El ano de Geppetto estaba permanentemente dilatado y flojo de tanto usarlo. Mientras se follaba a sí mismo con la polla de su creación, le daba órdenes:
Mentí, Pinocho. Decime que me querés como padre.
Te quiero, papá, respondía Pinocho con voz temblorosa.
La verga de madera crecía varios centímetros dentro del culo de Geppetto, abriéndolo más. Geppetto gemía de dolor y placer enfermo mientras cabalgaba más fuerte. Una mentira equivalía a un centímetro más de chota.
A veces lo ponía boca abajo sobre el banco y le follaba el pequeño agujero de madera que le había tallado entre las nalgas. Lo poseía con su verga humana vieja y apestosa, metiéndosela hasta el fondo mientras le tiraba de la nariz larga.
Sos mi juguete, mi puta de madera, jadeaba Geppetto, escupiéndole en la cara y dándole cachetadas.
Cuando estaba a punto de correrse, sacaba su polla arrugada y se la metía a Pinocho en la boca, obligándolo a chupar. Le eyaculaba semen amarillento y espeso directo en la garganta de madera, mezclándolo con la resina que Pinocho babeaba.
Ataba a Pinocho de pies y manos, le abría la boca con un separador y se sentaba encima de su cara. Le masturbaba la verga monstruosa con ambas manos mientras el muñeco gimoteaba sumiso.
Después recogía su propio sudor con los dedos y se lo untaba por toda la polla de madera, haciendo que brillara oscura y húmeda.
Mirá cómo brilla mi hijo, se reía el viejo pervertido.
Geppetto también había empezado a tallar hermanos para Pinocho: pequeños muñecos con agujeros en el culo y la boca, que usaba para practicar antes de montarse en la verga gigante de su creación principal.
Al final del día, dejaba a Pinocho atado toda la noche con la verga tiesa y cubierta de fluidos secos, mientras él se dormía abrazado a uno de los huevos de madera gigantes que había tallado aparte.
Geppetto ya no quería que Pinocho se convirtiera en un niño de verdad. Solo quería que siguiera mintiendo para siempre, para que su verga de madera no dejara de crecer nunca.
